Reglas para un caballero, por Ethan Hawke. Gaia Ediciones. Ilustraciones de Ryan Hawke

Reglas para un caballero

Referencia: 9788484456698
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Guía para una vida noble.
La última carta de Sir Thomas Lemuel Hawke.

Nunca te anuncies como un caballero; simplemente, compórtate como tal.

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Un noble caballero, previendo la posibilidad de no regresar de una inminente batalla, recoge por escrito la sabiduría y los principios éticos que ha adquirido a lo largo de su existencia con el fin de legárselos a sus hijos.

Recopilada por el actor y guionista Ethan Hawke, esta guía de vida se inspira tanto en las enseñanzas de los sabios y maestros orientales como en la de los occidentales, reuniendo inspiradoras y magistrales re?exiones acerca de los grandes temas de la humanidad como son la soledad, la humildad, el perdón, la sinceridad, el coraje, la gracia, el orgullo o la paciencia.

Ethan Hawke

nominado cuatro veces a un Oscar de la Academia, dos veces como guionista y dos como actor, ha protagonizado películas como El club de los poetas muertos, Bocados de realidad, Gattaca o Día de entrenamiento, además de la trilogía Antes del amanecer de Richard Linklater y Boyhood (Momentos de una vida). Ha escrito dos novelas: Estado de excitación y Ash Wednesday. Vive en Brooklyn con sus cuatro hijos y su esposa, Ryan Hawke, que es quien ha ilustrado este libro.

LISTADO DE REGLAS

I. La soledad (pluma de halcón abejero) 23
II. La humildad (chochín) 27
III. La gratitud (cigüeñuela) 35
IV. IV El orgullo (gallo) 39
V. V La cooperación (ánsares campestres) 45
VI. La amistad (mitos) 51
VII. El perdón (cría de ánade azulón) 57
VIII. La sinceridad (cría de búho) 63
IX. El valor (cernícalo) 69
X. La elegancia (carricerín común) 77
XI. La paciencia (huevos de petirrojo en un nido) 85
XII. La justicia (gavilán común) 89
XIII. La generosidad (espátula común) 93
XIV. XIV La disciplina (garza real) 101
XV. XV La dedicación (pico picapinos) 109
XVI. El uso adecuado de la palabra (ruiseñor pechiazul) 113
XVII. La fe (golondrina común) 119
XVIII. La igualdad (cárabo común) 127
XIX. El amor (cisne vulgar) 135
XX. La muerte (cráneo de mirlo) 147


NOTA DEL AUTOR

ENCONTRAMOS ESTA CARTA a principios de los años Setenta del siglo xx en el sótano de la granja familiar, cerca de Waynesville, Ohio (Estados Unidos), después del funeral de mi bisabuela. Cómo llego allí y si es o no autén­tica son asuntos que han provocado mucho debate, aun­que nunca hemos conseguido llegar a una conclusión defi­nitiva. Lo que sí es cierto es que hay miembros de nuestra familia que afirman que somos descendientes directos del linaje de los Hawke, una familia noble de Cornualles, y que el nombre de sir Thomas Lemuel Hawke figura en la lista de las 323 bajas que se produjeron en la batalla de Slaughter Bridge, que tuvo lugar en el invierno de 1483. La carta y la rúbrica estaban originalmente escritas en cór­nico y, cuando lo descubrimos, el documento tenía daños importantes. Yo, Ethan Hawke, asumí la tarea de unir los fragmentos, y adaptar y reconstruir el texto a partir de una traducción literal proporcionada por la doctora Linda Shaw, de la Universidad de Misuri en San Luis (Misuri, EE.UU.). He intentado recrear un tono propio de la épo­ca, aunque al mismo tiempo he buscado que la carta le resultara accesible a mis hijos. Espero que los lectores dis­culpen los errores; todos ellos son culpa mía y no de sir Thomas ni de la doctora Shaw. En los casos en los que he tenido dificultades para encontrar palabras con las que transmitir los pensamientos de sir Thomas, he utilizado expresiones y frases extraídas de los escritos de otros caba­lleros (citados en el apartado de agradecimientos especia­les, al final del libro) para formular las ideas que no sabía cómo expresar. Las ilustraciones, reconstruidas y resitua­das por mi esposa, Ryan Hawke, también aparecieron jun­to al texto. Los Hawke eran en origen cetreros y traba­jaban con halcones y otras aves 1. Seguramente por ello en mi familia hay una larga tradición de afición a la orni­tología.

E. H. Cornualles, 1 483

Mis queridos hijos Mary-Rose, Lemuel, Cvenild e Idamay:

Un céfiro oscuro me susurra secretos al oído mientras os escribo esta noche. Tal vez ese susurro no sea más que la traicionera voz del miedo, pero no puedo por más que ad­mitir que temo no volver a veros de nuevo.
Esta guerra contra el thane2 de Cawdor no ha hecho más que recrudecerse y con el tiempo ha crecido mi certi­dumbre de que yo no voy a vivir para ver la paz que reina­rá cuando termine el conflicto. Tras escapar vivo milagro­samente de la batalla de St. Faegan's Fields, comencé a sentir la imperiosa necesidad de legaros la lista de «reglas» de mi abuelo. Sus palabras servirán para enseñaros las co‑
sas importantes de la vida en caso de que yo no pueda llegar a hacerlo en persona. Es importante que vosotras, hijas, Mary-Rose, Cven e Ida, tengáis en cuenta que estas reglas se recopilaron originalmente para mí, un chiquillo que se preparaba para llegar a ser caballero, pero que también pueden destinarse a una joven que aspira a llegar a ser una verdadera dama.
Si vuelvo a casa sano y salvo tras la batalla de mañana, supondrá una gran dicha para todos; pero si no regreso, recurrid a estas páginas cada vez que necesitéis mi conse­jo. No quiero que vosotros, hijos míos, utilicéis mi prema­tura muerte, o cualquier otro contratiempo que os traiga la vida, como excusa para no asumir la responsabilidad de vuestro comportamiento.
Hoy, veintiuno de julio, tú, pequeña Ida, solo tienes cuatro años y, si mis miedos resultan estar justificados, se­guro que no recordarás nada de mí. Eso me entristece sobremanera, pero lo cierto es que para ninguno de voso­tros, hijos míos, soy en estos tiempos más que una persona alta que os reprende u os alienta, o una voz que habla con vuestra madre cuando ya os habéis ido a dormir. He tra­bajado mucho y he viajado demasiado en los últimos diez años y en este instante me parece que me he perdido toda vuestra infancia. Y eso me resulta un destino cruel. He estado todo este tiempo ansiando que crecierais, aguar­ dando que, con el tiempo, llegara el momento de conocer­nos de una manera más profunda.
Esta noche voy a compartir con vosotros algunas his­torias, sucesos e instantes significativos de mi vida con el deseo de que estas lecciones y experiencias permanezcan en lo más profundo de vuestras mentes y así me sobrevi­van para que os sirvan en el futuro.
Cuando era joven no sabía vivir. Por las noches me iba a divertirme con mis amigos, bebía demasiado y me metía en peleas. Siempre estaba armando alboroto. Mi madre murió al darme a luz y en los años de mi adolescencia utilicé esa tragedia como excusa para justificar mi conduc­ta destructiva. A veces, en momentos de reflexión, busca­ba consuelo en la capilla, con el corazón rebosante de re­mordimiento por el sufrimiento que me había causado a mí y a los demás. Tenía el alma desbocada y no lograba descubrir qué razones podía haber para mi llegada a este mundo. Esa falta de dirección en mi vida me pesaba tanto que a veces me sentía abatido, como si estuviera hecho de plomo y mi propio peso me lastrara para hundirme hasta el fondo del océano. Otras veces mi naturaleza ociosa me hacía sentir ligero e insignificante y me preocupaba que cualquier cosa me arrastrara lejos, flotando. Al final en mi interior fue creciendo una profunda crisis que resonaba como un tambor ensordecedor. En ese momento decidí que iría en busca del hombre más sabio que pudiera en­contrar para implorarle que me enseñara a vivir.
El padre de mi madre, vuestro bisabuelo, vivía en una colina cubierta de árboles en el extremo más alejado de nuestra tierra natal, más allá de Lanhydrock, cerca de Pe­llynt Barrow Con solo once años, vuestro bisabuelo ya se ocupaba de recoger las flechas de los arqueros del rey En­rique V y fue uno de los cuatro recogedores que sobrevi­vieron tras la batalla de Agincourt. Más tarde el propio rey Enrique lo nombraría caballero. Muy admirado en todo Cornualles, vuestro bisabuelo era un hombre con una constitución imponente y un hueco entre los dos dientes frontales. Antes de ir a buscarlo solo lo había visto en con­tadas ocasiones, porque mi padre y él mantenían una re­lación complicada. (Lemuel, tal vez tú lo recuerdes. Quiso regalarte una daga de madera de juguete y al verlo tú gri­taste: «¡Parece un muerto!», y él se rio).
Fui adonde vivía, me planté ante su puerta y llamé. Cuando abrió, le solté sin más:

—Todo el mundo dice que eres el hombre más sabio del reino. Pues dime cómo vivir. ¿Por qué no debo mentir o robar? ¿Cómo puedo ahuyentar mis terribles ataques de miedo? ¿Por qué soy tan voluble? ¿Por qué hago eso que sé que no debería hacer? ¿Soy débil o soy fuerte? ¿Soy amable o soy cruel? ¡He sido todo eso en algún momento! Ni siquiera entiendo realmente cuál es la diferencia entre el bien y el mal, entre lo que es justo y lo que no lo es. ¿Y por qué importa eso si pronto todas las personas que conozco estarán pudriéndose bajo tierra y sirviendo de co­mida a los gusanos?

El anciano me contestó con una sencilla pregunta: ¿Te apetece tomar una taza de té?
—Sí —respondí mientras me preguntaba si había oído lo que acababa de decir.
Entonces siéntate.
Nervioso, hice lo que me decía.
Mi abuelo colocó en la mesa dos tazas azules y se puso a verter té en la primera, pero no se detuvo cuando llenó la taza; siguió echando y echando hasta que el té caliente anegó la mesa y después cayó al suelo.
¿Pero qué haces? —grité, y me aparté de un salto porque el té hirviendo me había quemado las piernas.
—Tú eres como esta taza que rebosa     explicó mi
abuelo     . No puedes contener nada más. Tienes demasia‑
das cosas y las estás derramando por todas partes, que­mando todo lo que tocas.
Me quedé mirándolo fijamente.
Pero mira esa taza —continuó señalando la otra pe­queña taza de cerámica azul, que todavía estaba vacía so­bre el mantel blanco—. No está ansiosa por que la llenen. Está ahí: paciente, inmóvil y vacía. —Sirvió con mucho cuidado una pequeña cantidad de té en esa taza—. Debes ser así     afirmó con una sonrisa pícara, señalando el vapor que ascendía lentamente desde la segunda taza     . Las res‑
puestas a tus preguntas irán llegando, pero si no estás tran­quilo y vacío no podrás contener nada. Sentí que mis hombros se hundían y que una sonrisa aparecía en mi cara.
—Sabía que este era el lugar correcto al que acudir —me felicité.
—Hum —fue lo único que dijo mi abuelo y después mantuvo un largo silencio—. Me alegro de que hayas venido, Thomas —dijo por fin, atravesándome con sus viejos ojos azules—. llevo mucho tiempo aguardando a que aparecie­ras en mi puerta. Te aceptaré gustoso como mi escudero, si eso es lo que deseas. Pero antes que nada debes comprender que no necesitabas acudir a ningún lugar, porque siempre estás en el lugar correcto en el momento adecuado y lo has estado todo el tiempo. —Hizo una pausa y me miró de una forma aún más penetrante—. ¿Sabes por qué los caballeros del rey Arturo no podían ver la cumbre de Sca Fell?
Negué con la cabeza. Él sonrió con cariño.
—Porque estaba justo bajo sus pies.
Tenía diecisiete años cuando mi abuelo me aceptó como aprendiz. Era demasiado mayor para ser escudero, pero tenía mucho que aprender sobre ser un caballero. Y lo primero que mi abuelo me dio para instruirme fue una breve lista escrita a mano que tenía por título Reglas para un caballero.

Gadir Editorial
9788484456698

Ficha técnica

Autor/es:
Ethan Hawke
Editorial
Gaia Ediciones
Traducción
Puerto Barruetabeña Diez
Formato
15 x 21,7 cm
Páginas
188
Encuadernación
Tapa dura con estampados dorados.
Ilustraciones
Ryan Hawke. Blanco y negro
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