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Memorias del Cielo Maximizar

Memorias del Cielo

Wayne Dyer (aut)
Dee Garnes (aut)

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Recuerdos asombrosos que los niños conservan del mundo espiritual

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9788484456025

En nuestra primera infancia todos somos almas recién llegadas al planeta, por lo que todavía conservamos en la memoria parte de la sabiduría propia de aquellos planos de existencia desde los que procedemos. A pesar de que la vamos olvidando con el tiempo hasta perder esos recuerdos casi por completo, los niños pequeños rememoran acontecimientos asombrosos del mundo espiritual. Esta obra es prueba de ello.
El doctor Wayne W. Dyer y su coautora Dee Garnes han recogido aquí numerosos testimonios de madres y padres de diferentes lugares del mundo que revelan este fenómeno fascinante.
En Memorias del Cielo descubrirás cómo los propios niños y niñas:
- Cuentan sus diálogos con Dios.
- Hablan de sus familiares fallecidos hace tiempo, a los que conocieron en la dimensión del Espíritu.
- Revelan recuerdos de sus vidas anteriores.
- Aportan evidencia de que ellos participaron en la elección tanto de sus progenitores como del periodo de su estancia en la Tierra.
- Describen elocuentemente y con precisión el tipo de amor divino que existe más allá del plano físico.

El doctor Wayne W. Dyer y su coautora Dee Garnes habían compartido a menudo la idea de que quienes más conocen a Dios son aquellos que acaban de estar arropados por los brazos divinos: nuestros niños y bebés. Por eso decidieron invitar a padres y madres de todo el mundo a que compartieran sus experiencias al respecto.
La abrumadora respuesta recibida les motivó a dar forma a este libro, en el que incluyen los testimonios infantiles más interesantes e iluminadores sobre lo que los pequeños recuerdan del mundo espiritual.
El poeta británico del siglo XIX William Wordsworth expresó la idea de que, conforme crecemos, perdemos gradualmente el conocimiento íntimo del cielo, y señaló que «el nacimiento humano no es sino un dormir y un olvidar» nuestra anterior existencia celestial.
El Doctor Wayne W. Dyer ha sido un autor y ponente de prestigio internacional en el ámbito del crecimiento personal. Escribió más de 40 libros (21 de los cuales se situaron en la lista de éxitos de ventas del New York Times) y ha divulgado su trabajo por todo el mundo, inspirando con su mensaje a miles de personas a cambiar y mejorar sus vidas. En 2015 abandonó su cuerpo y regresó a la Fuente Infinita para embarcarse en su próxima aventura.
Dee Garnes reside en Hawái con su esposo y sus dos hijos. Ha trabajado en el ámbito de la sanación como masajista terapéutica durante más de 13 años y ha sido asistente de Wayne Dyer. En su tiempo libre, cuando no se dedica a perseguir a su hijo de dos años o a cuidar a su hija de pocos meses de edad, le gusta adentrarse a nadar en el mar, practicar paddle surf y hacer senderismo.

• Encuadernación: Rústica
• Dimensiones: 14,5 x 21 cm
• Nº Pág.: 220

ÍNDICE

Introducción del doctor WAYNE W. DYER      1 1
Introducción de DEE GARNES     15
CAPÍTULO 1. Recuerdos del cielo      19
CAPÍTULO 2. Recuerdos de vidas pasadas      49
CAPÍTULO 3. Recuerdos de la elección de los padres      73
CAPITULO 4. Recuerdos de reencarnaciones dentro
de la misma familia e inversión de papeles      101
CAPÍTULO 5. Recuerdos de una conexión espiritual
con nuestra fuente      121
CAPITULO 6. Sabiduría mística y precognitiva      145
CAPITULO 7. Amigos invisibles y visitas espirituales      169
CAPITULO 8. Historias de ángeles      197
Epílogo      217
 Biografía de los autores      219

INTRODUCCION
DEL DOCTOR WAYNE W. DYER

HE TENIDO LA SUERTE de mantener a lo largo de toda mi vida una verdadera historia de amor con los niños, especialmente con los recién nacidos, los bebés y los niños muy pequeños. Si hay un bebé en la habitación, siento la necesidad de acercarme; es como si irradiara una fuerza magnética que atrajera toda mi atención. Como padre de ocho hijos, he pasado innumerables horas única y exclusivamente mirando a los ojos del último en llegar a nuestra familia. En esos momentos de intimidad acostumbro a enviarles mensajes mentales en los que les pregunto cosas sobre Dios y sobre cómo es el informe mundo espiritual.
He pasado muchísimas horas de mi vida sentado en el suelo, en contacto directo con esos recién llegados. Siempre me ha fascinado el hecho de que aparecen en este mundo ya con ciertos rasgos de personalidad. Me encanta preguntarles a los niños que empiezan a hablar por los recuerdos que tienen de sus experiencias previas a la llegada a esta tierra. De hecho, este libro nació después de que mi coautora, Dee Garnes, tuviera una de estas conversaciones con su hijo, Marcus, que comenzaba a comunicarse con palabras (la historia de esta feliz conversación aparece en la introducción de Dee, justo a continuación de la mía).
Por eso, para este libro, les pedÍ a adultos de todo tipo y condición que compartieran con nosotros la sabiduría de sus pequeños. Además, yo también cuento aquí muchas de las experiencias que he vivido en relación con los recuerdos de mis hijos. Tras leer las respuestas que Dee y yo recibimos de personas de todo el planeta, estoy más que convencido de que hay mucho más en esta vida que los pocos años que pasamos en la Tierra. Y son nuestros niños los que pueden ofrecernos algunos destellos de ese mundo inconmensurable, infinito e invisible que todavía tenemos que descubrir. Al fin y al cabo, todavía no les ha dado tiempo a olvidarlo.
Siempre me ha gustado el poema escrito por el poeta inglés William Wordsworth titulado Oda: Atisbos de la inmortalidad en los recuerdos de la infancia. Uno de los versos dice: «Nuestro nacimiento no es más que un sueño y un olvido». Cuando miraba a los ojos de alguno de mis hijos recién nacidos, veía precisamente eso que describe el poeta. Toda la experiencia humana es como un sueño: nos dormimos, soñamos, y después nos despertamos y olvidamos todas las fabulosas experiencias del sueño. Pero a veces recordamos algunos detalles, sobre todo justo cuando acabamos de despertar. Al contemplar esos milagros, esos recién llegados apoyados en mi regazo, era consciente de cuánta verdad encerraban las palabras de Wordsworth.
Puede que nuestro nacimiento sea un sueño, pero los niños no olvidan todo lo anterior; esa idea fue la que nos inspiró para reunir esta recopilación de historias. Todos los recuerdos que aparecen aquí han salido de la boca de niños que parecen conservarlos, como los adultos que retienen en su mente lo que les ha pasado en ese mundo misterioso de los sueños en el que entramos cada noche y en el que vivimos durante al menos un tercio del tiempo que pasamos aquí.
Dee y yo hemos leído los miles y miles de testimonios que nos llegaron cuando hicimos el llamamiento pidiendo anécdotas personales contadas por niños sobre sus recuerdos del Cielo, y, personalmente, me he dado cuenta de que muchas de las historias que mis hijos me contaron cuando estaban aprendiendo a hablar, y que yo creía que eran únicas y personales, algo propio de mi familia, han resultado ser universales: un gran número de personas nos han relatado historias idénticas de niños que recuerdan haber elegido a sus padres para este viaje, que tenían amigos invisibles que solo ellos veían, que vivieron ya antes dentro de la misma familia, que han recibido la visita de Dios, etcétera.
A estas alturas ya hay mucho escrito sobre vidas pasadas y sobre la presencia de ángeles entre nosotros, en muchos casos sustentado además por rigurosas pruebas científicas. Incluso yo viví un viaje a una vida pasada y con el tiempo mi mente se ha ido abriendo y enriqueciendo gracias a una estrecha colaboración con estudiosos muy respetados que han apoyado con testimonios convincentes la tesis de la existencia real de un reino espiritual infinito. Pero estos niños que acaban de llegar aquí y que todavía atesoran vestigios del Cielo (de los que hablan con una seguridad inquebrantable) son quienes nos dan las mejores pistas sobre el mundo que hay más allá. Y por ello es a esas voces a las que está dedicado este libro.
En esa misma oda de Wordsworth, hay unos versos que dan que pensar: «El alma que surge con nosotros, la estrella de nuestra vida, tuvo su ocaso en otro lugar, y venía de lejos [...I Venimos de Dios, que es nuestro hogar». Al leer estas fascinantes historias sobre el mundo que hay más allá del que vemos y experimentamos con nuestros cinco sentidos, no olviden que estos pequeños seres están ahora viviendo en el Cielo de nuestros hogares. Y tienen mucho que enseñarnos a todos.

INTRODUCCIÓN DE DEE GARNES

EL DOCTOR WAYNE DYER y yo somos grandes amigos desde hace muchos años. Empezamos siendo vecinos, después se convirtió en uno de los clientes de mi centro de masaje y finalmente comencé a trabajar con él como ayudante. Tras el nacimiento de mi hijo Marcus, Wayne me animó a hacerle preguntas del tipo de si recordaba a Dios o cómo era el Cielo. Y a raíz de esa sugerencia nació este libro.
Un día, cuando Marcus tenía dieciocho meses y yo estaba embarazada de mi segunda hija, Shiloh, estábamos sentados a la mesa para cenar y rezamos la oración favorita de mi infancia: «Gracias, Señor, por el mundo tan dulce que tenemos. Gracias por la comida que comemos. Gracias por los pájaros que oímos cantar. Gracias, Señor, por todo lo que podemos disfrutar».
Cuando empezamos a comer, yo me quedé mirando, llena de orgullo, a ese increíble pequeño milagro que, sentado a mi lado, se esforzaba para utilizar el tenedor y se emocionaba y sonreía encantado cada vez que lograba llevárselo a la boca. Estaba resplandeciente con sus rizos rubios, los profundos ojos azules y la piel perfecta. Recuerdo que me puse una mano sobre el vientre, sintiéndome increíblemente afortunada. Me surgieron de re-
gente muchísimas preguntas sobre esas vidas que mi marido Trey y yo habíamos creado (todavía estoy asombrada de que esas criaturas tan adorables sean mis bebés).
Me acordé de lo perplejos que nos quedamos Trey y yo meses antes, cuando Marcus puso sus manitas sobre mi vientre, dio unas palmaditas y dijo: «¡Bebé? ¡Bebé?». Yo no sabía que estaba embarazada de Shiloh; de hecho, debía de estar embarazada de un día o dos. Pero Marcus, con su infinita sabiduría, notó el principio de ese milagro creciendo en mi interior y lo anunció con una certeza absoluta.
Mientras miraba a mi hijo esa noche, pensaba: «No sé cómo, pero yo he hecho a este niño, todas las partes de su cuerpecito... Pero ¿de dónde vino? ¿Cómo desarrolló su consciencia?». Cualquiera que haya tenido contacto con bebés y niños sabe que su presencia en este mundo resulta un verdadero misterio. Así que, sin pensarlo, dije maravillada:
—¿Pero tú de dónde has venido?
No esperaba una respuesta, porque Marcus solo sabía decir unas cuantas palabras, pero para mi sorpresa dejó el tenedor, miró arriba y levantó los dos brazos en dirección al cielo. ¡Dios mío...? Esa reacción fue lo que provocó que le hiciera la siguiente pregunta, una de las que Wayne me había sugerido:
—¿Y cómo es Dios?
Marcus me miró directamente a los ojos y, sencillamente y sin darle mayor importancia, respondió con su dulce voz angelical: —Luz.
En ese momento comprendí que el niño que estaba sentado a mi lado y el bebé que crecía en mi vientre eran mucho más que sus cuerpecitos diminutos. Tenían almas dotadas de una sabiduría que venía de más allá de este reino terrenal y que quedaba fuera de mi comprensión. «Si les escuchamos, tendrán mucho que enseñarnos», pensé; acababa de darme cuenta de ello.
Le conté la historia a Wayne al día siguiente y él me animó a escribirla. Lo hice mientras aguardaba en la sala de espera de la consulta del médico para una de las revisiones prenatales. Con mi permiso, Wayne colgó la historia en su página de Facebook e invitó a otras personas a compartir sus experiencias también. Las respuestas y los comentarios empezaron a llegar por decenas, y así nació este libro.
Mi papel en Memorias del Cielo ha sido el de recopilar las historias y organizarlas en capítulos. Esa tarea me intimidaba bastante en un principio, porque recibimos miles de contribuciones e inicialmente no tenía ni idea de en qué categorías podía agruparlas. Pero cuando las fui leyendo, los capítulos surgieron prácticamente solos. Wayne y yo nos reuníamos cada dos semanas para trabajar en un capítulo. Revisábamos cada historia y la leíamos en voz alta; después, él se llevaba el capítulo a casa y reflexionaba sobre su contenido durante un par de semanas. Finalmente escribía su introducción y hacía sugerencias.
He leído muchísimas historias y he hablado con un montón de padres que han compartido con nosotros las palabras de sabiduría y los recuerdos de sus hijos. La lectura de estos relatos mientras estaba embarazada y con un niño pequeño ha resultado ser un viaje muy interesante para mí. Todas ellas me enseñaron, como dice Wayne, «a tener una mente abierta a todo y que no se aferre a nada». Descubrí que los ángeles existen, que es mejor llamar amigos invisibles a lo que hasta entonces eran para nosotros amigos imaginarios, que la sabiduría profunda tal vez tenga su origen en experiencias de vidas anteriores, que algunos de nosotros llegamos a elegir a nuestros
padres o a ciertos familiares... Y que las posibilidades son infinitas.
Mientras escribo esto, Marcus, que ya tiene dos años, está dormido a mi derecha; Shiloh, de ocho semanas, duerme a mi izquierda, y las palabras de Charles Dickens resuenan en mi cabeza: «Adoro a los niños y creo que no es nada desdeñable que ellos, que acaban de estar con Dios, nos adoren también». Siento que es una gran bendición poder disfrutar de la presencia de estos dos seres llenos de amor. Y pensar que ellos me eligieron para ser su madre me hace sentir inmensamente honrada.
Una mujer muy sabia que conocí hace poco me dijo esto: «Cuando llegamos al mundo, nosotros lloramos y el resto del mundo ríe. Cuando lo dejamos, nosotros reímos y todos los demás lloran». Tal vez los bebés lloran porque echan de menos el lugar de donde vienen. Si escuchamos a nuestros hijos con el corazón y la mente abiertos, aprenderemos muchísimo de ellos. Y quizás llegaremos a ser capaces de ayudar a las siguientes generaciones a no olvidar de dónde vienen ni el increíble y emocionante viaje que hay más allá de este mundo físico.

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