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El impacto de las emociones en el ADN Maximizar

El impacto de las emociones en el ADN

Nathalie Zammatteo (aut)

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Epigenética

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9788491110415

El impacto de las emociones en el ADN, por Nathalie Zammatteo. ISBN: 9788491110415

Cada célula del cuerpo lleva en su núcleo el mismo ADN que contiene toda la información necesaria para construir el conjunto del cuerpo. Así, aunque cada célula sólo exprese una parte de toda esa información, ésta está contenida en una pequeñísima parte de la célula. El ADN está controlado por señales externas a la célula, provenientes del entorno.
El ADN cuenta con millones de interruptores que permiten a los genes ser leídos o permanecer en silencio. La ciencia que estudia esos interruptores y la interacción entre el ADN y el entorno se llama epigenética. Recientes descubrimientos han demostrado que todo lo que forma parte de nuestro entorno, también las emociones, influye en la apertura o cierre de esos millones de interruptores del ADN, y ello repercute en nuestra salud.
Mientras que la información que llevan los genes es estable, como lo es la tinta de un bolígrafo, las etiquetas epigenéticas tienen una estabilidad relativa, ya que se pueden borrar como se borra el lápiz. Por lo tanto, existe una reversibilidad potencial que permite recuperar la salud. El objetivo principal de este libro es el de proponer la observación de los condicionamientos emocionales bajo un nuevo prisma, el de la epigenética, a fin y efecto de ofrecer a cada cual la posibilidad de encontrar un nuevo equilibrio.
 
NATHALIE ZAMMATTEO

Licenciada en la Universidad de Namur, en Bélgica, doctorada en Ciencias Biológicas, Nathalie Zammatteo es una gran estudiosa del ADN. Ha colaborado en el desarrollo de kits de detección de agentes patógenos en el ADN y ha participado en diversos proyectos de investigación sobre el cáncer de piel y el de mama. Tras sufrir problemas de salud, Nathalie pudo constatar que todo lo que constituye nuestro entorno deja huellas en el ADN y modifica la forma en que nuestros genes se expresan. A partir de ahí, se sumergió en la epigenética, es decir, en el impacto de las emociones sobre el organismo.

Prefacio

Nos prometieron la luna, el conocimiento último, el secreto de los dioses: más de cincuenta años después del descubrimiento de la estructura tridimensional de la doble hélice del ADN, por Watson y Crick, la secuenciación del genoma humano no ha aportado los resultados esperados. Esta decepción ha ofrecido, sin embargo, una vía de trabajo a los investigadores en epigenética.
«La epigenética es el estudio de los cambios en la actividad de los genes que se transmiten a través de las divisiones celulares y de las diversas generaciones, sin tratarse de mutaciones de ADN», según Vincent Colot del Instituto de Biología de la Escuela Normal Superior. Este enfoque sugiere que nuestras vivencias, nuestra forma de vida e incluso nuestra alimentación, es decir, el conjunto de nuestra relación con el entorno, influye en la herencia biológica que transmitimos.
En su obra, Nathalie Zammatteo, bióloga de formación, nos permite descubrir de manera clara y didáctica el universo de la epigenética y nos describe las diferentes investigaciones llevadas a cabo en el mundo animal y humano, con-
cernientes a la incidencia de los traumas emocionales sobre el material genético.
Para ilustrar dicho proceso, nos propone echar un vistazo desde la concepción hasta la edad adulta de dos gemelas homocigóticas, para comprender la naturaleza de su parecido y las razones de sus diferencias.
Las circunstancias del nacimiento, desde la concepción hasta la expulsión, igual que los traumas vividos por las generaciones precedentes, son susceptibles de modificar el ADN, de encender ciertos interruptores genéticos y de apagar otros. Son capaces de afectar a la fisiología y a la expresión de la personalidad.
Elizabeth Blackburn, premio Nobel de Medicina del año 2009, y Elisa Epel, psiquiatra en la Universidad de California, demostraron desde 2004 que el ADN de las madres de niños que sufrían una enfermedad crónica grave, como autismo o IMC, presentaban signos de envejecimiento precoz (a nivel de telómeros, acortados como si fueran de 9 a 17 años más viejas que en realidad).
«Observamos, así, un nexo directo entre las emociones y lo que pasa dentro de la célula, y también hemos constatado que cuando el nivel de estrés disminuye ¡la longitud de los telómeros aumenta!» subraya Elissa Epel.
Dos siglos antes de Bruce Lipton, Jean-Baptiste de Lamarck nos había prevenido: en su punto de vista visionario, el entorno dicta un cambio benéfico para el individuo, que será transmitido a su descendencia. Esta «herencia de caracteres adquiridos» gobierna la evolución de las especies.
«Es la interacción entre el entorno y el ADN lo que determina lo que somos», nos plantea Nathalie Zammatteo.
Nuestras experiencias, nuestras emociones y nuestras acciones conforman la expresión de nuestros genes permanentemente.
Con la «dinámica emocional», postulamos que nuestras emociones están en el corazón de este proceso de interacción. Las emociones, que son las que nos permiten relacionarnos con nuestro entorno y adaptarnos a él, se transmiten parcialmente por el ADN y están íntimamente ligadas al nacimiento.
La implementación de matrices emocionales corresponde al proceso del nacimiento, desde la concepción hasta el momento de la expulsión. Es un momento crucial, determinante para la huella emocional que influirá en el desarrollo de la personalidad y de la identidad de un ser humano.
La epigenética abre nuevas perspectivas en términos de tratamiento porque algunas de esas huellas del epigenoma son reversibles. Evidentemente, la industria farmacéutica ya ha puesto el ojo en este mercado y ya saben que hay estudios que demuestran la eficacia del Prozac o del valproato en ciertos desórdenes psicológicos.
Otros estudios han demostrado la acción de la meditación, de la actividad física, de los masajes, de la risa o de la alimentación. Cada uno escoge la terapia que mejor le va.
Nathalie Zammatteo ha desarrollado una aproximación que conoce perfectamente por haberla experimentado como paciente antes de convertirse, ella misma, en terapeuta: la Coherencia Somato-Física©.
La CSF© es una técnica terapéutica desarrollada por la kinesioterapeuta belga Fabrice Charles, que permite detectar los bloqueos y memorias traumáticas del cuerpo mediante la lectura específica de nuestra biología.
La autora nos presenta una serie de testimonios, cada uno de ellos en relación con una de las etapas de proceso de nacimiento, lo que la convierte en tremendamente agradable. Tanto, que la conclusión de su obra es: cada cual es capaz de encontrar la solución que le conviene.
Y es verdad.
Doctor Jean-Pierre GARITTE, médico psiquiatra y psicoterapeuta, es coautor, junto a Jimmy EEREBOUT, del libro Matrices émotionnelles et révolution personnelle.

Prólogo:
Un descubrimiento
que te concierne

Si yo te dijera que sólo con tomar conciencia de un problema de salud, tienes ya la capacidad de encontrar una solución al problema ¿qué te parecería?
Tanto si se trata de una indigestión, de una inflamación de rodilla, de una jaqueca, de una difícil relación de pareja o de la pérdida de un empleo, tienes la posibilidad de tomar conciencia hasta el punto que te inspire una solución adaptada.
¿Cómo es eso posible?
El secreto reside en la posible reprogramación del ADN.*
Al principio, todo ser humano sale de una sola célula resultante de la fusión de un óvulo y un espermatozoide. Dicha célula contiene un núcleo minúsculo. En ese núcleo se encuentran las cadenas de ADN, con sus 46 cromosomas. El ADN de esa primera célula es heredado, a medias
de tu padre –a través de su espermatozoide– y a medias de tu madre –a través de su óvulo–. Lo cual convierte esa célula en completamente única, con un ADN único.
En la cadena de ADN de la primera célula se encuentra toda la información necesaria para dirigir el desarrollo de todo el organismo.
Dicha información está contenida en el ADN de una manera muy parecida a como lo está la información grabada en la memoria de un ordenador. El ADN no utiliza un lenguaje binario, pero sí un lenguaje cuaternario. Mientras que las unidades de información de un ordenador son el 0 y el 1, el ADN está codificado en forma de T (Timina), A (Adenina), C (Citosina) y G (Guanina). Estas unidades se denominan bases.
El ADN está constituido por dos cadenas enrolladas en forma de hélice y unidas entre sí por las bases. Se puede comparar el ADN a una escalera cuyos pasamanos son las cadenas (figura 1). Dichos pasamanos están constituidos de azúcares y de grupos de fosfatos. Los escalones son las bases y unen los pasamanos entre sí. Ése es el papel de las bases, unir la doble hélice. La adenina de uno de los escalones se une, solamente, a la timina, formando el escalón. Del mismo modo, la citosina se une sólo a la guanina.
Si tuvieras que leer toda la información almacenada en tu ADN, tendrías entre manos un libro con miles de páginas llenas de T, A, C, G. En efecto, tu ADN contiene más de 3 millones de pares de bases.
Dado que el ADN es capaz de guiar el desarrollo de un organismo, los científicos pensaron que si se conocía la secuencia total del ADN humano, seríamos capaces de comprender mejor el funcionamiento del ser humano. En 1990, los investigadores iniciaron la investigación de la secuencia del ADN. Este proyecto finalizó en 2003 y se descubrió que el ADN tenía 22.000 genes,* que son las unidades funcionales del ADN. Los genes de cada persona son únicos y su conjunto forma lo que llamamos genoma.* Los genes orientan la construcción de los principales constituyentes celulares, es decir, las proteínas.*
Cuando los investigadores se dieron cuenta del carácter universal de la secuencia del ADN, pensaron que bastaría con modificar una parte de la cadena para modificar así el funcionamiento del cuerpo. En particular, cuando se obser-
va un problema de funcionamiento en una parte, o sea, una enfermedad, debería ser posible corregirla cambiando el ADN. El mundo entero se puso a soñar con un futuro esplendoroso en el que el ser humano podría controlar su organismo cambiando las partes defectuosas de su ADN, como quien cambia las piezas de un coche. Se inventaron expresiones tales como «terapia génica».
Desgraciadamente, cuanto más se progresaba en la investigación del ADN, más cuenta se daban los investigadores de que las cosas eran mucho más complicadas de lo que habían imaginado.
Hoy sabemos que la secuencia de ADN es importante, pero no suficiente para explicar el desarrollo de un ser humano.
¿Cuál era, entonces, el eslabón que faltaba?
Si volvemos a la primera célula salida de la unión del óvulo y el espermatozoide, veremos que empieza por dividirse en dos células hijas, cada una de las cuales contiene una copia idéntica del ADN de la célula primigenia. Ambas células hijas vuelven a dividirse en dos células más cada una, y son entonces cuatro. Vuelven a dividirse las cuatro en ocho, siempre con copias idénticas del ADN de la primera célula. Con la siguiente división se consiguen ya dieciséis células. Entonces el zigoto tiene aspecto de masa redondeada parecido a una mora. En ese momento migra hacia el útero desde la trompa, prosiguiendo la división celular.
Tras este estadio, las células siguen dividiéndose, pero empiezan a especializarse según la tarea que les será requeri-
20
da. Algunas se convertirán en células musculares, otras en dérmicas, otras en óseas, etc. Este proceso se denomina diferenciación celular. Tu organismo contiene más de 200 tipos de células diferentes.
De los cerca de 22.000 genes del ADN humano, cerca del 10 por 100 se expresarán en un cierto tipo de células concretas, por ejemplo, en las musculares. El 90 por 100 restante permanecerá en silencio.
Un gen se expresa cuando puede ser leído, esto es, traducido a una proteína.
Esta diferencia de expresión es posible gracias a la presencia de proteínas en el ADN. El conjunto formado por el ADN y las proteínas se llama cromatina.* Estas proteínas permiten al ADN compactarse para que pueda encerrarse en el minúsculo núcleo de la célula. Un gen sólo puede ser leído si las proteínas que lo rodean se separan y dejan el campo libre para que el ADN pueda leerse.
¿Por qué ciertos genes pueden ser fácilmente leídos mientras que otros persisten en su silencio?
El ADN cuenta con una especie de interruptores que se encargan de esta función. Estos interruptores son tan importantes como los mismos genes. Los investigadores han contado, hasta el momento, cerca de 4 millones de interruptores en el ADN humano. ¡Recordemos que sólo hay unos 22.000 genes!
¿Quién controla estos interruptores?
Los interruptores están controlados por el entorno y la constante interacción con él. La ciencia que estudia estos interruptores y la interacción entre el ADN y el entorno se llama epigenética.* El conjunto de interruptores se llama epigenoma.*
Para saber más sobre la historia de la epigenética, véase el anexo II al final del libro.
El ADN no está solamente constituido por genes que deciden ellos solos lo que eres, lo que llegarás a ser, tus enfermedades. No te encierran en una especie de prisión genética* de la que jamás podrás huir. El hecho de que el gen mismo sea controlado por factores externos, que afectan a la cadena del ADN, prueba perfectamente que nada está totalmente determinado con antelación.
En efecto, descubrimientos recientes en epigenética demuestran que todo lo que forma parte de tu entorno (lo que comes, tus emociones, las vibraciones, tu actividad física) influye en la apertura o clausura de esos millones de interruptores en tu ADN, afectando incluso a tu salud.
Los genes no son capaces de activarse por sí mismos, su activación depende de señales que provienen del entorno.
Dado que es el entorno el que controla los interruptores, si una situación determinada convierte a un gen en silencioso, un cambio de entorno puede restaurar su capacidad de expresión.
El secreto de la reprogramación del ADN reside en la reversibilidad del proceso.
En la actualidad, numerosos artículos científicos hablan de ello. Sin embargo, su contenido sólo es accesible a los expertos en la materia.
Desde hace poco, este tema se ha abordado en artículos divulgativos (Science & Vie 2010; Pour la Science 2012 y 2013; La Recherche 2012; Le Monde, 2012).
La información ya es accesible para todo el mundo.
El entorno es un ámbito de estudio muy amplio, así que yo me centro, para este libro, en el impacto de las emociones sobre el ADN. La misión que me mueve es hacer que la información llegue a todos.
¿Estás listo para empezar a leer?
Lo que te presento en las siguientes páginas es un viaje por tu interior. Cada uno tiene la posibilidad de ser actor en el regreso a su propio bienestar. Basta con pasar la página para que tu visión de la enfermedad cambie para siempre.
En el curso de este viaje, Marie y Lisa nos acompañarán. Siendo auténticas gemelas, empezaron su existencia con el mismo genoma exactamente. Sin embargo, según sus experiencias vividas, su epigenoma se va diferenciando cada vez más.

PRIMERA PARTE
El estrés emocional deja huellas
en nuestro ADN
El entorno moldea nuestros genes

Marie y Lisa
Marie y Lisa son gemelas. Nacieron el 9 de mayo de 1979 y ahora tienen 36 años.
¿Por qué Marie y Lisa se parecen tanto?
Durante la fecundación del óvulo por el espermatozoide se formó el zigoto, pero se dividió inmediatamente en dos, de donde salieron Marie y Lisa. Su similitud resulta del hecho que ambas llevan exactamente el mismo ADN.
La casa y los planos
Si nuestro organismo fuera una casa, el ADN serían los planos. Este bagaje contiene toda la información que permite fabricar un ser humano.
El ADN es el mayor banco de datos que pueda concebirse, comprendiendo todas las instrucciones que cada célula necesita para llevar a cabo la tarea que se le exige. Dicho de otro modo, cuando una célula quiere hacer una cosa, va al banco de datos que está en el interior de su núcleo, escoge el fichero que contiene las instrucciones precisas que le interesan, toma nota y luego ejecuta la tarea exactamente con toda la precisión que se indica en el fichero. Continuando con este símil, cada fichero representa una unidad funcional del ADN, es decir, un gen. El conjunto de todos los genes forma el genoma.
Por ejemplo, un gen encierra la información necesaria para la fabricación de los ojos, cuyo color tendrá en cuenta alguna de las características de la familia en particular a la que pertenezca el individuo.
Marie y Lisa
Marie y Lisa tienen exactamente el mismo ADN en cada célula de su cuerpo, por eso se parecen como dos gotas de agua.
Pero, a pesar de tanta similitud, Marie y Lisa presentan algunos caracteres externos que permiten diferenciarlas. Con 6 años, Marie lleva el pelo largo, pero Lisa lo prefiere corto.
Marie es delgada mientras que Lisa está más redonda.
¿De dónde provienen sus diferencias? La casa, los planos y el capataz
Nuestro ADN está fijado desde nuestra concepción porque es la herencia recibida de nuestros padres. Pero está sometido a «influencias» externas.
Si nuestro organismo fuera una casa, nuestro genoma serían los planos de construcción. El epigenoma es el capataz de la obra. Es él quien da las órdenes indicando a los genes lo que tienen que hacer, en qué lugar tienen que actuar y en qué momento preciso. Pero el capataz puede estar mal aconsejado y puede decidir modificar los planos en el curso de la construcción.
Lo mismo pasa con nuestro cuerpo: los traumas, el estrés y la exposición prolongada a radiaciones o sustancias nocivas pueden influir en la lectura de la información. Estas influencias se hacen sentir durante un proceso de etiquetado de los interruptores, en el curso del cual, el interruptor se ve modificado por la acción de agentes químicos (por ejemplo de metilaciones).* Cuanto más precoces sean las experiencias traumáticas, más abundantes son las etiquetas. Un interruptor fuertemente etiquetado impide al gen que se exprese.
Para saber más sobre los principales mecanismos de la epigenética, véase el anexo i al final del libro.
¿Cómo modela los genes el entorno?
La jalea real de las reinas
En el mundo de las abejas, la reina empieza siendo como cualquier otra abeja. Pero el hecho de ser alimentadas exclusivamente con jalea real las hace evolucionar hacia las características físicas de reina, mientras que el resto de abejas son alimentadas con polen y miel y se convertirán en simples obreras. A pesar de que reinas y obreras comparten el mismo ADN, el de las reinas cuenta con etiquetas diferentes en los interruptores de más de 500 genes (Lyco et al., 2010). Este ejemplo nos demuestra cómo un cambio en la nutrición puede inducir a un cambio visible a simple vista: la reina es más grande y tiene acceso a la reproducción, mientras que las obreras son pequeñas y estériles.
El ejemplo de las abejas nos enseña que los caracteres que diferencian la reina de las obreras no provienen de un cambio de genes. La diferencia está en la expresión de éstos: unos genes activos se esconden y permanecen en silencio.
Otros que estaban inactivos, salen a la luz y empiezan a expresarse con todos los casos intermedios posibles entre ambos extremos.
Las investigaciones llevadas a cabo desde hace veinticinco años por Bruce Lipton, autor del libro La biologie des croyances, demuestran que los genes no controlan nuestra biología (Lipton, 2006). Por el contrario, son controlados por factores externos a la célula, incluidos nuestros pensamientos y nuestras creencias.
La idea de que existe una fuente de información más allá de los genes es revolucionaria. Nuestro destino no estaría predeterminado de manera inmutable en el código del ADN. Lo que pasa alrededor de la célula, en el entorno, juega un papel determinante.
A partir de aquí, y aunque es verdad que nada puede producirse dentro de nuestro cuerpo o dentro de nuestra vida a menos que ya tengamos esa tendencia inscrita en los genes, nuestras células pueden escoger entre opciones infinitas para crear nuestra existencia física.
Es la interacción entre el entorno y el ADN la que determina lo que somos.
Para descubrir cómo el entorno puede modelar nuestros genes, vamos a acompañar a Marie y Lisa desde su nacimiento hasta la edad de 33 años.
El condicionamiento emocional
Marie y Lisa
Lisa y Marie tienen 6 meses. Su mamá intenta comprender por qué Marie se alimenta poco y está delgada mientras que Lisa tiene hambre todo el tiempo y está rolliza.
Preguntándole a la mamá sobre el nacimiento de sus nenas, supe que nacieron prematuras por parto natural y tuvieron que entrar en incubadora. Marie nació con 1,5 kg de peso y Lisa con 2,2 kg.
¿Podría ser que el estrés del nacimiento hubiera jugado un papel determinante en su comportamiento frente a la comida?
Sin embargo, si hay una relación con el momento del nacimiento ¿por qué las gemelas se comportan de manera diametralmente opuesta frente a la alimentación?
Seguro que hay alguna otra cosa que deberíamos tener en cuenta...
Vamos a hacer preguntas.
Diversas investigaciones nos ponen sobre la pista, particularmente los trabajos de Michael Meaney, que se interesa
desde hace años por el impacto de los cuidados maternos en el desarrollo de los cachorros de rata (Weaver et al., 2004; Szyf et al., 2005).
Los cuidados maternos afectan al desarrollo de los mamíferos.
Ratones amamantados o mal amamantados
Igual que los humanos, a las ratas les gustan los mimos. Los repetidos contactos físicos resultan de lo más agradable y los preparan para afrontar la vida. Los ratones abundantemente amamantados por sus madres reaccionan mucho mejor al estrés que los mal amamantados. Todo esto tiene lugar en la primera semana de vida. Una vez llegados a la edad adulta, las ratas que han recibido más cuidados y afecto tienen un comportamiento relajado y reaccionan normalmente al estrés. Por su parte, las ratas mal amamantadas y con poco afecto se muestran extremadamente nerviosas y se vuelven agresivas frente a cualquier agente estresante.
¿Es posible que unas simples caricias tengan el poder
de influir en los interruptores epigenéticos?
Para responder a esta cuestión, Michael Meaney y su equipo han investigado la huella de los cuidados maternos hasta el cerebro de los ratones jóvenes. En la región del cerebro que gestiona las emociones (el hipocampo) se encuentra esta información. Esta parte del cerebro juega un papel importante en la forma de reaccionar de los mamíferos ante situaciones estresantes.
La respuesta al estrés
En caso de estrés, el organismo moviliza sus fuentes energéticas para entrar en acción (Selye, 1978). El resultado es la secreción de hormonas del estrés (adrenalina y cortisol).* Una vez desaparece el peligro, estas hormonas disminuyen, el organismo rehace sus reservas y pasa al modo reposo.
Para ser eficaces, las hormonas del estrés deben unirse a lo que llamamos receptores.* Es como si las hormonas transportaran un mensaje en clave para comunicar a todas las células del organismo lo que deben hacer. Pero, para recibir dicho mensaje cifrado, es necesaria una buena cerradura (un receptor). Cuando el cortisol se une a los receptores adecuados, éstos pueden interactuar con el ADN celular activando los genes implicados en la respuesta al estrés.
Teniendo en cuenta lo importante que es el cortisol para diversas funciones biológicas, tiene receptores por prácticamente todo el organismo, incluso en el cerebro. Por ejemplo, si tienes que salir corriendo a toda pastilla, enviarás toda tu energía a los músculos para poder correr más rápido y se dará prioridad a los receptores situados en los músculos de las piernas.
La percepción de un agente estresante estimula el sistema de respuesta al estrés. Pero ¿qué la detiene? Como hemos visto, el cortisol se agarra a los receptores para poder funcionar. Dichos receptores están dotados de una especie de inteligencia propia y saben cuándo ya han hecho bastante.
Cuando ya se ha secretado suficiente hormona y ésta ha cumplido sus funciones, regresa al principio de la cadena del sistema de respuesta y se fija en los receptores que, esta vez, desactivarán los genes implicados. Los receptores del cortisol juegan, por consiguiente, un papel preponderante
en la regulación de la respuesta al estrés porque permiten desencadenar, mantener o detener la respuesta.
Los cuidados prodigados por la madre a su hijo influyen en la actividad de un gen que produce receptores del cortisol. El análisis de los cerebros de las ratas ha demostrado que el gen está activo en las ratas bien amamantadas e inactivo en las ratas descuidadas.
En las ratas mimadas por sus madres, los receptores de cortisol (RC) están plenamente activos y juegan un papel determinante en el control de la respuesta al estrés, un poco como un termostato.
En las ratas descuidadas por sus madres, el regreso a la normalidad tras una respuesta al estrés no se produce porque el gen regulador está inactivo. Es la presencia de grupos metilos en el ADN de ratones lo que impide la producción de receptores. Como si el termostato se rompiera y no hubiera forma de controlar la temperatura. Consecuencia: incluso en ausencia de elementos perturbadores, los ratones viven en estrés constante.
Estos estudios nos demuestran que la manera de reaccionar en caso de estrés se programa en el curso de la primera semana de vida a través de los cuidados maternos y se asocia a un etiquetaje del gen de los receptores de cortisol, que persiste en la edad adulta.
En los mamíferos, la ausencia de mimos maternos aumenta la sensibilidad a la adversidad entre los pequeños. En entornos muy desfavorables, tales efectos pueden ser considerados como adaptativos porque aumentan las oportunidades de supervivencia hasta la edad adulta. Por otra parte, ello tiene un precio, en forma de aumento del riesgo de sufrir determinados tipos de afecciones en los adultos.
Podemos preguntarnos si dichos mecanismos biológicos pueden trasladarse al ser humano. Sabemos, desde hace tiempo, que las experiencias vitales traumáticas, particularmente las sufridas durante la infancia, ejercen una notable influencia en el desarrollo de problemas psiquiátricos. También sabemos que los genes, por ejemplo los de respuesta al estrés, juegan un importante papel en la aparición de problemas. Pero no se conocen los mecanismos biológicos a través de los cuales las experiencias de vida modifican la expresión de los genes. En la actualidad sabemos que de la rata al humano, estos mecanismos son muy parecidos. Los estudios realizados en humanos se abordarán en el próximo capítulo.

Indice

Prefacio     7
Agradecimientos      13
Advertencia     15
Prólogo: Un descubrimiento que te concierne     17
PRIMERA PARTE. El estrés emocional deja
huellas en nuestro ADN     25
El entorno moldea nuestros genes     27
La casa y los planos     28
La casa, los planos y el capataz      29
El condicionamiento emocional     32
Ratones amamantados o mal amamantados .      33
La respuesta al estrés      34
Ratas sensibles y ratas resistentes al estrés . . .      37
Morir de placer      38
El perro que babea al oír una campanilla . . .      39
El etiquetaje de nuestros genes     43
Huir, luchar o no moverse      44
Una espina en la cabeza      46
Cromosomas que se acortan en madres estresadas    49
SEGUNDA PARTE. La transmisión
a la descendencia     51
Etiquetas que se transmiten a la descendencia     53
TERCERA PARTE. Borrar las cicatrices
emocionales de nuestro ADN     61
La reversibilidad de las etiquetas epigenéticas     63
Reflexiones para la recuperación de la salud . . .      65
Plasticidad neuronal     65
Reconciliar la parte consciente y la inconsciente
del condicionamiento emocional     66
Bajar el nivel de percepción del estrés     70
La meditación      72
El deporte      73
Los masajes      73
La risa      75
La alimentación puede propiciar cambios
de comportamiento     76
Los omega 3 para tratar la depresión      76
Triptófanos para tratar los problemas de ánimo    76
Micronutrientes para mejorar los problemas
de comportamiento en el autismo     77
La práctica terapéutica     79
Ejemplos prácticos      80
Ejemplos     83
Conclusión. Cada cual es capaz de encontrar
la mejor solución      91
Glosario      95
Anexo I     99
Principales mecanismos de la epigenética      99 Anexo II      101
Historia de la epigenética      101
Nota sobre la autora: entrevista con un periodista .      103
Bibliografía     107

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