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El Proceso De La Presencia Maximizar

El Proceso De La Presencia

Michael Brown (aut)

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EL PODER DEL AHORA Y LA CONCIENCIA DEL INSTANTE PRESENTE
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EL PODER DEL AHORA Y LA CONCIENCIA DEL INSTANTE PRESENTE

El flujo lúcido de este texto nos lleva suave y magnéticamente a una experiencia transformadora, que nos conecta con el vivo resplandor de la Conciencia del Instante Presente, donde encontramos la liberación, la salud y nuestra innata sabiduría. Leyendo simplemente este libro, sus percepciones se purificarán. Participando directamente en el Proceso de la Presencia, recobrará la salud de su experiencia vital.
Lo que en otro tiempo fue difícil de explicar ha quedado ahora plasmado por escrito. Lo que en otro tiempo se consideraba un territorio de paz al que sólo podían acceder los «adeptos espirituales» está ahora al alcance de todo el mundo.
Este libro nos enseña cómo ir más allá de nuestras aflicciones y adicciones físicas, mentales y emocionales, y nos adentra audazmente en un nuevo paradigma de la salud.

MICHAEL BROWN, de origen sudafricano, estuvo, hasta 1989, viviendo lo que él define como una vida dichosamente inconsciente como periodista musical. Posteriormente contraería una enfermedad neurológica muy dolorosa, para la cual la medicina convencional no disponía de cura ni de alivio. Esto le haría ponerse en camino para lo que sería una odisea de autocuración que se prolongaría durante nueve años. Su búsqueda le llevó a explorar numerosas terapias de medicina alternativa, y el resultado de este empeño es un nuevo sistema de sanación evolutivo denominado «el Proceso de la Presencia. Actualmente vive en Sudáfrica, donde se dedica a compartir el Proceso de la Presencia a través de la enseñanza personal.

INTRODUCCIÓN
REDESCUBRIR LA CONCIENCIA DEL INSTANTE PRESENTE

ME PROPORCIONA UNA gran alegría y una enorme satisfacción saber que tiene usted en sus manos El Proceso de la Presencia. Este procedimiento se ha diseñado para que se adecue a cualquier persona que sea consciente de lo importante que es reconectar con el poder de su presencia interior. El Proceso de la Presencia es un viaje guiado en el que podrá encontrar todas las técnicas prácticas, las herramientas perceptivas y los conocimientos necesarios para retirar conscientemente su atención de las ilusiones y los engaños del tiempo, con el fin de que pueda regresar al instante presente de la vida. Resulta una experiencia agradable y sin peligros que, además, es sumamente fácil de seguir. Sus beneficios son reales y, por tanto, duraderos.
El Proceso de la Presencia es el resultado de una búsqueda que, conscientemente, comenzó en el desierto de Arizona en 1996. Fue allí donde tuve mis tres primeras experiencias reales de lo que ahora llamo la conciencia del instante presente. Con anterioridad a estos encuentros, había pasado casi diez años obsesionado por curarme de una enfermedad intensamente dolorosa denominada síndrome de Horton. La enfermedad se me declaró en 1987, y se manifestaba con ataques diarios de un dolor indescriptible. No quiero entrar en detalles sobre los síntomas de esta
enfermedad, pero comentaré que uno de los neurocirujanos más importantes de Sudáfrica me dijo que mi dolencia no tenía causa conocida ni cura. También me advirtió de que, dada la intensidad de mis síntomas, era un candidato potencial a sufrir una grave adicción a la heroína o a la morfina, e incluso al suicidio.
Intentando encontrar alivio, lo probé literalmente todo, desde ir a ver a un sangome xhosal e inyectarme cortisona en el rostro, hasta sacarme las muelas del juicio e ir a diversos sanadores espirituales para que me impusieran las manos o me pusieran cristales sobre el cuerpo. Seguí todos los tratamientos alopáticos farmacológicos que me recomendaron y, al borde de la desesperación, intenté también con todo tipo de soluciones alternativas que me sugirieron. Pero no había nada que curara mi mal ni que me proporcionara un poco de alivio.
En 1994, casi un año después de mudarme de Sudáfrica a San Francisco, acepté finalmente que nada ni nadie «ahí afuera» iba a poder ayudarme, de modo que me embarqué en una búsqueda para curarme por mí mismo. Comencé estudiando masaje sueco, y luego obtuve la calificación de maestro de reiki. Como consecuencia de experimentar conmigo mismo con diferentes tratamientos físicos, mentales y emocionales, descubrí que, si mantenía lo que yo entonces llamaba «una alta frecuencia de energía personal», podía reducir sustancialmente el nivel de dolor de los ataques que había estado padeciendo. Este descubrimiento fue el primer atisbo de lo que ahora conozco como mi nivel de con-ciencia del instante presente.
Mi primera experiencia potente de la conciencia del instante presente se inició en 1996, en una cabaña de sudar de los nativos americanos, en Tucson, Arizona, de la mano de un hombre medicina yaqui. No creo que olvide jamás los ecos de aquellos prime-ros instantes, cuando salí de la cabaña de sudar, tras mis primeras dos horas de viaje en medio del calor, del vapor, del sonido del


1 Los xhosas son un pueblo bantú del sur de África. (N. del T.)
gente. Me percaté de que la luminosa belleza del mundo natural de este planeta se nos oculta por causa de nuestra preocupación por el tiempo. Y en ese momento también tomé conciencia de que mi dolorosa enfermedad era el resultado de los esfuerzos de mi cuerpo por traerme de vuelta desde aquel lugar donde, inconscientemente, yo me había dispersado, fijando mi atención en la ilusoria red del tiempo. En aquel estado de consciencia, el dolor no se me presentaba como un enemigo, sino como un amigo y un instructor, que me pedía que volviera obedientemente al ahora de mi experiencia vital.
En consecuencia, constaté que el mayor de los viajes que podía emprender era el que me llevaría a alcanzar un estado del ciento por ciento de conciencia del instante presente en mi propia vida. Se me hizo evidente que, a menos que pudiera encontrar un camino para lograr esto por mí mismo, yo no podría ser de verdadero valor para los demás. También se me hizo patente que los mecanismos de este viaje tenían que ser naturales, que tenía que ser un sendero que cualquier persona del planeta pu-diera seguir, con independencia de sus circunstancias vitales. Por tanto, tenía que ser una consecución basada en el trabajo interior, y no en las circunstancias, medicinas, instrumentos, ceremonias, ritos y rituales externos.
La primera pista sobre cómo poner en marcha esta empresa se me reveló aquel mismo año, cuando me enseñaron el procedimiento obvio, y sin embargo ignorado, de la respiración conecta-da conscientemente. Era el ejercicio de respirar conscientemente, sin cesar. Puede parecer simple, pero la práctica de respirar conscientemente conectado es un desafío físico, debido a los profundos efectos mentales y emocionales que desencadena. Tras las experiencias de la cabaña de sudar y del peyote, la respiración conectada conscientemente fue mi tercera introducción a la experiencia de la conciencia del instante presente. Después de las primeras sesiones en las que me enseñaron a respirar de este modo, me di cuenta de que el resultado de estas experiencias internas era también una sensación, drásticamente acrecen-
tada, de conciencia del instante presente, y de que aquello producía automáticamente una disminución del dolor físico.
Estas sesiones de respiración activaron también explosivas inspiraciones. Una de ellas me hizo darme cuenta de que mi intención de curarme a mí mismo estaba completamente descaminada. Ése era el motivo por el cual no lo había logrado, a pesar de mis más sinceros esfuerzos. Al permitirme tener verdaderos momentos de desapego de mi experiencia vital externa, esta técnica de respiración natural me permitió vivenciar que había una diferencia clara entre mi yo y mi experiencia. Con anterioridad no había sido capaz de darme cuenta de esto. Siempre había estado tan embebido en mis experiencias externas que éstas se habían convertido, equivocadamente, en el principio y el final de lo que yo creía que era. Gracias a esta técnica de respiración, pude ver con claridad que lo que estaba profundamente desequilibrado y lo que necesitaba un ajuste urgente no era yo, sino mi experiencia vital.
Utilizando la respiración conectada conscientemente con el fin de estar cada vez más presente en mi vida, descubrí que comenzaba a tomar decisiones automáticamente, decisiones que me devolvían el bienestar emocional interior. Consecuentemente, mis experiencias externas se fueron haciendo, también automáticamente, más llevaderas y armoniosas, y mi dolorosa afección comenzó a remitir poco a poco. Tras muchos años de dolor, y de la consiguiente frustración, de la ansiedad, la ira, el pesar y la depresión que el dolor me provocaba, comenzó a hacerse evidente en mi interior que no existía mayor instrumento curativo a mi disposición que mi presencia interior. Hacia 1997 comencé a instruir a otras personas en esta técnica de respiración, observan-do atentamente las consecuencias que se derivaban en sus vidas.
Las potentes experiencias que supusieron mis tres primeras dosis de conciencia del instante presente se convirtieron en una pauta, con la cual pude medir todas mis exploraciones posteriores en las artes sanadoras. Si alguna de las cosas que exploraba me llevaba a un incremento de conciencia del instante presente,
me abrazaba a ello como una experiencia real. Si no, no perdía más el tiempo con ello. La experiencia de la conciencia del instante presente era para mí un barómetro plenamente fiable, que me ayudaba a dejar a un lado todos los rituales y ceremonias carentes de poder, que no son más que fachada y que le dan ese falso glamur a las artes sanadoras.
Además de explorar la respiración conectada conscientemente, también exploré el paradigma chamánico. Durante cuatro años me prepararon como jefe del Fuego en la Iglesia Nativa Americana del Peyote. Crucé incluso la frontera de Arizona para entrar en México, con el fin de participar en las ceremonias de los ancestros vivientes del «camino del peyote», los indios huicholes. Cada vez que se me presentaba la ocasión, utilizaba mi cuerpo, mi mente y mi corazón como laboratorios de mis experimentos de activación de la conciencia del instante presente, y hacía de mis posteriores experiencias vitales el escenario en el que podía observar las consecuencias. Trabajé con diversos maestros, de los que aprendí mucho, y puse a prueba cada técnica supuestamente «sanadora» con la que me tropecé.
Con el transcurso de los años terminé desarrollando una po-tente relación personal con lo que yo ahora llamo mi presencia interior. Me di cuenta de que la conciencia del instante presente no sólo es un estado del ser, sino que es un sei: La conciencia del instante presente es, de hecho, «una presencia». El ser y el estado de ser se me han revelado como una y la misma cosa. Entrando en ello, uno se convierte en ello. La conciencia del instan-te presente es, así pues, un estado del devenir, del llegar a ser. Es la conciencia que alcanza su potencial más pleno.
Visto desde la distancia, mi odisea personal puede parecer romántica, pero rara vez fue un proceso fácil y claro. En un principio, yo no disponía de un punto de referencia sobre lo que era la experiencia de la conciencia del instante presente. No disponía de un vocabulario con el cual explicar a los demás lo que estaba intentando conseguir. Estaba dando un paso detrás de otro, siguiendo un sendero que sólo parecía tener sentido para
mí. Hubo numerosas ocasiones en que llegué a estar profunda-mente confuso y descorazonado. Hubo momentos en los que dudé incluso de mi propia cordura. Afortunadamente, siempre dispuse de un sendero que me permitía reconectar con mi empeño: conectaba mi respiración y volvía a entrar en la alentadora confirmación de mi presencia interior. Con ello, me recordaba a mí mismo que el empeño en el que me encontraba comprometido era muy sencillo. Por entonces no hubiera sido capaz de ver-balizarlo exteriormente, pero ahora sí que puedo:

¿Cómo puedo hacerme cada vez más presente, de tal
modo que deje tras de mí una senda para otras
personas que quieran también resurgir en su
experiencia vital?

En aquel entonces, yo no me daba cuenta de que yendo en pos de este empeño estaba trazando en definitiva un procedimiento específico de trabajo. Sin embargo, ahora puedo ver con claridad que, como consecuencia de mi intención, mi posterior experiencia vital me permitió descubrir, consciente e inconscientemente, las técnicas prácticas, las herramientas perceptivas y los conocimientos que actualmente conforman el Proceso de la Presencia. En esencia, lo que hice fue extraer de la esfera mental la idea de la consecución de la conciencia del instante presente, para después arraigarla en esta tierra en la forma de un procedimiento metodológico y práctico.
En el 2002, después de nueve años fuera de Sudáfrica, volví a mi casa sabiendo que había conseguido dar el primer paso de mi búsqueda; había acumulado el material en bruto de un potente procedimiento que permitiría a otras personas activar, mantener y seguir acumulando conciencia del instante presente. Posteriormente, quince años después de haberme desmoronado a un lado de un polvoriento camino del Transkei, cuando tuve el primer ataque del síndrome de Horton, comenzaría a vivir conscientemente mi pro-pósito, compartiendo el Proceso de la Presencia con los demás.
Ahora, poniendo a disposición de usted el Proceso de la Presencia en este libro, doy un nuevo paso en este apasionante viaje.
Por muchas que sean las personas a las que instruyo en el Proceso de la Presencia, no deja de sobrecogerme lo que este procedimiento puede ofrecerle a todo aquel que esté dispuesto a sumergirse en su propio abismo emocional. El Proceso de la Presencia es una extraña joya. Es un pórtico interior que nos ofrece todo un procedimiento metodológico para superar los obstáculos externos que nos impiden vivenciar eso que todos compartimos: nuestra presencia interior. Nos invita a adentrarnos por un sendero que nos libera automáticamente de la prisión invisible que supone una mente ensimismada e inconsciente. He podido presenciar cómo renacían a la vida todas aquellas personas que asumieron el compromiso de emprender y llevar a término este viaje. He visto cómo se convierten en embajadoras de la vida, y cómo se transforman en pacificadores dentro de su familia y de su sociedad.
Impartiéndome el proceso a mí mismo y compartiendo libre-mente todo el conocimiento acumulado en el arte de transmitir-lo, se me hizo evidente que preparar a otras personas para que impartieran el Proceso de la Presencia no era una buena idea. Según mi opinión, instruir a otras personas para que impartieran el Proceso de la Presencia haría que éste se diluyera y se malinterpretara, que podría terminar siendo más una fuente de ingresos para estos instructores que un instrumento accesible para el despertar de cualquier persona. Sé por propia experiencia que sólo la vida puede dotarnos de la integridad necesaria como para instruir a otra persona, y que la vida logra este propósito cuando te invita a ser lo suficientemente íntegro como para impartirte tú mismo el procedimiento antes de pretender impartírselo a los demás. Toda la información del mundo jamás podrá reemplazar a la experiencia de la vida real. Por tanto, en vez de transformar el Proceso de la Presencia en un procedimiento que pudiera transmitirse por medio de instructores entrenados, he optado por ponerlo a su disposición directamente, a través de este libro.
De esta forma, usted siempre lo tendrá en su forma más pura. De ahí que el Proceso de la Presencia esté deliberadamente escrito y presentado de un modo que le permita a usted convertirse en instructor de su propio viaje a la conciencia del instante presente. Eso quiere decir que todo aquel que pretenda despertar del sueño inconsciente del tiempo puede tener acceso a este trabajo por el mero precio de un libro, sin tener que pagar honorarios a instructor alguno. Sin embargo, le animo a que seamos compañeros y a que nos apoyemos uno a otro del modo que más apropiado le parezca, mientras se embarca en este magnífico viaje.
Estaré eternamente agradecido a todos los maestros que pusieron sus experiencias vitales ante mí para que yo pudiera sacar a la luz este profundo procedimiento. En mi opinión, el Proceso de la Presencia permite a cualquier persona vivenciar el poder de su presencia interior, aunque sin tener que pasar por el largo y complicado sendero por el que yo tuve que pasar.
También se me hace evidente ahora que, aunque las medicinas de las plantas y las ceremonias pueden activar una experiencia o el recuerdo de la conciencia del instante presente, estos instrumentos externos lo único que hacen es indicar la dirección del viaje. Son como los letreros indicadores del camino, pero no son el camino. A lo largo de mi vida me he abrazado a todas estas herramientas, ceremonias y medicinas externas, así como a sus consagrados custodios, como si de unos poderosos aliados se tratara. Sé que a todos ellos se les puso deliberadamente en mi ca-mino para ayudarme a recordar lo que es posible y lo que se ha olvidado con el paso del tiempo. Sin embargo, no creo que todo eso sea el camino por emprender, simplemente porque el camino está dentro de cada uno de nosotros. Aunque los rituales externos y las sustancias ingeridas sean capaces de desencadenar una experiencia de la conciencia del instante presente, sus efectos se diluyen casi por completo tras un breve período de tiempo, de ahí que aquellos que los utilizan para entrar en este estado del ser se vean obligados a usarlas una y otra vez, generándose así una dependencia de sustancias externas. Es cierto que estas sustan-
cias proporcionan potentes inspiraciones, pero no la experiencia vital acompañante que se precisa para conservar de forma permanente esas inspiraciones en la conciencia. Así, pueden ser potencialmente tan útiles como engañosas. Según mi opinión, la experiencia real y duradera de la conciencia del instante presente se tiene que conseguir de forma natural dentro de uno, mediante un acceso consciente y sobrio, y mediante la acumulación y la aplicación de la propia voluntad interior y de la disciplina que la mantenga. La consecución de la conciencia del instante presente es una forma de vivir, no una dosis rápida que se tiene una vez. Es un viaje, no un destino.
La belleza del Proceso de la Presencia estriba en que nos abre el camino de regreso a nuestro auténtico estado de alegría incondicional y de creatividad, pero lo hace de un modo que no precisa de instrumentos artificiales ni de actividades externas, ni ceremonias, ni rituales, ni dogmas ni sistemas de creencias. Sólo precisa del uso consciente y disciplinado de la atención y de la intención. La vivencia de este proceso activa automáticamente las herramientas internas que todos poseemos, permitiéndonos acumular lo que yo considero que es, justo en este momento, la joya más preciosa y rara de este planeta: la conciencia del instan-te presente. Por medio de este libro se puede alcanzar esta experiencia sin correr ningún riesgo, sin tener que salir de nuestra vida cotidiana, con independencia de dónde o de cómo estemos en este acelerado paradigma, puesto que en modo alguno exige que abandonemos el lugar en el que nos ha situado el destino.
El Proceso de la Presencia nos introduce también una idea que resulta ciertamente extraña para el mundo exterior de circunstancias cambiantes: que el poder de nuestra presencia interior no conoce límites. He visto con mis propios ojos cómo este proceso resolvía con éxito problemas de depresión, cáncer, fobias, adicciones a las drogas o al alcohol, pesar, ira, miedo, alergias, carencias y otros muchos indicadores externos de un des-equilibrio interno. También acelera la recuperación de cualquier lesión física, potencia las capacidades deportivas y creativas, y
estimula las actividades espirituales, desde el yoga a la meditación. El Proceso de la Presencia me ha demostrado una y otra vez que son nuestras emociones profundamente reprimidas las que nos distraen inconscientemente del instante presente de nuestra experiencia vital, y que los estados mentales que provoca esta distracción traen consigo las manifestaciones físicas de desequilibrio que constituyen los síntomas de las enfermedades. En definitiva, el Proceso de la Presencia es un sendero que nos da la fuerza para liberarnos de estos bloqueos emocionales e integrar-los. Así pues, es éste un viaje de crecimiento espiritual. Es, literalmente, una manera de «crecer» conscientemente.
La acumulación de conciencia del instante presente es un viaje real y profundamente gratificante que da la impresión de no tener fin. Activa una manera de ser que nos permite responder a la vida, en lugar de reaccionar ante la vida. Nos lleva automáticamente a todo aquello que compartimos, en lugar de llevarnos a lo que nos separa. Pero, hasta que no iniciamos consciente-mente nuestra propia conciencia del instante presente, ésta sigue siendo una realidad oculta tras los velos de las exigencias mundanales y las distracciones del mundo exterior. La conciencia de nuestra presencia interior es el más maravilloso tesoro, en un mundo que está consciente e inconscientemente esclavizado por el ilusorio paradigma mental que denominamos tiempo. En el mundo de hoy, la conciencia del instante presente es la frontera desconocida, al tiempo que el pórtico siempre abierto hacia la liberación personal. Y yo tengo tanta curiosidad como usted por explorar este ignoto continente interior.
La activación de la conciencia del instante presente en nuestra experiencia vital no es sólo el mayor regalo que podemos darnos a nosotros mismos, sino que es también la contribución más responsable que podemos hacer a la humanidad, pues, introduciéndonos en esta conciencia, nos convertimos en esta conciencia.
El Proceso de la Presencia es una invitación a activar conscientemente el poder de la presencia divina. Pero esta oportunidad
no supone un fin; es un don que nos permite transformar por completo nuestra percepción de la vida. Por tanto, no conviene tener prisas. No conviene tratar esta experiencia como una tarea que tenemos que hacer para llegar a algún otro sitio. Todo cuanto hemos estado buscando nos ha encontrado ya, está esperando ya dentro de nosotros. El Proceso de la Presencia es una oportunidad que se nos brinda para que experimentemos la confirmación personal de esta verdad.
Y sí, resolví con éxito el problema emocional inconsciente que se manifestaba en aquella enfermedad tan dolorosa. Y lo logré entablando una relación íntima con mi presencia interior. Esa misma presencia omnipotente se encuentra también dentro de usted, esperando pacientemente para bendecir toda su experiencia vital.
Gracias por darse a sí mismo este maravilloso regalo.

Afectuosamente, Michael
¿QUÉ ES LA CONCIENCIA DEL INSTANTE PRESENTE?

La conciencia del instante presente es un estado del ser, en contra-posición a algo que hacemos; por tanto, es más fácil decir lo que no es que lo que es. Un buen indicador de que hemos entrado en la conciencia del instante presente es que nuestra experiencia vi-tal, con independencia del aspecto que pueda tener en un momento dado, se embebe interiormente con los ecos de una profunda gratitud. Pero no es una gratitud que se fundamente en comparación alguna. No es una gratitud que nazca del hecho de que nuestra vida se está desarrollando exactamente como queremos que se desarrolle, ni porque todo nos resulte fácil. Es una gratitud que nace de la invitación a la vida, del viaje de la vida y del don de
la vida en sí. Es una gratitud que no precisa de motivos. La gratitud es el único indicador del que podemos fiarnos para saber cuán presentes estamos en nuestra experiencia vital. Si no sentimos gratitud por el mero hecho de estar vivos, es porque nos hemos desviado, nos hemos apartado del instante presente y nos hemos sumergido en una ilusión mental denominada tiempo.
Pocos de nosotros somos capaces de estar presentes en nuestras experiencias vitales debido a que hemos nacido en una cultura que existe dentro del mundo del tiempo. Ésta es la maldición de lo que llamamos civilización. Hemos mostrado una insaciable sed de progreso, pero, en la mayoría de los casos, el progreso nos ha llevado a una estructuración tal de la vida que nos lleva a no estar presentes cuando la vida está teniendo lugar. Cuanto más se automatiza nuestra experiencia vital, menos nos implicamos en el arte de vivir.
En el mundo del tiempo es sumamente difícil ser agradecidos, porque nada parece tomar el curso que nosotros pensamos que debería tomar. El pasado alberga pesares, y el futuro alberga la promesa de que las cosas serán mejores, en tanto que el instante presente se nos antoja un evento que precisa de ajustes. De ahí que desperdiciemos los instantes pensando en lo que no nos fue bien en el pasado y planificando mentalmente los ajustes que tenemos que llevar a cabo para, con el tiempo, alcanzar el estado de paz y de realización que buscamos. Y, dado que estos ajustes están dirigiendo nuestra atención constantemente hacia algún «maravilloso mañana», nos olvidamos de darnos la ocasión de llegar a alguna coyuntura significativa hoy. Por otra parte, y debido a este enfoque, el mundo en el que vivimos ahora, y todo lo que hay en él, se convierte en un medio para alcanzar un fin. Y vivir así se nos antoja normal, porque no tenemos acceso a otra experiencia del mundo que sea cualitativamente diferente a la que tenemos en este preciso momento. No tenemos a mano otra experiencia con la cual comparar nuestra experiencia actual.
Viviendo de este modo, nos saltamos constantemente el instante presente. A pesar de que el pasado ya pasó y no se puede
cambiar, y de que el futuro aún no ha llegado, seguimos optando por ocuparnos mentalmente de estos ilusorios lugares, en vez de entrar plenamente (y de experimentar) en el momento en el que siempre nos encontramos. Y a base de vivir en ese estado mental que nos permite reflejar y proyectar nuestra atención hasta esos ilusorios lugares, nos perdemos las verdaderas experiencias físicas y emocionales que nos suceden justo en este mismo instante. Nos olvidamos casi por completo del único momento que con-tiene la vibración y la plenitud de lo que es la vida. Creemos estar viviendo, pero no estamos viviendo; estamos existiendo. Pensamos que nos estamos moviendo, pero estamos girando en círculos. Lo terminamos mentalizando todo y, de este modo, sacrificamos la experiencia de estar físicamente presentes y emocionalmente equilibrados. Y así, nuestro estado mental, por avanzado que creamos que es, se ve sumido en la confusión.
Estamos tan acostumbrados a este estado de «no ser», que se nos antoja perfectamente natural. Aspiramos a que lo sea, pero no es natural porque no conoce el equilibrio ni la armonía. Y lo sabemos porque, en algún lugar, en medio de nuestros saltos de rana mentales, sentimos que nos estamos perdiendo algo. La falta de paz que sentimos en nuestro interior se refleja en el caos que experimentamos en nuestras experiencias vitales externas. Y esa falta de paz interior se refleja también en la forma en que huimos de cualquier experiencia de quietud o de silencio. El lema de nuestro tiempo es: «Que haya ruido; que haya movimiento».
No sabemos qué es lo que nos estamos perdiendo porque no podemos recordar lo que hemos perdido. Y no podemos recordarlo porque lo buscamos en las imágenes del pasado y en nuestras exploraciones del futuro. Nuestro insaciable y necesitado comportamiento es la prueba del vacío que nuestro actual enfoque de la vida es incapaz de llenar. Le estamos dando la vuelta a cada fragmento de este planeta en nuestra desesperada búsqueda de paz. Pero no hay nada que le pueda dar la paz a nuestro esta-do de ser porque hace mucho que olvidamos que la paz no es
«algo que se hace». La paz no se puede forzar ni instalar mecánicamente. Nuestro estado de inquietud interior se manifiesta externamente en síntomas físicos, mentales y emocionales de in-comodidad y de malestar. Por mucho que lo intentemos, por mucho que huyamos, por mucho que nos distraigamos con una incesante actividad, el verdadero alivio parece estar siempre fuera de nuestro alcance. Y del mismo modo que una persona a la que no se la deja dormir entra inevitablemente en una crisis física, mental y emocional, nuestra lejanía del oasis de la conciencia del instante presente nos lleva también rápidamente a una experiencia de desintegración social planetaria.
El trastorno mental de «vivir en el tiempo», de la implacable huida del ayer y de la persecución frenética del mañana sin des-canso ni sosiego, es el problema que aborda y alivia el Proceso de la Presencia. Ayudándonos a comprender cómo hemos llegado a esta situación, el Proceso de la Presencia nos da simultáneamente el procedimiento metodológico y las herramientas perceptivas que nos van a permitir salir de esta ilusión. Nos arroja una cuerda de conciencia y nos permite agarrarnos a ella para salir del cenagal de nuestras distracciones con el pasado y el futuro, para volver al único terreno firme, seguro y sereno: el instante presente. El Proceso de la Presencia logra este cometido llevando nuestra conciencia a la auténtica Presencia que somos en realidad, y lo hace instándonos a desmantelar conscientemente la falsa apariencia que una vez construimos para protegernos de nuestros miedos, de nuestra ira y de nuestro dolor. Nos demuestra que la única manera de cambiar auténticamente nuestra experiencia del mundo pasa por liberarnos del virus perceptivo del tiempo, y que liberarse de esta enfermedad mental es el mayor acto de servicio que podemos realizar justo en este momento.
Nosotros no somos las experiencias que elaboramos para sentirnos seguros y aceptados en este mundo. Y, por muchas cosas que pueda prometer el futuro, el único instante que puede ser real para nosotros no tiene nada que ver con el ayer o con lo que sucederá mañana. Mientras sigamos reaccionando incons-
cientemente a los acontecimientos de nuestra vida, seguiremos sin ver lo que hay justo delante de nuestras narices; seguiremos sumidos en una pesadilla mental, estremeciéndonos ante los fantasmas del pasado y proyectando fantasmas hacia el futuro. Ésta no es forma de vivir. Eso no es vida. Lo que la vida es realmente, no acepta los límites del tiempo. Esa experiencia basada en el tiempo es un infierno perceptivo cuya puerta está atrancada con las barras de nuestros miedos, nuestra ira y nuestros pesares no re-sueltos. No nos lleva a ninguna parte nunca lo hizo y nunca lo hará. En el tiempo no sucede nada; lo único que pasa es que creemos que sucede algo.
Lo bueno de todo esto es que, aunque ésta pueda ser la única cualidad de la experiencia vital de la que somos conscientes actualmente, decididamente no es la única experiencia a la que podemos tener acceso. Existe otro paradigma que discurre en paralelo al mundo del tiempo. Lo llamamos el instante presente. Sabemos que existe porque todos lo buscamos, aun cuando no nos demos cuenta conscientemente de que es eso lo que anhelamos. Todos sabemos que existe porque los maestros zen y los maestros espirituales de todas las creencias, así como muchos seres humanos ordinarios de todas las áreas de la vida, han reentrado en él y están viviendo en él justo en este momento; porque, justo en este momento, existe en nuestro planeta una comunidad creciente de personas que están viviendo desde la conciencia del instante presente.
A la experiencia de la conciencia del instante presente podemos acceder estemos donde estemos. No tenemos que ir a ninguna parte ni «hacer» nada exteriormente para activarla. Sin embargo, no podemos entrar conscientemente en esa conciencia mientras nos aferremos inconscientemente al pasado y al futuro ilusorios.
Nuestro viaje por el Proceso de la Presencia activa automáticamente nuestra capacidad para hacer conscientemente la transición perceptiva desde el mundo basado en el tiempo en el que estamos ahora hasta el estado del ser que hemos estado buscan-
do con nuestras interminables actividades, con nuestro incesante «hacer». Nos instruye para que entremos suavemente en el maravilloso sendero que lleva a una conciencia siempre creciente del instante presente. Nos ayuda a reenfocar la atención y la intención para que dirijamos conscientemente nuestra conciencia hacia el resplandor de la presencia interior. Nos invita a entrar conscientemente en el instante presente de nuestra vida y, de este modo, a que abracemos un estado del ser en el cual podamos abrirnos a la alegría, a la salud y a la abundancia inherentes a cada instante de la vida.

A cada instante se derrama sobre nosotros una vida
gozosa, abundante y saludable.
Cuando «vivimos en el tiempo», la vasija de nuestro
ser se vuelve boca abajo.
Y así, desperdiciamos nuestra experiencia vital
intentando conseguir, en lugar de recibir.

La conciencia del instante presente no es una idea o un concepto; es una experiencia. Es una manera de ser que no supone esfuerzo alguno, que es un derecho de nacimiento de cada ser humano de este planeta. Y el entrar en ella ahora es una consecuencia inevitable de nuestra acelerada evolución. Nos invita aquí y ahora a todos los que estemos dispuestos a recibir sus bendiciones. Nos llama a cada uno de nosotros con una voz queda que dice: « ¡De-tente! No hay lugar adonde ir ni nada que hacer, pero sí que hay todo que ser». Ésa es su invitación, ése es el viaje, y éste es el re-galo que el Proceso de la Presencia hace posible.
Así pues, ¿qué es la conciencia del instante presente? Es un estado del ser en el cual integramos sin ningún esfuerzo la presencia divina con la que estamos, en cada instante en el que es-tamos que nos da Dios, para que podamos responder conscientemente a cada experiencia que tenemos. Y, cuando se consigue esto, nuestra respuesta es siempre la misma: gratitud; una corriente de gratitud que nos libera de todas nuestras ilusiones.
Entrar en tal estado puede parecer difícil y complicado cuando estamos viviendo en el tiempo y, sin embargo, no requiere ningún esfuerzo, y es completamente natural, porque la conciencia del instante presente es un derecho de nacimiento del ser humano. Es el reino de la conciencia a través de cuyos pórticos regresa el hijo pródigo. Lo más difícil de todo el proceso ha sido intentar encontrar lo que no sabíamos que habíamos perdido. Y lo mejor de todo es darse cuenta de que hemos estado buscando algo que, en realidad, ya nos había encontrado a nosotros.

ÍNDICE

Agradecimientos     9
Introducción     11
Redescubrir la conciencia del instante presente     11
¿Qué es la conciencia del instante presente?     22

Primera parte. Sintonizar con el proceso     29
El latido del reforzamiento     33
Alinear nuestra intención     38
La mecánica del proceso     44
La consciencia de las preguntas     52
El sendero de la conciencia y el ciclo de siete años     61
Movimiento más allá de la moción     74
Más allá de la adicción y la aflicción     82
Cambiar resultados por consecuencias     91

Segunda parte. Los preparativos del viaje     107
La trinidad del proceso     109
Guía general para un proceso suave     118
El enfoque integrador     127
Nuestro nivel de entrada     140
Confirmación     146

Tercera parte. El Proceso de la Presencia     157
La intención de escuchar     160
Nota personal     162
Activar el proceso     163
Mantener el impulso     164

Primera sesión     167
La presencia interior     167
La voluntad de respirar     171
La respiración conectada conscientemente     179
El ejercicio de respiración conectada conscientemente     180
La experiencia de la presencia interior     184

Segunda sesión     191
Identificar al mensajero     191

Tercera sesión     207
Captar el mensaje     207

Cuarta sesión     219
Para sanarlo hay que sentirlo     219
Restablecer el equilibrio en la calidad de nuestra experiencia vital     226

Quinta sesión     231
Activar la compasión interior     231
Rescatar a nuestro yo infantil     239

Sexta sesión     245
Reducir nuestra carga emocional negativa     245
El proceso de limpieza emocional     260
En el agua     270

Séptima sesión     275
Sentir el camino     275
Refrescar el ego     283
Hacerse cargo de lo negativo     294
Adoptar la presencia física     297

Octava sesión     305
Activar la paz mental mediante el perdón     305

Novena sesión     317
Restablecer el equilibrio emocional     317

Décima sesión     333
Vivir con un propósito, o liberarnos del drama para cambiarlo por el dharma     334
Gratitud     353

Cuarta parte. Las consecuencias     355
Los frutos y las flores     358
Irradiar conciencia del instante presente de forma responsable     395

Quinta parte. Conclusión     413
La libertad es responsabilidad nuestra     416
Las rosas tienen espinas     421
El poder de nuestra presencia     423

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