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El corazón de la vida Maximizar

El corazón de la vida

Jez Hughes (AUT)

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Iniciación y curación chamánica en el mundo moderno

Un viaje iniciático por los senderos sagrados de la espiritualidad indígena que nos lleva de regreso a nuestro origen y esencia.

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9788484456261

 

El corazón de la vida, por Jez Hughes. Ed. Gaia

 

ISBN: 9788484456261

El chamán contemporáneo Jez Hughes ofrece una potente herramienta de sanación integral que abre nuestro corazón a la totalidad de la vida.
El corazón de la vida nos acerca a la ancestral tradición chamánica y sus técnicas de sanación holística. Tras curarse a sí mismo, el autor se dedicó a trasmitir sus descubrimientos y experiencias a numerosas personas que, como él, buscaban soluciones a enfermedades tanto físicas como psíquicas y a la falta de sentido de sus vidas. Las páginas de esta obra destilan el fruto de sus talleres y retiros curativos al amparo de los bosques. Jez Hughes, actuando como nuestro guía, nos enseña a experimentar la existencia en todas sus facetas reconectando con el Alma Corporal (el alma de la tierra), con el Alma Ancestral (el alma del linaje de sangre) y con el Alma Soñadora (el alma personal) para recuperar nuestra salud y sanarnos individual y colectivamente.

Jez Hughes,

fundador de Second Sight Healing (sanación Segunda Mirada), es un chamán británico que se dedica por completo a la sanación desde hace más de una década, tras superar episodios de convulsiones y serios trastornos psicológicos.
Actualmente divulga sus conocimientos y lleva a cabo iniciaciones desde el corazón de los bosques del sur de Inglaterra. Asimismo, imparte talleres por todo Reino Unido y Europa. Su trabajo ha aparecido en la radio de la BBC y en otros medios de comunicación británicos.
Su pasión es empoderar a las personas para que despierten sus espíritus, los de sus ancestros y los de la tierra que habitan, así como para sanar las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza.
Además es astrólogo, ha publicado poesía y ha trabajado como actor.

  • Encuadernación: Rústica
  • Dimensiones: 14,5 x 21 cm
  • Nº Pág.: 352

ÍNDICE

  • Agradecimientos      11
  • Prólogo      13
  • Introducción     17

PRIMERA PARTE: EL ALMA CORPORAL

Capítulo uno: El ombligo de la tierra; la sanación de la Madre     41
Capítulo dos: Reconocer y sanar el dolor de la separación      55
Capítulo tres: Reconectar con nuestra naturaleza instintiva y salvaje      68
Capítulo cuatro: El papel de la sombra en las enfermedades      75
Capítulo cinco: El mito dominante; la sanación del Padre     92
Capítulo seis: El impulso por vivir se convierte en un anhelo de muerte      109
Capítulo siete: El poder de los rituales y de las ceremonias      115
Capítulo ocho: Aprender de las plantas      131
Capítulo nueve: La integración del Alma Corporal      148

SEGUNDA PARTE: EL ALMA ANCESTRAL

Capítulo diez: Honrar a los ancestros      155
Capítulo once: Sanación ancestral; liberar a los fantasmas     160
Capítulo doce: Las heridas ancestrales de pueblos y naciones      177
Capítulo trece: Un antiguo y arquetípico mito ancestral      187
Capítulo catorce: Ceremonias de sanación para los ancestros      195
Capítulo quince: Reafirmar la confianza espiritual mediante las conexiones ancestrales      211
Capítulo dieciséis: Evitar las fantasías y sanar al chivo expiatorio      221
Capítulo diecisiete: La integración del Alma Ancestral      235

TERCERA PARTE: EL ALMA SOÑADORA

Capítulo dieciocho: La Vida no es más que un sueño      247
Capítulo diecinueve: Las historias personales que configuran el sueño     255
Capítulo veinte: Los ciclos de salud y enfermedad en la Rueda de la Vida     263
Capítulo veintiuno: La búsqueda heroica     289
Capítulo veintidós: Mi propia búsqueda      296
Capítulo veintitrés: El regreso al hogar y la integración del viaje      321
Capítulo veinticuatro: La pérdida y la recuperación del alma      327
Conclusión: La integración de las tres almas de nuestro ser      342

Epílogo     347
Referencias      348

PRÓLOGO

HAY UN ESPÍRITU QUE TODO LO IMPREGNA, una fuerza invisible que mantiene la Vida en movimiento. Tal como le sucede al cuer­po físico, que mientras está vivo está animado pero después —una vez que llega la muerte— parece no tener vida, este espíritu orga­niza y dirige todos los fenómenos físicos que conforman eso a lo que denominamos realidad. A lo largo de la historia se le han dado muchos nombres y se han propuesto muchos y muy diversos mapas y métodos para contactar con él y para llegar a encarnarlo y expre­sarlo. Grandes tratados se han escrito sobre qué camino debemos tomar para realizar plenamente este espíritu que existe tanto den­tro como fuera de nosotros, y sobre qué es lo que espera de noso­tros una vez que lo hayamos logrado.
Desde los antiguos testamentos religiosos hasta los libros modernos que actúan como mapas espirituales, siempre hemos estado buscando la manera de encauzar nuestra alma: nos forma­mos y nos ejercitamos para ser capaces de pensar y sentir de un cierto modo, engañamos a la mente y a los instintos que aparen­temente nos impiden la conexión que anhelamos, nos entrega­mos, nos sacrificamos, sacralizamos y adoramos ciertos objetos, meditamos, controlamos nuestros actos, tomamos plantas aluci­nógenas, ayunamos, permanecemos en silencio, nos movemos, nos ejercitamos para mejorar nuestro cuerpo; todo ello para, de alguna manera, conseguir estar un poco más cerca de esa fuerza misteriosa.
Sin embargo —como muchos otros ya han señalado—, una ma­riposa que danza al son de la brisa del verano sin hacerse preguntas sobre sí misma, sin expectativas, encarna sin esfuerzo aparente el espíritu de la Vida de una forma mucho más completa de lo que nos podemos imaginar. Entonces, ¿para qué tanta complejidad? Si es tan sencillo, ¿por qué no somos como la mariposa? ¿Por qué parece que los seres humanos nos hemos distanciado y separado de la naturale­za, poniendo de relieve lo singulares y excepcionales que somos y celebrando nuestra posición única con respecto al resto de la crea­ción, para después crear formas cada vez más y más complejas de reconectar con ella? Seguir así sencillamente es una locura.
Algunos dirán que todo esto se debe a que se nos ha dado la oportunidad de ser conscientes de la creación, de la Vida. Otros quizá podrían sugerir que hace unos dos mil años cambiamos de rumbo y tomamos una dirección equivocada al comenzar a perci­birnos a nosotros mismos por encima del resto de la naturaleza y creernos nuestras propias exageraciones. En inglés existe una expresión para referirse, en el mundo del fútbol, a alguien que parece saberlo todo sobre este deporte sin haberlo practicado nun­ca: He talks a good gane, que equivaldría a la expresión española «hablar mucho y hacer poco». Puede que en este tema ocurra lo mismo; quizá llevemos mucho tiempo hablando sin parar del espí­ritu pero olvidándonos por completo de cómo ponerlo en práctica, de cómo vivir realmente en base a él.
¿O podría ser que todo esto no sea más que parte de la aven­tura a la que llamamos Vida? Quizá Martin Prechtel esté en lo cierto cuando afirma, refiriéndose a las creencias culturales de los mayas, que «lo que traemos al nacer no es el "pecado original", sino el "olvido original"». Forma parte de nuestra naturaleza olvi­dar de dónde venimos, ignorar aquello de lo que somos parte inte­grante, haciendo de este modo que la aventura humana —la trama central en el gran drama de la historia de la humanidad— consista en encontrar el camino de regreso que nos permita redescubrir este conocimiento, renacer una y otra vez recabando y acumulando cada vez una mayor sabiduría sobre quién y qué es lo que nace, quiénes somos y de qué estamos hechos en realidad.
Este proceso tiene un nombre concreto y es lo que en las cultu­ras que se han dedicado a explorar en profundidad el misterio de la existencia se conoce desde hace milenios como iniciación. Preci­samente mediante la iniciación las formas de ser asentadas y co­múnmente aceptadas se abandonan y son reemplazadas por otras más integradas con las estructuras y los entramados —a nivel fa­miliar, social, ecológico y espiritual— que nos rodean; es la inicia­ción la que hace que seamos capaces de aproximarnos más a la cruda esencia de la Vida, morir y renacer, dando un paso más allá de lo que considerábamos cierto y adentrándonos en algo mayor, sintiéndonos así parte de una totalidad mucho más abarcarte. Este libro trata de cómo llevar a cabo esta iniciación, de cómo abrirnos a experimentar la existencia en todas sus facetas —tanto aquellas que nos causan una profunda admiración como las que nos aterro­rizan—, de cómo comenzar a retirar y a desechar ese plástico pro­tector con el que hemos envuelto el paquete de la Vida para man­tenerla a salvo, segura y estéril. Pues, por lo que parece, tan solo es posible llegar verdaderamente al núcleo de la cuestión cuando es­tamos dispuestos a soltar y a desprendernos de aquello que nos protege. Al igual que sucede en las grandes historias de amor, si queremos tocar y que nos toquen, en algún momento tendremos que ser capaces de desnudarnos completamente.
Sin embargo, también trataremos lo que ocurre cuando los ri­tuales y las herramientas que son necesarias para abordar esta ini­ciación no están disponibles, y cómo los seres humanos buscamos compensaciones sustitutorias a esta necesidad vital; sustitutos que nos llevan al límite de nuestras capacidades —y, muchas veces, los sobrepasan— en formas absolutamente destructivas e incoherentes. ¿Qué sucede cuando los modos de actuar y los comportamientos no iniciados —cuando ignoramos nuestra verdadera naturaleza— cam­pan a sus anchas en todas las facetas de la sociedad, en todas las empresas acometidas por los seres humanos? No importa cuán ra­cionales y razonables podamos llegar a ser; el caos y el desorden que esto produce es tal que nos puede parecer imposible salir de él.
Es en este contexto en el que la iniciación se convierte en una potente y necesaria herramienta de sanación, capaz de compensar
los elementos más desmedidos y destructivos del comportamiento humano, tanto a nivel personal como colectivo, cuyos devastado­res efectos hemos podido presenciar con demasiada frecuencia en los últimos tiempos. Por lo tanto, el tema principal de este libro es, en última instancia, la sanación. En una época en la que el precioso regalo que supone la vida humana podría perfectamente encontrar­se frente a su mayor desafío —no olvidemos que el mundo conti­nuará una vez que nosotros hayamos desaparecido—, la necesidad de iniciarnos y de abrir nuestro corazón a lo que realmente signifi­ca estar vivo es cada vez mayor.

INTRODUCCIÓN

TENÍA 14 AÑOS Y ACABABA DE REGRESAR de una visita escolar a un teatro cuando ocurrió algo que iba a cambiar de un modo ex­traordinario el resto de mi vida. Aquel día me fui a la cama con total normalidad y, al poco tiempo, empecé a tener convulsiones por todo el cuerpo. Los ojos se me fueron hacia atrás y de pronto me vi preso en un ataque totalmente extraño e inesperado.
En mi desesperación, grité tanto como pude para que viniesen mis padres y en cuanto me vieron así llamaron al médico. Mientras llegaba, mi cuerpo siguió agitándose y dando sacudidas de forma incontrolable; todo tipo de pensamientos desesperados corrían des­bocados por mi mente. Estaba convencido de que era el fin, de que me estaba muriendo. Algo se estaba escapando de mi ser. Daba igual que intentara retenerlo con todas mis fuerzas, no conseguía evitar que se me fuera de las manos. Sudaba y temblaba, no podía respirar y apenas veía. Fue como si una gigantesca tormenta eléc­trica se hubiese desatado en mi interior, una tormenta decidida a estamparme contra las rocas, poniendo fin así a mi corta vida antes siquiera de haber podido empezar a disfrutarla plenamente.
Entonces, tan repentinamente como habían aparecido, las con­vulsiones y los movimientos de los ojos cesaron. Me encontré a mí mismo tumbado en la cama. Fue entonces cuando las cosas se vol­vieron realmente extrañas. Ahí tumbado empecé a tener una sen­sación que tan solo puedo describir como un éxtasis absoluto, acompañado por una paz muy profunda. Seguía viendo el mundo
a través de los ojos, y en algún lugar lejano y profundo de mi con­ciencia aún era consciente de ser un chico de 14 años que tenía enfrente las caras de preocupación de sus padres y del médico, que ya había llegado. Pero había algo más que se estaba apoderando de todo mi ser.
Fue como si hubiese salido de repente de algún otro lugar y ahora estuviese mirando —o, mejor dicho, experimentando— un mundo nuevo que jamás había visto antes; estaba poseído por el éxtasis. A mi alrededor todo brillaba con un nuevo fulgor, como si alguien hubiese encendido las luces de la realidad para hacer que todo apareciese en tecnicolor. Todo estaba muy vivo, muy vibrante. Recuerdo que me senté en la cama, luego me puse de rodillas, y después me incorporé de nuevo y me quedé extasiado observando los pósters de fútbol que forraban las paredes encima de la cama. Los absorbía con la cara a 3 centímetros escasos de ellos, como si fuesen lo más profundo y extraordinario que hubiese visto en la vida. Podía oír las voces de mis padres intentando que volviera a acostarme y pidiendo disculpas al médico al ver que no lo hacía, les oía decir que normalmente no me comportaba así, pero era como si el sonido de sus voces estuviese a 1000 kilómetros de dis­tancia, casi como si viniese de otro mundo.
Sin duda, me encontraba en un mundo nuevo y, de alguna manera, ya no estaba separado sino conectado a él mediante esa sensación de absoluta vitalidad que corría por mis venas. Fue una experiencia de absoluta unidad con la Vida en su totalidad produ­cida por un sentimiento de amor profundo. Es así de simple, así de fácil —y también así de difícil— de describir.
Durante bastante rato —todo el tiempo que duró esta expe­riencia— no fui capaz de hablar, pero después fui recobrando gra­dualmente cierto sentido de normalidad y mis padres consiguieron finalmente que me volviese a tumbar. Al poco, me quedé dormido. Desde aquel día, lo más parecido a este episodio que he experimen­tado ha sido mediante el uso de sustancias psicotrópicas muy po­tentes —ya fuese en forma de drogas procesadas o ingiriendo la planta directamente—, pero en aquel momento no había tomado nada. En cuanto al ataque que precedió a esta experiencia, la ver­ dad es que no me resulta sencillo compararlo con nada que haya vivido posteriormente. Para ser honesto, desde entonces he experi­mentado con una gran variedad de sustancias alucinógenas y de drogas, tanto en contextos ceremoniales como para uso recreativo, pero no he vuelto a vivir nada que se acercase a aquella experiencia. De todos modos, estoy convencido de que aquel médico pensaba que había tomado algo.
Al día siguiente me sentía muy asustado, pues aquel episodio fue algo totalmente inesperado, algo que no tenía por qué haber ocurri­do. Por aquel entonces no disponía de ningún contexto, no tenía ninguna explicación que pudiesen ayudarme a entenderlo. No era más que un chico normal que había recibido una educación laica, un chaval bastante popular en el colegio, y realmente tenía tan solo una cosa en mente: convertirme en jugador de fútbol profesional.
Ya había firmado un contrato escolar con un equipo que juga­ba en la liga inglesa más alta de mi categoría, así es que no era un sueño tan descabellado. El camino que quería seguir en la Vida estaba trazado. Mis padres, que probablemente se sentían tan in­quietos y desconcertados como yo, achacaron todo lo sucedido a una reacción adversa a los medicamentos que estaba tomando para la tos, y ahí quedó la cosa. Eso fue todo.
Nunca les hablé de la sensación de éxtasis ni de lo que experi­menté después del ataque. Me sentía incómodo con todo lo que había sucedido, casi avergonzado y, al igual que ellos, lo único que quería era olvidarlo cuanto antes.
Pero aquella experiencia no desapareció, pues unos meses des­pués volvieron los ataques, no con la misma intensidad, sino más bien como en oleadas de pánico que se apoderaban de todo mi ser. Igual que antes, mi cuerpo comenzaba a temblar y a sacudirse con espasmos y yo estaba convencido de que me iba a morir. Pero, a diferencia de la primera vez, nunca volví a llegar al punto en el que todo se calmaba y en el que el sentimiento de éxtasis lo invadía todo; los ataques se limitaban a la parte angustiosa y terrorífica, y lo cierto es que estaba realmente muy asustado.
En dos ocasiones me llevaron a urgencias y en una de ellas me tuvieron en cuidados intensivos durante un par de días, pues mi
temperatura corporal había alcanzado niveles preocupantes. Re­cuerdo que tenía que hablar con mi familia a través de un teléfono mientras permanecían de pie frente a la ventana de la habitación, como en las escenas de las películas carcelarias. Recordándolo bien, sin duda me sentía efectivamente como si estuviese en una prisión; la prisión de mi propio cuerpo, que en ocasiones se rebe­laba de esta extraña forma sin que yo pudiese hacer nada para predecirlo ni para controlarlo.
Sin embargo, los médicos nunca me encontraron nada, todo estaba bien. Así que volvía a casa y una vez más hacíamos como si nada hubiera ocurrido, pero siempre con la extraña e inquietante sensación de que en cualquier momento, sin ningún motivo apa­rente, la realidad volvería a dar un vuelco y yo me vería otra vez atrapado en el mismo proceso.
Pasados un par de años estos episodios comenzaron a desapa­recer, hasta que en una ocasión, con poco más de 20 años, tomé éxtasis y acabé de nuevo en urgencias, lo cual supuso su aterrador regreso. Los ataques duraron, de forma más o menos intermitente, hasta los treinta. Fue precisamente mi búsqueda de alguna forma de paliar los agotadores trastornos que me producían estas expe­riencias —ataques intensos de pánico, convulsiones de tipo epilép­tico, una constante ansiedad y terror, pensamientos obsesivos, leves episodios psicóticos y depresiones psicológicas— la que me motivó y la que me hizo empezar a interesarme por la posibilidad de curar­me a mí mismo.
Por naturaleza, siempre he sido terco aunque con una gran fuerza de voluntad. No me fiaba de la medicina occidental y, en cualquier caso, no hubiese podido ayudarme cuando era más joven. Pero, por otro lado, también me sentía muy avergonzado por lo insólito y extraño que era lo que me ocurría y me mostraba muy reservado a este respecto, así que básicamente me lo guardé todo para mí mismo e intenté darle sentido de algún modo, encontrar un contexto adecuado mediante el cual poder ir a la raíz del problema y, de alguna manera, paliar al menos los síntomas más extremos.
Y es que nunca dejé de tener ese pensamiento constante pelliz­cándome la consciencia: que en una ocasión el ataque de pánico no había sido más que la antesala para llegar a sentir la más profunda belleza que he experimentado nunca; aquellos episodios parecían tener algún propósito.
Después de muchos años en los que estuve experimentando con muchas metodologías espirituales y técnicas de sanación —al­gunas de las cuales me ayudaron, y otras que tan solo empeoraron las cosas— se fue desarrollando en mí un gusto, un amor por las distintas formas de ver el mundo de las antiguas tradiciones indí­genas, por lo que acabé adoptando la vía chamánica. En cierta ocasión, después de aproximadamente dos años y medio de forma­ción intensiva y tras haber pasado tres semanas en el desierto de México, los síntomas volvieron a presentarse con gran intensidad. Fue entonces cuando fui capaz de darme cuenta, aplicando todas las técnicas que había aprendido, de que estas experiencias —el miedo y los ataques que resultaban tan debilitadores— eran en realidad un portal de entrada hacia un nivel superior de conscien­cia, una realidad que difería mucho de cómo pensamos y actuamos normalmente en nuestro día a día. En el mismo instante en el que descubrí esto, dejé de luchar contra los síntomas y, en su lugar, permití que me empujasen hacia ese portal. Fue entonces cuando redescubrí ese maravilloso espacio de pura conexión y puro éxtasis que había conocido con 14 años, solo que esta vez con plena cons­ciencia de ello.
Aquello sucedió en una pequeña localidad de una carretera secundaria en algún lugar de Guatemala, en una noche hermosa y cautivadora que jamás olvidaré. Antes de eso había pasado por un periodo de intenso aprendizaje y formación en el desierto, des­pués había estado varias semanas en la carretera, donde me ocurrie­ron muchas aventuras, incluyendo la odisea por la que pasamos para cruzar la frontera o ser atacado a punta de pistola por un asaltante enmascarado. Más adelante me ocuparé de estas historias.
A partir del momento en el que volví a descubrir ese espacio de unidad con todas las formas de vida los síntomas se calmaron y no han vuelto a presentarse desde entonces. Estaba curado. Había descubierto la finalidad de mi enfermedad y sin lugar a dudas había encontrado la forma de sanar que había estado buscando. Mi «en‑
fermedad» se había convertido en la llave que me puso en contacto no solo con un sentido de totalidad en la Vida, sino también con el misterioso funcionamiento de mi propia Alma.
Ahora me doy cuenta de que esta fue mi iniciación. Y aunque duró mucho —unos 15 años de manera intermitentemente— y fue increíblemente dolorosa, en última instancia había cumplido su propósito en el momento de su culminación, pues me había hecho conectar con una realidad mucho más grande de la que yo estaba dispuesto o era capaz de comprender anteriormente. En el proceso, esta iniciación me había llevado mucho más allá de los límites de lo que yo consideraba como normal o real, lejos de la comodidad de mi entorno familiar y social. Sin lugar a dudas me había llevado también hasta el borde de la locura y más allá de él.
Sin embargo, me hizo descubrir una noción de propósito y de sentido mucho más profunda de la que nunca hubiese podido tener sin esta experiencia. También aprendí mucho sobre qué es lo que hace que enferme el alma de la gente, y sobre el tipo de dolor al que pueden conducirte este tipo de trastornos. Sin esta experiencia no hubiera sido capaz de dedicarme a lo que ahora me dedico, a ayu­dar a otras personas que se encuentran en esa «noche oscura del alma» debido a su enfermedad.
Seguramente, el hecho de encontrar esa sensación de sentido y propósito fue uno de los factores principales que me hizo recuperar la salud. Cuando estamos enfermos a menudo sentimos como si todo nuestro mundo se desgarrase, y en esa situación resulta muy fácil perder todo sentido de la Vida. Irónicamente, es precisamente la pérdida de significado o de propósito la que puede hacer que sigamos enfermos durante más tiempo del necesario y, en muchas ocasiones, es este viaje de regreso a estas necesidades esenciales de la existencia humana el que trae consigo la curación.
Descubrí que pasar por lo que yo había pasado —la locura, la enfermedad de mi espíritu— se reconocía en muchas culturas como un signo de vocación común y legítimo para seguir un camino muy concreto: el de sanar a los demás, el de convertirse en un chamán. Ahora sí que tenía un contexto adecuado para todo lo que me ha­bía sucedido. Ya no estaba solo, ya no estaba loco, ya no había ninguna necesidad de sentir esa vergüenza y debilidad profundas por no ser capaz de desenvolverme ni de funcionar normalmente en el mundo cotidiano. En cualquier caso, en algún lugar profundo de mi ser siempre había sabido que existía una razón para todo lo que me estaba ocurriendo; como ya he mencionado, lo que me sucedió de forma espontánea a los 14 años me había enseñado que a través del umbral de la agitación extrema se puede llegar a la belleza exquisita. Sin embargo, en aquel momento no estaba capa­citado para confiar en este proceso, ni en mí mismo, y por eso me vi atrapado en un lugar intermedio, el lugar de la locura, de la desconexión y del miedo profundo.
En muchos sentidos, el mundo entero, a nivel colectivo, está atravesando actualmente una fase muy similar. Cada vez más per­sonas se están dando cuenta de que la unidad, la conexión y la sanación son posibles y reales. Por otro lado, existe aún la misma cantidad de personas que se aferran desesperadamente a la antigua y conocida forma de ser. Esto es algo absolutamente natural y hu­mano, pues toda transformación —especialmente una tan inmensa como esta, que afecta al modo fundamental en el que vemos la realidad— crea resistencias.
También puede dar lugar a una sensación de impaciencia en aquellos que han despertado, ya que se requiere mucho tiempo para poder integrar adecuadamente transformaciones de esta índo­le; a menudo lo que nos hace falta antes de ser capaces de integrar los cambios en nuestra vida diaria es una evolución y no una revo­lución. Pero tenemos que avanzar juntos, pues en esencia todos somos uno; este conflicto que se produce entre despertar a una nueva realidad y aferrarse a la antigua es una parte importante en cualquier proceso de transición.
Para poder solucionar y sanar el conflicto en el mundo exterior hemos de ser capaces en primer lugar de resolverlo dentro de no­sotros. Tradicionalmente, las culturas indígenas han entendido esto muy bien. Por eso encontramos en ellas la iniciación, que servía para guiar gradualmente a los individuos de la comunidad a través de las distintas fases del despertar a realidades mucho más vastas y mucho más amplias que sus vidas individuales, manteniéndolos
al mismo tiempo dentro de la seguridad que aporta la comunidad. De este modo todos los individuos podían ir progresando conjun­tamente.
En nuestras sociedades modernas hemos perdido estas anti­guas formas de proceder y es posible que —quizás más que en cualquier otro momento de la historia — las necesitemos para que nos ayuden a afrontar esta otra crisis moderna: la pérdida de sig­nificado, que es lo que está provocando tanta depresión y desco­nexión en la actualidad. Sin conexión no es posible encontrar sen­tido ni propósito —excepto aquellos «propósitos» transitorios con los que nos distraemos, como el último aparato tecnológico o la última relación sentimental—. Por consiguiente, lo que necesita­mos es volver a conectarnos, pero de una manera que no haga saltar por los aires todo nuestro organismo, como me ocurrió a mí cuando era un adolescente.
Por lo tanto, este es uno de los principales propósitos de este libro: proporcionar un marco conceptual en el que podamos ser guiados a través de un proceso de iniciación hacia todas las mara­villas y todo el poder de sanación del universo, y mediante el cual podamos también redescubrir el espléndido gozo y la exquisita felicidad que yacen en el corazón de la vida.
Así es que, ¿qué es la iniciación y qué significa que nos inicie­mos en algo? La iniciación es una apertura, un desarrollo y un florecimiento de todo nuestro potencial latente, y también consiste en ser capaces de enfocar este potencial para convertirnos en aque­llo para lo que hemos nacido. En el proceso de iniciación somos como la arcilla del artista; somos modelados por algo mucho más grande que nosotros mismos, algo que nos va definiendo, que nos va dando una forma y un contexto concretos.
Mediante este proceso también conseguimos atisbar breve­mente el futuro y el pasado profundo, lo que hace que podamos darle sentido a los relatos que los conforman en el contexto de la situación presente. No obstante, lo más importante es que la ini­ciación nos capacita para percibir los reinos invisibles que normal­mente permanecen ocultos a nuestra consciencia ordinaria, y es precisamente al experimentar estos reinos que somos capaces de captar también el orden natural de las cosas, del cual formamos parte.
De esta manera, la normal ansiedad que nos causa la sensación de separación —la cual se inicia en el nacimiento y nos acompaña durante toda la vida— se ve amortiguada, por lo que somos capa­ces de responder a la Vida de una forma mucho más integral y madura. Todas las aparentes contradicciones que se producen en la mente y en la imaginación —cómo es que se nos da el regalo de la Vida tan solo para desembocar invariablemente en la gran incóg­nita de la muerte, el hecho de que toda felicidad puede convertirse en tristeza o que todo lo que tiene un principio tiene un fin— pue­den ser resueltas al entender que todo esto forma parte de un plan mayor, de un gran despliegue.
La iniciación nos capacita, como si fuéramos una pequeña hoja que brota de una yema, para percibir y comprender la totali­dad del árbol y para poder conocer, mediante esta comprensión, el lugar que ocupamos dentro de dicho árbol; saber quiénes somos, de dónde venimos y para qué estamos aquí; conocer verdadera­mente nuestra naturaleza.
Así es que, con todos estos beneficios potenciales, ¿por qué hemos descartado la iniciación en el mundo moderno? Muy bien pudiera ser por la sencilla razón de que el tipo de perspectiva del que estamos hablando —el descubrimiento del mundo invisible ­no es algo que se pueda adoptar fácilmente. Existen toda una serie de factores que nos impiden adentramos y conocer este mundo en profundidad; para empezar, nuestra conexión con el mundo físi­co. En mayor o menor grado, estamos fuertemente programados para obviar todo lo que esté más allá de nuestros cuerpos físicos o de nuestra vida cotidiana debido a que estas cosas pertenecen al ámbito de lo que ocurre después de la muerte, y la muerte se concibe como la antítesis de la Vida cuando en realidad es única­mente su complemento.
La Vida, en muchos sentidos, es una iniciación; las dos inicia­ciones más importantes por las que pasamos en la vida son natura­les y nos afectan a todos: el nacimiento y la muerte —en última instancia, estos son los eventos que definen el concepto mismo de
vida—. Todos los demás procesos se desarrollan o se dirigen hacia estos dos eventos monumentales. No obstante, hay otras formas de nacer y de morir más allá de los eventos meramente físicos. El modo en que tratamos el nacimiento y la muerte en el mundo moderno —ya sea desde el punto de vista clínico o como el misterio que verdaderamente representa— dice mucho sobre cómo percibi­mos la iniciación y, en particular, sobre cómo es la relación que tenemos con eso a lo que denominamos «el mundo invisible», que no es más que lo que durante milenios diversas culturas han llama­do «el mundo de los espíritus».
Este mundo, el que no se puede percibir con los cinco sentidos, está vivo y es totalmente real, e incluso aunque en nuestra cultura moderna y secular sea mayoritariamente ignorado, sigue teniendo un profundo impacto en nuestra vida común; la relación entre lo visible y lo invisible es siempre parte fundamental de la iniciación.
La Vida misma refleja y describe muy bien este proceso, pues en algún momento todos fuimos invisibles, espíritus, un mero pen­samiento en la mente de alguien, una mera sensación en su cora­zón, o simplemente como un instinto que hizo que dos personas se juntasen, y sin embargo, de algún modo hemos conseguido realizar el largo viaje que nos ha llevado a convertirnos en lo que somos ahora. Y algún día todos volveremos a ser nuevamente invisibles; de la nada a algo y nuevamente de vuelta a la nada. La naturaleza muestra constantemente este ciclo, este viaje. Y ahí es precisamen­te donde encaja el chamanismo.
Entonces, ¿qué es un chamán? El término es originario de la región de Tungunska, en Siberia, y su traducción aproximada sería «el que ve» o «el que sabe». Este nombre pasó a ser utiliza­do por los antropólogos a una escala mucho mayor cuando se percataron de que en la mayoría de las tribus indígenas que estu­diaban había un miembro de la comunidad cuya función consistía en ejercer como intermediario entre el mundo humano y el de los espíritus.
Estos «chamanes» se valían de medios sobrenaturales y espiri­tuales para llevar a cabo tareas como curar a los miembros de la comunidad mediante la eliminación de bloqueos y siguiendo la pista a las almas perdidas, determinar psíquicamente mediante la visua­lización el lugar más propicio para la próxima cacería, averiguar dónde se encontraban ciertas personas o cosas perdidas, comuni­carse con los muertos, preparar y oficiar en las ceremonias, influen­ciar en el clima y conseguir buenas cosechas, leer el futuro, hacer peticiones a los espíritus en nombre de la tribu y, en general, resol­ver los problemas que pudieran presentarse en la misma.
También eran los guardianes de los conocimientos sagrados de su comunidad, que se transmitían oralmente, y los responsables de mantener y garantizar el equilibrio entre el mundo espiritual y el humano. Actuaban como médicos, sacerdotes, psicoterapeutas, médiums, poetas, narradores, y a menudo eran también los líderes de la tribu. Se les llamaba de muchas formas distintas, pero los antropólogos, en aras de la simplificación, les aplicaron a todos ellos el término «chamán».
Por lo tanto, la misión del chamán consiste esencialmente en transitar y mediar entre el mundo visible y el invisible —entre el mundo sagrado y el ordinario— para asegurar que existe un equi­librio entre ambos, para garantizar que los seres humanos siguen viviendo en armonía con la naturaleza y con su medio ambiente. Son los grandes facilitadores de la iniciación, los que muestran a los demás la realidad y la magnificencia de los mundos invisibles. Considero que es esencial para nuestra supervivencia como especie mantener este equilibrio, incluso aunque ya no vivamos de forma tribal. Es por esto que los chamanes existen y existirán en el futuro, aunque adopten apariencias muy diversas.
La sanación es, en mi opinión, un factor que siempre está pre­sente en el chamanismo. Y esto es algo válido tanto si uno ha naci­do en el seno de una tribu indígena del norte del Amazonas como si, como es mi caso, lo ha hecho en una localidad moderna al lado del aeropuerto de Gatwick —famoso por ser el punto de escala de una cantidad excesiva de vuelos—. Si esos seres extraños que habi­tan en el mundo invisible deciden ponerse en contacto contigo para que les ayudes a sanar el mundo —normalmente mediante algún tipo de crisis de iniciación— tarde o temprano lo conseguirán, casi siempre de las formas más inusuales o inesperadas.
Tal y como lo expresa el anciano chamán africano Credo Mu­twa: «Tenemos mucho menos control sobre nuestras vidas de lo que creemos». O, como un chamán amigo mío dijo una vez bro­meando: «Los espíritus son como la mafia, ¡cuando llaman a tu puerta no te puedes negar!».
Cuando recibí la bendición de mi curación a través del chama­nismo —o a través de esos espíritus, de esos seres energéticos invi­sibles que me han protegido y guiado a lo largo de la Vida, tal como protegen, guían y mantienen unido el mundo de la realidad ma­nifiesta— para mí estaba claro qué a partir de entonces tenía el deber y la obligación de devolverla al mundo, de ayudar a otros en sus propios procesos de curación del mismo modo que me habían ayudado a mí. En mi opinión, no hacerlo de este modo hubiera sido como un insulto hacia aquellos que me han proporcionado los medios para sanar. Esto supuso el comienzo de mi verdadera ini­ciación, de mi aprendizaje sobre cómo utilizar estas técnicas ances­trales de la medicina espiritual en el así llamado «mundo real» y no únicamente en mi propio viaje interior.
Por lo tanto, el material de este libro no está basado únicamen­te en mi propia experiencia de iniciación y curación, sino también en las de miles de personas que se han acercado a mí como pacien­tes y que han sido lo suficientemente generosas como para compar­tir el misterio y la magnificencia de sus propias almas y permitirme ser testigo de sus propios procesos curativos, de sus viajes iniciá­ticos.
Estas personas provienen de todo tipo de ambientes y de clases sociales, a menudo a través de recomendaciones personales, mu­chas veces sin saber prácticamente nada sobre el chamanismo y sin haberse preocupado nunca lo más mínimo por este tema. Sin em­bargo, tienen en común que algún aspecto de su interpretación del dolor por el que estaban pasando —la perspectiva de las cosas que el dolor puede ofrecer— les había influido profundamente, ayu­dándoles a iniciar el proceso de sanación.
En muchos aspectos, tal y como ya he mencionado, el mundo moderno en su conjunto está también pasando en la actualidad por una crisis iniciática, como queda claramente de manifiesto en el miedo y la inseguridad que impregnan prácticamente todos los aspectos de la Vida, desde las políticas ecológicas suicidas hasta las guerras constantes y la violencia indiscriminada que nos rodea, pasando por la incertidumbre económica y el permanente estrés vital que nos atenaza en nuestro día a día. Estas y otras innumera­bles cuestiones similares pesan mucho sobre nuestras almas, cau­sando mucho dolor y mucha angustia. Tan solo en Gran Bretaña, se calcula que hasta un cuarto de la población sufre algún tipo de enfermedad mental en algún momento de su vida'.
Y son precisamente estos ámbitos invisibles —los problemas mentales y emocionales del alma y del espíritu— los que la mayoría de las culturas tradicionales reconocen como los precursores de las dolencias físicas. Por lo tanto, los problemas que pueden surgir a nivel anímico suelen considerarse como la causa de todas las enfer­medades, incluyendo las de carácter físico. Aquí es donde entra en juego el papel del chamán para eliminar las causas invisibles de la enfermedad.
Mi sensación es que es precisamente esto lo que necesitamos en este momento, y este es el regalo que el chamanismo puede ofre­cernos, pues se trata de un problema que va mucho más allá de las meras circunstancias personales o del dolor individual que poda­mos sentir; es algo que afecta y que alcanza a la mismísima esencia y al núcleo central de lo que conforma la era en la que vivimos. Para que el tratamiento resulte eficaz, creo que es necesario adop­tar una perspectiva que vaya más allá de lo personal y de lo psico­lógico, una perspectiva que pueda abarcar la totalidad de la natu­raleza de la enfermedad actual.
Desde un punto de vista chamánico —al igual que ocurre en muchas otras corrientes tradicionales— todos estamos conectados, todos formamos parte de un único organismo: la tierra. La raíz, la causa de todo lo que afecta a una parte concreta del organismo está en la totalidad. Del mismo modo que la medicina holística trata conjuntamente todos los ámbitos que conforman al individuo, para poder sanar verdaderamente a individuos concretos tenemos que procurar sanar también nuestro entorno vital, mucho más am­plio y del que somos tan solo una pequeña parte. Por lo tanto sanar
la tierra, o simplemente volver a conectarnos con ella, se convierte en un factor esencial en nuestro propio proceso curativo.
Si llevamos este principio un poco más allá, no existimos única­mente en el contexto mayor del mundo del cual formamos parte, sino que también vivimos en una época particular; todo lo que ha sucedido anteriormente —la totalidad de lo que nos ha precedido y nos ha traído hasta aquí— tiene también una influencia profunda en el presente, pues ha sido en el pasado donde se han creado y confor­mado muchos sistemas de creencias actuales que contribuyen a ex­plicar, diagnosticar y predecir si lo que predomina en nuestra vida es la salud o la enfermedad. Es así como la psicología consigue ser tan eficaz a la hora de describir por qué la gente se comporta del modo que lo hace en el presente analizando los traumas y los daños sufri­dos en el pasado y cómo la sucesiva repetición de estos traumas en diferentes formas puede ser un factor determinante en la vida de la gente, llegando, en muchos casos, a ser el tema central.
Un ejemplo simple y claro de esto lo encontramos en cómo un dolor profundo, como pudiera ser por ejemplo el causado por el maltrato, se perpetúa y se repite una y otra vez en las mismas fami­lias; muchas veces el que ha sufrido maltratos se convierte a su vez en maltratador, o busca el confort o la familiaridad que le propor­ciona la compañía de otros maltratadores. Este ciclo, si queda sin sanar, se repite incesantemente. Por lo tanto, el pasado requiere tanto o más cuidado y sanación que el presente, para poder así li­berarnos de la prisión que suponen los traumas recurrentes y repe­titivos. No obstante, no debemos limitarnos únicamente a tratar las historias personales, pues del mismo modo que todos estamos conectados entre nosotros y con la tierra como un único organismo vivo, también estamos conectados a todo lo ocurrido anteriormen­te y llevamos, muy dentro de nosotros, los recuerdos del pasado y de nuestros ancestros.
En muchas ocasiones tan solo es posible recuperar nuestro propio bienestar después de haber abordado previamente todos estos distintos niveles de curación. Es entonces cuando podemos hacer nuestra propia contribución personal y única a la totalidad, cuando estamos finalmente capacitados para explorar de qué ma­ nera las historias personales que conforman nuestro carácter pue­den estar jugando a nuestro favor o en nuestra contra. Vivimos en una época en la que nos tomamos todo de forma personal; esta es la era de la individualidad. He conocido a muchas personas que acudían a mí en busca de ayuda con un gran conocimiento y domi­nio de sus propias historias personales, muy elocuentes a la hora de describir los patrones psicológicos que les bloqueaban o que les estaban causando dolor, y aún así, eran totalmente incapaces de ir más allá de esos bloqueos o de curarse a sí mismos.
Yo diría que esto se debe a que nos tomamos todo de una for­ma demasiado personal, cuando en realidad puede que las causas y las raíces de algunos de los dolores que experimentamos estén fuera de nuestras propias historias personales. Es en este contexto donde la curación chamánica puede resultar tan eficaz. Y por este motivo es tan importante considerar un contexto que vaya más allá de lo meramente personal.
Para ayudarnos en esta tarea, me gustaría describir más por­menorizadamente la naturaleza de nuestras almas —o los paisajes invisibles que conforman nuestro ser— como tres entidades pro­fundamente imbricadas e interrelacionadas.
A la primera parte la denomino Alma Corporal (o «alma de la tierra»). Esta es la parte de nuestro ser que reside en el cuerpo y que nos conecta con la totalidad de la Vida en la tierra y, mediante ella, con todo el universo. Es en gran medida la parte que ha sido daña­da en el mundo moderno por la desconexión con la naturaleza y por la extraña —y en muchos casos destructiva— relación que te­nemos con nuestro propio organismo. Se caracteriza típicamente por la obsesión que solemos tener por el aspecto de nuestro cuerpo y por la preocupación por las cosas materiales: posesiones, dinero, seguridad, etc. Es la parte del alma con la que están íntimamente relacionadas doctrinas como el chamanismo y otras disciplinas re­lacionadas con la naturaleza que han surgido en los últimos 50 años, y a cuya curación pueden contribuir. Es aquí donde se siente el organismo como un todo, en nuestros cuerpos, y toda destruc­ción que se produzca en la tierra será experimentada en este aspec­to de nuestro ser. Por ello, si queremos recuperar nuestra salud es
necesario sanar previamente el medio ambiente, y este proceso co­mienza por reconectarnos con el entorno. Después de la muerte, esta parte de nuestro ser regresará a la tierra para, desde aquí, volver a alimentar a la Vida.
A la segunda parte la llamo el Alma Ancestral (o «alma de la sangre»). Es la parte que nos conecta —en un primer momento a través de nuestro linaje— con la historia humana a la que pertene­cemos. Todas las culturas chamánicas honran a sus antepasados. Esto es debido, en parte, al hecho de que pueden proporcionar una conexión íntima y directa con el mundo de los espíritus, pues resul­ta mucho más sencillo conectar con un ser invisible que ahora exis­te en forma de espíritu si cuando estaba en este mundo lo conocía­mos y teníamos una buena relación con él.
Por otra parte, los pueblos indígenas reconocen que en cierto modo somos la suma, el resultado final, de todos nuestros antepa­sados y que nuestra sangre conserva los recuerdos de sus vidas, sus éxitos y fracasos, sus talentos y bendiciones. La sangre que corre por nuestras venas nos pone en contacto directo con el corazón. Si hay alguna pena, algún dolor o algún patrón traumático que haya quedado sin resolver y que nuestros antepasados tuvieron que so­portar, entonces los heredaremos nosotros —y eso es algo tan in­dudable como que vamos a heredar su ADN—. Los antiguos grie­gos entendieron esto muy bien y lo reflejaron en sus tragedias teatrales. En ellas, sobre ciertas familias o ciertos linajes caían mal­diciones causadas por los actos de sus antepasados, teniendo que padecer los descendientes esos crueles destinos sin haber cometido ellos mismos ninguna falta.
Diversas tribus de América del Norte también tuvieron presen­te esta comprensión, como lo demuestra la importancia que le da­ban al hecho de valorar y sopesar las consecuencias que los propios actos iban a tener en, al menos, las próximas siete generaciones. Por supuesto que esto también tenía una utilidad eminentemente práctica, pues garantizaba que las ideas estuviesen encaminadas a la preservación de las sociedades y de las culturas durante largos periodos de tiempo y que las diversas generaciones no actuasen de una forma egoísta y destructiva.
Tanto desde una perspectiva emocional como desde un punto de vista práctico, este aspecto de nuestra alma ha sido también profundamente dañado. Con todas las guerras, la violencia, las revueltas y la rapidez con la que se han producido los cambios en el siglo pasado —sin precedentes en la historia, y cuyas repercusio­nes aún hoy estamos padeciendo— la necesidad de emprender un proceso de sanación es enorme. Cuando muramos, todo esto se acumulará y pasará a formar parte de la «reserva ancestral».
La tercera parte de nuestro ser es la que denomino el Alma Soñadora (o «alma personal»). Esta parte constituye nuestra pro­pia esencia, única y particular, y es la que, en mi opinión, va via­jando a través de muchas vidas y distintas encarnaciones por todo el universo, en muy diferentes formas y a través de realidades muy diversas. Es la parte verdaderamente atemporal y en la que ponen el énfasis muchas doctrinas espirituales, la que da sentido y propó­sito a nuestras vidas y a la vez nos conecta con el espíritu de la Vida en su totalidad, con la fuerza creativa que reside dentro del universo y a la que se le ha dado muchos nombres.
Sin embargo, para llegar a conocer y a experimentar verdade­ramente este aspecto de nuestro ser tenemos que, previamente, ocuparnos de conocer y sanar también las otras dos almas. Es por esta razón que, en mi opinión, la sanación puede llegar a ser un proceso muy difícil y complejo. Y es también el motivo por el que muchas personas a las que he atendido y que parecían tener sus historias personales completamente arregladas, gente con una ex­traordinaria capacidad de apertura, que en muchos casos habían tenido experiencias expansivas en las que sus almas personales ha­bían entrado en contacto con el espíritu que alienta a todas las formas de vida, aún sufren, como fue mi propio caso durante mu­cho tiempo.
El hecho de que una persona arrastre consigo un daño produ­cido en el alma corporal —cargando sobre sus hombros todo el dolor del mundo, como muchos de nosotros solemos hacer—, o de soportar una gran carga ancestral, puede afectar a la capacidad de esa persona para curarse de verdad. En algunos casos en los que el alma personal puede verse aplastada por las enormes cargas an‑
cestrales y colectivas que arrastra, puede que ni siquiera se presen­te la oportunidad de entender lo que la persona es verdaderamente o el motivo por el que está en el mundo.
Además, si no estamos totalmente conectados a la tierra y bien encauzados interiormente, resulta por lo general muy difícil inte­grar las experiencias que el Alma Personal nos puede ofrecer. Pre­cisamente, esto es lo que hace que la línea que separa la genuina inspiración espiritual, una experiencia cumbre verdadera, de la locura, sea bastante fina. Las experiencias intensas pueden provo­car una gran apertura en el individuo, pero si son demasiado fuer­tes y se carece de una buena base y de los cimientos necesarios, también pueden hacerlo saltar por los aires. En el mundo moderno occidental, en el que la gran mayoría de las tradiciones iniciáticas y de apertura espiritual se han perdido o han sido destruidas, este peligro es ciertamente muy real.
Otra trampa en la que se suele caer es lo que los psicoterapeu­tas denominan el «bypass espiritual», que se produce cuando la gente recurre al autoengaño y se crea su propio mundo de espiri­tualidad superficial y desarraigada. Esto sucede cuando se recurre a ciertas formas de espiritualidad como una forma de eludir el propio dolor, que normalmente queda retenido a nivel corporal. No obstante, cuando conseguimos sanar en profundidad los dos primeros aspectos de nuestro ser nos conectamos con el alma so­ñadora y esta pasa a estar completamente enraizada en el cuerpo. Entonces todas las riquezas del universo pueden abrirse ante no­sotros.
Estas tres almas corresponden a los tres mundos principales que se suelen describir en la mayoría de las cosmologías chamáni­cas y ancestrales. El «mundo inferior» o «inframundo» correspon­de al Alma Corporal. Las religiones tradicionales han impuesto sobre este reino un punto de vista muy moralista y cargado de juicios de valor parciales y sesgados; es lo que se ha denominado «infierno». Es un mundo de fuerzas primarias en el que suelen abundar los espíritus favorables, los cuales se presentan a menudo en forma de animal. El ombligo es el centro energético principal mediante el cual accedemos a este mundo y a esta parte del alma.
Esta conexión hace que seamos capaces de orientarnos en el es­pacio.
El Alma Ancestral corresponde a lo que los chamanes llaman el «mundo intermedio»: el equivalente espiritual o invisible del mundo manifiesto, de la realidad que experimentamos con los cin­co sentidos. El centro energético mediante el cual nos conectamos con esta parte de nuestra alma y del mundo es el corazón; aquí es donde nos conectamos con los demás y, en última instancia, con el mundo físico. Nos capacita para percibir el tiempo y para orientar­nos en él.
El Alma Soñadora corresponde a lo que los chamanes han denominado el «mundo superior», o lo que las religiones tradicio­nales —una vez más desde una perspectiva muy moralista— han llamado el «cielo». El centro energético mediante el cual nos co­nectamos con este mundo se conoce en el chamanismo como el «ojo del poder», y corresponde con lo que en las tradiciones orien­tales se denomina «tercer ojo». Dada la gran atención que se le ha dado a la consciencia individual en las culturas modernas y en particular debido a las religiones y filosofías trascendentes de los últimos dos o tres milenios, a esta parte de nuestra alma se le ha dado una importancia exagerada, haciendo que el resto de los as­pectos de nuestro ser quedasen relegados.
Aquello de lo que formamos parte (el Alma Corporal) y el lu­gar del que venimos (el Alma Ancestral) han sido pasados por alto en favor de a dónde nos dirigimos o de por qué estamos aquí (el aspecto soñador de nuestro ser). Lo que hemos buscado ha sido o bien llegar al cielo y al paraíso o bien escapar de la rueda del kar­ma, pero siempre sin llegar a encarnar totalmente lo que somos en este mundo y sin darnos cuenta del maravilloso don que es la Vida cuando todos los aspectos de nuestro ser están bien integrados.
Al percibir el mundo a través de este centro energético —de esta tercera parte de nuestra alma— podemos experimentar la atemporalidad y comenzar a orientarnos en ella.
Lo que comparto en este libro es lo que yo mismo he descu­bierto o lo que he aprendido de otros en esta exploración de los paisajes invisibles, y también cómo la misma naturaleza y compo‑
sición de estos paisajes del alma pueden tanto colaborar en el pro­ceso curativo como bloquearlo. Sin embargo, lo que aquí presento no pretende ser de ningún modo algún tipo de «verdad definitiva», ni tan siquiera algo particularmente original, pues existen muchas culturas y metodologías cuyos sistemas de creencias aceptan la pre­sencia de más de un alma en el ser humano. La primera vez que me topé con esta idea fue en el excelente libro de Robert Lawlor Voices of the First Day ( «Voces del primer día»). En él el autor compara la idea egipcia de las tres almas —similar a la que he descrito aquí— con las de la cosmología de los aborígenes australianos 2. En mi caso, mi propio camino me ha llevado a consolidar e integrar estas ideas en una cosmología real y práctica que tiene sentido en el mundo moderno y que puede resultar beneficiosa para recuperar la salud, así como para dar los primeros pasos en nuestro propio viaje iniciático.
Por lo tanto, presento estas ideas meramente como un pequeño mapa de los territorios que pueden ayudarnos a conectar con los reinos invisibles y a aliviar el dolor que en ellos pudiera haber, y que nos pueden conducir al bienestar físico, emocional, mental y espiritual. En todo caso, al final los mapas no son más que mapas y muchas veces resulta necesario deshacernos de ellos para poder levantar la vista y experimentar la realidad tal y como es, pues los mapas únicamente pueden describir el paisaje. En última instancia todos somos uno y la energía no es más que energía. No obstante, si no nos aferramos demasiado a él, a veces un mapa puede sernos útil a la hora de explorar estos reinos.
Creo que ahora más que nunca necesitamos algo que nos ayu­de a orientarnos en el espacio, en el tiempo y, posteriormente, en la atemporalidad, que nos permita volver a reconectarnos con el mundo y con nosotros mismos, de forma que seamos capaces de afrontar los retos que tenemos por delante desde una posición fir­me, sólida y centrada. Cuando miro a mi alrededor y veo el mundo, lo que percibo más claramente es desorientación, la sensación de que las cosas giran fuera de control, como si el tren del mundo moderno nos estuviese llevando peligrosamente cerca del borde del olvido, sin que nadie sepa muy bien cómo ni por qué hemos llega­ do hasta aquí y, lo que es más importante, sin saber tan siquiera cómo empezar a dar marcha atrás para poder recuperar algún tipo de equilibrio.
Volver a orientarnos nos puede ayudar a recobrar la confianza en nosotros mismos, a no seguir cediendo nuestra propia autoridad a los así llamados «expertos», a no basarnos en teorías de la exis­tencia que no hacen más que cambiar constantemente en función de la última moda o de alguna nueva idea. Nosotros mismos pode­mos llegar a ser capaces de responder a las preguntas que los cu­randeros y los videntes han considerado esenciales para la salud y la felicidad de los seres humanos durante milenios: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿por qué estoy aquí? Mediante el simple pero mo­numental acto de explorar nuestras almas y los paisajes invisibles que constituyen la realidad en la que habitamos podemos llegar a conocer y a conectar con estos tres aspectos de nuestro ser, lo cual puede resultarnos enormemente beneficioso.
 

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