Tao Te King

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Tao significa camino; pero éste no es camino con meta, sino devenir constante, perfecto equilibrio y quintaesencia de la vida. El más sabio de los libros venidos de Oriente, o una sinfonía por momentos. La obra compuesta de ochenta y

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Tao significa camino; pero éste no es camino con meta, sino devenir constante, perfecto equilibrio y quintaesencia de la vida. El más sabio de los libros venidos de Oriente, o una sinfonía por momentos. La obra compuesta de ochenta y un capítulos o apartados, que no observan norma alguna en su disposición, expresa en un conjunto no exento de impurezas el pensamiento básico de la filosofía taoísta. Pocos son los datos que atestiguan la existencia real de un pensador chino en el siglo VI a. de C., llamado Lao Tse, presunto autor del Tao Te King (Libro de la suprema virtud, en una aproximación a su significado). La leyenda y la metáfora hablan de un Lao Tse prodigioso que es, en sí, la personificación de una filosofía aún más antigua que la fecha comúnmente convenida

 

PRESENTACIÓN

 

Pocos son los datos que atestiguan la existencia real de un pensador chino en el siglo VI a. de C., llamado Lao-Tse, presunto autor del «Tao-Te-King» (Libro de la Suprema Virtud, en una aproximación a su significado). La leyenda y la metáfora hablan de un Lao-Tse prodigioso que es, en sí, la personificación de una filosofía aún más antigua que la fecha comúnmente convenida.
La obra, compuesta de ochenta y un capítulos o apartados, que no observan norma alguna en su disposición, expresa en un conjunto no exento de impurezas el pensamiento básico de la filosofía taoísta.
El taoísmo distingue la existencia de tres fuerzas: una positiva, una negativa y una tercera conciliadora. Las dos primeras se oponen y complementan mutuamente, son el Yang (positivo, masculino, seco, calor...) y el Yin (negativo, femenino, húmedo, frío...). La tercera fuerza es el Tao, o Principio Superior, que concilia e incluye a los principios inferiores Yin-Yang y a todas las oposiciones resultantes de este juego de fuerzas: día-noche, movimiento-inmovilidad, verdad-error, belleza-fealdad, vida-muerte, etc. Mediante el enfrentamiento incesante de esas dos grandes fuerzas cósmicas, son creados todos los seres (literalmente, «los diez mil seres».
Un conocido diagrama que ilustra esta concepción es un círculo formado por dos partes exactamente iguales, una negra y otra blanca, que se acoplan entre sí y al que envuelve otro circulo exterior que representa el Tao. La parte negra (Yin) contiene un punto blanco, y la parte blanca (Yang) un punto negro; de esta manera se repesenta que ningún elemento del mundo es totalmente positivo ni negativo.
La creación del universo se desarrolla en el tiempo, pero es, en lo que atañe a las fuerzas que lo determinan, un proceso intemporal. Los dos principios inferiores no se ven sometidos a los límites de su propio juego, y no deben considerarse temporales¬ se sitúan, como intermediarios, entre el Principio Superior y el universo creado, que es la manifestación de este principo. A ese proceso creador no se le puede asignar un comienzo ni un final, ya que estas palabras carecen de sentido fuera de los límites del tiempo. En la tríada intemporal que crea ininterrumpidamente el mundo material, se observa la perfecta igualdad de los dos principios inferiores. Su colaboración es necesaria para la aparición del conjunto de los fenómenos. En tal fenómeno vemos predominar el Yang, en el otro el Yin, pero los dos se equilibran exactamente en la totalidad espacial y temporal del universo.
La igualdad de estas fuerzas entraña la necesaria igualdad de sus manifestaciones consideradas en abstracto. Por eso, el taoísmo no considera superior la vida sobre la muerte, no acepta supremacía alguna de la construcción sobre la destrucción, de la afirmación sobre la negación, del placer sobre el sufrimiento, etc. Por eso, el taoísmo no es una moral.
Generalmente, el hombre no ve la colaboración de las dos fuerzas básicas y opuestas, sólo ve su lucha, no su complementareidad ni el Tao que los concilia. Y en esa lucha, en ese dualismo primordial «bien»-«mal», el hombre establece sus preferencias: escoge el «bien» y rechaza el «mal», construye la moral.
El pensamiento filosófico que nos ocupa afronta este problema desde un punto de vista muy diferente. Al tiempo que muestra su imparcialidad intelectual respecto al «bien» y al «mal», sabe aceptar la preferencia efectiva del hombre por todo lo benéfico y positivo. El taoísmo explica esta preferencia innata a través del juego de los principios inferiores y de la forma en que se producen los fenómenos concretos. El principio positivo no es superior ni cuantitativa ni cualitativamente al negativo, y éste ni depende ni debe su existencia a aquél. Pero, en todo fenómeno, se observa que el juego de la fuerza activa es la causa del juego de la fuerza pasiva, es decir, que el principio negativo debe su manifestación a la acción del principio positivo. En síntesis, la «reacción» responde a la «acción» y no al revés. El principio positivo no mantiene una primacía cronológica sobre el negativo (puesto que ambos se manifiestan en un mismo instante), sino una primacía causal.
Así, el «bien» del hombre de Tao es una simple consecuencia de una comprehensión liberadora integrada en la totalidad del ser que ha abolido toda creencia en la primacía ilusoria del principio inferior positivo. Este hombre, el hombre liberado, hace el bien precisamente porque no lo idolatra ni lo atiende más que al mal.
En la concepción primordial de Lao-Tse, el hombre se reconoce en el dualismo Yin-Yang y aspira al Tao. El adepto a Tao rechaza toda disciplina particular; se adhiere a la disciplina total que consiste en privarse implacablemente de toda disciplina particular. Bajo este aspecto ha de comprenderse la doctrina del no-hacer del taoísmo, que se refiere fundamentalmente a aborrecer de las acciones particulares y a favorecer el dinamismo de la realidad como totalidad. El taoísmo se interna en la actividad mental pura como camino de liberación, de encuentro con la real naturaleza del hombre. Para el hombre de Tao no existe el dilema idea-acción, ni a la acción como ejecución de la idea se aplica sólo la palabra «hacer». La compresión de este punto es sólo posible a través del propio Tao, es decir, dentro de la doctrina y los principios esotéricos que tanto difieren del concepto ordinario de realidad, conciencia y acción.
Mucho falta que añadir a este breve resumen de los fundamentos del taoísmo, y a la obra de los grandes especialistas nos remitimos, pero estimamos más útil ahora referirnos a otras cuestiones suscitadas a propósito de este pensamiento chino.
Con frecuencia se atribuye al taoísmo un espíritu precursor de la dialéctica hegeliana. La asociación no es vana, ni
despreciable el dato de saber que Hegel fue uno de los primeros filósofos occidentales que fijó su atención en estos textos. Para la fecunda y bien construida teoría de la lucha de los contrarios, Hegel, pudo acaso inspirarse en los aforismo de Lao-Tse.
Sin embago, una rápida lectura de los mismo, nos enseña, al tiempo que esta semejanza, las grandes diferencias que separan a ambas filosofias. Diferencias que no sólo se deben a la fácil circunstancia del antagonismo Oriente-Occidente; en realidad, taoísmo y dialéctica —no ya la materialista, sino incluso la clásica del idealismo alemán— hablan de dos cosas distintas. Se nos hace patente este hecho en las continuas referencias que en el Tao-Te-King se hacen de las «prácticas» que debe realizar el taoísmo. Guardando un estrecho parentesco con el budismo zen, el taoísmo, se acerca en algunos conceptos (vacuidad, no-acción, de la calma al movimiento, control de la respiración, etcétera...) a las escuelas yoguis.
En la lectura de los paradigmas taoístas no encontraremos nunca el método, el sistema lógico o la exposición discursiva, propios del sistema de conocimiento occidental. Nuestras explicaciones a propósito de esta filosofía son la única posibilidad que tenemos para comprender, pero también es la barrera que nos impide conocer verdaderamente.
Ni Lao-Tse, ni filósofo chino alguno, son tan explícitos como los análisis de los sabios occidentales. No olvidemos que los símbolos y mitos utilizados por los taoístas lo son como tales instrumentos que conducen indirectamente a una verdad que ellos no contienen en sí mismo.

  • Aceptamos, pues, el carácter contradictorio y oscuro del TaoTe-King, ello es la clave de toda obra.

 

Luis Carcamo
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