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Otras dimensiones otros mundos

Valentín Alejandro Ladra (aut)

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-5%

13,46 €

Pasado, presente y futuro abren una puerta invisible y secreta a múltiples universos paralelos.

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9788416316861

Cuando los viajes son reales, tan tangibles como pisar Valentín Alejandro Ladra el suelo de este planeta todos los días, esté uno donde esté, la experiencia va mucho más allá de cualquier cuento o ficción de la mente más febril, y todo lo convierte en experimentar el espacio-tiempo en un presente fantástico.
Aquí, en una narración muy personal, un abrebocas a lo que el ser humano, en su evolución hacia el conocimiento y la luz universal, puede sentir, vivir y comprender, nos sumergiremos en el antiguo Egipto y sus descubrimientos continuos, en restos de un esqueleto de la Mesopotamia, y dos encuentros espirituales en el Himalaya actual. Aquí también hablan los
personajes principales en "El Asesinato de los Templarios”, lo que no sabe la Historia ...
Más allá de cualquier cuento chino… con el perdón de ellos. Este es el mundo real.

Valentín Alejandro Ladra. Escritor. Director de Fundación Siddhi Karuna Prajna (Fundasi-Kapra): "Clarividencia en la Compasión a través del conocimiento intuitivo".

LO MAS PARECIDO A UN PROLOGO

EL DIOS RAMA DESCANSA EN
MAMALLIPURAM

En uno de los tantos recorridos por el vasto y culturalmente milenario territorio de la India, que exuda misticismo por todos sus poros, más allá del dinamismo de su democracia moderna y el auge agrícola, científico e industrial moderno, existen múltiples creencias de sus sorprendentes mitos y dioses reflejados en textos sagrados y numerosísimos templos.
Después de absorber la singular presencia mágica de una inverosímil pero pródiga naturaleza, en el extremo noreste del país, lugar sensible por su frontera con China y la cercanía de Pakistán y un poco más allá Afganistán, me refiero a Laddakh, donde presencié el festival que hace bajar a los aldeanos en sus coloridas vestimentas de las montañas, a más de 3.600 metros de altura a su capital Leh, uno de los sitios más extraños y fascinantes de la Tierra --un buen amigo mío, el señor Sajay de Nueva Delhi, director comercial en aquel entonces de Clarks, importante cadena hotelera hindú, señaló que "Laddakh se parecía más a un paisaje lunar que terrestre", amén de sus numerosos monasterios budistas— en el Himalaya, seguí la costa del Mar de Arabia visitando una vez más Mumbay
Bombay-, por segunda vez en años a Goa, pintoresco y antiguo enclave portugués codiciado por el "oro negro", las especies como pimienta, cardamomo y hasta café, Kerala con sus iglesias cristianas entremezcladas con los templos de Shiva y Vishnu entre muchos otros, donde falleciera el gran navegante Vasco da Gama.
Hermoso estado pródigo en palmeras, colinas, verdor exuberante, mar, lagos y lagunas inmensas, ríos, canales, donde ciertas creencias y vestigios antiguos hablan de la presencia bíblica de Santo Tomás, uno de los apóstoles de Jesús, hace poco menos de 2.000 años.
Seguí sus huellas impresas en las rocas, custodiadas en lo alto de la colina por una jaula con redes metálicas y candado grueso, luego de ascender un par de kilómetros rodeado de árboles y frondosa vegetación, por un sendero que de tanto en tanto, rememorando las estancias de la Vía Crucis, sobre unos palos altos, rezos y efigies santas enmarcaban la dirección correcta. Una especie de aventurera peregrinación mística que cumplí a cabalidad, horas después de haber desayunado en una pequeña basílica con los sacerdotes jesuitas que me invitaron con amabilidad, y me hablaron precisamente sobre la "experiencia de Santo Tomás".
Se cree que su tumba se encuentra en Chennay, antigua ciudad portuaria de Madrás, en el sentido totalmente opuesto sobre la Bahía de Bengala.

HACIA EL EXTREMO SUR

Más al sur, allí donde termina o comienza la India, según el punto de vista, en Kanyakumari, las benditas y sagradas tres aguas del Mar de Arabia, Bahía de Bengala y el Océano Índico, se unen casi en un éxtasis amoroso y espiritual.
Visité el santuario del gran sabio y místico Swami Vivekananda, en una islita rocosa a la cual se llega en una barcaza en unos 20 minutos.
No sólo su enorme y majestuoso mausoleo, sino allí también hay un pequeño complejo astronómico en varios detalles en roca viva, que dan hasta hoy día la hora y minutos exactos según las sombras proyectadas y complicadas mediciones, como también el recorrido no sólo del sol y la luna sino de algunas estrellas precisas.
En el otro extremo de la rocosa islita de tonalidades marrones y naranjas claras, se levanta el pequeño templo de Parvati, que contiene su huella impresa, consorte celestial del dios Shiva, el que destruye aberraciones para transformar y crear nuevos mundos en su eterna danza cósmica.
De regreso al pueblo de Kanyakumari, frente a la islita, visité el templo memorial de Mahatma Gandhi y celebré su "Jayanti" o cumpleaños precisamente ese día 2 de Octubre, otro aniversario; su busto en la sala de entrada mira con gesto severo pero sonrisa amable. Conmemora parte de sus cenizas arrojadas a la bendecida unión de las tres sagradas aguas.

DE RAMESHWARAM A MAMALLIPURAM

En mi plan de descubrimientos e investigación continué viaje rumbo al norte, por tierras y carreteras algunas duras y difíciles, bajo un sol abrasador, bordeando la costa Este casi frente a Sri Lanka, la "eterna lágrima" por su forma geográfica, desprendida del subcontinente indio hace millones de años, cuando masa, agua y fuego participaron en la creación renovadora del planeta con movimientos apocalípticos, colosales.
Por fin llegué tras largas horas al mítico e impresionante templo de Rameshwaram, enorme conjunto de corredores,
pasadizos o especie de túneles de cerca de cien metros de largo cada uno, con sus numerosos altares escondidos y pequeños templos internos, esculturas sagradas, divinidades, los sacerdotes con sus guirnaldas, inciensos y óleos.
Mis pasos al parecer fueron guiados por las deidades, ya que sin pensarlo me encontré dentro de un pequeño templo y altar dedicado a la poderosa diosa Parvati, al costado de uno de los túneles. Apenas entran allí diez personas bien apretujadas.
Sus sacerdotes, luego de mirarme fijamente a los ojos y por sobre mi hombro, me bendijeron sin yo pedirlo. Mi karma era bueno. Así me lo hicieron saber al llenarme de inciensos y santos óleos. Creo que fue una especie de iniciación, pues las energías de ese lugar me hicieron pensar, en ese preciso instante: "avale la pena ofrecer unas gotas de luz a este mundo de oscuridad?".
Una voz interna, en mi mente, contestó: "... sí, de otro modo las personas positivas y las mismas divinidades no tendrían razón de ser... y sería el caos generalizado".
De allí regresé, después de varios años, a Madurai, con sus esplendentes escalonados templos dravídicos, verdaderas joyas arquitectónicas de los antiguos pobladores del sur de la India.
Días después tomé el vuelo de Indian Air hacia Chennay — Madrás-, sobre la costa sur de la Bahía de Bengala. Apenas bajé del avión corrí a tomar un taxi que me condujo 60 kilómetros más al sur, bordeando la costa hasta llegar al lar de templos legendarios de uno de los libros más devocionales y fantásticos del hinduismo, el Ramayana. Narra la gloriosa épica del dios Rama en su lucha contra las huestes del mal en Mamallapuram (Mahaballapuram).
No podía perder tiempo. Los días transcurrían con demasiada rapidez. Igual que nuestras ilusiones humanas, el maya budista.
Debía recorrer un largo trecho de la India aun en mis investigaciones. Regresar una vez más a la lejana parte del Himalaya, el llamado "triángulo dorado" de Darjeeling, Sikkim y Kalimpong, entre Nepal, Tibet y Bhutan.
El gerente del hotel Ashok Tamil Nadu —el nombre del Estado-, hombre muy amable dado que en aquel entonces estaba invitado por la Embajada de la India en Caracas, Venezuela, me ofreció un comodísimo bungalow a pasos del mar, lo que acepté de muy buena gana, luego de tantas peripecias de sol y calor.
Desde allí, sentado en la pequeña veranda, pude divisar los bien delineados contornos del templo del dios Rama, y más cerca las docenas de rústicas canoas de madera de los pescadores, quienes con suma paciencia arreglaban y tejían sus redes.

EN EL TEMPLO DEL DIOS RAMA

Al atardecer caminé por la arena de la costa, sintiendo la fresca y sana espuma que dejan las olas de aquel mar encantado, donde hace milenios se libraron feroces y legendarias batallas. La luz contra la oscuridad, hacia la libertad y la paz, contra la opresión y la maldad, epopeyas de amor y sacrificio, de amistad —Hanuman, el dios mono que ayudó a Rama-.
Por supuesto los pescadores, con sus amistosas sonrisas, me invitaron a ir de pesca al amanecer. Miré las azules aguas de la Bahía de Bengala, sentí su inequívoca fuerza y oli su aroma.
Subí por las rocas y arena entre el verdor de árboles que se mecen al viento, cálido pero agradable, que susurró palabras antiguas que no comprendí, hasta encontrarme frente a un mundo mágico, recuerdo de heroicos dioses y diosas que se remonta a la bruma de los tiempos, de deidades mitológicas e increíbles leyendas de grandeza humana, con todo su dramatismo y belleza.
Rama descansó allí.
Capté su imagen en reposo en piedra eterna en uno de los altares tras gruesas puertas internas del templo. Siglos atrás las aguas del mar acariciaban sus muros. Con el paso del tiempo se retiraron dejando la huella de la arena.
El dios Rama fue el hijo mayor de Dasa-Ratha, un rey de la raza solar del reinado de Ayodhya. Es la séptima reencarnación
del dios Vishnu según la antigua creencia. Se habla de él ya en
los textos védicos del Mahabharata, y por supuesto mucho más en la épica Ramayana, cuando debe luchar contra demonios y
el más temible de todos ellos, Rayana. Un secuestro amoroso como el de Troya. Posiblemente todos ellos reyes, los demonios por supuesto de la antigua Ceilán, hoy Sri Lanka., del otro lado de las aguas.
Una historia extraordinaria sobre la cual los eruditos modernos han ofrecido singulares versiones y explicaciones.
Caminé alrededor de los canales de agua marina, que fluían como escape del templo a la costa o viceversa. Me sentí
privilegiado al recorrer los muros con sus fantásticas efigies, rostros de semidioses y animales sagrados, explanadas donde se practicaban rituales y festividades.
El templo principal con sus torres alzadas al cielo refulgía con los dorados colores del sol. Hubo una época en que se
temió por su supervivencia, debido a la erosión del viento y el salitre del agua. Felizmente se solucionó el problema al erigirse una barrera natural de rocas en la fachada Este del templo, que aunque no muy grande en dimensiones, es toda una reliquia.
Se le quitó un poco de panorámica visual desde la costa pero se alarga su vida, para que el mundo pueda admirar la realidad visible de una parte de la historia épica y mágica de una parte sublime de la India.

RECUERDOS MAGICOS EN PIEDRA

Mamallapuram fue la segunda capital de los emperadores Pallava, la primera dinastía Tamil, luego del imperio de los Gupta, según narra la historia.
Sus orígenes en realidad se pierden en la neblina de las leyendas. Su mayor período de prosperidad y creatividad sucedió entre los siglos 8 y 5 antes de Cristo. La mayoría de los templos, fascinantes esculturas de las deidades, demonios, héroes y dioses, fueron realizadas durante el reinado de Narasimha Varman I y II.
Hoy, la pequeña ciudad, más bien un pueblo, es pacífica, agradable en el paseo de sus pintorescas calles. La gente es amable, alegre, llenos de vida, siempre bajo la protección mística de sus héroes legendarios. Trabajan hasta tarde en la noche, como lo comprobé al entrar en un pequeño taller, donde los hornos y fuelles daban vida y forma a los diversos complementos metálicos.
El calor era insufrible. Me pregunté maravillado cómo sus jóvenes operarios, el sudor cubriendo sus cuerpos, las camisetas empapadas, podían funcionar hora tras hora en ese volcán de fuego y calor extremo. Tengo todo ello filmado, y cuando miro la cinta ya mi frente se perla de sudor al sólo recordarlo.
El encargado del templo me mostró algunos altares especiales. Iluminó algunas oscuras habitaciones de piedra y me enseñó en una de ellas, en toda la mitad el sagrado "Lingam", el simbolizado poder cósmico sexual del dios Shiva, destructor y creador en permanente acción en su cosmos danzante.
Me costó regresar. El templo de Rama tiene muy buenas vibraciones. Así lo percibió mi consciencia. Energías vivificantes, aromáticas, de equilibrio y armonía. En el tiempo y el espacio. En ningún momento sentí sufrimiento o dolor,
opresión, como en algunos otros sitios del mundo. Ya todo se purgó, se transmutó en el tiempo. Un portal entre dos mundos, donde las sensaciones y sueños se elevan.
Muchas veces me pregunto por qué el hombre se olvida cada vez más de sentir, si es una de las mayores maravillas de la Creación, y por el contrario, se refugia en un pragmatismo indiferente.

EL PLEXO SOLAR DE RAMA

Las estrellas comenzaban a titilar, y la pálida luz de la luna cubrió con un manto casi sobrenatural el templo del dios Rama. Las imágenes en los muros, sus rostros, parecían disfraces de los semidioses esculpidos, y, por unos segundos, creí que iban a revivir.
Me detuve y regresé. Cogí unas flores y las puse sobre el pecho de fría piedra, el plexo solar del dios Rama, acostado en eterno sueño. A lo lejos escuché las olas que se rompían sobre las rocas protectoras. Contemplé la historia viviente del templo por última vez. Otra época, otra vida, que nadie jamás debe olvidar.
Al día siguiente, con las primeras luces del alba y el agua del mar fría, entre espuma y olas entré y me sumergí para recibir el incipiente disco dorado del sol, que prontamente se convirtió en un coloso frente a mí.
Hacia allí navegaron las leyendas.
Y me despedí del dios Rama.
Al otro día, en la madrugada, seguí mi ruta peregrina a una de las siete ciudades sagradas de la India, a los fabulosos templos de Kanchepuram.
Pero esa es otra historia. ..
Las que aquí les ofrecemos se han escrito en cada uno de los lugares donde los ¿cuentos? toman forma.
Lo único que han sido modificados son los personajes, por supuesto, y el sentido profundo, a veces hasta casi real, del espacio-tiempo. ¿Por qué los uno con un guión? Pues, no existe diferencia entre los dos. Sólo en nuestra conciencia humana.

INDICE

  1. Prologo 5
  2. Amon, hijo de faraones 15
  3. Conversación con el conde Gagliostro 29
  4. Cielo de Bronce 41
  5. El ensueño roto 55
  6. Reflexiones sobre verdaderos viajes fantasticos 75
  7. La noche de los muertos 117
  8. La piedra verde 131
  9. "Napa": Los ojos de la serpiente 159
  10. En las almas de Set y Osiris 169
  11. El proyecto Defoe 189
  12. Asesinato de los templarios 211


 

Otras dimensiones otros mundos. Por Valentín Alejandro Ladra. ISBN: 9788416316861

Pasado, presente y futuro abren una puerta invisible y secreta a múltiples universos paralelos.

Cuando los viajes son reales, tan tangibles como pisar Valentín Alejandro Ladra el suelo de este planeta todos los días, esté uno donde esté, la experiencia va mucho más allá de cualquier cuento o ficción de la mente más febril, y todo lo convierte en experimentar el espacio-tiempo en un presente fantástico.
Aquí, en una narración muy personal, un abrebocas a lo que el ser humano, en su evolución hacia el conocimiento y la luz universal, puede sentir, vivir y comprender, nos sumergiremos en el antiguo Egipto y sus descubrimientos continuos, en restos de un esqueleto de la Mesopotamia, y dos encuentros espirituales en el Himalaya actual. Aquí también hablan los
personajes principales en "El Asesinato de los Templarios”, lo que no sabe la Historia ...
Más allá de cualquier cuento chino… con el perdón de ellos. Este es el mundo real.

Valentín Alejandro Ladra. Escritor. Director de Fundación Siddhi Karuna Prajna (Fundasi-Kapra): "Clarividencia en la Compasión a través del conocimiento intuitivo".

 

 

LO MAS PARECIDO A UN PROLOGO

EL DIOS RAMA DESCANSA EN
MAMALLIPURAM

En uno de los tantos recorridos por el vasto y culturalmente milenario territorio de la India, que exuda misticismo por todos sus poros, más allá del dinamismo de su democracia moderna y el auge agrícola, científico e industrial moderno, existen múltiples creencias de sus sorprendentes mitos y dioses reflejados en textos sagrados y numerosísimos templos.

Después de absorber la singular presencia mágica de una inverosímil pero pródiga naturaleza, en el extremo noreste del país, lugar sensible por su frontera con China y la cercanía de Pakistán y un poco más allá Afganistán, me refiero a Laddakh, donde presencié el festival que hace bajar a los aldeanos en sus coloridas vestimentas de las montañas, a más de 3.600 metros de altura a su capital Leh, uno de los sitios más extraños y fascinantes de la Tierra --un buen amigo mío, el señor Sajay de Nueva Delhi, director comercial en aquel entonces de Clarks, importante cadena hotelera hindú, señaló que "Laddakh se parecía más a un paisaje lunar que terrestre", amén de sus numerosos monasterios budistas— en el Himalaya, seguí la costa del Mar de Arabia visitando una vez más Mumbay

Bombay-, por segunda vez en años a Goa, pintoresco y antiguo enclave portugués codiciado por el "oro negro", las especies como pimienta, cardamomo y hasta café, Kerala con sus iglesias cristianas entremezcladas con los templos de Shiva y Vishnu entre muchos otros, donde falleciera el gran navegante Vasco da Gama.

Hermoso estado pródigo en palmeras, colinas, verdor exuberante, mar, lagos y lagunas inmensas, ríos, canales, donde ciertas creencias y vestigios antiguos hablan de la presencia bíblica de Santo Tomás, uno de los apóstoles de Jesús, hace poco menos de 2.000 años.

Seguí sus huellas impresas en las rocas, custodiadas en lo alto de la colina por una jaula con redes metálicas y candado grueso, luego de ascender un par de kilómetros rodeado de árboles y frondosa vegetación, por un sendero que de tanto en tanto, rememorando las estancias de la Vía Crucis, sobre unos palos altos, rezos y efigies santas enmarcaban la dirección correcta. Una especie de aventurera peregrinación mística que cumplí a cabalidad, horas después de haber desayunado en una pequeña basílica con los sacerdotes jesuitas que me invitaron con amabilidad, y me hablaron precisamente sobre la "experiencia de Santo Tomás".

Se cree que su tumba se encuentra en Chennay, antigua ciudad portuaria de Madrás, en el sentido totalmente opuesto sobre la Bahía de Bengala.

HACIA EL EXTREMO SUR

Más al sur, allí donde termina o comienza la India, según el punto de vista, en Kanyakumari, las benditas y sagradas tres aguas del Mar de Arabia, Bahía de Bengala y el Océano Índico, se unen casi en un éxtasis amoroso y espiritual.

Visité el santuario del gran sabio y místico Swami Vivekananda, en una islita rocosa a la cual se llega en una barcaza en unos 20 minutos.

No sólo su enorme y majestuoso mausoleo, sino allí también hay un pequeño complejo astronómico en varios detalles en roca viva, que dan hasta hoy día la hora y minutos exactos según las sombras proyectadas y complicadas mediciones, como también el recorrido no sólo del sol y la luna sino de algunas estrellas precisas.

En el otro extremo de la rocosa islita de tonalidades marrones y naranjas claras, se levanta el pequeño templo de Parvati, que contiene su huella impresa, consorte celestial del dios Shiva, el que destruye aberraciones para transformar y crear nuevos mundos en su eterna danza cósmica.

De regreso al pueblo de Kanyakumari, frente a la islita, visité el templo memorial de Mahatma Gandhi y celebré su "Jayanti" o cumpleaños precisamente ese día 2 de Octubre, otro aniversario; su busto en la sala de entrada mira con gesto severo pero sonrisa amable. Conmemora parte de sus cenizas arrojadas a la bendecida unión de las tres sagradas aguas.

DE RAMESHWARAM A MAMALLIPURAM

En mi plan de descubrimientos e investigación continué viaje rumbo al norte, por tierras y carreteras algunas duras y difíciles, bajo un sol abrasador, bordeando la costa Este casi frente a Sri Lanka, la "eterna lágrima" por su forma geográfica, desprendida del subcontinente indio hace millones de años, cuando masa, agua y fuego participaron en la creación renovadora del planeta con movimientos apocalípticos, colosales.

Por fin llegué tras largas horas al mítico e impresionante templo de Rameshwaram, enorme conjunto de corredores,

pasadizos o especie de túneles de cerca de cien metros de largo cada uno, con sus numerosos altares escondidos y pequeños templos internos, esculturas sagradas, divinidades, los sacerdotes con sus guirnaldas, inciensos y óleos.

Mis pasos al parecer fueron guiados por las deidades, ya que sin pensarlo me encontré dentro de un pequeño templo y altar dedicado a la poderosa diosa Parvati, al costado de uno de los túneles. Apenas entran allí diez personas bien apretujadas.

Sus sacerdotes, luego de mirarme fijamente a los ojos y por sobre mi hombro, me bendijeron sin yo pedirlo. Mi karma era bueno. Así me lo hicieron saber al llenarme de inciensos y santos óleos. Creo que fue una especie de iniciación, pues las energías de ese lugar me hicieron pensar, en ese preciso instante: "avale la pena ofrecer unas gotas de luz a este mundo de oscuridad?".

Una voz interna, en mi mente, contestó: "... sí, de otro modo las personas positivas y las mismas divinidades no tendrían razón de ser... y sería el caos generalizado".

De allí regresé, después de varios años, a Madurai, con sus esplendentes escalonados templos dravídicos, verdaderas joyas arquitectónicas de los antiguos pobladores del sur de la India.

Días después tomé el vuelo de Indian Air hacia Chennay — Madrás-, sobre la costa sur de la Bahía de Bengala. Apenas bajé del avión corrí a tomar un taxi que me condujo 60 kilómetros más al sur, bordeando la costa hasta llegar al lar de templos legendarios de uno de los libros más devocionales y fantásticos del hinduismo, el Ramayana. Narra la gloriosa épica del dios Rama en su lucha contra las huestes del mal en Mamallapuram (Mahaballapuram).

No podía perder tiempo. Los días transcurrían con demasiada rapidez. Igual que nuestras ilusiones humanas, el maya budista.

Debía recorrer un largo trecho de la India aun en mis investigaciones. Regresar una vez más a la lejana parte del Himalaya, el llamado "triángulo dorado" de Darjeeling, Sikkim y Kalimpong, entre Nepal, Tibet y Bhutan.

El gerente del hotel Ashok Tamil Nadu —el nombre del Estado-, hombre muy amable dado que en aquel entonces estaba invitado por la Embajada de la India en Caracas, Venezuela, me ofreció un comodísimo bungalow a pasos del mar, lo que acepté de muy buena gana, luego de tantas peripecias de sol y calor.

Desde allí, sentado en la pequeña veranda, pude divisar los bien delineados contornos del templo del dios Rama, y más cerca las docenas de rústicas canoas de madera de los pescadores, quienes con suma paciencia arreglaban y tejían sus redes.

EN EL TEMPLO DEL DIOS RAMA

Al atardecer caminé por la arena de la costa, sintiendo la fresca y sana espuma que dejan las olas de aquel mar encantado, donde hace milenios se libraron feroces y legendarias batallas. La luz contra la oscuridad, hacia la libertad y la paz, contra la opresión y la maldad, epopeyas de amor y sacrificio, de amistad —Hanuman, el dios mono que ayudó a Rama-.

Por supuesto los pescadores, con sus amistosas sonrisas, me invitaron a ir de pesca al amanecer. Miré las azules aguas de la Bahía de Bengala, sentí su inequívoca fuerza y oli su aroma.

Subí por las rocas y arena entre el verdor de árboles que se mecen al viento, cálido pero agradable, que susurró palabras antiguas que no comprendí, hasta encontrarme frente a un mundo mágico, recuerdo de heroicos dioses y diosas que se remonta a la bruma de los tiempos, de deidades mitológicas e increíbles leyendas de grandeza humana, con todo su dramatismo y belleza.

Rama descansó allí.

Capté su imagen en reposo en piedra eterna en uno de los altares tras gruesas puertas internas del templo. Siglos atrás las aguas del mar acariciaban sus muros. Con el paso del tiempo se retiraron dejando la huella de la arena.

El dios Rama fue el hijo mayor de Dasa-Ratha, un rey de la raza solar del reinado de Ayodhya. Es la séptima reencarnación

del dios Vishnu según la antigua creencia. Se habla de él ya en

los textos védicos del Mahabharata, y por supuesto mucho más en la épica Ramayana, cuando debe luchar contra demonios y

el más temible de todos ellos, Rayana. Un secuestro amoroso como el de Troya. Posiblemente todos ellos reyes, los demonios por supuesto de la antigua Ceilán, hoy Sri Lanka., del otro lado de las aguas.

Una historia extraordinaria sobre la cual los eruditos modernos han ofrecido singulares versiones y explicaciones.

Caminé alrededor de los canales de agua marina, que fluían como escape del templo a la costa o viceversa. Me sentí

privilegiado al recorrer los muros con sus fantásticas efigies, rostros de semidioses y animales sagrados, explanadas donde se practicaban rituales y festividades.

El templo principal con sus torres alzadas al cielo refulgía con los dorados colores del sol. Hubo una época en que se

temió por su supervivencia, debido a la erosión del viento y el salitre del agua. Felizmente se solucionó el problema al erigirse una barrera natural de rocas en la fachada Este del templo, que aunque no muy grande en dimensiones, es toda una reliquia.

Se le quitó un poco de panorámica visual desde la costa pero se alarga su vida, para que el mundo pueda admirar la realidad visible de una parte de la historia épica y mágica de una parte sublime de la India.

RECUERDOS MAGICOS EN PIEDRA

Mamallapuram fue la segunda capital de los emperadores Pallava, la primera dinastía Tamil, luego del imperio de los Gupta, según narra la historia.

Sus orígenes en realidad se pierden en la neblina de las leyendas. Su mayor período de prosperidad y creatividad sucedió entre los siglos 8 y 5 antes de Cristo. La mayoría de los templos, fascinantes esculturas de las deidades, demonios, héroes y dioses, fueron realizadas durante el reinado de Narasimha Varman I y II.

Hoy, la pequeña ciudad, más bien un pueblo, es pacífica, agradable en el paseo de sus pintorescas calles. La gente es amable, alegre, llenos de vida, siempre bajo la protección mística de sus héroes legendarios. Trabajan hasta tarde en la noche, como lo comprobé al entrar en un pequeño taller, donde los hornos y fuelles daban vida y forma a los diversos complementos metálicos.

El calor era insufrible. Me pregunté maravillado cómo sus jóvenes operarios, el sudor cubriendo sus cuerpos, las camisetas empapadas, podían funcionar hora tras hora en ese volcán de fuego y calor extremo. Tengo todo ello filmado, y cuando miro la cinta ya mi frente se perla de sudor al sólo recordarlo.

El encargado del templo me mostró algunos altares especiales. Iluminó algunas oscuras habitaciones de piedra y me enseñó en una de ellas, en toda la mitad el sagrado "Lingam", el simbolizado poder cósmico sexual del dios Shiva, destructor y creador en permanente acción en su cosmos danzante.

Me costó regresar. El templo de Rama tiene muy buenas vibraciones. Así lo percibió mi consciencia. Energías vivificantes, aromáticas, de equilibrio y armonía. En el tiempo y el espacio. En ningún momento sentí sufrimiento o dolor,

opresión, como en algunos otros sitios del mundo. Ya todo se purgó, se transmutó en el tiempo. Un portal entre dos mundos, donde las sensaciones y sueños se elevan.

Muchas veces me pregunto por qué el hombre se olvida cada vez más de sentir, si es una de las mayores maravillas de la Creación, y por el contrario, se refugia en un pragmatismo indiferente.

EL PLEXO SOLAR DE RAMA

Las estrellas comenzaban a titilar, y la pálida luz de la luna cubrió con un manto casi sobrenatural el templo del dios Rama. Las imágenes en los muros, sus rostros, parecían disfraces de los semidioses esculpidos, y, por unos segundos, creí que iban a revivir.

Me detuve y regresé. Cogí unas flores y las puse sobre el pecho de fría piedra, el plexo solar del dios Rama, acostado en eterno sueño. A lo lejos escuché las olas que se rompían sobre las rocas protectoras. Contemplé la historia viviente del templo por última vez. Otra época, otra vida, que nadie jamás debe olvidar.

Al día siguiente, con las primeras luces del alba y el agua del mar fría, entre espuma y olas entré y me sumergí para recibir el incipiente disco dorado del sol, que prontamente se convirtió en un coloso frente a mí.

Hacia allí navegaron las leyendas.

Y me despedí del dios Rama.

Al otro día, en la madrugada, seguí mi ruta peregrina a una de las siete ciudades sagradas de la India, a los fabulosos templos de Kanchepuram.

Pero esa es otra historia. ..

Las que aquí les ofrecemos se han escrito en cada uno de los lugares donde los ¿cuentos? toman forma.

Lo único que han sido modificados son los personajes, por supuesto, y el sentido profundo, a veces hasta casi real, del espacio-tiempo. ¿Por qué los uno con un guión? Pues, no existe diferencia entre los dos. Sólo en nuestra conciencia humana.

INDICE

Prologo                                                                                  5

Amon, hijo de faraones                                                       15

Conversación con el conde Gagliostro                                29

Cielo de Bronce                                                                   41

El ensueño roto                                                                   55

Reflexiones sobre verdaderos viajes fantasticos                  75

La noche de los muertos                                                    117

La piedra verde                                                                  131

"Napa": Los ojos de la serpiente                                       159

En las almas de Set y Osiris                                              169

El proyecto Defoe                                                             189

Asesinato de los templarios                                               211

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