Einstein y el arte de montar en bicicleta Maximizar

Einstein y el arte de montar en bicicleta

Ben Irvine (aut)

15,29 € sin IVA

Buscando el equilibrio en el mundo moderno

«Se me ocurrió mientras montaba en bicicleta».
ALBERT EINSTEIN (1879-1955),
A PROPÓSITO DE SU TEORÍA DE LA RELATIVIDAD

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9788416638956

Ben Irvine nos explica cómo experimentar la sabia manera de ver la vida de Einstein a través del sencillo placer de montar en bicicleta.
Esta obra arroja una nueva luz sobre la visión holística del mundo de uno de los grandes iconos de la ciencia y explora cómo alcanzar el equilibrio y la atención plena a través del placer de montar en bicicleta. Ben Irvine nos muestra una forma de vida ecológicamente consciente, integrando conceptos filosóficos, prácticos y personales.

Ben Irvine

es escritor, editor, activista y filósofo. Es el editor del Journal of Modern Wisdom y de Cycle Lifestyle, dos publicaciones que tienen por objeto implantar el mindfulness y la vida sana en la agenda social, y que ha emprendido una campaña para instaurar un mapa oficial de las rutas ciclistas de Londres. Ben tiene un blog en la web The School of Life, enseña Filosofía a estudiantes en la Universidad de Cambridge y es miembro honorario del departamento de Filosofía de la Universidad de Durham.

 

ÍNDICE

Agradecimientos 6

INTRODUCCIÓN

Una mente equilibrada 7

CAPÍTULO I

El mejor de los inventos 29

CAPÍTULO 2

A rueda libre, sin preocupaciones 65

CAPÍTULO 3

La vuelta a la manzana 93

CAPÍTULO 4

Una vuelta por el mundo 121

CONCLUSIÓN

Una vida equilibrada 153

UNA MENTE EQUILIBRADA

Si te digo que el ciclismo te ayudará a parecerte a
Einstein, dudo mucho que me creas. Einstein ha sido
unos de los científicos más notables de la historia y
montar en bicicleta es de lo más fácil. Pero ¿y si te
recuerdo la famosa fotografía en que se ve a Einstein
pedaleando alegremente? Quizá solo sirva para
que pienses que vestir unos pantalones que
te quedan cortos y una chaqueta de punto te
ayudará a parecerte a este enigmático genio
más que cualquier paseo en bicicleta.

PENSAR COMO EINSTEIN

Los grandes pensadores nos resultan a veces tan enigmáticos como los misterios que sus trabajos pioneros contribuyeron a desvelar. Einstein no es la excepción. Su vida estuvo plagada de excentrici­dades, sorpresas y contrastes, de los que a primera vista se diría que no hay gran cosa que aprender.
EINSTEIN FUE UN REBELDE (O UN «HOLGAZÁN», según lo expresó uno de sus profesores de la universidad) que tardó nueve años en iniciar su carrera docente después de haberse graduado. Y, sin embargo, en el legendario «año mila­groso» de 1905, mientras trabajaba como empleado de una oficina de patentes, publicó cuatro estudios prodigiosos que revolucionaron la física. Creía firmemente en la verdad y en la estructura matemática de la realidad, pese a lo cual declaró que «la imaginación es más importante que el conocimiento». Además le encantaba tocar el violín. Valoraba mucho los pla­ceres sencillos y sin pretensiones, hasta tal punto que prefería ayudar con los deberes a los niños del barrio que hacer la menor ostentación de su éxito. No obstante, se convirtió en una celebridad mundial, un ciudadano del mundo autoproclamado y un apasionado defensor de un Gobierno mundial. Era un cabeza de chorlito que olvidaba a menudo ponerse los calcetines o comer, pero eso no le impidió luchar incan­sablemente por la democracia, la igualdad racial y el pacifismo.
Socialista que abogaba por la libertad, solitario profunda­mente interesado en la humanidad, agnóstico que concebía el universo como una obra manual de Dios, Einstein fue la «per­sona del siglo» elegida por la revista Time y, en contraste, también la figura que inspiró a los personajes de E. T. y Yoda. En su lecho de muerte continuaba garrapateando ecuaciones.

Unidad en la diversidad

El maravilloso mundo de Einstein abarca todo esto y mucho más. ¡Qué hombre genial tan caótico!, podríamos pensar, pero lo que para algunos es caos, para otros es armonía. Tal como las teorías de Einstein buscan la unidad en la diversidad de la naturaleza, su propia vida fue más coherente de lo que pudiera parecer a primera vista. En el mundo de Einstein armoniza­ban a la perfección lo local y lo global, lo individual y lo social, lo creativo y lo práctico. Nunca sacrificaba un extremo por el otro. Tenía una visión del mundo equilibrada. Y ahí encontramos el nexo de unión entre Einstein y el ciclismo.

La visión desde la bicicleta

Este libro trata sobre cómo el ciclismo nos ayuda a alcanzar el mismo equilibrio basado en la atención plena del que disfru­taba Einstein, y en virtud del cual era capaz de conjugar lo local, lo global, lo individual, lo social, lo creativo y lo práctico.
En el mundo actual se tiene la impresión de que hay que optar por algunos de estos aspectos y renunciar a otros, pero al montar en bicicleta no sentimos esa necesidad, porque nuestro pedaleo va entretejiendo con todos ellos una gran sensación de bienestar. La sensibilidad localista encuentra amplios hori­zontes, la libertad expansiva recala en comunidades amistosas, la imaginación desbordante se aúna con las habilidades prácti­cas. Así como Einstein ascendió a altas cumbres intelectuales y divisó maravillosas pautas que hasta entonces no se habían vis­lumbrado, la humilde bicicleta nos ayuda a elevarnos sobre nuestras agitadas vidas e ir conformando una visión más amplia del mundo y de los demás.

¿QUÉ ES LA ATENCIÓN PLENA?

«Hay dos formas de vivir la vida —comentó Einstein en una oca­sión—: como si nada fuera un milagro y como si todo lo fuera». Vivir con atención o conciencia plena es experimentar cualquier cosa como un milagro. Si te preguntas con curiosidad qué queremos decir con esto es que, de alguna manera, ya lo sabes.

QUE EINSTEIN VIVIERA TODO COMO UN MILAGRO no signi­fica que se hincara de rodillas a cada rato para exclamar «¡Qué milagro!», sino que, gracias a su curiosidad, se mantenía en estado de asombro. Era consciente de lo que le rodeaba, pres­taba atención a lo que veía y observaba los pequeños detalles. En lugar de pasar por la vida en piloto automático o de cerrarse al mundo como si este fuera un mero telón de fondo sin mayor interés, Einstein permanecía atento a su entorno y a los porten­tosos secretos que podía revelarle. Vivía como si las danzarinas llamas de una hoguera lo tuvieran continuamente fascinado.

La atención plena como forma de meditación

La meditación no es solo cosa de hippies que tratan de conec­tar con otra dimensión. La mayoría de las personas —ya sean budistas u hombres de negocios— practican la meditación por un motivo muy pragmático: la atención plena es una habilidad práctica que puede desarrollarse y cuyos beneficios han sido demostrados por la ciencia. Es como hacer ejercicio. Igual que entrenar en el gimnasio nos ayuda a fortalecer la musculatura, la meditación nos va modificando el cerebro y nos vuelve más conscientes y atentos. Al encauzar la curiosidad de una manera disciplinada, aprendemos a concentrarnos mejor.

Dejarse llevar por el flujo

El propósito de la atención plena es acercarse a todo con espí­ritu curioso, pero la meditación suele iniciarse sintiendo curiosidad por ti mismo. No es que los meditadores estén siempre mirándose el ombligo; más bien al contrario. La medi­tación, igual que la caridad, «empieza por uno mismo», porque la mayor fuente de distracción es nuestra propia mente. Por lo general, no paramos de dar vueltas a los pensamientos, sensa­ciones y emociones, ya sea para reprimirlos o darles rienda suelta, o porque nos preocupa saber de dónde vienen o adónde nos llevarán. Estos forcejeos pueden evitarse si nos observamos con plena atención al meditar. En lugar de juzgar nuestros pensamientos, sensaciones y emociones, los contemplamos con curiosidad. Nos limitamos a ser testigos de cómo pasan por el momento presente igual que las nubes por el cielo. Al emplear una parte de nuestra mente para observar con serenidad otra parte, permitimos que el contenido de nuestra vida interior se equilibre por sí solo y, al propio tiempo, desarrollamos una curiosidad mayor por el mundo exterior.
Cuando realizamos una tarea con atención plena, a veces entramos en un estado que los psicólogos denominan flujo (y que, a veces, se llama «estar en la zona»). La extrema concen­tración nos lleva a olvidarnos de nosotros mismos, porque la mente se funde con la actividad que nos ocupa, ya sea practi­car un deporte o tocar un instrumento musical, realizar una creación artística, tejer, cuidar el jardín o escribir un libro. Se diría que la atención plena y el flujo son experiencias muy distintas, pero hay entre ambas una relación intuitiva. La mente se deja llevar por el flujo siempre que nos hallamos totalmente en paz con nuestros pensamientos, sensaciones y emociones.

Crear felicidad

El estado de flujo es uno de los mayores placeres del ser humano. Cuanto más lo experimentamos, más felices vivimos. Quizá ese sea el motivo de que Einstein, que poseía un legen­dario poder de concentración, fuera tan jovial.
No obstante, lo más probable es que su felicidad fuese tanto causa como efecto de su prolífica producción. Suele decirse que los genios son espíritus torturados, pero es muy posible que no sea del todo cierto. Hasta los personajes trági­cos como Vincent van Gogh, Friedrich Niestzsche o Samuel Beckett lograban dejar de torturarse el tiempo necesario para sacar adelante sus prodigiosas obras; y, en general, cuanto más satisfechos estamos, más productivos y creativos somos. «Sé metódico y ordenado en tu vida —aconsejaba Flaubert—, y así podrás ser violento y original en tu obra».
La cuestión de cómo podemos vivir más felices viene sus­citando gran interés en los últimos tiempos y la investigación científica se ha ocupado de ella. Varios factores son recurren­tes. La felicidad, al parecer, tiene una multiplicidad de causas, entre las que se incluyen aprender, dar, hacer ejercicio, contar con el apoyo de la familia, vivir en comunidades solidarias, la satisfacción en el trabajo, la estabilidad económica, la seguri­dad, la salud, los valores, la libertad política, el flujo... y la atención plena.

Conscientemente felices

Podría argumentarse que vivir con atención plena es el factor principal, puesto que nos ayuda a rehuir la infelicidad. Al tener plena conciencia de nosotros —de cómo pensamos, actuamos o reaccionamos— evitamos caer en las pautas negativas de comportamiento que son propias de la ansiedad, la depresión y la adicción. Aprendemos a dejar pasar de largo los impulsos indeseados y a relajarnos.
La atención plena promueve asimismo las demás causas de la felicidad. En algunos casos, lo hace de manera muy con­creta. Así, por ejemplo, fortalece el sistema inmunitario y se ha demostrado su efecto positivo sobre enfermedades como el sida y el cáncer, así como sobre las dolencias psicosomáti­cas y el dolor crónico. Estar atentos despierta nuestra curiosidad y nos impulsa a aprender cosas. Además, nos ayuda a tener una economía saneada, tanto porque no cuesta nada, como porque nos lleva a actuar con minuciosidad en todas las áreas de la vida.
Estos ejemplos no son más que una ilustración de la rela­ción general entre atención plena y felicidad. Al aprender a estar atentos mejoramos la capacidad de comprendernos, per­cibimos con mayor claridad cómo nos hacen sentir nuestros actos y adquirimos la conciencia necesaria para efectuar cam­bios. Nos fortalecemos, nos convertimos en nuestros propios maestros y optamos por llenar la vida de cosas que nos apor­tan felicidad.

La compasión consciente

Si lo dicho hasta ahora te suena a egolatría, no te preocupes. Buena parte de las causas de la felicidad están relacionadas con el trato social. El ejemplo más evidente es dar: ser amable, servicial y generoso. Esta actitud probablemente nos hará más felices que el egoísmo, pese a que la intuición parezca indicar lo contrario. Lo mismo cabe decir con respecto a actuar con moralidad, tratando de deparar a los demás el mismo trato que deseamos recibir.
Por otra parte, la atención plena fomenta la sociabilidad. Como mínimo, nos ayuda a fijarnos con mayor interés en los otros; pero lo fundamental es que al comprendernos mejor también empezamos a entender mejor a quienes nos rodean, lo cual redunda en un aumento de la empatía y la compasión. Abordamos a las personas con el mismo talante que a nosotros mismos, sin ánimo de juzgarlas, y nuestras interacciones se vuelven menos críticas y defensivas. Quienes cultivan la con­ciencia plena tienden a comunicarse mejor y a mantener relaciones más satisfactorias y menos alteradas por conflictos y tensiones.

Un capital social

Cuando las familias y comunidades se construyen sobre la base de relaciones conscientes de este tipo, nuestras vidas adquieren un «capital social» mayor; es decir, la miríada de compromisos sociales de carácter amistoso o práctico que surgen en los grupos. Los economistas suelen considerar el capital social como un recurso equivalente a las posesiones o al dinero, pero la cosa no termina ahí. Cuando tenemos la suerte de poseer un gran capital social, la consecuencia más notable no es el aumento de la eficiencia o de la rentabilidad en nuestra vida cotidiana, sino el cálido sentimiento de perte­nencia que nos acompaña día a día.

Las distracciones de la vida actual

Tal vez estés pensando que sentado junto a un arroyo en la montaña no es difícil estar atento, ni tampoco ser feliz cuando se disfruta de buena compañía, o mostrarte compasiva si eres monja, pero que quienes vivimos en la sociedad actual no lo tenemos tan fácil. Cuando se está sometido a un bombardeo continuo de distracciones no es sencillo concentrarse. La publicidad hacer aflorar deseos que ni sabíamos que teníamos. Los informativos nos sobrecogen con multitud de catástrofes, crímenes y controversias. La vida de las rutilantes celebridades lleva a pensar que la calma es un aburrimiento. Las bandejas de entrada del correo electrónico se llenan a tal velocidad que no hay modo de vaciarlas. Y, para colmo, tenemos internet: el rey de la distracción.
Con una vida tan cargada de tensiones cuesta ser feliz. Las largas jornadas laborales y los extenuantes desplazamientos de ida y vuelta al trabajo nos hacen sentirnos mal, y ni así
logramos llegar a fin de mes. Como estamos demasiado can­sados para hacer ejercicio, engordamos. Adquirimos ropa y posesiones vistosas, pero continuamos sintiéndonos insegu­ros, y no nos queda tiempo para dedicarnos a aprender o a ser creativos, y ni siquiera para pasar un rato agradable en familia o con los amigos. Al final, echamos mano de la bebida para relajarnos.
Ser compasivo es difícil porque la gente está muy endure­cida. Desde los banqueros y políticos corruptos, hasta los delincuentes o quienes se aprovechan de las ayudas públicas, pocos parecen merecer nuestra simpatía. Por otro lado, no es tan sencillo acumular capital social; estamos demasiado ocu­pados con la televisión y los videojuegos o pleiteando unos contra otros. Muchas veces ni siquiera sabemos cómo se llaman los vecinos. Y la moralidad parece un lujo en esta época de prácticas económicas despiadadas.

El mundo está necesitado de atención plena

Buena parte de la vida actual es pura desatención. Pero no hay que desesperar. Tal como dijo el político norteamericano Charles W. Tobey: «Las cosas que están mal en el país hoy día son la suma total de las cosas que están mal en nosotros en cuanto individuos». Esto supone que si queremos vivir en una sociedad más atenta y compasiva, es necesario que desarrolle­mos estas cualidades en nosotros. Solo hay que averiguar cómo lograrlo.

 

RESPIRAR CON ATENCIÓN PLENA

~

Uno de los objetivos de la meditación es aprender a ser. Si esta idea se nos antoja un tanto peculiar es porque casi todos esta­mos más acostumbrados a hacer que a ser. Cuando no estamos corriendo frenéticamente de un lado para otro, son nuestras mentes las que se aceleran. Motivos de preocupación nunca faltan.

Bajo toda esta agitación, una parte de nosotros sigue un paso más uniforme: la respiración. Por eso podemos utilizarla a modo de ancla para acordarnos de permanecer un rato en el presente. La respiración no nos plantea problemas; es algo auto­mático. Es la base de nuestro ser, la delicada cadencia de nuestras vidas.

Busca un lugar tranquilo y una superficie estable donde sentarte. Procura hacerlo con la espalda tan recta como puedas, quizá en el suelo con las piernas cruzadas, quizá en una silla de respaldo vertical. Mantén los labios ligeramente separados y respira con naturalidad. A medida que comienzas a relajarte, percibe el ritmo de entrada y salida del aire. No trates de con­trolarlo. Déjalo fluir. Fija la atención en el camino que sigue el aire: pasando junto a los labios, penetra por las fosas nasales, desciende por la garganta, y entra y sale del pecho y del abdo­men. Observa todas esas sensaciones.

Notarás que tu mente no para de distraerse. Esto es absolu­tamente normal. El objetivo de la meditación no es dejar la mente en blanco. Basta con que observes tus pensamientos y emociones como si fueran gotas de lluvia en un cristal. En lugar de enredarte en ellos o rechazarlos, vuelve a llevar suave­mente la atención a la respiración. Una y otra vez, regresa a la respiración, el campamento base de tu mente errante.

Prueba a practicar esta meditación durante diez minutos y habrás experimentado por primera vez el gusto de la atención plena: un poco de espacio para respirar en el ajetreado mundo moderno.

  • Autor/es: Ben irvine
  • Editorial Siruela
  • Traducción María Corniero
  • Formato 130x200
  • Páginas 160
  • Encuadernación Tapa dura

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