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Sivananda Radha (aut)

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Un mantra es una combinación de sílabas sagradas que forma un núcleo de energía espiritual. Son palabras de poder, son el pensamiento que libera y protege.Tienes en tus manos una guía práctica para ayudar a desarrollar la vida espiritual mediante la práctica del mantra, para lo cual resulta &...

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9788486797232

Un mantra es una combinación de sílabas sagradas que forma un núcleo de energía espiritual. Son palabras de poder, son el pensamiento que libera y protege.
Tienes en tus manos una guía práctica para ayudar a desarrollar la vida espiritual mediante la práctica del mantra, para lo cual resulta útil tener algún conocimiento sobre el lugar del Nada Yoga (el yoga del sonido) en la filosofía del yoga, y en este caso sobre la parte del mismo denominada Mantra Yoga.
Sin pretender embarcarnos en una obra exhaustiva, Swami Sivananda Radha nos introduce sabia y directamente en este conocimiento y en su historia con el fin de que cualquier persona llegue a conocer sus virtudes y beneficios, y mediante su práctica pueda llegar a conseguir la unión con lo divino.
Una gota de agua puede conseguir muy poco; sin embargo, cientos de millones de gotas pueden oradar la roca o, ciertamente, cambiar la faz de la Tierra.
De igual manera, los mantras han sido transmitidos de generación en generación, de gurú a discípulo, y en ese proceso su poder ha ido aumentando enormemente. La repetición de los mantras billones de veces, a cargo de incontables devotos y a lo largo de los siglos, ha producido un vasto depósito de poder que incrementa su potencial espiritual.
Mantras, la práctica del mantra yoga, es un eslabón más en ese proceso.
El Mantra es la canción de una estrella... Y te transportará a la estrella.
Hay cierto poder en cada palabra, incluso a nivel humano: nuestro nombre tiene un significado especial, y la manera de pronunciarlo puede transmitir numerosos mensajes. Distintos tonos hacen que las distintas vibraciones afecten a la respuesta corporal y también a la respuesta emocional. La práctica del Mantra Yoga durante largos periodos de tiempo hace que seamos conscientes de sonidos que crean imágenes, y de que ciertas imágenes tienen un sonido inherente.
Basándose en cuarenta años de estudio y experiencia personal, Swami Radha describe los beneficios del mantra en la vida de cada día y demuestra cómo usar estas sílabas sagradas para enfocar la mente, incrementar la conciencia y fomentar la curación.

Swami Sivananda Radha (1911-1995) fue una de las primeras occidentales en presentar el yoga como un sistema espiritual y filosófico aplicable a la vida diaria. Fue discípula de Swami Sivananda de Rishikesh, quien le inició al sanyas en 1956.
Swami Radha es una autora prestigiosa que cuenta con diversas obras clásicas dentro del campo del yoga, siendo sus títulos más notables "Kundalini Yoga for the West", "Hatha Yoga: The Hidden Language" y "Mantras: La práctica del Mantra Yoga". Sus publicaciones constituyen un legado perenne, avalado por sus cuarenta años de estudio personal y por su comprensión del yoga como camino de liberación.
En 1963, fundó el Yasodhara Ashram en British Columbia (Canadá), un centro de retiros y estudio del yoga que continúa en el espíritu devocional en el que fue creado, manteniendo la calidad y la integridad que son la esencia de sus enseñanzas.

Unas palabras
de la autora

ANTES DE IR A INDIA a conocer a Swami Sivananda Saraswati no sabía nada acerca de los mantras. De niña
crecí en Alemania y tuve muchas experiencias y percepciones fuera de lo común, y, aunque no sabía lo suficiente como para pensar en ello en estos términos, solía sentarme en meditación, concentrándome profundamente en un único punto. Mi madre intentó desanimarme para que no hiciera estas cosas extrañas y me interesara por aquellas que eran propias de las chicas de mi edad.
Cuando fui a India en 1955, oí hablar de los mantras y de su maravilloso poder, pero yo era occidental y escéptica. Pregunté a mi gurú qué beneficio podía hacerme el repetir las mismas palabras una y otra vez. Él me contestó que tendría que practicar el canto de mantras y descubrirlo por mí misma. Gracias a la práctica del mantra y a mis notas —solía registrar la mayoría de mis impasses, como los llamaba, ocasiones en las que simplemente no sabía por qué hacía esta práctica—, reconocí la rebelión de mi mente. Se quejaba de tener que hacer algo que le parecía inútil. Pero yo continué: cinco horas al día, siete días a la semana durante siete semanas.
Swami Sivananda me comentó que debería intercalar el canto con rendir culto a la deidad. Cuando le dije que venía de una religión protestante y que no me interesaban los rituales, me sugirió algo simple y precioso: que cultivara flores de distintos colores y las pusiera en un altar cuando cantara. Dijo que siempre debía elegir el mismo lugar de mi casa como lugar sagrado, y que por la ley de asociación de pensamientos, cuando pusiera sobre el altar flores blancas, estas me pondrían en contacto con el espíritu expresado en el símbolo del Señor Siva.
Cuando pusiera flores azules en el altar, me pondrían en contacto con el Señor Krishna, y las rosas o cualquier otra flor colorista me pondrían en contacto con la Madre Divina.
En aquel tiempo Swami Sivananda me había explicado ya la dualidad masculino-femenino que caracteriza el panteón de los dioses y diosas de las religiones hindúes. Para ayudarme a entender, lo comparó con la unidad familiar en los pueblos, donde uno siempre sabe quién es la madre de un niño, aunque no siempre conoce al padre. Uno siempre puede reconocer el poder manifestado —el aspecto femenino, la Madre Divina o Shakti—, pero no siempre puede reconocer al poder no manifestado, el masculino, simbolizado por el Señor Siva. Reflexioné sobre ello y pensé: «Sí, puedo incorporar esto a mi pensamiento. Cuando cultive flores blancas para Siva recordaré que el blanco contiene todos los colores y que Siva es energía, poder. Resulta difícil pensar en la energía, pero el simple he-cho de saber que este símbolo representa la energía me ayudará. Swami Sivananda no me está pidiendo que adore una imagen de Siva». Comprendí que la meditación sobre el Señor Siva no tenía que terminar con su imagen, que la imagen era un punto focal para mi mente hasta que comprendiera a un
nivel más profundo, intuitivamente, el principio de la energía como tal.
Al regresar a Canadá no me sentí fuerte en mi práctica espiritual; mi concentración vacilaba. La extrañeza de estas imágenes me ayudó a enfocarme porque, aunque eran figuras humanas, no podía confundirlas con ninguna de las personas que conocía. En particular, me ayudó el significado simbólico de la posición doblada del Señor Krishna que parece decir: «Soy tolerante contigo, soy consciente de tus errores humanos. Sigues olvidándote de tu naturaleza divina a causa de tu cuerpo, pero yo te la recordaré».
Pensaba lo mismo con relación a la Madre Divina, y entonces entendí que una religión que tenga los dos aspectos, masculino y femenino, por fuerza tiene que sobrevivir. Podía ver por qué los budistas tienen a la Madre de Compasión, y por qué los católicos han puesto tanto énfasis en María.
No fue fácil para mí, pero aprendí muchas cosas. Como no había tenido tiempo de leer libros, lo que aprendí me vino por mi propia experiencia. Tomé conciencia de los puntos muertos de la mente, de los obstáculos que la mente crea. Tomé conciencia de los hábitos; el hábito me había sugerido que no sería capaz de realizar estos cantos, que llegaría a un punto muerto. Si no hubiera tenido esta suposición con relación a mí misma, o no hubiera aceptado el comentario despectivo de alguien a quien consideraba una autoridad, habría tenido menos dificultades.
Otro de mis problemas era que no estaba segura de haber completado un número exacto de repeticiones. Cuando can-taba mi mantra, usaba una caja de cerillas y mi mala de ciento ocho cuentas. Cada vez que acababa un mala, echaba una cerilla al suelo. Después de acabar diez malas pensé: «Bueno, he
hecho ochenta mantras extra. ¿Qué haré con ellos?». Decidí
que fueran mil cien, simplemente para superar las resistencias
de mi mente. Poco a poco fui tomando el control de mí misma.
Los efectos secundarios de esto fueron notables. Mis estados de ánimo muy depresivos, que me impedían ver ningún
propósito en la vida, se desvanecieron. Se me habían concedido todos los bienes materiales que deseaba, pero sentía que
no merecía la pena vivir por ellos. Y cuando viví todos los
problemas de la vida de casada, también sentí que no merecía
la pena vivir para el matrimonio. Pero intuía que la felicidad
debía estar en alguna parte, por la cantidad de historias que
cuentan que venimos del cielo. Y entonces me pregunté: «LEs
posible que alguien piense en algo que no ha existido en algún
momento del pasado o vaya a existir en algún momento del
futuro?». Me vino a la mente la historia de Ícaro, de la mitología griega, el hombre que quiso volar. Pensé que aquello podría haber sido el comienzo del aeroplano. Tal vez las cosas
tengan que ser imaginadas y deseadas en la mente para producir su manifestación. Se trataba del mismo principio del
que me había hablado Swami Sivananda —poder inmanifestardo—, por lo que pregunté: «¿Qué puedo yo manifestar?
¿Qué manifestará el sonido? ¿Se manifiestan los sonidos?».
Probablemente fui muy dura conmigo misma. A veces me
levantaba y caminaba por la sala de oración para no caer dormida hasta acabar mi práctica. Cuando fui a China descubrí
que allí los monjes caminan hasta dieciséis horas mientras realizan su práctica espiritual, pero yo solo caminaba para mantenerme despierta hasta acabar mis repeticiones del mantra.
Tomé conciencia de muchas cosas con respecto a la voz.
Por ejemplo, cuando alguien pronuncia mi nombre, sé por la
resonancia de la voz si esa persona es amistosa y si yo le gusto,
o si se está mostrando fría, reservada y distante, o si solo está siendo educada. Muchas personas no son conscientes de los mensajes que emiten, de cómo se delatan con una simple pa-labra; de modo que empecé a comprender que, después de todo, había algo en la práctica de cantar mantras.
Entonces empezaron a pasarme algunas cosas muy hermosas. Vi nubes de colores, preciosos tonos de azul. Pensé en lo que significa el azul: la gente lo asocia con los lunes tristes *, cuando se sienten deprimidos y no muy activos; por otra parte, también está el precioso azul del cielo, que hace feliz a todo el mundo. El Señor Krishna se presenta de color azul, y este tono de azul ha quedado anclado en mi mente como azul Krishna. Vino a mi mente el pensamiento pasajero de que debía estudiar simbolismo. Me di cuenta de que después de haber visto aquellas preciosas sombras de azul mientras cantaba, me sentía eufórica durante mucho tiempo.
Más adelante comprendí que me estaba volviendo autoindulgente, y dije: «¡Oh, no; tengo tantas ganas de ver esta especie de películas espirituales] ¿Cuándo voy a dejar de buscar entretenimientos y comodidad? Soy un desastre». Entonces, un día tuve una experiencia en la que mantuve la conciencia. Los sonidos se hicieron como pompas de jabón gigantes y daban vueltas; tenían una especie de color, y sin embargo no lo tenían. De repente, surgió en mí un deseo: «Ojalá pudiera sentarme en uno de ellos y viajar por el espacio». En ese mismo momento me vi a mí misma moviéndome por el espacio. Aquella experiencia me mostró que hay más de una manera de abandonar el cuerpo. No mantuve la conexión con el cuer-
podían sacrificarse los deseos de la vida, los deseos que real-mente no son muy profundos y que solo habrían supuesto realización al nivel de la vida cotidiana. En el Dvapara Yuga se fomentaron todas las formas de adoración: oraciones, conversaciones con Dios, rituales en su forma más elevada.
Actualmente se dice que vivimos en el Kali Yuga, la Edad de Hierro, el último de los cuatro yugas, la edad malvada. Se dice que las fuerzas del mal y la inmoralidad prevalecen, y ciertamente parece ser así. En esta época se supone que el Mantra Yoga, el canto del nombre del Señor, es la mejor ayuda para el desarrollo del individuo. Existe el dicho: Kali Yuga Keval Namah Adhara, que significa «En el Kali Yuga, el santo nombre es el barco para cruzar el océano de maya (ilusión)».
La tradición dice que los rishis, los grandes videntes, los santos y los maestros del pasado nos dieron los mantras. Se dice que ellos a su vez los tomaron o sintonizaron con ellos en el nivel etérico. Los mantras han sido creados a partir de las vibraciones sutiles de muchos millones de personas que han gritado y llorado en su desazón a lo largo de los siglos. Los mantras son, por así decirlo, la esencia de todos esos gritos, pero también son más que eso: las respuestas a esos gritos y llantos.
Durante cientos de años los sabios indios han estudiado con mucho detalle los efectos de los sonidos o, más correcta-mente, de la vibración. Ellos son muy conscientes del poder que tiene el sonido en la curación y para despertar los chakras (los centros de conciencia) del sistema Kundalini.
El sonido es vibración. Los sonidos y las imágenes tienen una relación muy próxima. Swami Sivananda, en su libro Japa Yoga, da varios ejemplos de cantantes que podían producir imágenes simplemente cantando cierta nota o combinación
de notas. La emisión de un sonido particular puede hacer que cierto material de ese mismo nivel de vibración vuelva a juntarse. Si el ritmo de la vibración del sonido emitido es más fuerte y elevado que el de un objeto que está presente, dicho objeto se romperá. Con el sonido correcto puedes quebrar un recipiente de vidrio. Una historia del Antiguo Testamento habla de un sonido de trompetas que tumbó las murallas de Jericó. El oído mismo puede quedar dañado por el sonido, tal como sabemos por las historias de las personas que pierden audición por escuchar música a todo volumen.
El mantra se canta con una melodía conocida como raga. Raga o ragini es el término que usan los indios para designar la melodía o la clave, que incluye mucho más que el concepto de sintonía. Literalmente, raga significa «amor o pasión». Se trata de una composición sonora compuesta por movimientos melódicos que colorean el propio corazón.
La raga de un mantra es principalmente monofónica, una secuencia de sonidos simples sin armonía. En las enseñanzas de Pitágoras se indica que la música, tal como se en-tendía en la antigua Grecia, está vinculada a la aritmética. Esta misma visión ha sido expresada más recientemente en los escritos del fallecido P. D. Ouspensky. La expresión música de las esferas proviene de los griegos y también de los orientales. Los griegos vincularon el sonido y la música con la astronomía. En su Poetica Aristóteles dice que el lenguaje, el ritmo y el sonido juntos componen la poesía. Sin embargo, también señala otro elemento que no tiene nombre ni forma, y es la capacidad que tienen tanto el poder de la pa-labra y el sonido de influir en el pensamiento humano. Los yoguis dicen que esta influencia es más amplia de lo que se cree generalmente.
La música no es únicamente un sistema ordenado o una disposición de sonidos, sino un poder que puede afectar y afecta a quien la escucha. Confucio, como Aristóteles, decía que la música influye en la gente, conduciéndola a la acción correcta o a la acción equivocada. Resulta interesante descubrir que los griegos también dijeron que una melodía establecida no debe cambiarse, porque tal «anarquía» conduce a la destrucción.
El Mantra Yoga forma parte del Nada Yoga, el yoga del so-nido, y solo es una más de unas cuarenta aproximaciones al yoga. El Nada Yoga es una teoría y un entendimiento del so-nido, la vibración y la música que durante siglos ha excedido con mucho la comprensión occidental. Sin embargo, en este siglo, esta comprensión está siendo redescubierta por los físicos occidentales, cuyo trabajo les está llevando más allá de las ideas tradicionales sobre el mundo físico.
Los yoguis han usado los principios del Nada Yoga para armonizarse con la estructura del Universo. En este libro he presentado un camino práctico para que los estudiantes primerizos se aproximen a una parte del Nada Yoga, el Mantra Yoga, y aprendan a partir de su experiencia personal sobre el gran poder curativo y unificador de esta práctica.

Índice

UNAS PALABRAS DE LA AUTORA     11
PREFACIO     17
CAPÍTULO UNO. ¿Qué es el mantra?     23
CAPITULO DOS. Mantra y Japa     31
CAPÍTULO TRES. Práctica del mantra     37
CAPITULO CUATRO. Rendir culto: cultivar la imaginación     49
CAPÍTULO CINCO. Beneficios de usar un mantra     55
CAPITULO SEIS. Cómo usar el mantra     65
CAPITULO SIETE. Mantras individuales     79
CAPITULO OCHO. Mantra y curación     109
CAPITULO NUEVE. Mantra e iniciación     117
CAPITULO DIEZ. Experiencias con el mantra     127
CAPITULO ONCE. El mantra en tu vida     133
LIBROS Y CD RELACIONADOS CON LOS MANTRAS     137
ACERCA DE LA AUTORA     141

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