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Amores singulares

Anne Givaudan (aut)

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Con esta obra libre de juicios, prejuicios y clasificaciones, que no glorifica ni condena nada ni a nadie, conectamos con hombres y mujeres que tienen la dolorosa sensación de tener un alma que no se corresponde con su cuerpo.

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Con esta obra libre de juicios, prejuicios y clasificaciones, que no glorifica ni condena nada ni a nadie, conectamos con hombres y mujeres que tienen la dolorosa sensación de tener un alma que no se corresponde con su cuerpo. A través de sus historias en ocasiones trágicas y a menudo vividas con sentimiento de culpa, descubrimos otra faceta de la Vida: los límites de lo que conocemos se alejan y se nos abren perspectivas hasta ahora desconocidas..

Anne Givaudan

es autora y coautora de 26 libros traducidos en varios países. Organiza conferencias y seminarios en todo el mundo sobre el nacimiento y la muerte, así como sobre las antiguas terapias esenias. Sus libros son enseñanzas sobre los universos más allá de la vida y sobre los grandes temas de nuestra existencia hoy en día. El deseo de Anne Givaudan es que sus descubrimientos contribuyan a la búsqueda de nuestra verdadera naturaleza, multidimensional e ilimitada y, en este sentido, sus talleres AURASOIS nos ofrecen la posibilidad de descubrir ampliamente las antiguas técnicas de salud, para encontrar nuestra naturaleza más auténtica y profunda.

  • Traducción de Caterina Gausachs Pérez
  • Encuadernación: Rústica
  • Dimensiones: 14 x 21,5 cm
  • Nº Pág.: 134

 

INDICE

Inicio    1
Paris, primavera de 1968     8
Estambul, año 1960     9
Roma, julio de 1973     11
Canadá, año 1970     12
Historia 1 - Paule y la memoria india    15
10 de diciembre de 1910, a orillas del Ganges    26
10 de diciembre de 2008     29
Historia 2 - Roberto y el amor extremo por la Belleza     33
Atenas, en la Antigüedad    43
Historia 3 - Candar y su madre    47
Historia 4 -   Teddy, la niña que no quería ser niño     61
Historia 5 -   Alexey, chamán del mundo nuevo     75
Historia 6 -   En el corazón de las estrellas    89

 

Testimonios     103

  • Testimonio de C    104
  • Testimonio de F    107
  • Testimonio de Dominique-Pascal     108
  • Testimonio de Micheline Montreuil     113
  • Testimonio de Patrick    116
  • Testimonio de Rebecca     123
  • Testimonio de Clémence Zamora Cruz ... 127

 

Contactos     133

INICIO

Despacito... Muy lentamente... Así es como empezó mi viaje, para seguir en un inmenso torbellino de luz, arras­trándome en una espiral a una velocidad vertiginosa.
Llevaba ya algunos meses sintiendo que llegaría este momento. Había oído la llamada de una nueva historia, de un nuevo encuentro y estaba esperando poder liberarme de la agitación frenética de la vida para ponerme a dispo­sición de la Gran Fuerza que me invita a seguirla.
Llevo tantos años describiendo, como una periodista, momentos de vida en Tierra o más allá, en el pasado o en el hoy, que conozco el proceso por el que se me invita a ponerme de nuevo en contacto con esos mundos don­de todo es posible y el tiempo deja de existir tal como lo conocemos aquí en la Tierra.
El cambio de percepción, el procedimiento de salida es casi siempre idéntico y fiel, lo cual me coloca en una zona de confort de la cual soy totalmente consciente, a sabien­das de que poco después me tocará abandonarla.
Tan sólo un hilo conductor conecta una aventura con la siguiente: oigo la llamada, sé que me pedirán que me libe­re de los condicionamientos habituales... Los seres que contactan conmigo me dan una idea, me sugieren la trama de mi próxima "misión". En realidad, conozco el tema pero no su contenido y, esta vez de nuevo, ¡me encuentro en terreno desconocido!
Lo mismo me ocurrió cuando entré en contacto con elmundo de los suicidios[1], del cual no sabía casi nada. De nuevo un tema me llama pero lo desconozco. Claro que me encuentro con seres de sexualidades diversas en mi entorno inmediato, seres de sensibilidades extremas, pero decir que conozco lo que viven sería una pretensión inútil.
Mi mente parlanchina, o si lo preferís, mi mente infe­rior ya intentó disuadirme de que me embarcara en seme­jante aventura: «Vas a tocar un tema que está en boca de todos, la gente pensará que eres una oportunista... No tienes ni idea de este mundo, ¿qué vas a decir que no se haya dicho ya?»
Más allá del runrún incesante de esta mente temerosa, no tengo ningún miedo. Si me proponen este tema es sin duda porque hay algo que descubrir y, efectivamente, el momento es adecuado, pues todos los temas que me han sugerido hasta ahora llegaron en el momento justo.
Así que... ¡lanzaos conmigo en esta nueva aventura y descubramos juntos lo que es\
Estoy aquí, en un espacio luminoso donde la luz no surge de un punto determinado sino que parece emanar de todas partes. Es inimaginable lo bien que uno se siente y lo sereno que se está en estos planos. Ya no existe el mie­do a equivocarse, el juicio a uno mismo o a lo que se ve; desaparece la ansiedad de no estar a la altura. Todo esto se esfuma con sólo abandonar el cuerpo físico y entrar en una zona de intensa luz que, lejos de cegarme, me nutre y apacigua.
Al hilo de mis experiencias, me convenzo cada vez más de que no hay necesidad alguna de salir de nuestro cuerpo físico para alcanzar este estado de "casi" beatitud, este despertar en donde todo parece fácil y en donde la comprensión se vuelve palpable. No es cuestión de pensar en términos de bien o de mal y sin embargo todo pare-
ce acertado, hasta tal punto que las imperfecciones, los errores del mundo y de sus habitantes parecen a su vez, no inadecuados, sino parte integrante de la historia de la humanidad.
¿Siendo esto así, ya no es necesario que cambiemos nada? ¿Podemos dejar que todo siga igual? Al contrario, por eso mismo es importante vivir intensamente, por todo aquello en lo que creemos y que nos gustaría que se diera un poco más en nuestra Tierra. Por eso mismo es impor­tante que recuperemos nuestro poder, el poder que cedi­mos hace mucho tiempo a nuestra mente y a nuestro ego, a los deseos y a los impulsos.
Podemos experimentar diariamente esta sensación de que todo está en su sitio, y es éste, sin duda, el objetivo a alcanzar en este mundo nuevo que empieza a estremecer­se: sentirse bien, feliz, actuar con consciencia y sin mie­do, porque dentro de nosotros habremos despertado esa poderosa energía tanto tiempo aletargada que es capaz realizarlo todo.
Voy avanzando por este universo, movida por una fuer­za que me lleva a no sé donde, cuando de pronto se dibuja una roca, y luego una playa de arena fina rodeada de una vegetación lujuriosa, tropical y viva como nunca he visto en la Tierra.
Un ser parece haber sido puesto ahí, sobre una de las grandes rocas lisas frente al mar color esmeralda. Me da la espalda, aunque sé que me está esperando.
Más que andar me deslizo por el suelo hasta llegar jus­to delante de esta silueta vuelta de espaldas. Emana tanta armonía que me sobrecoge.
Con la belleza del lugar y la emanación del Ser cuyo rostro aún no percibo, la escena parece la antesala del "paraíso".
Sin duda debe ser así como lo imaginan quienes lo per­ciben como una escapatoria a sus problemas cotidianos.
Yo no nido nada más v nodría nermanecer ahí indefi-
nidamente, cuando de repente la extraña silueta da media vuelta y se sitúa frente a mí.
Sus rasgos son extremadamente finos, sus ojos grandes de color indefinible y cambiante me miran con una sonri­sa que disipa cualquier pregunta estancada aún en un rin­cón de mi mente. No estoy ni paralizada, ni en estado de éxtasis, soy; y este sentimiento raro me permite descubrir un bienestar sin igual.
Me fijo entonces más detenidamente en este rostro, estas manos, esta sonrisa y estos ojos. Los pienso mascu­linos pero quizás sean femeninos... este andrógino me perturba.
«Bienvenida seas, te estábamos esperando», canta la voz suave y melodiosa del que me está mirando.
Se ha levantado y se me acerca. Algo imperceptible aca­ba de cambiar en él, algo que de pronto me invita a decir "Ella".
Prosigue la voz de tonos cambiantes, que se mantiene cristalina:
«Cuando digo "nosotros", es porque hablo en nombre de todos aquellos y aquellas con los que has aceptado estar en contacto para descubrir su historia.
Te sorprende sentir en mí, no ya una energía andrógi­na, sino a veces femenina, a veces masculina. Sin embar­go, como tú bien sabes, todos poseemos ambas facetas complementarias, aunque en vuestra Tierra actual con frecuencia se encuentran enfrentadas.
Esto es así porque, en este planeta, la dualidad sigue siendo una etapa que debéis superar, integrar, para lle­gar a unificar de nuevo estas dos polaridades en cada ser humano.
Seré tu guía a lo largo de todo este recorrido, a veces mujer, a veces hombre, a veces las dos cosas en una».
Él o ella deja de hablar y sé que me encuentro fuera de mi zona de confort. Eso es perfecto, porque ¿cómo pode­mos comprender aquello que conocemos poco o mal, si
tememos que nos zarandeen? ¿Qué riesgo corremos más allá de romper nuestros esquemas arcaicos y repetitivos?
La silueta, fina y llena de gracia a la vez, inquebrantable y sólida, alargada y densa, posa ahora su mano de deli­cados dedos encima de mi corazón. De inmediato algo se abre en mí y comprendo, integro esta dualidad imaginaria.
Todo está bien, nada parece ser en absoluto incompati­ble y todo está perfectamente en su sitio. Ya no se trata de dos energías complementarias sino de una sola con múlti­ples caras.
«En vuestra Tierra, todo se vuelve complicado porque los Humanos lo complican. Los hombres buscan a las mujeres y viceversa porque siempre están buscando esta parte olvidada que un día se negaron a tener en cuenta.
Cuando cada hombre, cada mujer de este planeta acep­te encontrar en sí mismo o misma la parte que le falta, cuando haya reencontrado la Unidad olvidada, entonces la guerra de los sexos se habrá acabado y otras muchas gue­rras dejarán de existir».
El Ser calla y ese instante de silencio me permite inte­grar lo que acaba de decir.
Su voz vuelve a sonar y me percato de que no existe en él/ella rastro alguno de arrepentimiento, desasosiego, tristeza o reproche; nada más que lo que acaba de decir, no en un tono neutro, sino como una constatación, llena de Amor y compasión.
«Hace ya siglos que en vuestra Tierra se han ido alter­nando periodos de predominio masculino y luego feme­nino, en donde cada parte reducía a la otra a la esclavitud, o simplemente la menospreciaba. Eso lleva pasando tanto tiempo que ni vosotros mismos podríais indicar la fecha o la época, de tan lejana que es. El periodo de cambio que estáis viviendo actualmente requiere que se llegue a un equilibrio, pero éste no podrá darse sólo porque los humanos lo deseen. A las palabras deberán seguirle los actos y por eso mismo nos hemos encontrado ahora, para
poder avanzar más en el camino hacia la reunificación de lo que el ser humano, hombre, mujer o andrógino, es en realidad».
Dominador, dominado... estas palabras trotan por mi mente. ¿Por qué el mundo sigue funcionando de esta for­ma prehistórica? ¡La respuesta no se hace esperar! El Ser ha leído en mí como en un libro abierto por una página a la que le falta un elemento esencial.
«Las dos energías seguirán oponiéndose hasta que no encuentren la unidad en sí mismas. Cada ser es masculi- no/femenino, y si físicamente los sexos son distintos, es también una cuestión de unidad y de creación.
Eso es así en todo aquello que está en guerra: lo que el ser humano no sabe encontrar en sí mismo, lo busca fuera de él y por miedo a no hallarlo, lo toma por la fuerza.
El mundo terrestre se encuentra todavía en un estadio de confusión que le impide salir de la matriz en donde se ha quedado atrapado, pero la niebla se está disipando y deja entrever otra visión del Amor y de la Vida.
Lo que voy a mostrarte a continuación son escenas que te harán comprender muchos aspectos que permanecían ocultos acerca de lo que se considera una sexualidad des­viada o diferente. ¡Sígueme!»
El Ser posa de nuevo una mano sobre mi corazón y comprendo que para él todo está ahí. Oigo un clic en lo más profundo de mí y aún no sé lo que significa. Sin duda ha abierto una puerta que ya nunca más volverá a cerrarse.
Ahora le sigo y juntos nos deslizamos a través de un paisaje rebosante de verdor que nos conduce hacia una impresionante cúpula translúcida de colores irisados y cambiantes.
Conozco este tipo de edificios que puede verse también en otros planetas y que suele contener memorias de vidas individuales, colectivas o planetarias.
Ahí estamos los dos, en un inmenso espacio luminoso en el que siento que estoy flotando mientras la voz de mi
guía penetra en mí... En los planos no físicos acostumbro a comunicar telepáticamente y a oír las palabras resonar en mí, más concretamente en el centro de mi cráneo, con mucha claridad.
«¡Fíjate!»
Sólo puedo ver sus ojos, dos océanos de un gris azula­do en los que me sumerjo entera. Me envuelve el vértigo, a pesar de que mi cuerpo físico se ha quedado atrás, allá lejos, abajo. Ahora me arrastra una espiral gris perla que me lleva a no sé dónde. Atravieso los mundos y el tiem­po, sin controlar nada, mi mente deja de funcionar. Soy la observadora y la observada, no tengo preguntas ni juicios...
Poco a poco voy distinguiendo, a través de una neblina que se disipa, varios lugares de la Tierra al mismo tiempo, como si me encontrara frente a múltiples pantallas.
Aquí estamos en Europa, en Francia, puesto que reco­nozco algunos edificios muy parisinos de la capital; esa otra cuidad es Roma sin duda alguna y en aquella otra pantalla, veo chalets de madera que me parecen ser de Canadá, al tiempo que por ahí desfila una cuidad de Oriente Medio con sus cúpulas y minaretes.
Intento concentrarme para comprender el porqué de todos estos lugares. ¿Qué me quieren mostrar?
Entonces la voz cristalina vuelve a infiltrarse en mí:
«En cada una de estas ciudades, una historia de vida se está tramando y definiendo».
Oigo algunos ruidos a mi alrededor, roces y susurros que me hacen pensar que no estoy sola.
Una voz distinta de la conocida me está hablando:
«Estamos muy cerca de ti y hemos querido mostrarte nuestra historia para que, por fin, se levante un velo en la Tierra.
El dolor y la marginación nos han perseguido a lo largo de nuestra vida que hubiéramos deseado vivir más sere­namente.
Para que otras personas puedan vivir su vida, hemos querido enseñarte las nuestras».
La voz no traduce tristeza, es clara y sosegada.
Puedo adivinar las siluetas que me rodean mientras me siento atraída de nuevo hacia lo que sucede en la pantalla, que ahora se está ensanchando y acaba absorbiéndome por completo.
París, primavera de 1968
Estoy en el vestíbulo de una estación muy parisina donde el gran reloj de pared indica, imperturbable, el tiempo que pasa. Considerando la manera de vestir de los pasajeros, debemos estar en los años 1970.
No es una hora de gran afluencia y una mujer emba­razada sentada en un banco atrae irresistiblemente mi mirada. Es del todo evidente que está esperando a alguien que no llega, a la vista de los suspiros que deja escapar y cómo va mirando repetidamente el reloj barato que lleva en su muñeca izquierda. Su cara redonda y sus ojos tristes le dan un aire virginal y la forma de su vientre revela cla­ramente que pronto dará a luz.
Puedo oír sus pensamientos agolparse en ella a gran velocidad, mientras capto algunos con más precisión:
«Esta vez está claro, me ha dejado.... no quería este bebé y no hubiera tenido que seguir adelante con el emba­razo... Si es un niño, aún, pero si es una niña se la dejo a otros que la cuidarán sin duda mejor que yo...»
La voz de esta mujer está teñida de una tristeza y de un miedo que no puede disimular, de tan palpables que son.
Con la cabeza entre sus manos, intenta reflexionar sobre su situación, pero sus pensamientos desordenados y confusos parecen aumentar el estrés que experimenta. En el mismo momento, a través de los altavoces de la esta­ción, una voz neutra, masculina y fuerte llama a los pasa­jeros hacia distintos destinos, retumbando cada uno como sendas invitaciones al viaje.
Entonces me percato de que, muy cerca de la futura madre, se mueve agitadamente una silueta que nadie más que yo parece poder percibir. La voz de mi guía se aden­tra en mí, fluida y nítida:
«Esta silueta es la de la entidad dispuesta a encararse en esta joven...»
«¡Hubiera podido imaginármelo!» me digo a mí misma, soñadora.
La miro para poder entrar en contacto con ella mien­tras va a sentarse junto a su futura madre, en el banco. Me ha visto, pero no es a mí a quien se dirige, con voz indeci­sa y ahogada por la tristeza:
«Mamá, es demasiado tarde, no puedo cambiar mi sexo pero ya lo verás, seré como un chico, no te preocupes».
Pronuncia estas palabras con una aprensión mal con­tenida. La impotencia que traduce al no poder cambiar la situación es palpable y dramática.
Me hubiera gustado decirle algo reconfortante, o senci­llamente darle una señal de afecto, pero me arrastra una fuerza a la que no ofrezco resistencia alguna.
«Todo está bien así» resuena la voz dentro de mí, cor­tando en seco la revuelta y el sentimiento de injusticia que podrían despertarse en mi mente que no para de querer inmiscuirse e infiltrarse en cuanto surge el más leve inte­rrogante.
Estambul, año 1960
En el cielo azul cerúleo se dibujan las cúpulas redon­das y majestuosas de una basílica.
Reconozco Santa Sofía y sus turistas que, en un flujo incesante, forman una ola ondulante en un mar de asfalto. Los minaretes alargados se elevan hacia el cielo mientras la voz del muecín despierta el ardor de la fe musulmana.
Estamos en Estambul.
En la cocina de un sencillo apartamento donde el ruido ensordecedor del aire acondicionado obliga a levantar la
voz, una pareja está en plena discusión al tiempo que una entidad, a todas luces masculina, observa agazapada des­de el rincón de la puerta.
La mujer, de unos treinta años, con su larga cabellera negra suelta y un vestido demasiado corto que pone de relieve su abultada barriga, está llorando. Su marido voci­fera ante este nuevo nacimiento que les toca asumir.
«Ya tenemos tres niños, ya basta, ¡no puedo asumir otro más!» exclama el padre.
«¡Pues algo has tenido que ver tu también en ello! - le reprocha la futura madre. - Y ahora ya es un poco tar­de», añade mientras piensa que el nacimiento de una hija arreglaría mucho las cosas. Al menos, a una hija podría hablarle, confiarle sus secretos e incluso encontrar en ella ayuda para las tareas del hogar... cuando fuera un poco mayor, claro.
«Qué voy a hacer?» susurra una vocecilla temerosa. «No sé si tendré el valor de venir al mundo con el sexo que he escogido para arreglar viejos asuntos. Mamá está tan decepcionada y papá también».
Visiblemente se dirige a mí y me sorprendo contestán­dole. «¿Cómo sabes que tu padre desea una hija? Más bien parece que está hasta la coronilla de tanto chiquillo.
«Hace algunos meses que estoy cerca de él, y sé que nunca pudo superar la muerte de su joven hermana a quien estaba muy unido. Murió de un accidente. Él tenía siete años y ella tres, y una hija le ayudaría a borrar este drama».
«¿Qué vas a hacer entonces?»
«Ya no lo sé. En realidad, debería haber vuelto como chico para arreglar una vieja historia que no tiene nada que ver con mis padres».
La misma fuerza me arrastra de nuevo sin que pueda averiguar nada más, y veo desfilar otras cúpulas resplan­decientes que se erigen en un paisaje mediterráneo, entre antiguas ruinas rodeadas de pinares marítimos y altos cipreses.
Roma, julio de 1973
Una joven pareja, cogida del brazo, atraviesa uno de los muchos puentes sobre el río Tiberis, entre risas y besos.
«Amor mío, dime que eres feliz con el hijo que espera­mos», le susurra la joven que se para de pronto y abraza tiernamente a su compañero por la cintura.
Un barco se desliza lentamente bajo la mirada de la futu­ra madre, una mujer menuda y vivaracha de pelo castaño, corto y abundante, que busca una confirmación en los ojos del hombre situado ahora enfrente de ella.
La silueta alargada de su compañero, vestido a la última moda, le confiere un aspecto original y, aunque sus movimientos buscan ser tiernos, se siente tremendamente torpe:
«Claro que sí, amor mío, claro que soy feliz», le susu­rra, mientras se ajusta unas grandes gafas redondas enci­ma de la nariz. Recupera la respiración y prosigue masa­jeándose la muñeca derecha, como para sentirse vivo.
«Verás, no te negaré que tengo miedo. Miedo a dejar de ser el único amor de tu vida, miedo a no poder asegurarle un futuro a este nuevo ser, miedo a que ponga patas arri­ba nuestro día a día, miedo a no estar a la altura».
Ante esta confesión tan espontánea, la joven no puede reprimir la risa, que estalla en ella profunda, comunica­tiva, capaz de curar y disolver los miasmas con forma de nubarrones grisáceos cargados de miedo que se estaban formando alrededor de la pareja.
Entonces se abrazan y reanudan su paso, caminando bajo las luces de la ciudad que empieza a iluminarse, con los faros de los coches y el halo de las farolas acentuando aún más el encanto romántico de su paseo.
«¿Prefieres un niño o una niña?» pregunta la futura madre, con un ápice de inquietud en la voz.
«Me da igual niño que niña, cogeremos lo que venga, lo importante es que esté entero y sano», le reconforta enseguida el hombre longilíneo.
«Son palabras de lo más propias de un estudiante de
medicina», recalca entre risas su joven esposa.
Ninguno de los dos se ha percatado, sin embargo, de que una silueta les está siguiendo. Un alma indecisa, lo noto por la energía que desprende y no acabo de entender por qué, dado las circunstancias favorables que suponen llegar a la Tierra.
La entidad percibe mi cuestionamiento.
«Desengáñate, no tiene nada que ver con la actitud de mis padres sino con mis vivencias y las suyas en otras épo­cas. ..», me susurra la voz clara cerca de mí.
Qué complicada parece a veces la vida, o mejor dicho qué complicados somos nosotros...
Traigo a mi mente las palabras del Ser de Sabiduría que me guía y al que me gustaría hacer algunas preguntas. Sin duda no es el momento, ya que por tercera vez, la mis­ma fuerza vuelve a atraerme para arrastrarme hacia no sé dónde.
Canadá, año 1970
Interior cálido de país frío.
Vuelvo a encontrarme, y no me sorprende, con una mujer encinta ocupada en encender un fuego mientras su compañero va a buscar algo más de leña para alimentarlo. La pareja habla poco pero la atmósfera es apacible, mien­tras que la silueta femenina que gira a su alrededor parece no saber muy bien por qué se encuentra en este lugar.
«No sé qué pasa, acabo de vivir un cambio brutal que me ha dejado un sentimiento extraño. Voy a encarnarme en estos padres pero nunca antes han sido mis padres y mi hermano pequeño me está esperando con impaciencia. Es el único a quien conozco... No entiendo nada, sólo sé que no es aquí donde quiero estar...»
No sé qué contestar ante tanta ansiedad e incompren­sión.
Me gustaría decirle que nada es debido a la casualidad, pero sin duda es demasiado pronto para hablar de eso.

De todas maneras, no puedo quedarme más tiempo, una atracción característica me aleja de la escena y sus actores, y vuelvo a encontrarme con la entidad que me guía, mitad hombre mitad mujer, de una belleza extraña y sin igual.
Junto a ella, todas mis preguntas dejan paso a un inmenso sentimiento de bienestar donde todo parece senci­llo y de una total comprensión rayana en lo absoluto.
Se apaciguan mis sentimientos y emociones con la sensación, difícil de explicar, de que todo, absolutamente todo, está en su sitio.
No hay nada justo o injusto, hermoso o feo, verdadero o falso; todo está más allá de esta dualidad humana y aun así nada es frío o determinado, sólo el Amor parece ser el hilo de Ariadna de ese Todo tan difícil de aprehender en esta Tierra.
Su voz, cual bálsamo dulce como la miel, resuena dentro de mí: «Lo que acabas de ver son las premisas de una larga historia. Los seres que van a encarnarse a veces encuentran dificultades ante las problemáticas de sus futuros padres. En el último momento pueden dudar, tanto de venir al mundo, como de conservar el sexo elegido y a menudo se ven confrontados a lo que su alma ha decidido vivir.
El miedo suele ser el origen de estos tormentos, pero no es lo único, como tendrás oportunidad de comprobar».
Respiro largamente, como para llenarme un poco más de este aire fresco que me propone, mientras oigo su voz dulce proseguir serenamente:
«El alma de cualquier ser que se encarna tiene una polaridad y has de recordar que, aunque es necesario vivir experiencias pasando por los dos sexos, por diversas razones, siempre se da un número mayor de encarnacio­nes en un sexo que en el otro.
Seguro que esto les extrañará a las personas que te lean.
No obstante, el alma es sexuada, no como la Mente, que lo es todo a la vez, masculino y femenino.
El alma acepta e incluso escoge el sexo de sus distintas encarnaciones, ya que sabe cuán esencial es resolver viejas historias y comprender, pasando por distintos cuerpos, lo que es la Vida y lo que significa Volver a la Esencia.
Sin embargo, cuando el alma-personalidad se acerca al momento de la encarnación, se vuelve más frágil, más permeable a los acontecimientos externos y el ego que se ha formado empieza a introducir en ella el miedo».
Me doy cuenta de lo difícil que puede resultar a veces regresar a la Tierra y del valor que se requiere para ello.
Es imposible decir, como he oído alguna vez: "yo no he pedido que me trajeran al mundo"... o "he nacido en la familia equivocada".
¡No! Todos los seres han querido realmente venir al mun­do y esto ha requerido tanta energía y voluntad que no podrían estar ahí sin haberlo querido plenamente.
¡Sí! Todos se encuentran en la "familia adecuada" para lo que han venido a hacer, ni buena ni mala, aunque su personalidad del momento piense que no tiene nada que ver con los padres que le han tocado.
Cuántas incertidumbres, miedos, expectativas, espe­ranzas nos van acompañando vida tras vida... ¿hasta cuándo vamos a seguir sufriendo de esta manera?
«Hasta que aceptemos plenamente lo que nuestra alma ha decidido para nosotros. Hasta que dejemos de juzgar­nos y de condenar a los demás por sus debilidades. Hasta que cesemos de querer tener una felicidad externa a noso­tros, para encontrar dentro de nosotros la increíble belleza de ser lo que somos.
El Amor no tiene sexo, ¿comprendes lo que esto significa?»
La voz se acalla con esta pregunta que me interpela:
«No estoy segura de haberlo comprendido todo». Mi voz me parece indecisa, como si buscara las palabras.
«Mira y lo entenderás...» susurra, como sonriéndome, el sonido cristalino portador de paz.


[1] Anne Givaudan, Ruptura de contrato, BlossomingBooks, 2016.

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