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El Código de las Emociones Maximizar

El Código de las Emociones

Juan Antonio López Bened (aut)

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Cómo nos afecta la química de nuestros cerebros

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9788491110682

La neurociencia nos muestra hoy cómo la química del cerebro afecta a nuestra manera de pensar, sentir y vivir. Cuando cambiamos nuestro estilo de pensamiento, cambiamos nuestros circuitos neuronales.
El doctor López Benedí ha observado que, durante años, los científicos interesados en el estudio del cerebro se han centrado en el pensamiento, el razonamiento y el juicio clásico. Muy pocos investigaron los procesos traumáticos, las emociones y la coherencia con los valores profundos. Tras muchos años de investigación sobre el modo en que las personas reaccionan en diferentes períodos de su vida, tanto hacia dentro como hacia fuera de su mente, el autor ha ayudado a mucha gente a recuperarse de diversos procesos traumáticos.
En su nuevo libro, El código de las emociones, el doctor López Benedí habla de los procesos de transformación constructiva desde las vivencias más profundas e inconscientes, a las que no se puede llegar a través del razonamiento eficaz. Si conseguimos ser conscientes del marco simbólico-emocional que opera en nuestra mente, a modo de piloto automático, transformándolo podremos evitarnos mucho sufrimiento y conseguir mejoras constatables en todos los aspectos de nuestra vida personal, social y profesional.

  • Formato: 15,5 x 23,5 cm
  • Páginas: 192

Juan Antonio López Benedí, licenciado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, y doctor en Hermenéutica, ganó su primer premio literario en 1990, año en que decidió dedicarse por completo a su vocación por la literatura y la enseñanza.
Escritor inquieto y polifacético, en los últimos años se ha especializado en temas muy diversos -aunque íntimamente entrelazados- como los sueños, la hipnosis y la risa. Sus cursos de risoterapia, sus seminarios sobre los sueños y la actividad docente en el campo de la hipnosis son conocidos en todo el mundo.

Introducción

Cuando yo tenía dieciocho años mi padre murió de cáncer.
Él tenía entonces cuarenta y cuatro. Un mes antes de su muerte, cuando aún no le habían detectado el tumor y lo trataban con un diagnóstico equivocado, tenía tanto dolor en el vientre que no podía dormir tumbado en la cama. Para descansar por las noches se quedaba sentado en un sillón de la sala de estar. Hasta ese momento, como suele ocurrir entre padres e hijos adolescentes, llevábamos años discutiendo sobre diferentes asuntos de la vida. Yo criticaba su forma de pensar, sus costumbres y su visión de la existencia. Él se empeñaba en decirme que estaba muy equivocado en mis ideas y que cuando me hiciera mayor se me irían todas esas tonterías de la cabeza. Yo por entonces había descubierto los valores de la meditación y había vivido experiencias místicas que abrieron grandes horizontes en mi vida. Comenzamos a entendernos cuando yo me sentaba a su lado en las noches de dolor y compartía con él mi visión optimista de la vida, mi esperanza en un mundo mejor. Una noche me confesó que lo único que calmaba su malestar, lo que aliviaba su sufrimiento, era que yo le hablara. Eso fue un par de días antes de descubrir que se encontraba en la fase terminal de un cáncer de colon. Después, mientras esperaba a ser sometido a cirugía en el hospital, yo traté de seguir ayudándolo. Pero entonces no tenía preparación suficiente. Sólo conseguí llegar a reducir un poco su proceso a través de la cercanía afectiva; compartiendo el cariño sincero que sentía.
Después de su muerte me formé en hipnosis y estuve participando durante un tiempo en experimentos e indagaciones en esa área, en la Sociedad Española de Parapsicología. Allí aprendí muchas cosas que me permitieron ampliar las primeras experiencias curiosas que tuve con la sugestión y la alteración de conciencia a los quince y dieciséis años. En un principio, la hipnosis para mí era un juego. Así lo viví con mis amigos. Aquel juego divertido nos permitía inducir a otros en las experiencias más disparatadas que se nos ocurrían, como por ejemplo poner la brasa de un cigarrillo encendido en el brazo de un amigo sin que se quemara y conseguir que otro al tocar un bolígrafo bajo la sugestión de que se trataba de un hierro calentado al rojo generara una quemadura con ampolla inmediata en su piel. Así, poco a poco, fui descubriendo las posibilidades de la mente y el mundo que se oculta detrás de la sugestión, los sueños y la fantasía.
Tras mi paso por la comisión de hipnosis de la Sociedad Española de Parapsicología seguí formándome en diferentes aspectos. Descubrí la hermenéutica, el mundo de los símbolos y el psicoanálisis en la Universidad Complutense de Madrid, en mis estudios del doctorado en Filosofía. Amplié mis conocimientos y prácticas con diferentes técnicas de psicoterapia y comencé a colaborar con una clínica en la que se hacía diagnóstico precoz del cáncer y un tratamiento natural preventivo para evitar que se desarrollara. Este diagnóstico se llevaba a cabo a través de unos análisis cristalográficos de la sangre que, por aquel tiempo, se realizaban en Alemania. Mi labor consistía en suavizar el impacto emocional que se generaba en los pacientes a los que se les anunciaba que podían desarrollar un cáncer en veinte años, pero que esa tendencia se podía eliminar por completo. No obstante, también llegaron a la clínica ciertos pacientes desahuciados ya por la medicina alopática, buscando casi un milagro para superar el dolor de tumores en fase terminal. De ellos también me ocupaba y viví experiencias muy enriquecedoras que me hicieron ocuparme después de ayudar en la fase de cercanía a la
muerte y en los procesos de duelo. En este último aspecto estuve colaborando en un máster para médicos, psicólogos y personal sanitario que se impartió en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Resultaba muy dificil anunciar la muerte y acompañar en el proceso para aliviar el sufrimiento de los enfermos. Pero para entonces yo ya había desarrollado protocolos de actuación, una metodología aplicable eficaz y una visión del mundo coherente con el sentido de la vida, que yo mismo practicaba. En la actualidad sigo ayudando a muchas personas a afrontar y reducir el sufrimiento físico y psicológico en muy diferentes formas y lugares.
Recuerdo las últimas palabras de un ingeniero de cuarenta años en la fase final de un cáncer terminal: «No sé si saldré de esto, pero te agradezco tu ayuda. Mi vida ha cambiado radicalmente y ahora siento y veo todo de una forma muy diferente. Me siento feliz». Cuando este hombre llegó a la clínica, en Madrid, ya estaba desahuciado y sólo quería eliminar el dolor. Era un hombre muy técnico, racionalista y escéptico que declaraba no tener sentimientos de afecto. Sólo le preocupaba morir, porque al hacerlo faltaría a su obligación de protección y sustento económico para su mujer y su hija.
En muchas otras ocasiones, los cuidados paliativos ayudaron a que los tratamientos naturales que se aplicaban en la clínica se hicieran más rápidos y eficaces para tratar o evitar el cáncer, cuando se lograba detectar con tiempo suficiente. Así ocurrió con una ejecutiva de marketing con treinta y cuatro años a la que se le detectó de forma embrionaria un cáncer de mama. En unos cuatro meses desaparecieron todos los índices de la enfermedad sin ningún tipo de secuela.
Con respecto al apoyo en casos de pérdidas de familiares y la elaboración del duelo, estuve trabajando con padres que habían perdido hijos adolescentes. Dejo constancia de algunos de estos casos en mi libro Regresiones.1 En aquellas sesiones grupales y personales aparecie-
ron casos verdaderamente impactantes y significativos que sería demasiado largo detallar aquí. Pero todos los padres implicados en el proceso sintieron el alivio a su dolor y la apertura a un nuevo mundo de experiencias emocionales gratificantes que ni siquiera sospechaban que pudieran existir.
Este tipo de apoyo o cuidados paliativos no son aplicables sólo a enfermos, sino también a quienes los cuidan en razón de sus vínculos familiares o de forma profesional. En mi trayectoria he dado apoyo a muchas enfermeras agotadas emocionalmente en su contacto diario con el sufrimiento y la muerte. Recuerdo el caso de una de ellas, en Madrid. Cuando vino a verme tenía veintisiete años, estaba de baja por depresión y llegó acompañada por su hermana porque no se atrevía a salir ella sola a la calle. Había tenido varios intentos de suicidio. Pero en seis meses se había recuperado hasta el punto de presentar un proyecto empresarial de servicios de mejora de la salud y prevención de enfermedades. Otro caso fue el de una maestra de atención especial que trabajaba con paralíticos cerebrales fundamentalmente y tenía un marido con brotes esquizofrénicos. Ella vivía y trabajaba en ese tiempo en Albacete. El desbloqueo y refuerzo emocional con el que trabajamos se convirtió en el elemento decisivo para poder mantener su trabajo y a su familia sin desfallecer.
También ocurrió que el 13 de marzo de 2004, dos días después de los atentados en Madrid, yo tenía programados unos talleres de risoterapia en el Hospital Carlos III para personal sanitario. A esos talleres asistieron algunos de los que estuvieron dando apoyo con los cadáveres y víctimas de los atentados. El relaciones públicas del hospital informó de ello a los principales medios de comunicación y durante las tres horas de ese primer taller de risoterapia tuvimos las cámaras y los periodistas de las principales cadenas de televisión del país observando en tiempo real y entrevistando a los participantes. La transformación emocional producida fue palpable y todavía pueden encontrarse registros de ella a través del testimonio de algunos
de los participantes entrevistados sin previo aviso. Justamente en ese tiempo yo me encontraba escribiendo mi libro Reír, para vivir mejor,2 en el que dejo constancia del impacto de aquellos días, junto con ejercicios de apoyo para practicar en casa.
Otro caso especialmente significativo es el de un hombre de Madrid, jubilado, con sesenta y siete años. Había comenzado a sentir molestias a raíz de la jubilación. Finalmente le diagnosticaron un tumor en el hígado. Aquello le asustó y se encontraba desmoralizado. Vino a verme acompañado por su mujer. Su objetivo era encontrar alivio a través de un procedimiento complementario con el tratamiento médico que seguía. Su proceso no era especialmente doloroso. No buscaba ninguna fórmula para reducir el malestar físico. Sólo se apreciaba en él una gran tristeza. Sus familiares habían observado la decadencia en su aspecto y en su sentido del humor. Les parecía que hubiera envejecido muchos años de golpe. Procedí con un proceso de inducción para que se viera internamente. Le propuse que observara sus órganos. Al llegar al hígado describió tres «bolitas», que se correspondían con los tumores. En ningún momento le dije que tuviera que ver nada allí. Pero él pareció entusiasmarse porque las veía «con toda claridad». Después de una búsqueda de lo que pudiera dar un sentido especial a su vida en ese momento, apareció un fuerte impulso por ayudar a los demás. Siempre quiso aliviar el dolor y el malestar ajeno, aunque nunca se sintió especialmente dotado para ello. Focalicé entonces sus sensaciones para que notara una especie de energía fluyendo por todo su cuerpo. En ese proceso de visualización sentía entusiasmo y notaba que las «bolitas» del hígado se diluían. Él mismo se admiró al observar que ese flujo energético parecía absorberlas. Al terminar la sesión le propuse que mantuviera aquella imagen de los tumores disolviéndose en la energía blanco azulada. Le sugerí, además, que probara con cu-
riosidad aplicando la energía de sus manos para aliviar el malestar de otras personas. Por supuesto, también debería hacerlo con el suyo. Le propuse que se dejara llevar, aunque no tuviera conocimientos sobre la materia. Después podría formarse, si lo deseaba. Pero lo importante era «jugar» a sentir y compartir ese flujo de energía sanadora cada día. Y así lo hizo. Durante un año, paralelamente al tratamiento médico que seguía para su enfermedad, mejoró su calidad de vida. Las personas a las que trataba de ayudar le manifestaban su gratitud. Realmente se sentían mejor. Aquello le motivó mucho, cambiando radicalmente su propio proceso.
En cuanto a la contrastación científica de estos procesos, participé en una investigación que se llevó a cabo en el Centro Nacional de Parapléjicos en Toledo. Un equipo internacional de neurólogos del centro me convocó para comprobar las reacciones fisiológicas que se producían en estados de alteración de conciencia. Yo induje el trance en tres de los neurólogos especializados en diferentes áreas: biología, medicina e ingeniería neurológica. En todos los casos, incluso cuando de manera oculta y premeditada uno de ellos trató de ser resistente a las sugestiones, se comprobó la alteración clara de los registros neuronales en el sistema nervioso en todo el cuerpo en quince minutos. Las ondas registradas eran similares en los tres casos y se diferenciaban claramente de las producidas en el estado de vigilia y sueño.
En los últimos años, entre otros países, he ido frecuentemente a Suecia. En Gotemburgo he colaborado en diferentes procesos, como apoyo a los tratamientos de acupuntura del doctor Boris Draguin. En este caso se han dado otras peculiaridades, como es la ayuda para el desbloqueo y refuerzo emocional en una lengua diferente a la propia y que no hablo en absoluto. Pero contando con la traducción del doctor Draguin hemos podido comprobar la eficacia en los resultados, especialmente en ciertos casos de pacientes resistentes o que no conseguían resolver del todo sus procesos por medio de la acupuntura y otras formas de tratamiento, natural o alo-
pático. Recientemente, el doctor Draguin comentaba después de una de las sesiones: «La verdad es que ocurre algo especial. Todos los pacientes salen muy contentos. Pero no sólo ellos. Yo también me siento mucho mejor después de servir como traductor en las sesiones. Me encuentro más optimista, más creativo y eficaz a la hora de poner las agujas».
Algunas claves para mejorar la eficacia en los procesos de ayuda
A través del método que denominé «la codificación regresiva» pude comprobar la viabilidad y certeza del lenguaje o código específico de las emociones. Tal procedimiento se basa en la coordinación coherente del lenguaje conceptual. Con esto me refiero a la forma de superar las habituales desconexiones o contradicciones que solemos experimentar entre los diferentes aspectos de nuestra naturaleza humana. Para ello, he venido haciendo uso de la asociación simbólica libre, natural en todo ser humano, como reflejo de la sensibilidad emocional y su representación subjetiva, es decir, el código de las emociones. A ello me refiero de forma específica y pormenorizada en el presente libro. Su operativa práctica ha demostrado ser muy efectiva en el 99 por 100 los casos en los que la he aplicado, desde 1987. Las personas tratadas por medio de este código confirman siempre una sensación de bienestar inmediata en cada sesión, descrita como «alivio y ligereza». Esta experiencia se traduce después en una mejora constatable, en algunas ocasiones con verdadero asombro. Tal bienestar se refleja en las relaciones afectivas específicas tratadas, que pueden guardar relación con terceros o con la misma persona, es decir, con su autoestima y potenciación de habilidades sociales previas.
Esta metodología, este código de las emociones, se encuentra especialmente indicada para quienes se dedican a la práctica de la psicoterapia y como complemento de otros procedimientos o técni-
cas terapéuticas, como puede ser la acupuntura, la reflexología, el masaje o el biomagnetismo, entre otras, además de la medicina alopática tradicional. Por su mediación se ofrece una sencilla aplicación altamente eficaz por los resultados que genera de forma inmediata. En ella se combina el sondeo del subconsciente de la persona, a través de imágenes oníricas o fantasías, con procesos de retroalimentación en un estado alterado de conciencia. De esta forma se supera la resistencia de los individuos que sufren procesos neuróticos, permitiendo ajustes que facilitan enormemente el trabajo terapéutico.
Propuesta conceptual para el término «emoción»
Antes de seguir avanzando hacia la comprensión y aplicaciones de este código de las emociones, es importante ponernos de acuerdo en una primera base conceptual aplicable al término de «emoción». Todos tenemos una noción intuitiva al respecto. Todos los seres humanos, en las condiciones de salud y consciencia que tendemos a considerar normales, las hemos experimentado y seguimos haciéndolo. Por ello mismo, partiendo de esta noción intuitiva, podemos conceptualizarlas como «aquellos procesos prerracionales que nos mueven o impulsan en forma positiva o negativa». La forma positiva de tales impulsos nos facilita el desarrollo de nuestras conductas, ya sean éstas de tipo cognitivo únicamente o motoras. En consecuencia, las vemos vinculadas con otro concepto muy al uso en la actualidad: la motivación. Tenemos así que las emociones, en su sentido positivo, se identifican con nuestros procesos básicos de motivación. Ahora bien, en su aspecto negativo, su función es la contraria. Las emociones negativas nos bloquean o alteran nuestros procesos voluntarios en diversas formas, dificultando en diferentes grados nuestra capacidad de análisis, toma de decisiones y aplicabi-
lidad de estas últimas. Cuando no podemos aplicar, llevar a la práctica, las decisiones que tomamos, tenemos como consecuencia una falta de coherencia que suele afectar, consciente o inconscientemente, nuestra autoestima, autoimagen y valores personales. Esto último es también una experiencia tan habitual en nosotros mismos y en las personas que nos rodean que será suficiente con observarnos y observar nuestras conductas diarias para darnos cuenta de la evidencia. No obstante, iremos entrando con más detalle en ello.
Antecedentes en relación con los procesos a considerar
John Nathaniel Rosen, psiquiatra estadounidense, publicó sus experiencias con técnicas que él denominó «psicoanálisis directo». Tales procesos se aplicaron para la recuperación de la psicosis sin el uso de medicamentos, con resultados muy exitosos. Ofrece sus resultados clínicos en diferentes libros. Partiendo de estas propuestas, seguí documentándome y trabajando sobre experiencias prácticas. Con todo ello fui construyendo la metodología que ahora practico. En ella se combinan mis propias investigaciones relacionadas con la hermenéutica de los sueños. También indagué en otros símbolos y desarrollos legendarios del imaginario colectivo, que constituyen la base de mi tesis doctoral titulada: Educación en valores a través de los mitos y las leyendas. Además, los procesos e investigaciones relativos a la hipnosis y la alteración de la conciencia, desarrollados como teoría y práctica desde los tiempos de mi adolescencia, fueron otro elemento de soporte fundamental. En este último ámbito fui depurando la técnica hacia pautas exclusivamente comunicativas. Por otra parte, tales experiencias mostraron también su eficacia en los múltiples seminarios sobre técnicas de comunicación impartidos a profesionales de diferentes ámbitos e instituciones públicas y privadas. A todo ello se añaden las investigaciones llevadas a cabo por
Paul Ekman, profesor de Psicología de la Universidad de California. A grandes rasgos, tales han sido los antecedentes básicos que me permitieron ir asentando la metodología operativa a la que se refiere el presente texto, como un auténtico «código emocional».

Índice

Introducción     7
Algunas claves para mejorar la eficacia en los procesos
de ayuda     13
Propuesta conceptual para el término «emoción»      14
Antecedentes en relación con los procesos a considerar      15
1. Códigos simbólicos y metáforas en la vida cotidiana      17
La representación como apoyo de lo conceptual      24
2. Sobre la inteligencia emocional     33
La autoconciencia     35
El autoconocimiento y los sueños     41
La autovaloración . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .     .      47
Confiar en nosotros mismos     51
Recapitulando     58
Motivación     69
La materia prima en la búsqueda de satisfacción     74
Necesidades de seguridad     80
Autocontrol o autorregulación emocional     90
Conductas impropias      95
Autocontrol e inteligencia emocional      96
Qué es el estrés     98
La empatía     100
Conciencia de los sentimientos propios y ajenos     104
Los gestos, las posturas y su lenguaje     107
Preocupación, entrega y descentramiento      111
3. Hipótesis de los procesos de opresión y represión     117
Liberación de estrés psicológico o emocional     123
4. La simbolización como forma de evitar bloqueos      129
El proceso de somatización     135
Conexiones lógicas asociativas corporales      138
5. El desarrollo del lenguaje simbólico imaginativo      143
Asociaciones     144
Analogías      147
Asentamiento y desarrollo de términos     149
La imaginación y las conexiones arquetípicas      151
6. Liberación voluntaria de la sobrecarga      157
El código de volar     159
Presencia de códigos transculturales      160
La lógica de la imaginación     167
7. El dialogo simbólico-imaginativo en la práctica     173
Posibilidades, limitaciones y riesgos     175
Operativa de la alteración de conciencia     180
El regreso a la conciencia objetiva     182
Algunos casos      183
Síntesis y conclusiones      199
Bibliografía      201
Índice      205

_____________________________________________________________
CAPÍTULO 1
Códigos simbólicos y metáforas en la vida cotidiana

Lo propio de lo humano parece encontrarse en el desarrollo especial de su cerebro, volcado a la capacidad de acumular experiencia, hacer extrapolaciones de ésta, combinar los datos o representaciones en formas diferentes a las dadas, expresarlo y compartir tales conocimientos o elaboraciones con sus congéneres, llegando a aplicar todo el proceso en una tarea de transformación del entorno para que sea éste, y no a la inversa, el que se adapte a las necesidades o requerimientos que su naturaleza le impone. Es decir, que por medio de toda esa compleja estructura dinámica conseguimos, por ejemplo, mantener unas cotas mínimas de calor, imprescindible para la supervivencia. Así evolucionaron nuestros antepasados envolviéndose en pieles de otros animales mejor adaptados antes de cambiar la suya. También podemos valernos de herramientas diversas para aumentar nuestra fuerza, como han sido las mazas desde la antigüedad y sofisticados recursos técnicos y maquinaria en la actualidad. Los primeros homínidos lograron producir heridas
mortales en los feroces adversarios que se encontraron en el reino animal, supliendo garras y colmillos con lanzas, flechas o cuchillos. Atraparon animales más veloces o demasiado grandes con trampas, elaboraron hábitats cada vez más seguros y confortables, etc. Y para todo ello disponemos de tres cualidades básicas y propias: la memoria, la imaginación y el lenguaje. De ellas partiremos como raíces explicativas, como raigambre del simbolismo y codificación originaria de nuestro mundo emocional. Serán por lo tanto la base operativa de acceso de codificación emocional que nos proponemos llevar a cabo en el presente trabajo.
Es de suponer que la incapacidad de respuesta ante las agresiones de otros animales o de la naturaleza generara en nuestros antecesores un temor que, en muchos casos, afectara gravemente su psiquismo incipiente. Podemos entender, por analogía con los comportamientos humanos actuales, y salvando las distancias, que la génesis de ciertas patologías paranoicas se establece en sustos o sensaciones de desamparo existencial, que se introyectan produciendo pesadillas o fantasías, que pueden cobrar un dinamismo propio e incluso predominante frente a otros factores percibidos en el entorno inmediato exterior. Tal es el caso, por poner un ejemplo, de los niños que sueñan con brujas que los aterrorizan, durante el primer año de escolarización o la separación de sus padres para ir a una guardería. Propondremos la conjetura de que la persecución de animales salvajes carnívoros, como el lobo de nuestras latitudes o el tigre, el león y el puma en otras, produjera un impacto fuerte, unido a la actividad de volcanes, terremotos, tormentas, lluvias torrenciales, fuegos, etc. Tal repercusión aguda en las conciencias incipientes más débiles o sensibles dio lugar, sin duda, como sigue ocurriendo en nuestros días y se detecta también en los animales, a una actividad onírica poderosa, en forma de pesadillas, que serían el desahogo y reflejo de lo experimentado vitalmente. La mayor parte de estos sueños no se recuerdan. Pero a veces, cuando la tensión emocional es muy fuerte, dejan secuelas duraderas. De todos son conocidas las
investigaciones psicoanalíticas desarrolladas a partir de Sigmund Freud. En esta línea, puede sernos de utilidad considerar las reflexiones que desarrolla un psiquiatra norteamericano, el doctor J. N. Rosen (1975), que desarrolla, partiendo de su trabajo clínico, un esfuerzo por tratar las psicosis sin medicamentos y obtiene éxito en un alto porcentaje de casos, que él mismo muestra por las fichas de pacientes en su libro:
Las psicosis y los sueños, o más correctamente las psicosis y las pesadillas, tienen mucho en común. Freud hizo esta observación en La interpretación de los sueños. El material que ambos utilizan proviene del inconsciente y mientras el psicótico y el soñador alucinan, la función del sistema consciente se pierde. En ambos casos, el ego queda dolorosamente débil. Pero las psicosis no son, sin embargo, literalmente hablando, sueños, y vendría al caso preguntarnos qué impide al psicótico despertarse como hace el soñador. En el soñador, el despertar del ego es un proceso fisiológico reversible, mientras que en el catatónico, el débil ego es la resultante de un deterioro patológico. El sueño que triunfa defiende el dormir y vence la ansiedad mediante la ayuda del preconsciente. En la pesadilla, el sueño falla en su defensa por estos medios, pero, al despertarse, la psique tiene a su disposición todos los refuerzos del ego consciente, de forma que la vida puede continuar de un modo relativamente normal. En el caso de la agitación catatónica, estamos enfrentándonos a una pesadilla continua en la cual no existe despertar, puesto que el ego consciente, que debería haber acudido al rescate, se compone de restos o sombras del ego normal, y forzosamente ha de fallarle al doliente. (Págs. 53, 54)
Dentro de nuestra analogía temporal, podemos suponer, con todo derecho, que tales casos se dieron abundantemente. Tras el citado fenómeno de la conciencia aparecen asociadas las funciones básicas
de la imaginación, forjadora de las ensoñaciones diurnas o nocturnas, y la memoria, por la fuerza que observamos hoy en su génesis cuando el acontecimiento va asociado a un sentimiento poderoso. El siguiente paso natural, en la economía de la psique humana, es la necesidad de expresión. Ésta, cuando va referida a objetos del mundo físico, puede consistir en sonidos guturales o gestos meramente indicativos. Pero al tratarse de elementos subjetivos puros, como las alucinaciones o representaciones oníricas, mueve a la necesidad de encontrar un tipo de lenguaje más complejo y desarrollado, en un grado mayor de abstracción, aunque no podamos hablar aún de una organización de signos o símbolos plenamente conceptuales.
El doctor H. Zulliger (1981), tras las múltiples experiencias que realizó y que describe en los análisis de las técnicas de juego como auxiliares de la psicoterapia infantil, llega a reconocer la importancia y bondad de la expresión natural de ciertas conductas, consideradas atávicas en otros marcos, que evitan desarrollos patológicos, precisamente por su capacidad lúdica de oposición a los prejuicios burgueses.
Los antiguos griegos tuvieron sus bacanales; los romanos, saturnales; y ciertos pueblos y cierta gente festejaban en nuestros países el carnaval. Nosotros juzgamos estas costumbres como una especie de válvula de seguridad, digámoslo así, mediante la cual se apaciguan los instintos reprimidos, resultando después tanto más fácil someterse a las estrechas leyes del quehacer diario. (Pág. 172)
Pero no sólo se da la necesidad de expresión en cuanto a los impulsos sexuales, sino que ésta se encuentra también en la infancia, como raíz de la creatividad en su estado más puro, y tales consideraciones sobre distintos aspectos de la mentalidad o psicología del niño, aunque tomados de forma muy puntual, nos permiten el salto hacia la mentalidad primitiva u original humana, que en este momento nos
interesa considerar. H. Gardner (1987) hace referencia a la creatividad en los niños y los adultos, tomando como base experiencias realizadas en Harvard, así como en otras universidades y dentro de diversos proyectos de investigación, junto con otros colegas. Resulta de sumo interés considerar, entre otras, la siguiente cita:
En mi opinión, existen claras diferencias entre la actividad artística de los niños y la de los adultos. Si bien el niño puede tener conciencia de que está haciendo cosas de un modo distinto de otras personas, no aprecia cabalmente las normas y las convenciones de los ámbitos simbólicos; su intrepidez encierra muy poca significación. El artista adulto, en cambio, tiene pleno conocimiento de las normas adoptadas por otros; su voluntad, su compulsión por rechazar las convenciones se concreta, cuando menos, con total conciencia de lo que está haciendo y en muchos casos a un considerable costo psíquico. Como observó una vez Picasso, «Yo antes dibujaba como Rafael, pero me llevó una vida entera aprender a dibujar como un niño». (Pág. 110)
Esta mente sin prejuicios estéticos, presumiblemente igual a la de los primitivos homínidos, se manifiesta espontáneamente en la expresión imaginativa, creativa, alcanzando cotas que, aún hoy, despiertan el interés por la fenomenología psíquica de la evolución y nos permiten extrapolar concepciones, para explicarnos aquel salto cualitativo, desarrollado a lo largo de miles de años, que posibilitó la emergencia de nuestra condición humana. En la actualidad, autores como G. A. Bonnano (2004) consideran que más allá de los modelos patogénicos de salud, asumidos por la mayoría de los expertos, existen otros que generan confianza en la capacidad de aprendizaje y respuesta, a la hora de afrontar las dificultades, incluidas las traumáticas. La visión patogénica focaliza su atención en las debilidades del ser humano y concibe al sujeto que sufre una experiencia traumática como una víctima, que potencialmente desarrollará una
patología. Pero, frente a semejante visión pesimista de la naturaleza humana, existen otras formas de entender y conceptualizar el trauma que, desde modelos más salutogénicos, entienden al individuo como un sujeto activo y fuerte, con una capacidad natural de resistir y superarse, a pesar de vivir adversidades. De esto precisamente nos hablaban una y otra vez los antiguos mitos y leyendas, desarrollando así esta orientación pedagógica salutogénica, que nos proponemos recuperar como una clave importante de evolución humana y que, por lo tanto, debería estar presente metodológica y conscientemente en las aulas y en las sesiones de psicoterapia, medicina o asesoramiento profesional de cualquier tipo.
En este sentido, resulta interesante considerar la capacidad motivadora generada a partir de realidades objetivas, externas, o subjetivas, internas e imaginarias, que afectan las emociones y permiten asentar cambios, en relación con las conductas cotidianas y los valores. Veamos esta referencia de Manuel Sosa Correa (2008):
Tal es la importancia de las creencias o pensamientos acerca de los sucesos, que los filósofos escolásticos de fines de la Edad Media señalaron un rasgo curioso de la intencionalidad, al que llamaron «inexistencia intencional». Esta terminología fue introducida de nuevo a la filosofía moderna por Franz Brentano en el siglo =, quien señala que no es necesario que exista el objeto de una emoción o de cualquier «acto mental», como un objeto intencional. Por ejemplo, una persona puede enamorarse de un personaje que aparece en una novela o en una película, de alguien que no existe. A menudo las personas se enojan por sucesos que luego resulta que no ocurrieron, y se condolecen por supuestas pérdidas, que posteriormente se descubre que fueron informadas falsamente. Esos ejemplos suscitan tremendos problemas ontológicos, que han sido objeto de debates filosóficos durante siglos; pues el «objeto» de esas emociones no es un objeto real, y en consecuencia, la conexión entre la emo-
ción y su objeto no puede ser la relación ordinaria entre sujeto y objeto. (Pág. 144)
Tomemos, por ejemplo, como base de referencia ambiental para acercarnos a los primeros avatares antropológicos, en un intento de aproximación hermenéutica al tiempo del que no nos quedan más que leves indicios y sospechas, un Homo erectus conmocionado, en un pequeño receptáculo oscuro de su caverna, con el recuerdo de la experiencia vivida durante la mañana. Supongamos que, cuando se esforzaba en rescatar y matar un ciervo que había caído en uno de los agujeros excavados en el monte por los compañeros del clan, apareció una manada de lobos hambrientos. Se miran los cazadores con los ojos muy abiertos; la duda y el terror convertidos en gestos. Dirigen también su vista al ciervo, que patea en la trampa. Llevan tres días sin comer y no pueden desaprovechar la ocasión; sus tripas gruñen. Finalmente, el más decidido, toma con fuerza su palo bien afilado y endurecido al fuego, para arremeter contra las alimañas. Nuestro protagonista asiste como observador, paralizado por el pavor. Nunca se había visto en situación semejante. El osado cazador pudo golpear con tino a tres o cuatro lobos, pero tuvo la desgracia de ser alcanzado. Sus compañeros, aterrorizados, no supieron reaccionar, y el más experto se cargó con el joven dándose a la fuga, mientras los animales tomaban las riendas de la situación y despedazaban al intrépido. Su sacrificio les permitió salvarse. Y las últimas imágenes de aquel que no pudo escapar quedan profundamente grabadas en los ojos desorbitados de nuestro joven protagonista. Llegaron a la cueva protegiéndose con el fuego y el auxilio de piedras y palos en las manos de todo el clan. Él queda recluido, encogido en su agujero, temblando y sollozando sin consuelo. Los recuerdos de la escena se le repiten una y otra vez.
La pesadilla se transforma en tétricas sombras que le persiguen cada vez que llega la noche. El muerto se le aparece en sus alucinaciones. Ve sus ojos llenos de sufrimiento, con el cuerpo empapado
en sangre y desgarrado. Parece preguntarle silencioso por qué no lo ayudó para evitar la muerte. Y el joven coge entonces palos y piedras para socorrer al fantasma, pero los lobos se desvanecen al abrir los ojos. En su desesperación, dibuja las imágenes en la tierra para descargar sobre ellas sus tensiones. Aquello le produce un cierto alivio. Los demás se sienten atraídos por la curiosidad y él se esfuerza por explicar la escena. En tal ímpetu comunicativo, ante la necesidad imperiosa de desahogar su primitiva conciencia, alcanza el logro de articular los primeros signos, símbolos y sonidos.
La representación como apoyo de lo conceptual
Esta escena, reconstruida con la verosimilitud de lo probable, en forma de mito evocativo, puede ayudarnos como soporte de la reflexión abstracta. Como se dijo antes, podemos tomar la memoria y la imaginación como las características propias de la evolución humana, que suplieron otras formas de adaptación biológica al entorno. A través de ellas se pudieron fabricar las primeras armas de caza y trampas, como el agujero para atrapar al ciervo o el palo afilado. La memoria les permitiría recordar otras ocasiones en que vieron animales atrapados por haber caído en una grieta o barranco estrecho y la imaginación les ayudaría a reproducir tal situación artificialmente. Con respecto a las lanzas o cuchillos de piedra, puede establecerse una relación entre los palos y los colmillos, que la memoria les representaría con sus funciones sumamente peligrosas, en relación con los animales que los atacan e incluso el uso de sus propios dientes, a la hora de masticar los alimentos o cortar tejidos más o menos blandos. El siguiente paso sería utilizar incisivos que encontraran en esqueletos como puntas de lanza, buscando formas de sujetarlos a éstas o aprovechar las astas de toros y ciervos, para llegar después a la manufactura de la piedra. Tales hechos quedan probados por los restos encontrados en excavaciones y yacimientos
arqueológicos. Veamos una referencia de uno de los investigadores de Atapuerca, el doctor en Biología de la Universidad Complutense de Madrid I. Martínez (2012):
En comparación con los australopitecos, el cerebro del H. ha-bilis había experimentado una expansión importante, mientras que el tamaño de su cuerpo era probablemente parecido. Junto con este aumento en el tamaño proporcional del cerebro, el H. habilis fue el autor de la industria denominada olduvayense, la primera tradición tecnológica de la historia de los homínidos. (Pág. 111)
Y el desarrollo de la memoria y la imaginación engendrarían también la potenciación de pesadillas o evocación de situaciones impactantes, como la descrita, que generan a su vez la necesidad de simbolizar y expresar las emociones suscitadas. Comenzaría así una diferenciación entre el mundo de lo tangible y lo intangible, unido a la creencia de que los muertos siguen existiendo en esa otra realidad onírica. El sentido de culpa del homínido, que no pudo acudir en auxilio de su compañero, le llevaría a la necesidad de expiación de donde, poco a poco, surgirían la magia y los mitos. Todo este proceso ha de entenderse en el transcurso de miles de años, con experiencias similares, paralelas o complementarias vividas por una gran cantidad de individuos diferentes y gestadas lentamente en la herencia genética o memoria biológica y cultural colectiva. Como dice Ignacio Martínez (2012):
Esta capacidad de la mente humana para manejar mentalmente la realidad es la base de la que es, quizá, la más extraordinaria de nuestras facultades y la que nos convierte en una criatura realmente distinta de todas las demás que pueblan el mundo. Se trata de nuestra maravillosa capacidad para imaginar situaciones u objetos que no existen, de soñar con mundos parale-
los, en los que podemos trascender los límites impuestos por nuestra naturaleza. Y en un acto de rebeldía, que no tiene parangón en los demás seres vivos, los seres humanos intentamos hacer que nuestros sueños se hagan realidad. (Pág. 122)
En la actualidad podemos constatar estructuras parecidas que impactan las conciencias y las sensibilidades psíquicas infantiles, generando dificultades de adaptación y aprovechamiento escolar en ciertos entornos sociales desfavorecidos, donde la agresión dentro del núcleo familiar o social callejero sigue formando parte de la realidad cotidiana. El caso del bullyng, por ejemplo, llega a convertirse en preocupante en nuestros días. Iñaki Piñuel y Araceli Oñate (2007) lo consideran uno de los mayores problemas en el ámbito educativo. Se calcula que alrededor de un 25 por 100 de los jóvenes que oscilan entre los 6 y 17 años de edad ha sido víctima o agresor en sucesos de acoso escolar, que pueden derivar en graves consecuencias para la personalidad del alumno.
Nos acercaremos ahora a una cita de E. Cassirer (1945) que sitúa, desde otro ángulo conceptual, la misma aproximación evolutiva al símbolo:
En el mundo humano encontramos una característica nueva que parece constituir la marca distintiva de la vida del hombre. Su círculo funcional no sólo se ha ampliado cuantitativamente, sino que ha sufrido también un cambio cualitativo. El hombre, como si dijéramos, ha descubierto un nuevo método para adaptarse a su ambiente. Entre el sistema receptor y el efector, que se encuentran en todas las especies animales, hallamos en él como eslabón intermedio algo que podemos señalar como «sistema simbólico». Esta nueva adquisición transforma la totalidad de la vida humana. Comparado con los demás animales, el hombre no sólo vive en una realidad más amplia, sino, por decirlo así, en una nueva dimensión de la realidad. (Pág. 47)
Esta nueva dimensión es el resultado de la introyección simbólica de las experiencias vividas y su recreación imaginativa en el campo de la memoria. Y tal es la base de los mitos, que irán tomando «cuerpo emocional» o dinamismo interno en los individuos, hasta que consiguen expresarlos en los relatos que aparecen en todas las culturas. La realidad mítica, el mundo invisible, o más bien intangible, de los dioses o los antepasados, es el mundo del sueño, tal y como observa M. Eliade (1999):
Los mitos totémicos australianos consisten la mayoría de las veces en la narración bastante monótona de las peregrinaciones de los antepasados míticos o de los animales totémicos. Se cuenta cómo, en el «tiempo del sueño» (alcheringa) –es decir, en el tiempo mítico– estos Seres Sobrenaturales hicieron su aparición sobre la Tierra y emprendieron largos viajes, parándose a veces para modificar el paisaje o producir ciertos animales y plantas, y finalmente desaparecieron bajo tierra. Pero el conocimiento de estos mitos es esencial para la vida de los australianos. Los mitos les enseñan cómo repetir los gestos creadores de los Seres Sobrenaturales y, por consiguiente, cómo asegurar la multiplicación de tal animal o de tal planta. (Pág. 8)
Y tal mundo mítico u onírico ha sido el caldo de cultivo de todo ese fenómeno complejo que denominamos con el apelativo de «cultura humana». Desde los abismos más profundos de la inconsciencia, emergiendo como si del aroma de un puchero infinito se tratara, van surgiendo los símbolos que nos proporcionan las pautas radicales de conocimiento sobre la realidad. Así lo sugiere también C. G. Jung (1982):
Todo esto señala que el mito está emparentado con los productos de lo inconsciente. Y de ello no puede uno menos que deducir que un adulto en proceso de introversión encuentra pri-
mero reminiscencias infantiles regresivas (del pasado individual); y que si la introversión y la regresión se intensifican, aparecen huellas primeramente vagas y aisladas, pero pronto cada vez más nítidas y numerosas de un estado espiritual arcaico. (Pág. 55)
De las mismas formas difusas que M. Zambrano (1955, pág. 44) confiere a los dioses griegos en la penumbra de la conciencia, surgieron y continúan haciéndolo hoy los componentes básicos de nuestro mundo; las redes conceptuales que nos envuelven, como también dice E. Cassirer (1945) y que nos determinan en esa otra dimensión de la realidad, frente a la fenomenología física, genética, del resto de las especies biológicas:
La realidad física parece retroceder en la misma proporción que avanza su actividad simbólica. En lugar de tratar con las cosas mismas, en cierto sentido, conversa constantemente consigo mismo. Se ha envuelto en formas lingüísticas, en imágenes artísticas, en símbolos míticos o en ritos religiosos, en tal forma que no puede ver o conocer nada sino a través de la interposición de este medio artificial. Su situación es la misma en la esfera teórica que en la práctica. Tampoco en ésta vive en un mundo de crudos hechos o a tenor de sus necesidades y deseos inmediatos. Vive, más bien, en medio de emociones, esperanzas y temores, ilusiones y desilusiones imaginarias, en medio de sus fantasías y de sus sueños. (Pág. 48)
También se comprueba esta misma comprensión antropológica, desde otra perspectiva, en los mundos emergentes de K. Popper (1982):
... sugiero que el universo, o su evolución, es creador y que la evolución de animales sentientes con experiencias conscientes
ha suministrado algo nuevo. Al principio dichas experiencias eran de tipo más rudimentario y, posteriormente, de un tipo superior. Finalmente surgió esa especie de conciencia del yo y ese tipo de creatividad que, según sugiero, encontramos en el hombre.
Con la emergencia del hombre, pienso que la creatividad del universo se ha hecho obvia. En efecto, el hombre ha creado un nuevo mundo objetivo, el mundo de los productos de la mente humana; un mundo de mitos, de cuentos de hadas y de teorías científicas, de poesía, de arte y de música. (Llamaré a esto «Mundo 3», en contradistinción con el Mundo 1 físico y el Mundo 2 subjetivo o psicológico... (Pág. 17)
Tal cita engarza nuevamente con el pensamiento de E. Cassirer (1945), cuando dice:
Hemos aprendido, precisamente en el campo de los fenómenos de la naturaleza orgánica, que la evolución no excluye cierto género de creación original; hay que admitir la mutación súbita y la evolución emergente. (Pág. 55)
Pero no es un azar misterioso el que produce todos estos efectos, en una especie de mutación espontánea. La potencia física del mundo material emergente, con todas sus posibilidades dinámicas precisa de una contrastación dialéctica, entendida en sentido amplio, metafórico. Los procesos energéticos, atómicos, moleculares, orgánicos y vitales se desarrollan en relación con el medio en el que se encuentran y las condiciones de éste, en cuanto a la presión, la temperatura y el tiempo. Igualmente, cualquier animal desarrolla sus músculos y habilidades en la medida en que se ejercita interactuando con el medio. Así también, las funciones simbólicas, lingüísticas, analíticas o la sensibilidad estética, entre otras, se desarrollan en los individuos humanos en función del esfuerzo realizado para dialogar
con las circunstancias y sin éste queda atrofiada la función idealiza-dora, el proceso de abstracción, aunque se mantenga y transmita como un logro, como un potencial fijado en la herencia genética. En tal dirección apunta la siguiente cita de Platón (1988), quien ya veía con claridad tal necesidad dialéctica, aprendida al parecer de Sócrates y su mayéutica, para la formación del filósofo, de la persona en general, para alcanzar el logro del conocimiento o el ascesis que permitiera recuperar la contemplación de las ideas puras. Y para ello hace uso continuamente del mito, de la alegoría, de la metáfora, que permite desarrollar un diálogo más amplio, con mejores alas para el gran vuelo de las alturas ideales. Al fin y al cabo, entiende que todo avance o investigación hacia el conocimiento es un proceso de aproximaciones progresivas, dada la gran dificultad de aprehender las esencias en sí mismas, aunque el desligamiento de lo tangible hacia lo ideal capacita para la deducción pura, cuya última fase debería ser el silencio, cuando ya es posible prescindir de los símbolos mediadores. Todo concepto, por tanto, no sería sino metáfora, más o menos certera, por más que nos esforcemos en precisar y definir con referencias lingüísticas estrictas, con proposiciones asépticas sobre lo real.
De las cosas mismas que configuran y dibujan hay sombras e imágenes en el agua, y de estas cosas que dibujan se sirven como imágenes, buscando divisar aquellas cosas en sí que no podrían divisar de otro modo que con el pensamiento.
—Dices verdad.
—A esto me refería como la especie inteligible. Pero en ésta su primera sección, el alma se ve forzada a servirse de supuestos en su búsqueda, sin avanzar hacia un principio, por no poder remontarse más allá de los supuestos. Y para eso usa como imágenes a los objetos que abajo eran imitados, y que habían sido conjeturados y estimados como claros respecto de los que eran sus imitaciones.
—Comprendo que te refieres a la geometría y a las artes afines. —Comprende entonces la otra sección de lo inteligible, cuando afirmo que en ella la razón misma aprehende, por medio de la facultad dialéctica, y hace de los supuestos no principios sino realmente supuestos, que son como peldaños y trampolines hasta el principio del todo, que es no supuesto, y, tras aferrarse a él, ateniéndose a las cosas que de él dependen, desciende hasta una conclusión, sin servirse para nada de lo sensible, sino de Ideas, a través de Ideas y en dirección a Ideas, hasta concluir en Ideas. (Platón 1988, págs. 336, 337)
Los antiguos tenían la convicción de que la educación y la cultura no constituyen un arte formal o una teoría abstracta, extrapolable de la estructura histórica objetiva de la vida espiritual de una nación. Esos valores tomaban cuerpo, a su modo de ver, en la literatura, transmitida a través de los cantos de los aedos o poetas errantes, y en ella adquirían una condición de modelo conductual e imitativo, con ayuda de las imágenes, metáforas y fantasías, que suscitaban fuertes nexos con la subjetividad de cada cual a través del recuerdo de sus propias experiencias, sueños o deseos insatisfechos, despertando así sus emociones, motivándolos con energía hacia las metas o ideales allí plasmados.
Pero una vez llegados a este punto, será preciso adentrarnos más aún, bucear, en ese océano de misterios que se oculta detrás de la claridad de la razón, para acercarnos todo lo posible a la realidad de ese código emocional, al ámbito simbólico y su impacto sobre la conciencia, las emociones, la naturalidad y la artificialidad de la vida humana.

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