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Los Nueve Peldaños Maximizar

Los Nueve Peldaños

Anne Givaudan (aut)
Daniel Meurois (aut)

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Tra s varios años de investigación sobre la vida más allá de la vida, Anne y Daniel Meurois- Givaudan nos transmiten su experiencia intuitiva sobre el mundo anterior al nacimiento.

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9788416694747

Construido como un reportaje sobre las transformaciones físicas y psíquicas, con un estilo directo y sencillo, este libro ofrece información útil para aquellos que se preparan para ser padres, así como para los que ven en la vida una fuente inagotable de maravillas.

Daniel Meurois (Francia, 1950) lleva marcando incontestablemente el campo de la espiritualidad y del pensamiento metafísico contemporáneo desde hace un cuarto de siglo. Ha publicado más de veintiséis libros desde 1980.
Con un estilo único y sumamente cuidado, sus libros, traducidos a más de dieciocho idiomas, son auténticos testimonios vivos y eminentemente actuales de su propia experiencia y reflexión y han dado lugar a centenares de conferencias y seminarios en numerosos países de Europa, África y en Canadá. Entre sus libros cabe destacar Crónica de un acompañamiento, El evangelio de María Magdalena, El que viene, Por el espíritu del sol, Un soplo de luz, Viaje a Shambhala, Visiones esenias, todos ellos publicados en Luciérnaga.
Actualmente reside en el Québec.

Anne Givaudan está diplomada por la Universidad de Lille (Francia). Ha dedicado  parte de su vida a la enseñanza de la lengua francesa. A partir de 1971 y como resultado de su experiencia personal, se ha dedicado a experimentar e investigar las diversas esferas de la existencia.

ÍNDICE

Presentación       7

Prólogo       13

  1. Octubre       21
  2. Noviembre       41
  3. Diciembre       69
  4. Enero       91
  5. Febrero   115
  6. Marzo       137
  7. Abril       169
  8. Mayo    191
  9. Junio       213

Prólogo

Inmediatamente nos hemos hundido en la inmen­sidad de sus ojos... Imposible no hacerlo, por otra parte, ante esa mirada medio arrobada donde parecen mezclarse felizmente alegría y nostalgia. Esa mirada color almendra es la de una mujer todavía joven, mo­rena, vacilante como un funámbulo que aventura el primer paso sobre el vacío.
«Me han hablado de vosotros...», ha murmurado al principio. Después, adquiriendo en seguida más seguridad... «Es curioso, nunca hubiera imaginado que esto ocurriría así... Cuando me dijeron: «Vas a volver a la Tierra, así que sería conveniente que trabajaras con una pareja durante los nueve meses de tu gestación», creí que era una broma. Pero no, en abso­luto, hablaban en serio... y ahora os veo, estáis ahí...»
Tras estas palabras se ha detenido y se ha hecho el silencio entre nosotros, un silencio tenue, como otra forma de comunicación a través de la cual se dice más.
Es ahora únicamente cuando vemos lo que ocurre y dónde estamos. Desde que nuestra conciencia ha dejado nuestro cuerpo" hace apenas unos instantes, ¡ha ido todo tan deprisa! Una vez franqueado el túnel de luz como una cámara de descompresión dentro y más allá de nosotros, nos encontramos aquí, en esta gran sala blanca que tiene como cierto aire primave­ral. Sus paredes, su luz nos dan la sensación de estar en una burbuja o en «algo» suspendido entre dos mundos. Sin embargo, todo aquí es absolutamente concreto y los pocos pasos que iniciamos para inter­narnos algo más en su quietud resuenan sobre sus lo­sas. A decir verdad, buscamos las palabras, y la joven también.
«Pues sí...», dice uno de nosotros, «ya ves, ¡no ha­bía nada más serio!»
Nuestras miradas se cruzan una vez más, pero es para no abandonarse ya, inexplicables como una son­risa espontánea e incontrolable de la que no puede uno deshacerse. Algo ocurre en el fondo de cada uno de nosotros..., una especie de detonante mágico tras el cual nos sentimos en perfecta armonía sin saber exac­tamente por qué. En ese momento, nos ponemos a reír los tres, como viejos cómplices que acaban de de­cir una broma comprensible sólo para ellos...
Ya está, sabemos que el puente se ha tendido y que el trabajo se podrá llevar a cabo. ¿En qué consiste di­cho trabajo? Es algo un poco disparatado, reconoz­cámoslo, al menos a priori. Se trata de seguir a esta joven, o más bien a esta alma, paso a paso, mes tras mes, estar en comunión con ella durante los nueve meses en los que su futura madre, en alguna parte de la Tierra, le irá preparando un cuerpo. Se trata de se­guir su ser, como un hilo conductor durante todo el proceso de su encarnación. Por otro lado, ¿es un tra­bajo? Más bien consiste en una colaboración, en compartir algo que quisiéramos desde ahora fuera un manantial de amor, una fuente de cabal inspiración para los que se preparan a dar la Vida.
Compartir, ése es el término adecuado. No cabe duda de que así lo ha comprendido esta mujer que acaba de dar unos pasos hacia nosotros y a la que aco­gemos en nuestros brazos.
«De acuerdo...», dice «¡es evidentemente obvio! Haremos esto juntos, si queréis. Sólo por gusto..., sólo para decir un poco más qué es la Vida!»
¿Cómo podríamos dudar un segundo? Ante nuestro asentimiento entusiasta, nos lleva hacia un lugar al otro lado de la sala que parece ahora alargarse hacia el infinito, convirtiéndose así en una especie de corredor.
«Es mi alma la que ha creado este decorado», dice suavemente. «Estáis en una burbuja de mi alma y de mi pensamiento. Es una de las cosas que me han ense­ñado a hacer, y así es como ocurren aquí muchas ma­nifestaciones.»
«¿Que te han enseñado a hacer...?»
«Sí..., mirad, son ellos..., y además hay otros. Quería que los vierais, porque sé que así me com­prenderéis mejor.»
De la apacible claridad del pasillo blanco emergen las siluetas de dos seres. Son las de un hombre y de una mujer que se encuentran ahí como dos amigos. Su presencia nos resulta de pronto tan natural, tan evi­dente, que nos parece que han debido de estar siem­pre ahí y conocen todo lo relativo a nuestro proyecto.
Sus rostros no reflejan, sin embargo, el conoci­miento insondable de esas criaturas angélicas a las que da forma la imaginación popular. Están ahí, por el contrario, muy concretos, muy humanos y, sin em­bargo, con esa especie de eterna juventud y esa luz interior que únicamente sabe generar el universo del alma.
«He aquí mi familia, en cierto modo...»
Estas palabras se han insinuado en nosotros con un vigor alegre, chispeantes, como una copa de champán que se ofrece jubilosamente en un día de fiesta.
«Son mis guías», continúa la voz de nuestra nueva amiga. «Bueno, digo mis guías porque ellos me han enseñado que, en la Tierra, es la palabra que se utiliza con frecuencia. Pero para mí, aquí, son sobre todo mis amigos, en cierta forma también mis profesores, si preferís. En cuanto llegué aquí, sentí en el fondo de mí misma que era como si los conociera desde mucho tiempo atrás... Puedo decir que me han ayudado a aprender todo lo de este mundo, o al menos que han actuado para que me acuerde de todo.»
«¿Son ellos quienes te han dicho que debías volver a la Tierra?» aventuramos de común acuerdo, mien­tras los dos seres se acercan hacia nosotros tranquila­mente.
«Sí..., pero yo misma lo sentía. Hay algo, no sé, que me empuja a volver allí. Es curioso, es a la vez como una atracción increíble, un temor y una obliga­ción. Algo ineludible... Así que he dicho: «Sí, de acuerdo» y entonces es cuando mis amigos me han aconsejado.»
Una risa cálida y discreta nos hace girar la cabeza en dirección a la pareja que está ahora a tres pasos de nosotros y que parece querer tomar parte en la con­versación.
Pero la joven continúa, más locuaz y, al mismo tiempo, más emocionada:
«¿ Sabéis ? Recuerdo el momento en el que sentí que era necesario descender de nuevo, pronto o tarde. Realmente fue un impacto y me quedé pensativa mu­cho tiempo..., sin duda como un niño que se enfrenta a la muerte por primera vez.»
«¿Ignorabas todo lo relativo a la reencarnación?»
«¡Oh, no! Aquí he visto claramente que no era una quimera. Nunca he recibido una formación en ese sentido, pero he asistido a tantas llegadas y a tan­tas partidas... ¡había que rendirse a la evidencia! Ade­más, hay tanta lógica en todo esto..., pero era una noción que estaba alojada en alguna parte de mi inte­lecto, en mi mente, como una verdad válida sólo para los demás.
»Respecto a la muerte ocurre también así, ¿no es cierto? Pues bien, sabed que tengo un poco la impre­sión de que voy a morir..., de que me ha tocado el turno. De modo que es preciso que abandone mi confort interior y, lo que es peor, a mis amigos de aquí.»
«Sin embargo, parecías tan dichosa hace unos instantes...»
«¡Y lo soy! Pero hay ciertas cosas inexplicables que han despertado en el fondo de mí..., vagos re­cuerdos, deseos que incluso ignoraba que todavía pu­dieran existir. Son ellos los que me fuerzan ahora a descender de nuevo y siento que mi voluntad no pue­de hacer nada contra eso, porque hay algunas partes de mi ser que son como unas copas que no están lle­nas..., o lo están muy poco.»
«¡A no ser que las hayas volcado!»
Uno de los dos seres que se había aproximado a nosotros ha dejado caer al vuelo esas palabras en un tono jovial.
«Rebeca», prosigue, «Rebeca, es importante que aceptes hablar de todo esto con detalle. Tendrás que recordar hasta el final esta promesa que nos hiciste.»
Rebeca, de quien por primera vez oímos pronun­ciar su nombre, nos dirige una mirada muy tierna, pero también muy resuelta.
«No os preocupéis, mantendré la promesa..., no porque eso se llame promesa, sino porque aquí he comprendido verdaderamente que la Tierra tiene más que nunca necesidad de amor... ¡y que los hombres tienen más que nunca necesidad de comprender!
»Ya es hora, ¿no os parece?, de que allá abajo se sepa lo que es la Vida, de dónde viene, adónde va..., para que se la ame un poco más, ¡aunque no sea más que un poco más!
»Por eso acepto poner mi alma al desnudo. Quie­ro que estos nueve meses durante los cuales voy a ocupar el vientre de una madre sean como una mano tendida entre la luz y... otra forma de luz. Quiero que sean una enseñanza, pero una enseñanza sin maestro, sin dogma, sin la menor manifestación de rigidez. Algo suave y fuerte, que baste mirar y escuchar en el fondo de uno mismo para captar lo Esencial.»
«Creo que nos comprendemos, Rebeca», mur­mura uno de nosotros. «Tenemos que ofrecer a los hombres y mujeres de hoy el sencillo diario de a bor­do de tu retorno, la película de su luz con sus alegrías y, tal vez también, sus dudas, traducido a unas pala­bras que serán las tuyas, al margen de filosofías, al margen del lenguaje esotérico y más allá de la volun­tad de probar nada... No tenemos que defender nada, ¿no es cierto?, ¡puesto que nada de esto nos pertene­ce!»
En torno a nosotros, parece como si la claridad se hubiera hecho más blanca, más resplandeciente, co­ mo si la alegría de trabajar juntos y la esperanza que ello engendra vivificaran de modo distinto este lugar del alma... E, interiormente, sabemos que se trata de eso precisamente. La luz del corazón es tan contagio­sa que ha impregnado totalmente nuestra morada, incluso la de un día o de un instante.
«No me llaméis más Rebeca», dice de pronto la joven pasándose lentamente las dos manos por el ros‑
tro. «Comprended..., ya no soy Rebeca..., ya no debo serlo. Soy... no sé quién..., pero quiero que eso sea para bien, que sea aún algo mejor. No quiero reencar­narme sino renacer. ¿Veis la diferencia?»
Sí, hemos visto la diferencia, deseamos responder con una sonrisa. Sí, también la comprendemos y sen‑
timos que tu alma ha dicho sí a ese proyecto porque tiene la ternura y el entusiasmo de los que quieren re­construir...
Y es a ellos, a los verdaderos enamorados, a los verdaderos padres de la Vida, padres no solamente de la carne sino también de la Conciencia, a quienes está dedicado este libro.

 

  • Autor/es: Daniel Givaudan Meurois, Anne Givaudan
  • Editorial Luciérnaga
  • Páginas 232
  • Encuadernación Rústica (tapa blanda)

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