Pensar con el estómago Maximizar

Pensar con el estómago

Emeran Mayer (aut)

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Cómo la relación entre digestión y cerebro afecta a la salud y el estado de ánimo

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En Pensar con el estómago, el doctor Emeran Mayer expone las claves y presenta una dieta simple y práctica que nos ayudará a mantener un diálogo óptimo entre mente y cuerpo para conseguir innumerables beneficios en la salud y el estado de ánimo.
Todos hemos experimentado en algún momento la conexión existente entre mente e intestino. ¿Quién no recuerda haberse mareado en una situación estresante o de riesgo, haber tomado una decisión importante basada en una primera impresión, o haber sentido mariposas en el estómago antes de una cita?
Hoy este diálogo, así como su impacto en nuestra salud, puede demostrarse científicamente. Cerebro, intestino y microbioma (la comunidad de microorganismos que reside en el aparato digestivo) se comunican de forma bidireccional. Si esta vía de comunicación se daña, sufriremos problemas como alergias a ciertos alimentos, desórdenes digestivos, obesidad, depresión, ansiedad, fatiga y un largo etcétera.
La neurociencia de vanguardia combinada con los últimos descubrimientos sobre el microbioma humano son la base de esta guía práctica que, a través de sencillos cambios en la dieta y el estilo de vida, nos enseña a ser más positivos, mejorar nuestro sistema inmune, disminuir el riesgo de desarrollar enfermedades como el Parkinson o el Alzheimer, e incluso a perder peso.

Emeran Mayer

El doctor Emeran Mayer ha estudiado durante los últimos cuarenta años las interacciones que se establecen entre el cerebro y el resto del cuerpo, y en concreto entre el cerebro y el intestino. Es director ejecutivo del Centro Oppenheimer de Estrés y Resiliencia y codirector del Centro de Investigación de Enfermedades Digestivas de la Universidad de California, en Los Ángeles. Su investigación ha recibido el apoyo de los Institutos Nacionales de Salud durante los últimos veinticinco años, y se le considera pionero y líder mundial en las áreas de las interacciones del microbioma del cerebro-intestino y el dolor visceral crónico. Ha participado en la National Public Radio (NPR), la cadena estadounidense de televisión pública PBS, y el documental In Search of Balance. Ha publicado en The Scientific American, The New York Times y The Guardian, entre otros. Vive en Los Ángeles

Índice

PRIMERA PARTE

El cuerpo, un ordenador superinteligente

  1. La relación entre la mente y el cuerpo es real      13
  2. Cómo se comunica la mente con el aparato digestivo     45
  3. Cómo hablan los intestinos con el cerebro      71
  4. El idioma de los microbios: el componente clave del diálogo entre el aparato digestivo y el cerebro      99

SEGUNDA PARTE

Intuición y sensaciones en las tripas

  1. Recuerdos enfermizos: los efectos de las experiencias en la infancia en el diálogo entre el aparato digestivo y el cerebro     137
  2. Un nuevo enfoque de las emociones      173
  3. Entender el proceso intuitivo de la toma de decisiones      205

TERCERA PARTE

Cómo mejorar la salud mental y física

  1. El papel de la comida: lecciones de cazadores‑recolectores     239
  2. La irrupción de la dieta estadounidense:lo que la evolución no había previsto      271
  3. El sencillo camino hacia el bienestar y la buena salud      317

 

AGRADECIMIENTOS     349
BIBLIOGRAFÍA     351
ÍNDICE ALFABÉTICO     365

 CAPÍTULO 1

La relación entre la mente y el cuerpo es real

Cuando empecé a estudiar medicina, en 1970, los médicos consideraban que el cuerpo humano era una máquina compleja formada por un número limitado de piezas. Duraba unos setenta y cinco años de media, siempre y cuando se cuidara y alimentara con el combustible adecuado. Como un coche de alta gama, funcionaba bien mientras no tuviera accidentes importantes o alguna pieza sufriera daños irreversibles. Bastaba con acudir a contados chequeos a lo largo de la vida para prevenir grandes males ocasionales, pues tanto la medicina como la cirugía contaban con herramientas muy sofisticadas para poner remedio a problemas graves como infecciones, heridas o enfermedades coronarias.
Sin embargo, en los últimos cuarenta o cincuenta años, algo fundamental ha fallado en nuestra salud, y aquel viejo modelo ya no sabe explicar ni aporta ninguna solución a los nuevos problemas. Lo que sucede ya no puede explicarse sencillamente con que tal órgano o tal gen no funcionan bien. Empezamos a darnos cuenta de que los mecanismos complejos que regulan y permiten que tanto nuestro cuerpo como nuestro cerebro se adapten con rapidez a los cambios del entorno también reciben el impacto de los cambios en el estilo de vida. Estos mecanismos no operan de forma autónoma, sino que son partes de un todo. Regulan la ingesta de comida, el metabolismo y la masa corporal, el sistema inmunológico y el desarrollo y la salud del cerebro. Apenas empezamos a entender que los intestinos, los microbios que viven allí (la flora intestinal) y las moléculas de señalización que estos producen gracias a su microbioma, conformado por innumerables genes, son uno de los sistemas reguladores más importantes.
En este libro tengo la intención de ofrecer un nuevo y revolucionario punto de vista sobre la forma en que el cerebro, el aparato digestivo y los trillones de microorganismos que viven allí se comunican entre ellos. En concreto me centraré en el papel de estas relaciones para mantener sanos el cerebro y los intestinos. Analizaré también las consecuencias negativas que puede tener la interrupción de esta comunicación sobre la salud de ambos órganos, a la vez que propondré diferentes caminos para llegar a gozar de buena salud por medio de restablecer y mejorar las comunicaciones entre el cerebro y el aparato digestivo.
Seguí estudiando en la facultad de medicina, pero el punto de vista tradicional que imperaba ya no me convencía del todo. A pesar de lo mucho que se sabía acerca de los sistemas orgánicos y el funcionamiento de las enfermedades, me sorprendía que casi nunca se mencionara al cerebro, que es muy posible que estuviera involucrado en enfermedades tan comunes como las úlceras estomacales, la hipertensión o el dolor crónico. Además, en las rondas hospitalarias había tenido ocasión de ver a pacientes que no recibían un diagnóstico concreto para los síntomas que padecían aun si se habían sometido a toda clase de investigaciones y estudios. Sus síntomas por lo general tenían que ver con el dolor crónico en distintas partes del cuerpo: la tripa, la zona pélvica y el pecho. De modo que cuando cursaba el tercer año en la facultad de medicina, y llegó el momento de empezar con la tesis, decidí estudiar la forma biológica en la que el cerebro interactúa con el cuerpo, con la esperanza de comprender mejor la mayoría de las enfermedades comunes que he mencionado antes.
A lo largo de varios meses acudí a numerosos médicos de distintas especialidades. «Señor Mayer», me dijo el profesor Karl, titular de medicina interna de la universidad, «todos sabemos que la psique desempeña una tarea importante en las enfermedades crónicas, pero a día de hoy no hay forma científica de estudiar este fenómeno clínico, por lo que le será imposible redactar una tesis sobre el tema».
El modelo de enfermedad del profesor Karl, compartido por la totalidad del sistema médico, funcionaba a la perfección para ciertas dolencias graves, enfermedades que aparecen de repente o duran poco, o ambas cosas, en infecciones, ataques de corazón o emergencias quirúrgicas, como una apendicitis. Basándose en los éxitos conseguidos en estos campos, la medicina moderna se había ido afianzando. Apenas quedaba alguna enfermedad infecciosa que no se pudiera curar con el más fuerte de los antibióticos. Las técnicas quirúrgicas más avanzadas prevenían y curaban muchas enfermedades. Las partes dañadas podían quitarse y reemplazarse. Bastaba con resolver los más ínfimos detalles de ingeniería que permitían que cada parte de la máquina funcionara. Nuestro sistema de asistencia sanitaria dependía cada vez más de las tecnologías más modernas y hacía bandera de un optimismo generalizado según el cual incluso los problemas de salud crónicos con mayor índice de mortalidad, como el azote del cáncer, podrían resolverse algún día.
Cuando en 1971 el presidente Richard Nixon aprobó la Ley Nacional contra el Cáncer, la medicina occidental adquirió una nueva dimensión y una inédita metáfora militar. El cáncer se convirtió en el enemigo nacional, y el cuerpo humano, en un campo de batalla. Los médicos usaron la táctica de tierra quemada para deshacerse de la enfermedad, empleando químicos tóxicos, radiaciones letales e intervenciones quirúrgicas para atacar las células cancerígenas cada vez con más fuerza.
La medicina ya solía usar, con éxito, una estrategia similar para combatir las enfermedades infecciosas: suministrar a diestro y siniestro antibióticos de amplio espectro, que matan o detienen varias especies distintas de bacterias, para aniquilar las causantes de una enfermedad. En ambos casos, siempre y cuando se alcance la victoria, los daños colaterales se convierten en un riesgo aceptable.
Durante décadas, el modelo mecanicista y militar de la enfermedad formó parte del día a día de la investigación médica: pensábamos que el problema podía resolverse siempre que pudiera repararse la parte afectada de la máquina; no había necesidad alguna de entender la causa última. Esta filosofía ha conducido a tratamientos contra la hipertensión que usan bloqueadores beta y antagonistas del calcio para bloquear las señales anormales que el cerebro envía al corazón y a los vasos sanguíneos, e inhibidores de la bomba de protones para tratar las úlceras gástricas y la acidez por medio de reprimir la producción excesiva de ácido en el estómago. Ni la medicina ni la ciencia han prestado nunca demasiada atención al mal funcionamiento del cerebro, que es la causa primaria de todos esos problemas. A veces falla el acercamiento inicial, en cuyo caso se intensifican los esfuerzos, pero solo como último recurso. Si los inhibidores de la bomba de protones no calman la úlcera, siempre se puede cortar el nervio vago, el fajo de fibras nerviosas que conecta el cerebro con los intestinos.
No cuestiono que algunas de estas formas de actuar hayan funcionado con éxito, por lo que, durante años, ni el sistema médico ni la industria farmacéutica han tenido necesidad alguna de cambiarlo; y, de entrada, tampoco se presiona al paciente para prevenir que se desencadene el problema. Es decir, no parece que haya necesidad alguna de tomar en consideración la labor destacada del cerebro y las distintas señales que manda al cuerpo en situaciones de estrés o en estados mentales negativos. Los antiguos remedios contra la hipertensión, las enfermedades coronarias y las úlceras gástricas se fueron reemplazando por tratamientos mucho más efectivos que salvaban vidas, reducían el sufrimiento y enriquecían a la industria farmacéutica.
Sin embargo, hoy en día las viejas metáforas mecánicas empiezan a caer por su propio peso. Las máquinas de hace cuarenta años sobre las que se basa el modelo tradicional de enfermedad (los coches, los barcos y los aviones) no contaban con los sofisticados ordenadores que ocupan un lugar primordial en las máquinas actuales. ¡Pero si los cohetes Apolo que fueron a la luna solo tenían a bordo artilugios informáticos rudimentarios, millones de veces menos potentes que un iPhone y mucho más parecidos a la calculadora de Texas Instruments de los años ochenta! Por eso no es de sorprender que los modelos mecanicistas de la enfermedad de entonces no tuvieran en cuenta la informática, o al menos la inteligencia. En otras palabras, no tomaban el cerebro en consideración.
En paralelo a los cambios tecnológicos, los modelos que usamos para conceptualizar el cuerpo humano también han cambiado. La capacidad de los ordenadores ha crecido de forma exponencial; los coches se han convertido en ordenadores portátiles sobre ruedas que notan y regulan cada una de sus partes para asegurar su perfecto funcionamiento, y no tardarán en conducir sin asistencia humana. Mientras tanto, la antigua fascinación por la mecánica y los motores ha dejado paso a una nueva fascinación por la recolección y el procesado de información. El modelo mecanicista era útil en medicina para tratar enfermedades concretas, pero cuando se trata de entender las dolencias crónicas, tanto las del cuerpo como las del cerebro, deja de servir.

EL PRECIO QUE HAY QUE PAGAR POR EL MODELO MECANICISTA

La forma tradicional de ver la enfermedad como el fallo de una de las piezas de un artilugio complejo que puede curarse con medicinas o cirugía ha dado pie a la industria del cuidado de la salud, que está en constante crecimiento. Desde 1970, el gasto per cápita en salud en Estados Unidos se ha incrementado más de un 2.000 por ciento, lo que significa que para pagar esta cantidad desorbitada, se necesita cerca del 20 por ciento de los bienes producidos por la economía estadounidense cada año.
La Organización Mundial de la Salud, en un informe de referencia publicado en el año 2000, consideraba el sistema sanitario estadounidense como el más caro de entre las ciento noventa y una naciones incluidas en el estudio, pero lo ubicaba en la decepcionante trigésimo séptima posición en cuanto a su eficacia general, y en el puesto número setenta y dos del nivel general de salud.
Estados Unidos tampoco salía bien parado en un informe más reciente de la Commonwealth Fund, que consideraba el sistema sanitario estadounidense como el más caro per cápita de entre otros once países occidentales, casi el doble de caro que el resto de los estados analizados. Al mismo tiempo, ocupaba el último puesto en el desempeño general de este.
Estos datos reflejan la dura realidad de que, a pesar del número cada vez mayor de recursos que se invierten en lidiar con los problemas de salud en Estados Unidos, se ha progresado muy poco en el tratamiento del dolor crónico, de los trastornos cerebro-intestinales, como el síndrome del intestino irritable (SII), o de enfermedades mentales, como la depresión clínica, la ansiedad o trastornos neurodegenerativos. ¿Responde este fracaso a que los modelos que seguimos para entender el cuerpo humano están obsoletos? Cada vez hay más expertos en salud integral, practicantes de la medicina funcional e incluso científicos tradicionales que estarían de acuerdo con la afirmación anterior. El cambio está a la vuelta de la esquina.

EL MISTERIOSO DETERIORO DE NUESTRA SALUD

El fracaso a la hora de tratar de forma efectiva muchas enfermedades crónicas, entre las que se encuentran el síndrome del intestino irritable, el dolor crónico y la depresión, no es la única limitación del modelo de medicina tradicional que se basa en la enfermedad. Desde los años setenta hemos sido testigos de nuevos retos para nuestra salud, como el aumento de la obesidad y otros trastornos metabólicos asociados, problemas autoinmunes, como la enfermedad intestinal inflamatoria, el asma o las alergias, y las enfermedades en el desarrollo o envejecimiento del cerebro, como el autismo, el alzhéimer o el párkinson.
Por ejemplo, el índice de obesidad en Estados Unidos se ha incrementado de forma progresiva, pasando del 13 por ciento de la población en 1972, al 35 por ciento en 2002. En la actualidad, casi ciento cincuenta y cinco millones de estadounidenses adultos padecen de sobrepeso u obesidad, el 17 por ciento de los cuales son niños de edades comprendidas entre los dos y los diecinueve años, o lo que vendría a ser lo mismo, uno de cada seis niños estadounidenses padece de obesidad. Casi tres millones de personas mueren cada año a causa del sobrepeso o la obesidad. En el mundo, el 44 por ciento de la diabetes, el 23 por ciento de la isquemia y entre el 7 y el 41 por ciento de algunos cánceres pueden atribuirse al sobrepeso o la obesidad. Si la epidemia de la obesidad no remite, la previsión es que los costes de tratar a las personas que sufren enfermedades relacionadas con ella se incrementarán hasta alcanzar la inquietante cifra de seiscientos veinte mil millones de dólares anuales.
Todavía no hemos conseguido dar con respuestas que expliquen el auge repentino de muchos de esos nuevos problemas de salud, y tampoco tenemos aún una solución efectiva para muchos de ellos. Mientras que el incremento de la longevidad en Estados Unidos ha ido a la par del de muchos otros países del mundo desarrollado, vamos muy por detrás en términos de bienestar físico y mental durante las últimas décadas de vida. El precio que pagamos por alargar los años de vida va en detrimento de la calidad de esta.
Teniendo en cuenta estos retos, es hora de actualizar el modelo predominante del cuerpo humano para entender cómo funciona en realidad, cómo hacer que funcione de forma óptima y cómo arreglarlo de manera segura y efectiva cuando algo no va bien. No podemos tolerar más el alto precio que pagamos y los daños colaterales a largo plazo que el modelo obsoleto que hemos seguido hasta ahora ha provocado.
Durante mucho tiempo hemos estado ignorando el papel primordial que desempeñan dos de los sistemas más importantes y complejos del cuerpo a la hora de mantener nuestra salud en general: los intestinos (el sistema digestivo) y el cerebro (el sistema nervioso). La conexión cuerpo-mente está lejos de ser un mito; es un hecho biológico y una clave esencial para entender lo que atañe a la salud del conjunto del cuerpo humano.

EL SISTEMA DIGESTIVO COMO UN SUPERORDENADOR

Nuestra forma de entender el sistema digestivo ha estado basada durante décadas en el mismo modelo mecanicista que el resto del cuerpo. Se consideraba que los intestinos solo eran un artilugio anticuado que funcionaba según los principios de la máquina de vapor del siglo XIX. Comíamos, masticábamos y nos tragábamos la comida; por su parte, el estómago la molía con fuerza mecánica con la ayuda del ácido clorhídrico concentrado antes de verter el bolo alimenticio al intestino delgado, que absorbía los nutrientes y enviaba la comida no digerida al intestino grueso, que a su vez excretaba los restos que quedaban.
Esta metáfora de la era industrial resultaba fácil de entender, por lo que influyó en varias generaciones de médicos, entre ellos los gastroenterólogos y cirujanos actuales. Según ese punto de vista, el mal funcionamiento del tracto digestivo podría solucionarse con un simple bypass o extrayendo alguna pieza, y podría renovarse por completo para favorecer la pérdida de peso. Hemos mejorado tanto la técnica de esas intervenciones que en la actualidad pueden llevarse a cabo con un endoscopio, evitando así la cirugía.
Pero resulta que este modelo es de lo más simplista. Mientras que la medicina continúa viendo el sistema digestivo como si fuera en gran medida independiente del cerebro, sabemos que ambos están conectados entre sí, lo que quedaría ilustrado con la idea de un eje cerebro-aparato digestivo. Según ese concepto, el sistema digestivo es mucho más delicado, complejo e importante de lo que hasta ahora ni siquiera sospechábamos. Estudios recientes sugieren que, en interacciones cerradas con los microbios propios de los intestinos, estos pueden influir en las emociones básicas, la respuesta al dolor y las relaciones sociales, e incluso en muchas de las decisiones que tomamos, y no solo las que incumben al tipo o la cantidad de comida. Dando la razón a la expresión popular de tomar una decisión «dejándose llevar por las tripas», en términos neurobiológicos, la compleja comunicación entre el aparato digestivo y el cerebro tiene una función principal cuando tomamos algunas de las decisiones más trascendentales de nuestra vida.
La comunicación entre la tripa y la mente no debe ser de interés exclusivo de los psicólogos; no solo existe en nuestra cabeza. Esta relación se lleva a cabo a partir de conexiones anatómicas entre el cerebro y el aparato digestivo, y la facilitan las señales de comunicación biológica transportadas en el torrente sanguíneo.
Pero antes de que vayamos tan lejos, demos un paso atrás y veamos con detalle a qué me refiero cuando hablo de tripas, de los intestinos y del sistema digestivo, que es algo mucho más complejo que una simple máquina de procesar alimentos.
Los intestinos tienen capacidades que superan a las del resto de los órganos y que incluso están a la altura de las del cerebro. El aparato digestivo cuenta con su propio sistema nervioso, conocido en la jerga médica como el sistema nervioso entérico, o SNE, y que en ciencia divulgativa se denomina a menudo «el segundo cerebro». Ese segundo cerebro está formado por entre cincuenta y cien millones de neuronas, la mayoría situadas en la médula espinal.
Las células inmunitarias que habitan en los intestinos constituyen la mayor parte del sistema inmunitario de nuestro cuerpo; en otras palabras, hay más células inmunitarias viviendo en los intestinos que circulando por la sangre o en la médula ósea. Hay una buena razón para que estas células se acumulen en este lugar concreto, pues están expuestas a numerosos microorganismos, letales en potencia, presentes en lo que comemos. El sistema inmunitario situado en los intestinos es capaz de identificar y destruir una determinada especie de bacteria peligrosa que llega a nuestro sistema digestivo cuando ingerimos por accidente comida o agua contaminadas. Lo más destacable es que cumple con su función gracias a que sabe reconocer la ínfima cantidad de bacterias potencialmente letales en un océano de trillones de otros microbios benignos que viven en los intestinos, lo que conocemos como flora intestinal. Que esa difícil misión se cumpla nos asegura la posibilidad de vivir en perfecta armonía con nuestra flora intestinal.
El recubrimiento de los intestinos está salpicado por innumerables células endocrinas, células especializadas que contienen más de veinte tipos de hormonas que, si es necesario, pueden liberarse en el torrente sanguíneo. Si pudiéramos reunir todas estas células endocrinas en una sola masa, esta sería mayor que todo el resto de los órganos endocrinos juntos (las gónadas, la glándula tiroidea, la glándula pituitaria y las glándulas suprarrenales).
También es en las tripas donde se encuentra la mayor despensa de serotonina de todo el cuerpo, hasta el 95 por ciento del total. La serotonina es una molécula de señalización de crucial importancia en la relación entre el aparato digestivo y el cerebro: no solo es esencial para el desempeño de las funciones digestivas normales, como las contracciones coordinadas que transportan la comida a lo largo de todo el sistema digestivo, sino que es trascendental para otras funciones vitales como dormir, el apetito, la respuesta al dolor, el humor y el bienestar general. A causa de su amplio campo de acción en la regulación de esos sistemas cerebrales, esta molécula de señalización es el objetivo central de la mayoría de los antidepresivos, los llamados inhibidores de la recaptación de serotonina.
Si la única función de nuestro sistema digestivo fuera hacerse cargo de la digestión, ¿para qué necesitaría esta concurrencia sin igual de células especializadas y sistemas de señalización? Una posible respuesta nos la daría una de las características desconocidas de nuestro sistema digestivo, su función esencial como órgano sensorial, ya que cubre la mayor parte de la superficie de nuestro cuerpo. Extendido, el sistema digestivo mide lo mismo que una pista de baloncesto, y está repleto de miles de pequeños sensores que codifican la vasta cantidad de información que contiene todo aquello que comemos y lo convierte en moléculas de señalización, del dulce al amargo, del caliente al frío y del picante al suave.
El intestino está conectado al cerebro mediante gruesos cables nerviosos que transfieren la información en ambos sentidos, y a través de canales de comunicación que usan el torrente sanguíneo: hormonas y moléculas de señalización inflamatorias que se producen en la comunicación desde el aparato digestivo hacia el cerebro, y las hormonas producidas por la comunicación que va del cerebro hacia las variadas células del intestino, como el músculo liso, los nervios o las células inmunitarias, para cambiar sus funciones.
Muchas de las señales producidas por el aparato digestivo que llegan al cerebro no solo generarán algún tipo de sensación en las tripas, como la impresión de saciedad después de una buena comida, náuseas, malestar o bienestar, sino que también provocarán respuestas en el cerebro que a su vez mandará de vuelta al aparato digestivo, suscitando así distintas sensaciones intestinales.
Por su parte, el cerebro tampoco olvida las sensaciones que se generan en las tripas, y que quedan almacenadas en las grandes bases de datos del cerebro para que puedan ser utilizadas más adelante, cuando tengamos que tomar una decisión. En última instancia, lo que sentimos en las tripas podría no solo afectar a la toma de decisiones sobre lo que comemos o bebemos, sino también sobre la gente con quien pasamos el rato y nuestra forma de evaluar información importante, ya sea como trabajadores, miembros de un tribunal o líderes.
En la filosofía china, el concepto del yin y el yang describe cómo las fuerzas contrarias u opuestas pueden considerarse complementarias e interconectadas, y cómo estas dan lugar a un todo unificado a base de interactuar la una con la otra. Cuando se aplica al eje aparato digestivo-cerebro, consideraremos que las sensaciones de las tripas son el yin, y las reacciones son el yang. Así como el yin y el yang son dos principios complementarios de la misma entidad, en la conexión cerebro-aparato digestivo tanto las sensaciones como las reacciones son distintos aspectos de la misma red bidireccional, cruciales para nuestro bienestar, nuestras emociones y la capacidad de tomar decisiones de forma intuitiva.
 
Figura 1. Comunicación bidireccional entre el intestino y el cerebro
El intestino y el cerebro están estrechamente conectados a través de canales de comunicación bidireccionales, como los nervios, las hormonas y las moléculas inflamatorias. La valiosa información sensorial que se genera en el intestino llega al cerebro (sensaciones intestinales) y, como respuesta, el cerebro manda señales al intestino para ajustar su función (reacciones intestinales). Ambas están conectadas de manera muy intrincada.

LOS ALBORES DEL MICROBIOMA INTESTINAL

Muy poca gente se había interesado en las últimas décadas por los descubrimientos de los investigadores que estudian las interacciones entre el cerebro y el aparato digestivo, pero desde hace unos años este eje se halla en el punto de mira. El cambio podría atribuirse en gran medida al crecimiento exponencial del conocimiento y la información que tenemos sobre las bacterias, las arqueas, los hongos y los virus que viven en el intestino bajo la denominación colectiva de «flora intestinal».
A pesar de que estos microorganismos invisibles nos superan por mucho en número (hay cien mil veces más microbios en nuestro intestino que personas en el mundo), hace solo trescientos años que empezamos a saber de su existencia, cuando el científico holandés Antonie van Leeuwenhoek introdujo mejoras sustanciales en el microscopio. Al observar las mucosas dentales a través de la lente de aumento, detectó microorganismos vivos a los que bautizó como «animálculos».
Desde entonces se han producido cambios tecnológicos drásticos que han influido de forma positiva en nuestra habilidad para identificar y caracterizar dichos organismos, aun cuando la mayor parte de ese progreso ha tenido lugar en la última década. El Proyecto sobre el Microbioma Humano (Human Microbiome Project) tuvo un papel importante en ese progreso. El proyecto es una iniciativa del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, que nació en octubre de 2007 con el objetivo de identificar y conocer las características de los microorganismos que coexisten con los seres humanos. Se diseñó para descifrar los componentes microbianos de nuestros genes, el panorama metabólico y de qué forma contribuyen en nuestra fisiología normal y la predisposición a las enfermedades.
Durante la última década, la cuestión del microbioma intestinal se ha extendido a prácticamente todas las ramas de la medicina, incluso a aquellas tan alejadas como la psiquiatría o la cirugía. Las comunidades invisibles de microbios se encuentran por doquier, ya sea en plantas o animales, en el suelo, en los respiraderos de los fondos marinos abisales o en las capas altas de la atmósfera, por lo que, por extensión, la fascinación por el mundo de los microorganismos también ha alcanzado a los científicos que estudian los microbios que habitan en los océanos, la tierra y los bosques. Incluso la Casa Blanca se quiso involucrar y en 2015 reunió a científicos de todo el país para que estudiaran la influencia de los microbios en el clima, las reservas de alimento y la salud humana. A partir de aquel estudio, el presidente Barack Obama planeó celebrar una iniciativa nacional sobre el microbioma el 13 de mayo del 2016, análoga a la desarrollada en 2014 sobre el cerebro, que consiguió millones de dólares en becas para estudiar el cerebro humano.
Los beneficios que los humanos obtenemos de nuestros microbios tienen consecuencias muy relevantes para la salud. Algunos de los que están mejor documentados incluyen la ayuda en la digestión de ciertos componentes de la comida que ingerimos y que los intestinos no son capaces de digerir por sí mismos; la regulación del metabolismo; el tratamiento y la desintoxicación de algunos químicos peligrosos que tomamos con los alimentos; la ejercitación y regulación del sistema inmunitario y prevenir la invasión y proliferación de patógenos peligrosos.
Por otro lado, las alteraciones en el microbioma intestinal, compuesto por la flora intestinal y el conjunto de sus genes y genomas, van asociadas a una gran variedad de trastornos, como la enfermedad inflamatoria intestinal, la diarrea provocada por antibióticos o el asma, y podrían incluso tener algo que ver en las alteraciones del espectro autista y los neurodegenerativos del cerebro, como el párkinson.
 
Figura 2. La diversidad de la flora intestinal y la vulnerabilidad a los trastornos cerebrales
La diversidad y abundancia de los microbios intestinales varía a lo largo de la vida y en cada individuo. Es baja durante los primeros tres años de la vida, mientras se establece un microbioma estable, llega a su punto álgido durante la edad adulta y disminuye a medida que envejecemos. El primer período de baja diversidad coincide con la ventana de vulnerabilidad a los trastornos en el neurodesarrollo, como el autismo y la ansiedad, mientras que la última etapa de baja diversidad coincide con el desarrollo de alteraciones neurodegenerativas, como el párkinson o el alzhéimer. Se podría especular sobre que dichos estados de baja diversidad son factores de riesgo a la hora de desarrollar esas enfermedades.
Con la ayuda de las nuevas tecnologías, estamos descubriendo e identificando las distintas poblaciones microbianas de la piel, la cara, las fosas nasales, la boca, los labios, los párpados e incluso de entre los dientes. Sin embargo, el tracto gastrointestinal, y en concreto el intestino grueso, es el hábitat de las poblaciones microbianas más numerosas. Miles de millones de microbios viven en el mundo oscuro y casi sin oxígeno del intestino humano, más o menos la misma cantidad de células de todo el cuerpo humano, incluidos los glóbulos rojos. Eso significa que solo el 10 por ciento de nuestras células son en realidad humanas. (Una vez más, si incluimos los glóbulos rojos esa cifra supondría el 50 por ciento.) Si pusiéramos todos los microbios intestinales juntos y les diéramos forma de órgano, este pesaría entre uno y tres kilos, es decir, igual que el cerebro, que de media supera por poco el kilo de peso. Partiendo de esta comparación, hay quien se ha referido a la flora intestinal como «el órgano olvidado». El millar de especies de bacterias que componen la flora intestinal contienen más de siete millones de genes, o lo que es lo mismo, hay más de trescientos sesenta genes bacterianos por cada gen humano. Eso significa que menos de un uno por ciento de los genes combinados microbianos y humanos, lo que se llama hologenoma, son de origen humano.
Todos esos genes dan a los microbios no solo una capacidad enorme para generar moléculas a través de las que comunicarse con nosotros, sino también una increíble capacidad de cambio. La flora intestinal difiere sobremanera de una persona a otra, por lo que dos personas tendrán una flora intestinal distinta en cuanto a las cepas y las especies de microbios que contienen. Los microbios presentes en el intestino dependen de muchos y muy diversos factores, como los genes propios; la flora materna, que todos adoptamos en cierta medida; los microbios de quienes conviven con nosotros; la dieta y, como se verá en este libro, la actividad y el estado de la mente.
Para comprender por completo la tremenda importancia que tienen los microbios en nuestro organismo, vale la pena recordar de dónde vienen y cómo se relacionan con los humanos. Martin Blazer lo narró en forma de un maravilloso cuento en su libro Missing Microbes:
Durante unos tres mil millones de años, las bacterias fueron las únicas habitantes de la Tierra. Ocupaban cada porción de tierra, aire y agua, provocando reacciones químicas que dieron lugar a las condiciones necesarias para la evolución de la vida multicelular. Poco a poco, sin dejar de aplicar el método de ensayo-error, a lo largo de la inmensidad del tiempo, inventaron sistemas complejos y sólidos de feedback, entre los que encontramos el «idioma» más eficiente que a día de hoy todavía pervive en todas las formas de vida de la Tierra.
Todo lo que se ha descubierto sobre la flora intestinal desafía las creencias científicas tradicionales, y por eso se ha convertido en un tema que suscita tanto interés como controversia en el mundo de la ciencia y en los medios de comunicación. También es la razón que hace que se planteen preguntas más profundas y filosóficas sobre el impacto del microbioma: ¿Es el cuerpo humano solo el vehículo de los microbios que lo habitan? ¿Manipulan los microbios nuestro cerebro para que ingiramos los alimentos que más les convienen a ellos? ¿El hecho de que las células no humanas nos superen a los humanos en número debería cambiar el concepto que tenemos del ser humano?
Las especulaciones filosóficas de este tipo son fascinantes, pero en la actualidad no cuentan con el apoyo de la ciencia. Aun así, las implicaciones de lo que la ciencia del microbioma ha revelado en la última década son igual de profundas. A pesar de que nos encontramos tan solo en los albores de este viaje hacia el descubrimiento científico, ya hemos dejado de vernos como el único producto inteligente de la evolución, distinto del resto de los seres vivos del planeta.
Al igual que la revolución copernicana del siglo XVI cambió los fundamentos sobre el lugar que ocupaba el mundo dentro del sistema solar, y la teoría revolucionaria que propuso Darwin en el siglo XIX cambió para siempre nuestro lugar dentro del reino animal, la ciencia del microbioma humano está revolucionando nuestro lugar en la tierra. De acuerdo con la nueva ciencia del microbioma, los humanos somos en realidad supraorganismos formados por componentes tanto humanos como microbianos estrechamente interconectados, inseparables y dependientes los unos de los otros para sobrevivir. Lo más relevante es que los componentes microbianos aportan a este supraorganismo una contribución mucho mayor que los humanos. Del mismo modo que el factor microbiano está conectado, a través de un sistema de comunicación biológica compartido, al resto de los microbiomas presentes en la tierra, el aire y los océanos, o que los microbios viven en simbiosis con casi el resto de los seres vivos, nosotros estamos ligados de forma estrecha e indisoluble a la red de vida de la tierra. El nuevo concepto de supraorganismo humano microbiano tiene claras y profundas implicaciones en nuestra forma de entender la misión que desempeñamos en la tierra y en muchos aspectos de la salud y la enfermedad.

CUANDO SE DESEQUILIBRA EL EJE APARATO DIGESTIVO-FLORA INTESTINAL-CEREBRO

La estabilidad y la resiliencia contra los ataques y las alteraciones miden la buena salud de un ecosistema. Otros factores que contribuyen a dicha salud son la diversidad y la abundancia de los organismos que lo conforman. Las misma ...

 

  • Autor/es: Emeran Mayer.
  • Editorial Grijalbo
  • Traducción Julia Sabate Font
  • Formato 141 X 215 mm
  • Páginas 384
  • Encuadernación Rústica con solapas (tapa blanda)

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