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Jung Y El Tarot Maximizar

Jung Y El Tarot

Sallie Nichols (aut)

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Un viaje arquetípico
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Un viaje arquetípico

Prólogo de E. Eskenazi e introducción de L. van der Post
Esta innovadora obra presenta una detallada y penetrante interpretación del tarot mágico en términos de la psicología arquetípica de Jung. Considerando los arcanos mayores como un mapa que describe el viaje hacia la autorrealización, Sallie Nichols nos ofrece diversas técnicas para utilizar las cartas y adquirir concienciamiento práctico en el camino.

He aquí un libro innovador que ofrece una detallada y penetrante interpretación del Tarot en términos de psicología junguiana. A través de la analogía con las humanidades, la mitología y las artes visuales, Sallie Nichols ayuda a que cada lector experimente de forma única y personal las intrigantes imágenes del Tarot. Considerando los arcanos mayores como un mapa que describe el viaje hacia la autorrealización, la autora nos ofrece diversas técnicas para utilizar las cartas y adquirir concienciamiento práctico en el camino.
Russell A. Lockhart, reconocido analista junguiano, ha comentado sobre el libro: «Dos grandes tradiciones se casan en esta obra: el Tarot mágico e incontrolable y la psicología arquetípica de Jung. Esta boda, tan esperada como debida, ha sido posible no sólo por la habilidad y sabiduría de S. Nichols, sino también por su amor y cuidado por las imágenes del Tarot. El resultado es un soberbio y significativo volumen que servirá de alimento a las mentes más críticas. Todo lector que sienta interés o fascinación con el poder de la imagen sobre la psique encontrará en Jung y el Tarot justamente eso: un viaje al reino donde la imagen, la psique y el alma encuentran su fuente y su meta».

Sallie Nichols estudió en el C. G. Jung Institute de Zurich, mientras Jung estaba todavía al frente, y profundizó en la psicología arquetípica. Desde entonces ha enseñado, principalmente en el C. G. Jung Institute de Los Angeles, simbolismo del Tarot.

PRÓLOGO

Los inquietantes naipes que integran el Tarot han sido objeto de diversos enfoques: el más frecuente los considera como un artefacto adivinatorio; el más inquietante los reconoce como páginas del legendario «libro de Thot», dios de la sabiduría, contador de estrellas, inventor de la escritura, maestro de las palabras de poder y de su correcta pronunciación. La primera tendencia ha producido una lamentable literatura consistente en manuales plagados de recetas para leer la ventura; la segunda abunda en confusas especulaciones «esotéricas» que casi siempre encubren ideologías discutibles. El presente libro no incurre en ninguna de estas vulgaridades sin, no obstante, renunciar a ambos enfoques.
Quienes ven en el Tarot el «libro de Thot», que no es otro que Hermes Trismegisto, personificación del discurso divino, recurren a una metáfora que expresa la convicción de que sus símbolos son portadores de conocimiento. La cosa se complica cuando se trata de determinar en qué consiste tal conocimiento: rosacruces, aficionados a la cábala, teósofos y ocultistas de diversas tendencias presintieron en esta baraja un posible modelo del universo. No me refiero a un modelo «intelectual», que propende a una explicación, sino más bien a una construcción «simbólica» que apunta a una toma de conciencia. En este sentido «conocer» no implica disponer de una teoría o de un conjunto de informaciones, sino ante todo «devenir consciente» y así transfigurar la existencia. Sallie Nichols apuesta por esta concepción, sin tener que asumir los riesgos de una metafísica: el modelo que descubre en el Tarot no es otro que el despliegue mismo de la vida anímica. Y para ello apela a un lenguaje hermosamente diseñado a tal fin: la psicología de Jung.
Puede afirmarse un poco en broma que Jung no era tanto un psicólogo preocupado por temas del ocultismo —conocidas son sus obras sobre alquimia, gnosticismo, teología, etc. — sino más bien un ocultista disfrazado de psicólogo. Con ello se alude al
hecho de que su pensamiento reformula una visión muy antigua —«perenne»— a través de un lenguaje contemporáneo; cl mismo sostenía que la verdad eterna necesita del lenguaje humano, que varía con el espíritu de la época. Y una de las tesis fundamentales de Jung es que en el alma hay un proceso autónomo, independiente de las circunstancias, que aspira a una meta, al que denominó «proceso de individuación». Así, nos encontraríamos con dos sujetos de la existencia: por una parte el sujeto consciente, el «yo» más o menos diurno, y por la otra el sujeto integral de tal proceso autónomo, con el cual el «yo» puede cooperar o luchar y al que habitualmente desconoce. A este segundo sujeto Jung lo llamó «sí mismo». Esta concisa exposición, errónea por su misma breve-dad, destaca un factor dramático en el desarrollo de la existencia. El pensamiento de Jung es la explicitación y aproximación a este drama íntimo que, si bien compromete a la faceta consciente de la personalidad, acaece en gran parte más allá de sus fronteras, en esa región misteriosa llamada «el inconsciente». Es por ello que el proceso de individuación no se expresa por conceptos —que atañen a la consciencia— sino por símbolos, que abarcan tanto la consciencia como el inconsciente.
Sallie Nichols, utilizando el lenguaje de Jung, adivina en el despliegue del Tarot una especie de mapa de este viaje interior en el cual todos nos hallamos embarcados. El mismo Jung consideraba que su pensamiento reformulaba la problemática que tanto obsesionó a los alquimistas: el libro de Nichols, al recurrir a Jung, no deja de vincularse así con Hermes Trismegisto, patrono de la alquimia. Y si, como bien señaló Bachelard: «con su escala de símbolos, la alquimia es un memento para un orden de meditaciones intimas», el Tarot se revela como un ordenamiento simbólico sorprendentemente adecuado para tan amorosa meditación.
¿Y qué hay de la adivinación? Si por tal entendemos no tanto la predicción de acontecimientos como la comprensión del destino, entonces la adivinación no consiste sino en la revelación del proceso alquímico. En efecto, ya Heráclito afirmó en el siglo V a. de C. que «el carácter (ethos) es, para los hombres, su destino (daimon)». Presiento aquí la misma convicción que llevó a inscribir en la entrada al oracular templo de Apolo en Delfos la máxima: De ahí que pueda afirmarse que, cuando se consulta el Tarot, no son las cartas lo que hay que leer: lo que debe leerse es la propia vida. Los símbolos no se resuelven en situaciones, sino que sugieren el significado de las mismas. Por ello recogen lo que hay de más inmediato en la experiencia básica, que es siempre nosotros mismos, nuestras pasiones sordas, nuestros deseos inconscientes, para destilarlo en comprensión, esto es, en consciencia. En este sentido, el libro de Sallie Nichols abarca la faz adivinatoria del Tarot, que es corolario de su vertiente meditativa.
Medio de autoconocimiento, de descubrimiento del «ethos», el Tarot es, por lo mismo, un medio de adivinación: reconocimiento del «daimon» que orienta el viaje del que somos, a menudo sin sospecharlo, punto de partida, transcurso y meta. Nichols abarca ambas dimensiones con elocuente brillantez. Si su claridad y su lenguaje coloquial son de agradecer, no lo es menos su enfoque, el cual, eludiendo las exageraciones y las supersticiones que amenazan a toda aproximación al Tarot, nos ayuda a conocer la riqueza de sus símbolos y, con ello, a conocernos a nosotros mismos.

Enrique Eskenazi Barcelona, 1988

INTRODUCCIÓN

Una de las principales fuentes de dificultad que existe en comprender la naturaleza y magnitud de la contribución que Jung aportó a la vida de nuestro tiempo, se debe a que tanto sus seguidores como sus discípulos creen que el interés principal se halla en lo que llamó el «inconsciente colectivo» en el hombre. Es verdad que fue el primero en descubrir y explorar el inconsciente colectivo, y darle una importancia y un significado verdaderamente actuales. Pero, en última instancia, no fue el misterio de este inconsciente universal en la mente del hombre, sino un misterio mucho mayor, lo que obsesionaba a su espíritu y le condujo hacia esta investigación, y esto era el misterio de la consciencia y su relación con el gran inconsciente.
No es sorprendente, pues, que fuera él el primero en establecer la existencia de la mayor y más significativa de todas las paradojas: el consciente y el inconsciente existen en un estado de pro-funda interdependencia y el bienestar de uno es imposible sin el bienestar del otro. Si alguna vez la conexión entre estos dos gran-des estados del ser se debilita o se desequilibra, el hombre enferma y su vida pierde significado. También, si se interrumpe el flujo de un estado a otro, el espíritu humano y la vida en la tierra caen en el caos y en la negra noche. Por lo tanto, para Jung la consciencia no es, como por ejemplo para los positivistas lógicos de nuestro tiempo, meramente un estado racional e intelectual de alma y del espíritu. No es algo que dependa solamente de la capacidad de articulación del hombre como sostienen algunas escuelas de filosofía moderna, hasta el extremo de pretender que lo que no se puede articular verbal y racionalmente, carece de significado y no merece ser expresado. Por el contrario, demostró empíricamente que la consciencia no es sólo un proceso racional y que el hombre moderno precisamente está enfermo y desprovisto de sentido, debido a que desde hace siglos, desde el Renacimiento, ha perseguido cada
vez más un desarrollo equivocado, bajo el supuesto de que la consciencia y los poderes de la razón son una y la misma cosa. Y cual-quiera que crea que esto es una exageración, que considere el «Pienso, luego existo» de Descartes y podrá identificar inmediata-mente el caos que esto provocó en Europa, conduciéndola hasta la Revolución Francesa, cómo inició una monstruosa primavera en la Rusia soviética y promovió la sumisión del espíritu creativo del hombre en lo que una vez fueron las ciudadelas del significado de la vida, a saber: las iglesias, los templos, las universidades y las es-cuelas de todo el mundo.
De su trabajo entre los así llamados «enfermos» y los cientos de «neuróticos» que acudían a él, Jung obtuvo pruebas de que la mayoría de estos desórdenes mentales los causaba un estrecha-miento de la consciencia, y que cuanto más estrecha es y más racionalmente enfocada está la consciencia del hombre, mayor es el peligro de oponer entre sí a las fuerzas universales del inconsciente colectivo, hasta el punto de que se levanten, por así decirlo, en rebelión, e invadan los últimos vestigios de una consciencia tan dolorosamente adquirida por el ser humano. La respuesta para él era clara: sólo trabajando continuamente en el incremento de su consciencia hallaba el hombre su mayor significado, así como la realización de sus valores más altos. Jung estableció, volviendo a su paradoja original, que la consciencia es el más profundo sueño del inconsciente y que tan atrás como uno pueda llegar siguiendo la huella del espíritu del hombre, allá donde se desvanece en el último horizonte del mito y de la leyenda, el hombre ha luchado incesantemente para adquirir una consciencia cada vez más amplia, a la que él prefirió llamar «darse cuenta» (awareness). Este darse cuenta, para él tanto como para mí, incluía todo tipo de formas de percepción irracionales, tanto más preciosas en cuanto que son los puentes que unen la inagotable riqueza de significado aún desconocido del inconsciente colectivo, siempre dispuestas a aportar los refuerzos que amplíen y confirmen el conocimiento del hombre comprometido en una campaña sin fin contra las exigencias de la vida en el aquí y el ahora.
Esta es, quizá, una de sus más importantes contribuciones para una nueva y mayor comprensión de la naturaleza de la consciencia; solamente podía ampliarse y renovarse a medida que la vida
pidiera dicha renovación y ampliación; mateniendo sus líneas irracionales de comunicación con el inconsciente colectivo. Por eso tuvo en gran consideración todas las formas irracionales con que el hombre había tratado de explorar los misterios de la vida y había estimulado el conocimiento consciente del universo en expansión a su alrededor hacia nuevas áreas de conocimiento y de vida. Esto explica el interés que demostró, por ejemplo, por la astrología y el significado del Tarot.
Reconoció, como en muchos otros juegos y artes primordiales de adivinación de lo oculto y del futuro, que el Tarot tenía su origen y raíz en profundos modelos del inconsciente colectivo con acceso a potenciales de consciencia incrementada y que únicamente se adquirían cotejando estos modelos.
Este reconocimiento fue otro de estos puentes irracionales que permitieron llevar día y noche, a través de la aparente escisión entre consciente e inconsciente, lo que debiera ser una corriente creciente de tráfico entre la oscuridad y la luz.
Sallie Nichols, en su profunda investigación sobre el Tarot yen su acertada exégesis del mismo como modelo de un intento auténtico de ampliación de las posibilidades de la percepción humana, ha realizado un inmenso servicio a la psicología analítica, que necesariamente ha descrito de una forma super-simplificada. Su libro nos enriquece y nos ayuda a comprender las enormes responsabilidades que la consciencia nos impone.
Además, en su libro ha hecho algo que la gente que dice conocer la gran obra de Jung a menudo no consigue. Jung, como persona profundamente intuitiva que era, se vio impulsado por su visión demoníaca a no detenerse en ningún aspecto particular de su visión. Se requería todo lo que él tenía de razón y el método de un dedicado científico, como él lo era, para conseguir la voluntad necesaria que le permitiera permanecer el tiempo suficiente en un estadio particular de su obra, a fin de establecer empíricamente su validez. Una vez hecho esto, tuvo que, por así decirlo, desmontar su carpa intelectual y enviar la caravana mental hacia el siguiente estadio de su viaje sin fin... Su espíritu, como era inevitable en una época tan peligrosa como la nuestra (un alma intuitiva le exhortaba), se sentía desesperadamente apresurado. Como resultado, casi todo lo que trabajó requiere ampliación y Sallie Nichols, en
este libro, ha prestado un inmenso servicio a la psicología junguiana y a todos los que intentan servirla por la manera en que ha ampliado nuestro conocimiento del rol de una importante fuente de consciencia irracional. Además lo ha hecho de una manera nada árida y académica, sino como un acto de conocimiento que se deriva de su propia experiencia del Tarot y de sus luces extrañamente trasparentes. Como resultado de todo ello, su libro no sólo vive, sino que infunde vida a quienes se ponen en contacto con él.

Laurens van der Post

ÍNDICE

Prólogo, por Enrique Eskenazi 9
Introducción, por Laurens van der Post 13
1. Introducción al Tarot 17
2. Mapa del viaje 27
3. El Loco: En el Tarot y en nosotros 47
4. El Mago: Creador y tramposo 75
5. La Papisa: Sacerdotisa del Tarot 109
6. La Emperatriz: Señora, Gran Madre y reina del cielo
y la tierra 129
7. El Emperador: Padre de la civilización 149
8. El Papa: El rostro visible de Dios 171
9. El Enamorado: Víctima del error dorado de Cupido 185
10. El Carro: Nos lleva a casa 199
11. La Justicia: ¿Existe? 217
12. El Ermitaño: ¿Hay alguien ahí? 233
13. La Rueda de la Fortuna: ¡Socorro! 253
14. La Fuerza: ¿De quién? 283
15. El Colgado: Intriga 301
16. La Muerte: El enemigo 317
17. La Templanza: Alquimia celestial 345
18. El Diablo: Ángel oscuro 361
19. La Torre de la destrucción: El golpe de liberación 391
20. La Estrella: Un rayo de esperanza 407
21. La Luna: ¿Doncella o amenaza? 433
22. El Sol: Centro radiante 451
23. El Juicio: Una llamada 465
24. El Mundo: Una ventana a la eternidad 481
25. Sobre cómo echar las cartas 505
Referencias 529

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