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La sabiduría de los lobos Maximizar

La sabiduría de los lobos

Elli H. Radinger (aut)

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Cómo piensan, cómo se comunican, cómo se cuidan entre sí.
Hechos asombrosos sobre el animal más similar a los humanos.

 

 

Más detalles

9788416720262

Rodeados de un aura de belleza y libertad, los lobos inspiran reverencia, respeto, fascinación. Las leyendas los presentan como animales feroces, pero son muchas las personas que sienten una íntima conexión con estas criaturas nobles e indómitas, que aman rabiosamente a su familia, cuidan de los suyos, nunca se rinden y jamás olvidan la importancia de divertirse y disfrutar: los lobos se parecen más al ser humano que ningún otro animal.


Elli H. Radinger, la experta en lobos más conocida de Alemania, comparte en este libro maravillosas historias que hablan de estos increíbles animales: de su paciencia, capacidad de liderazgo, cooperación, presencia y resiliencia incluso ante el fracaso y la muerte. De Siberia a Canadá, este fascinante viaje en compañía de lobos, repleto de magia e inspiración, hechizará a los amantes de la naturaleza, cautivará a los entusiastas de los animales y nos permitirá descubrir el lado más humano de un animal fascinante.

Los lobos y el ser humano vivimos en los mismos ecosistemas y hemos mantenido un equilibrio ecológico similar. La ciencia apunta en la actualidad a una evolución paralela del ser humano y el lobo. Igual que nosotros, estos grandes cánidos sienten emociones como el amor, el instinto de protección hacia los suyos o la fidelidad. Poseen sus propios rituales, que los ayudan a fortalecer sus relaciones. Los lobos cuidan de su familia, se emparejan, a menudo de por vida, y se comunican mediante hipnóticos aullidos. Las similitudes son\ numerosas, pero los lobos también tienen mucho que enseñarnos.
De los lobos aprendemos cómo formar un equipo perfecto pese a todas las diferencias. Capaces de sacrificarse por el bien de los demás, colocan los intereses de la comunidad por delante del individuo y eso garantiza su supervivencia a largo plazo. Su paciencia, fuerza y tenacidad superan a las de los seres humanos. Los lobos nos enseñan a vivir en el presente, a sacudirnos, levantarnos y continuar aun cuando golpea la adversidad.
La magia de los lobos no deja a nadie indiferente. Remueve en nuestro interior algo muy antiguo, y profundo. Y si bien es verdad que no todos podemos retirarnos en plena naturaleza para ir al encuentro de un lobo salvaje, este fascinante viaje nos permitirá experimentar la sabiduría de los lobos en nosotros mismos y encontrar al lobo que llevamos dentro.

Elli H. Radinger

dejó su profesión de abogada independiente para dedicarse a sus dos pasiones: escribir y el mundo de los lobos. Desde hace casi treinta años, la autora alemana pasa largas temporadas en el parque de Yellowstone, donde observa a los lobos salvajes en libertad. Su apasionante trabajo de campo ha inspirado varias novelas y libros de divulgación. Es la fundadora y directora de la ONG «Sociedad para la protección de los lobos».

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN        13

De cómo besé a un lobo y empezó mi adicción

LA IMPORTANCIA DE LA FAMILIA       23

Por qué es importante cuidar de quienes nos han sido confiados

El LIDERAZGO DEL LOBO GUÍA             47

No siempre tienes que ser el jefe

LA FUERZA DE LAS MUJERES         63

Qué tienen en común las mujeres y los lobos

LA SABIDURÍA DE LA EDAD        77

Por qué no podemos prescindir de nuestros mayores

EL ARTE DE LA COMUNICACIÓN        85

De cómo cantar todos juntos puede generar confianza

LA NOSTALGIA DE LA TIERRA NATAL        97

Por qué necesitamos pertenecer a un lugar

ES HORA DE IRSE     111

Sobre partir y llegar

AMIGOS DEL ALMA, A PESAR DE TODO         125

Cómo formar un equipo perfecto a pesar de todas las diferencias

EL ÉXITO SE PUEDE PLANEAR CON EL MÉTODO LOBO       139
Por qué es importante tener un plan

DEL MOMENTO OPORTUNO                155

Por qué a veces esperar nos permite salir adelante

EL JUEGO DE LAVIDA            169

Por qué nunca deberíamos dejar de jugar

CUANDO A LOS LOBOS BUENOS LES SUCEDE

Vencer el miedo a la pérdida y superar los momentos difíciles

BREVE INCISO PARA SALVAR EL MUNDO         195

El secreto de un ecosistema en perfecto estado

EL LOBO COMO MEDICINA           207

Cómo puede curarnos la magia de los lobos

DE PERSONASY LOBOS .             225

Una difícil relación entre el amor y el odio

BIENVENIDO, LOBO       241

Vivir con lobos en Alemania
VV.VV.VV.D.

APÉNDICE:

  • CONSEJOS PARA SALIR A AVISTAR LOBOS
  • EN YELLOWSTONE YALEMANIA          267
  • AGRADECIMIENTOS...                 . 281
  • BIBLIOGRAFÍA....                        283
    CRÉDITOS DE LAS IMÁGENES      287

INTRODUCCIÓN
De cómo besé a un lobo y empezó mi adicción

Eres responsable para siempre de lo que has domesticado.
(ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY)

Para todo en la vida hay una primera vez. Por lo que respecta a mi especial relación con los lobos, ha habido tres «primeras ve­ces»: el primer beso de un lobo, el primer lobo salvaje y el primer lobo alemán.
El primer beso de un lobo me lo dio Imbo, un lobo timber ma­cho de seis años de edad que vivía en un recinto de lobos de Esta­dos Unidos. Yo había dejado atrás mi vida como abogada autóno­ma. Los delitos penales, las disputas por el alquiler y los divorcios me frustraban cada vez más. En lugar de emplear toda mi energía en conseguir que triunfara la justicia, cada juicio me suponía un auténtico calvario. Me faltaban el distanciamiento y la templanza necesarios para ser una buena abogada. Por lo tanto, no podía ni quería pasar así el resto de mis días. Quería cumplir por fin el sue­ño de mi vida y combinar mi amor por la escritura con mi fasci­nación por los lobos.
Sin estudios de biología, pero con mucha pasión y optimis­mo, solicité hacer unas prácticas en etología en el recinto de in­vestigación sobre lobos del Wolf Park del estado norteamericano de Indiana. En la entrevista preliminar, el profesor Dr. Erich Klin­ghammer, jefe de investigación, me explicó que el único que de­cidía si se contrataba a un becario era el lobo guía de la manada principal.
Pero ¿cómo se presenta el currículo a un lobo? Por suerte, no tuve que bailar, cantar ni hacer ningún malabarismo, pero juro que no hubiera estado más entusiasmada participando en Got Ta­lent, aunque la misma falsa emoción se siente al ir a encontrar un lobo en su recinto. Por eso me dijo Klinghammer: «Tienes que mantenerte muy calmada. Él siente todas tus emociones». Sí, eso, mantén la calma, cuando tú pesas cincuenta kilos y tienes delante un manojo de músculos peludo que te mira fija­mente con sus ojos amarillos. En esos momentos pensé en mi pe­rro pastor, fiel amigo y confidente de mi infancia. Pues de acuer­do. Básicamente, Imbo no era más que un perro grande, un perro muy grande. Durante la entrevista me entregaron un documento con instrucciones de seguridad que exoneraba a la administra­ción del recinto de toda responsabilidad legal. Firmé una exención de responsabilidad que incluía esta aterradora cláusula: «En­tiendo que existe riesgo de lesiones y que dichas lesiones pueden llegar a ser graves».
Con esta advertencia, entré junto con dos cuidadores de ani­males en el recinto de los lobos, hice un esfuerzo para mantener una posición estable y respiré profundamente. Y entonces mi mundo se redujo a ese lobo que se acercaba hacia mí con un rá­pido y elegante trote. Las plateadas rayas de su pelaje brillaban bajo el sol del atardecer. Su nariz negra aspiró mi olor profunda­mente, sus orejas se dirigían cautelosamente hacia adelante. De reojo, miré a los demás componentes de la manada de Imbo, que esperaban junto a la valla. Por lo visto, sentían curiosidad por sa­ber si podía pasar la prueba y si el jefe me aceptaría. Yo también, porque solo así me permitirían hacer las prácticas. Ahora se tra­taba de sobrevivir durante los siguientes segundos.
En mi cabeza, la película se fue ralentizando hasta pasar a cámara lenta. Las potentes patas traseras del lobo se doblaron un poco preparándose para saltar. Cuando se me acercó como una flecha y yo concentré todas mis fuerzas para resistirme a él, ya no hubo marcha atrás. Sus patas, grandes como la palma de mi mano, habían aterrizado sobre mis hombros, y sus impresio­nantes colmillos estaban a pocos centímetros de mi rostro. El mundo se detuvo. Y luego lamió varias veces mi cara con una lengua áspera. Ese «beso» fue el primer paso de mi «adicción» a los lobos.
Una vez Imbo me hubo aceptado, empezaron mis prácticas con los lobos del Wolf Park. Lo aprendí todo sobre la actitud y el comportamiento de los lobos del recinto, crié a lobeznos con bi­berón y, en los meses siguientes, disfruté de numerosas y húme­das demostraciones de cariño, tanto por parte de Imbo como del resto del grupo.
Cuando, años más tarde, me trasladé a los bosques de Minnesota, ya contaba con una excelente formación y creía saberlo todo sobre los lobos. Y entonces conocí a mi primer lobo salvaje.
La cabaña de troncos donde vivía se encontraba lejos de la ci­vilización, junto a un lago, en medio de un territorio poblado de lobos y osos. La mañana del 1 de enero, a -30 °C, me puse las ra­quetas de nieve y salí a buscar huellas de lobos. Todavía no había conseguido ver a mis vecinos grises, solo sus aullidos me habían informado de que estaban allí. Pero la noche anterior, cuando me quedé afuera, frente a la cabaña, durante un buen rato, acompa­ñada por el coro de lobos y contemplando la aurora boreal, un movimiento en el lago me distrajo del espectáculo celeste. Cuatro lobos aparecieron corriendo sobre el hielo resplandeciente y ca­zaron algo antes de desaparecer en el horizonte. No pude ver qué estaban persiguiendo.
A la mañana siguiente a primera hora salí a buscarlos. Seguí con gran cuidado sus huellas hasta el bosque. Se adentraron en la espesura, campo a través, entre los matorrales, junto a grandes ro­cas y pedruscos y a lo largo de amplias superficies nevadas. Yo avanzaba con mucha dificultad. De vez en cuando, encontraba una depresión circular, probablemente el lugar de descanso de al­gún ciervo. Sobre la nieve, unas extensas marcas amarillas mos­traban que los lobos también habían identificado el sitio. Después de seguir sus pistas durante una hora, encontré rastros frescos de sangre y, pocos minutos después, descubrí un joven ciervo de cola blanca muerto. Me arrodillé y lo toqué. Aún estaba caliente. Te­nía el vientre abierto y le faltaba una pierna trasera. El estómago yacía a su lado, el corazón y el hígado habían desaparecido. Las heridas por mordedura en la garganta y las patas indicaban que el animal no había sufrido mucho rato.
Hasta donde alcanzaba la vista, no veía a los lobos, pero de repente noté que me estaban vigilando. Seguía arrodillada sobre la nieve. No es una buena postura si tienes un lobo hambriento a tu espalda. Me puse en pie a cámara lenta y me di la vuelta. Allí estaba, a solo unos metros de distancia. Un lobo gris. El pelaje del cuello se le erizó como si estuviera caminando por un campo eléc­trico y aguzó las orejas, ladeó un poco su cabeza y me inspeccio­nó. Le vibraban las narinas, como si intentara percibir mi olor, pero el viento venía de la dirección opuesta. En su rostro pude ver que el joven lobo no tenía ni idea de quién o qué era yo. Contuve la respiración. Es sabido que los lobos salvajes no atacan a los hu­manos, pero ¿lo sabía ese lobo? Tenía hambre, y entre él y su co­mida, ganada con esfuerzo, solo me interponía yo.
«¡Hola, Lobo!» ¿Era yo quien había gritado eso?
El animal se sobresaltó y dio un brinco hacia atrás. Al mismo tiempo, su cola, hasta ahora medio erguida, descendió hasta to­car su vientre. La curiosidad se había convertido en miedo. Con una especie de pirueta, giró sobre las patas traseras y se adentró en el bosque. Durante un buen rato, me quedé mirando fascina­da los árboles tras los que había desaparecido.
En los meses siguientes, gracias a los biólogos del Internatio­nal Wolf Center, un centro de investigación de lobos situado en Ely, en el norte de Minnesota, y a los lobos que se acercaban has­ta mi puerta, aprendí mucho más sobre la vida y el comporta­miento de los lobos salvajes, así como sobre investigación, tele­metría y monitoreo.
Cuando en 1995 los primeros lobos timber canadienses se es­tablecieron en el parque nacional de Yellowstone estadounidense, empezó para mí la siguiente etapa «lupina» de mi vida: trabajé como voluntaria en el Proyecto Lobo de Yellowstone y asistí a los biólogos en sus investigaciones de campo. Para ello, pasé la ma­yor parte del tiempo en Lamar Valley, un extenso valle situado en el norte del parque nacional, a 2.500 metros de altitud, observan­do a las familias de lobos que allí vivían e informando a los bió­logos de mis observaciones.
Eso fue hace más de veinte años. Desde entonces, he realiza­do más de diez mil avistamientos de lobos. A veces, solo unos po­cos metros me separaban de ellos. Pero nunca me he sentido ame­nazada o asustada por ello. Ha sido un gran privilegio para mí ver a esos animales casi a diario. Para experimentarlo en primera per­sona, tuve que volar 10.000 kilómetros cruzando el Atlántico va­rias veces al año, porque oficialmente en Alemania no había lo­bos. Cuando en el año 2000 se confirmó que en mi país también vivían estos tímidos animales, no me hice ilusiones de poder ver­los cara a cara algún día.
Tuve que esperar otros diez años para conseguir ver por pri­mera vez un lobo salvaje en libertad en Alemania.
Había dado una conferencia y a primera hora de la mañana viajaba en tren de alta velocidad de Leipzig a Frankfurt. El cama­rero del tren me puso el capuchino que le había pedido sobre la mesa. Me disponía a abrir el periódico cuando miré por la venta­na y descubrí algo marrón en un campo. Si pasas mucho tiempo con los animales en plena naturaleza, desarrollas una habilidad
que recuerda a la impronta visual de una presa o un paisaje que los lobos graban en su mente. Sin ser consciente de ello, grabo una escena que veo y noto que algo va mal, incluso antes de poder de­finirlo en términos concretos. De repente, empecé a sentir esa sensación. ¿Qué había sido eso? Tenía las patas demasiado largas para ser un zorro. La cola era larga, de modo que no se trataba de un ciervo. «¡Que paren el tren!», pensaba en mi fuero interno. Pero el tren siguió avanzando. Pegué la cara al cristal de la venta­na, me incliné sobre la mesa y derramé el capuchino sobre el pe­riódico. ¡Sí, era un lobo! Se quedó quieto mirando algo fijamente en la orilla del bosque. Y entonces la imagen volvió a desvanecer­se debido a la velocidad del tren.
Esta fue la primera y hasta ahora única vez que tuve la suerte de ver un lobo salvaje en Alemania.
Observar a los lobos en estado salvaje es una historia que nunca termina. Estás presente en el apareamiento, al cabo de unos me­ses, ves que el resultado sale de la madriguera sobre unas patitas cortas, observas cómo luchan los lobeznos para conseguir el me­jor sitio en la «lechería» de la madre, te alegras con sus primeros y tímidos éxitos de caza (¡hurra, un ratón!), sufres con ellos cuan­do se lastiman, lloras su muerte, te ríes de sus gracias y juegos, si­gues sus intentos de coqueteo, hasta que el ciclo se cierra y todo vuelve a empezar.
Soy una loboadicta confesa, soy adicta a los lobos, y tengo sín­drome de abstinencia cuando no estoy con ellos. En cuanto estoy en territorio de lobos, siempre ando buscando «mi tema», del que nunca me canso. A la mayoría de las personas les basta con ver un lobo una o dos veces en la vida. A mí, no; yo siempre quiero ver más. Y por eso siempre estoy esperando que llegue el próxi­mo avistamiento de lobos, ya sea a —40 °C o bajo un sol ardiente y acribillada por las moscas. Me pongo un par de calcetines más, nieto unas almohadillas térmicas en los guantes o me embadur­no con protector solar y repelente de insectos. Y luego me quedo de pie durante horas y aguanto impertérrita, soporto el tiempo, sea cual sea. Lo hago porque sé que los lobos hacen cosas que no quiero perderme. Y cuando no están haciendo nada, quiero saber qué será lo que harán después.
Si no hay lobos, espero a que vengan. Y cuando por fin apa­recen, siento que está sucediendo algo especial. Son momentos intensos en los que el mundo se percibe como algo vivo y estable.
Tengo la inmensa suerte de que los lobos me permitan parti­cipar en sus vidas, cuando cazan, se aparean o crían a sus lobez­nos. Me he dado cuenta de que su comportamiento y el de los hu­manos son muy parecidos: miembros afectuosos de su familia, líderes autoritarios pero justos, ayudantes compasivos, adolescen­tes alocados o bobos bromistas.
Durante mis observaciones también he aprendido que el lobo es un gran maestro del que podemos aprender muchas cosas de la vida.
Las manadas de lobos se han convertido en una parte de mí. Investigar su complejo comportamiento social durante tanto tiem­po me ha cambiado. Conceptos, como moral, responsabilidad y amor tienen ahora para mí un nuevo significado. Los lobos son mis maestros y mi fuente de inspiración. Cada día me enseñan de nuevo a mirar el mundo con otros ojos: los suyos.

 

 

  • Autor/es: Elli H. Radinger
  • Editorial Urano
  • Formato 135 x 213 mm
  • Páginas 213
  • Encuadernación Rústica con solapas (tapa blanda)
  • Fotografías Color y blanco y negro

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