Galileo y el arte de envejecer Maximizar

Galileo y el arte de envejecer

Adam Ford (aut)

15,29 € sin IVA

Meditaciones sobre los cielos nocturnos

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La conciencia plena puede ejercitarse durante toda la vida, pero con la edad apreciamos más sus beneficios. Adam Ford nos habla en este libro de la fusión natural que existe entre ciencia y espiritualidad, y de cómo Galileo inició una nueva era en nuestro modo consciente de entendernos a nosotros mismos y nuestro lugar en el universo para vivir plácida y serenamente.

Adam Ford

es un pastor anglicano ya jubilado que vive en el sur de Inglaterra. Fue uno de los sacerdotes adscritos a la Capilla Real al servicio de la reina de Inglaterra, capellán en un colegio de Londres y vicario en un pueblo molinero de Yorkshire. Tiene un máster en religiones de la India y suele dar conferencias sobre budismo, hinduismo y astronomía.


ÍNDICE

INTRODUCCIÓN 7

CAPÍTULO 1

LA TIERRA EN MOVIMIENTO 25

CAPÍTULO 2

¿QUIÉN SOY YO? 43

CAPÍTULO 3

EL INQUIETANTE TAMAÑO DEL UNIVERSO 57

CAPÍTULO 4

MARTE, EL HERALDO DE LA GUERRA 73

CAPÍTULO 5

ETERNIDAD Y TÚNELES EN EL TIEMPO 91

CAPÍTULO 6

LA FUERZA DE LA GRAVEDAD 109

CAPÍTULO 7

¿ESTAMOS SOLOS EN EL UNIVERSO? 125

CAPÍTULO 8

LA SABIDURÍA POPULAR, LOS DESASTRES
Y EL TIEMPO PROFUNDO 147

AGRADECIMIENTOS Y NOTAS 159

INTRODUCCIÓN

¿Qué conclusiones sacaremos de nuestra
breve existencia en este mundo transitorio?
La vida llega y se pasa volando. En la infancia, el
tiempo casi no avanza: falta una eternidad para las
siguientes Navidades, la fiesta de cumpleaños de la
próxima semana tarda años en llegar. Después,
conforme crecemos, el tiempo comienza a ganar
velocidad: los cumpleaños se suceden con persistencia
cada vez más deprisa; los otrora niños de repente
han alcanzado la mediana edad. Sin embargo,
creo que hacerse mayor está lleno de compensaciones
inesperadas: hay más tiempo para vivir de modo
consciente, más tiempo para pensar; hay tiempo
para dedicarse a ciertas aficiones que quedan
excluidas de una vida ajetreada, en mi caso,
el cielo nocturno.

LA PAZ DEL CIELO NOCTURNO

Cuando era joven, el estudio del cielo nocturno me absorbía y me apasionaba de verdad y ahora, que ha pasado más de medio siglo, me encuentro con que aún me asienta el espíritu alzar la vista, buscar a las constelaciones y contemplar la lejanía de las estrellas, y me maravillo ante su longevidad y los grandes vacíos que las sepa­ran.
¿ Ya es miércoles otra vez? Hacerse mayor es un proceso
extraño. El tiempo vuela, una semana se te pasa en un suspiro: los que somos más mayores nos sentimos exactamen­te igual que cuando teníamos diecisiete años... hasta que nos vemos el pelo gris en el espejo o nos fijamos en la piel del dorso de las manos, con unas cuantas arrugas y lunares («¡Cie­los! Mis manos tienen justo el aspecto con el que recuerdo las de mi padre», me sorprendo pensando). Salgo mucho a cami­nar, a diario, y me encanta..., pero me doy cuenta de que en­seguida me canso al subir una pendiente, me pesan las piernas y me detengo a recobrar el aliento, asombrado por que pueda agotarme tanto con una actividad tan ordinaria como esa. No me queda otra que reírme y aprender a tomarme las cuestas con un poco más de calma.
Sin embargo, me considero afortunado, porque he descu­bierto que tengo más tiempo para vivir de un modo cons­ciente, para practicar la conciencia plena, para ver las cosas tal y como son. El momento presente cobra cada vez mayor im­portancia, y hay algo reconfortante en la naturaleza física de
mi propio cuerpo, aun cuando sea a través de ciertas dificulta­des como se pone de relieve: respiro y estoy vivo. Todo esto provoca un cambio en lo que respecta a mis prioridades en la vida, y me ayuda a liberarme de ciertas cosas por las que no merece la pena preocuparse.
Uno de mis mayores placeres es el de disponer de tiempo para redescubrir el cielo nocturno, algo que siempre me ha fascinado. El estudio de la astronomía tiene mucho que con­tarnos acerca de quiénes somos y de cómo llegamos aquí, a este pequeño planeta azul; vivimos en un universo extraordi­nario, vasto y antiguo hasta un punto inimaginable. La curio­sidad y la investigación científica forman parte de la naturale­za humana y son en sí actividades espirituales. Tras siglos de investigación, ahora sabemos que estamos unidos al resto de la vida que evoluciona en el planeta y que tenemos un profundo vínculo con las estrellas. Esto es lo que yo deseo explorar.

Un breve encuentro

De poder asignarle una fecha concreta, creo que comencé a ser consciente de tales cuestiones justo en uno de esos afortu­nados e imprevistos momentos de los que están llenas nuestras vidas. Tenía nueve años y estaba de visita, con mi padre, en casa de su amigo Tommy Hill, en Eskdale, un hermoso y remoto valle del Distrito de los Lagos, en el noroeste de Inglaterra, donde yo crecí. El hombre tenía unos pesados prismáticos re­quisados (lo cual les confería cierto romanticismo, recuerdo haber pensado) al capitán de un submarino alemán. Salimos al jardín en pleno crepúsculo y miramos con los prismáticos a la
media luna entre las ramas de un haya de tonos cobrizos. Con­forme ajustaba el enfoque, las hojas y ramitas del árbol se iban difuminando, y la luna fue surgiendo con una sorprendente claridad, llena de cráteres resplandecientes y sombras negras. Me quedé atónito, arrastrado a otro mundo de paisajes ilumi­nados por el sol, grandes cordilleras y profundos valles.
A la mañana siguiente le pregunté a la señorita Armstrong, nuestra maestra en la diminuta escuela rural de Boot, si les podía hablar al resto de los niños sobre la luna. En la escuela éramos catorce, de todas las edades, y dábamos juntos todas las clases: los más mayores ayudaban a los pequeños a leer. Un pastor local que a veces traía a las ovejas a pastar a nuestra zona de recreo —una pendiente descuidada con afloramientos de roca y helechos— nos llamaba respetuosamente «los escolares».
Cogí la tiza, dibujé una gran media luna en la pizarra y la rellené con un montón de círculos a modo de cráteres, cada uno más grande que el valle de Eskdale, que constituía nues­tro universo. Yo no sé qué conclusiones sacarían los demás niños de todo aquello, ni lo que les conté, pero intenté descri­birles aquel paisaje lunar rugoso y montañoso tal y como lo había visto. Me faltaban las palabras para describir la emoción que había despertado en mi corazón ante aquel panorama.
No hace mucho que pasé por el lugar donde la luna me reveló su rostro por primera vez. Allí sigue esa haya de tonos cobrizos, que da la extraña impresión de no haber envejecido desde entonces, el plácido vínculo entre el asombro de la in­fancia y la conciencia plena de la vejez. El tiempo ha volado entre aquel entonces y el ahora.

UNA COMUNIDAD DE GENTE CURIOSA

No somos los únicos que miran al cielo y se hacen preguntas: prove­nimos de una comunidad de gente curiosa. Nosotros, en el siglo xxi, somos herederos de una gran cantidad de información procedente de los descubrimientos que hicieron otros.
Los astrónomos vienen explorando los cielos desde hace cuatrocientos años, realizan observaciones y recopilan in­formación, construyen maquetas del sistema solar, de las estre­llas y las galaxias, especulan acerca de cómo llegó el universo a ser como es y, lo que es aún más importante quizá, investigan la historia de cómo llegamos nosotros hasta aquí. Es una his­toria épica, tanto desde una perspectiva absolutamente espiri­tual como científica. Son muchos los científicos que han ex­perimentado que la propia investigación científica en sí puede constituir una forma de contemplación religiosa. A mí siem­pre me ha costado entender por qué hay gente que piensa que la ciencia y la religión están en guerra.
Para recordarme a mí mismo que la investigación científica es una actividad colectiva y que yo sé lo que sé tan solo gracias a la curiosidad y las exploraciones previas de otros, quiero contar esta historia en compañía del gran astrónomo Galileo Galilei.

Acerca de Galileo

Nació en Pisa en 1564 (murió en 1642), en el seno de una familia pobre, aunque culta, de la baja aristocracia italiana. De su padre heredó su radical punto de vista y un sano desdén por la autoridad, la cual ponía en tela de juicio cada vez que se le presentaba la ocasión. Fue nombrado profesor de Mate­máticas en Pisa a la edad de veinticinco años, y tres más tarde ocupó un puesto similar en Padua, en la República de Venecia, donde permaneció durante dieciocho años. Aquella época, recordaría él en la ancianidad, fue una de las más felices de su vida.
A Galileo se le suele considerar el padre de la ciencia mo­derna. Sus experimentos en el campo de la óptica y la astro­nomía, del movimiento de los cuerpos en caída libre y de las mareas, del movimiento pendular y de la trayectoria de las balas de cañón formaban parte todos ellos de una nueva y brillante manera de mirar el mundo, de observar las cosas tal y como son, en lugar de como nos han dicho que son. El expe­rimento sustituyó al prejuicio; una mirada despierta, clara y consciente reemplazó la repetición ciega. Comenzamos a abrir los ojos ante nuestro lugar en el universo, y a entenderlo.
La mayoría de la gente asocia el nombre de Galileo a su famoso juicio ante la Inquisición de la Iglesia católica. Lamen­tablemente, se le recuerda tanto por su choque frontal con la autoridad como por sus descubrimientos, que cambiaron el mundo; se han exagerado ciertas informaciones al respecto del trato que recibió por parte de la Iglesia. Se le suele utilizar como argumento a favor del ateísmo, como «prueba» de que la religión siempre se ha opuesto al avance del conocimiento científico. La realidad era mucho más compleja. Galileo era un hombre difícil, de gran agilidad mental y dado a burlarse de
cualquiera que no estuviese de acuerdo con él, un hombre que se creaba enemigos y admiradores a cada instante; y sin duda padeció un largo enfrentamiento con algunas autorida­des de la Iglesia católica. Más adelante veremos los motivos de ello, cuando examinemos algunas de las consecuncias que conllevaba lo que descubrió con el telescopio. Sin embargo, y a pesar de todas sus tribulaciones, Galileo continuó siendo un buen católico hasta el final de sus días, y recibió gran apoyo de su devota hija monja sor María Celeste, que lo adoraba y con quien Galileo mantuvo correspondencia durante toda su vida.
Galileo era un hombre cuyas inquietudes comprendo a la perfección, cuyas prioridades admiro muchísimo. Se negaba, por ejemplo, a lucir en todo momento el atuendo académico reglamentario en Pisa (¡resultaba engorroso a la hora de subir a la famosa torre inclinada para realizar sus experimentos con objetos en caída libre!), pues lo consideraba una molestia pre­tenciosa. Se deleitaba con el trino de los pájaros y observaba que eran capaces de transformar el aire que inhalaban en «una variedad de dulces tonadas». Le encantaba el vino, que descri­bió como «la luz que el agua mantiene unida». Y, en la convic­ción de que el común de los mortales debía tener acceso a sus descubrimientos, escribió sus obras en lengua vulgar en vez de hacerlo en latín, el idioma de la Iglesia.

El telescopio de Galileo

Al contrario de lo que creyeron diversos autores del pasado, Galileo no inventó el telescopio: dicho honor se le debe otor­gar a Hans Lippershey, un holandés que se dedicaba a fabricar
lentes. En 1608, mientras experimentaba con la propiedad del cristal para desviar (refractar) los rayos de luz, Lippershey des­cubrió que si miraba una lente convexa a través de una lente cóncava, obtenía una imagen ampliada de los objetos lejanos. El acierto y la genialidad de Galileo residió en ver el potencial de este gran descubrimiento. Aprovechó la oportunidad, cons­truyó su propio telescopio y lo apuntó hacia las estrellas, no sin antes haber tratado de vender aquel invento a los podero­sos propietarios de barcos venecianos, para quienes supondría una gran ventaja comercial poder identificar los navíos en el horizonte y enterarse de su llegada antes que el resto de la gente.
Fue en 1609 cuando Galileo dirigió hacia las estrellas aquel pequeño instrumento suyo hecho a mano, y fue un momento de plenitud de conciencia para la humanidad. Estaba haciendo algo que nadie había hecho antes y, después de observar el universo durante varias noches, supo que cuanto había visto cambiaría la historia y alteraría para siempre nuestra manera de vernos a nosotros mismos. Tenía razón. Aquel fue un gran periodo histórico: en Inglaterra, Shakespeare se encontraba en la cúspide de su carrera, y los «padres peregrinos», los primeros colonizadores de Nueva Inglaterra, estaban a punto de partir hacia el Nuevo Mundo.
El relato de Galileo y su telescopio —su descubrimiento de las lunas de Júpiter, las cordilleras de nuestra Luna, las man­chas solares, las estrellas de la Vía Láctea y las fases de Venus al estilo de las de la Luna— lo interpreto como una especie de parábola. El proceso de enfrentarse a la realidad, de asimilar
nuestro lugar en el universo, que se inició a gran escala para la humanidad hace cuatrocientos años, se refleja a pequeña esca­la en nuestra vida individual. ¿Cuál es nuestro sitio en este cosmos ancestral?
Escribo esto en un momento de mi vida a cuya edad Gali­leo, por desgracia, se había quedado ciego y ya no podía ver aquellos cielos que tanta fama le habían proporcionado. El conocido juicio ante la Inquisición por afirmar, entre otras cosas, que la Tierra se movía, era cosa del pasado; vivía bajo arresto domiciliario, y su devota hija sor María Celeste había fallecido de disentería cuatro años antes. «Este universo —es­cribió Galileo en una carta a un amigo en 1638—, que con mis sorprendentes observaciones y la claridad de mis demos­traciones he ampliado un centenar, mejor dicho, un millar de veces más allá de los límites que alcanzó a ver el común de los sabios de los siglos precedentes, se encuentra ahora para mí tan disminuido y reducido que ha llegado a contraerse hasta los meros límites de mi cuerpo».1

Envejecer con las estrellas

Todos nos enfrentamos, al igual que Galileo, a las inevitables limitaciones de hacerse mayor. Yo encuentro la calma en la contemplación del cielo nocturno: la meditación confiere perspectiva a los problemas y fomenta la quietud interior. Puedo entonces reflexionar —con fuerzas renovadas y con­fianza— acerca de la brevedad de la vida, en particular, al exa­minarla en contraste con el telón de fondo cósmico que nos reveló el telescopio de Galileo. La edad del universo es casi
inconcebible para el ser humano; nuestra vida, aun en los se­tenta años de los que habla la Biblia (y que yo he superado ya), es apenas un parpadeo de la consciencia en comparación con la antigüedad del universo.
La astronomía es un buen punto de partida cuando uno se pone a cavilar sobre estas cuestiones. No hace falta ir en per­sona a mirar con nuestros propios ojos por esos grandes teles­copios situados en las alturas, sobre las nubes de Hawái, de Chile o de Tenerife para pensar en las estrellas y en la natura­leza de la eternidad. Las verdades de la astronomía se pueden asimilar incluso sin un telescopio: basta con salir fuera por la noche y tomarnos tiempo para detenernos y observar mien­tras respiramos el delicioso aire nocturno.
Este libro no incluye ningún mapa celeste y se puede leer fácilmente sin ello. Todo cuanto se necesita es imaginación y un poco de tiempo para valorar las ideas. De todas formas, sí haré referencia a determinados planetas, estrellas y constela­ciones, y proporcionaré una descripción suficiente de los mis­mos con el fin de que sirva de ayuda para localizarlos a lo largo de todo el año. Cualquiera de las múltiples guías de las estrellas que están disponibles en la mayoría de las librerías o en internet serán de ayuda, por supuesto. Además, muchos periódicos ofrecen mapas celestes mensuales muy útiles.

 

  • Autor/es: Adam ford
  • Editorial Siruela
  • Traducción Julio Hermoso
  • Formato 130x200
  • Páginas 160
  • Encuadernación Tapa dura

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