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El Protocolo Wahls Maximizar

El Protocolo Wahls

Terry Wahls (aut)
Eve Adamson (aut)

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Cómo superé mi esclerosis múltiple progresiva con los principios paleo y la medicina funcional

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9788484456759

A la doctora Wahls le diagnosticaron esclerosis múltiple en el año 2000. Sin embargo, logró revertir su enfermedad, abandonar la silla de ruedas y recuperar su movilidad gracias a un innovador tratamiento médico totalmente natural que ella misma desarrolló conjugando los principios de la medicina funcional con las pautas de salud integral de la dieta paleo. Así nació el Protocolo Wahls, su eficaz método para tratar las enfermedades autoinmunes en general y la esclerosis múltiple en particular.
Esta obra es fruto de las investigaciones y de la amplia experiencia médica de la Dra. Wahls, y recoge las claves de este reconocido método de salud y regeneración del sistema autoinmune.

El Protocolo Wahls incluye:

• Una guía de alimentación natural para regenerar la salud celular
• Prácticas depurativas
• Ejercicios y prácticas físicas
• Orientación sobre medicamentos, suplementos y medicinas alternativas
• Pautas para la gestión del estrés

Terry l. Wahls,

doctora en medicina, ejerce como profesora clínica en el Carver College de la Universidad de Iowa (EE.UU.). Quiere dar a conocer el Protocolo Wahls por medio de su libro, de sus conferencias, de su sitio web y de las clases que imparte acerca del uso de los alimentos como medicina. Vive en Iowa City con su esposa y su hija. Su hijo, Zach Wahls, es autor del libro de éxito My Two Mums (Mis dos mamás).

Eve Adamson

es autora y coautora de más de 60 libros. Sus obras han recibido diversos galardones, y cinco de ellas han figurado en la lista de los libros más vendidos del New York Times.
La doctora Terry Wahls trataba a sus pacientes a base de medicamentos y de intervenciones quirúrgicas... hasta que en el año 2000 le diagnosticaron escle­rosis múltiple. Tres años más tarde, los músculos de la espalda y del vientre se le habían debilitado tanto que se vio obliga­da a usar una silla de ruedas. La doctora Wahls, decidida a dar la vuelta a aquel pronóstico tan pesimista, se puso a estu­diar las últimas investigaciones sobre las enfermedades autoinmunes y desarrolló un protocolo de tratamiento natural que le permitió revertir su enfermedad y lle­var una vida plena.
En El Protocolo Wahls presenta su transformación milagrosa, así como las investigaciones llevadas a cabo por ella misma y por otros estudiosos actuales so­bre la esclerosis múltiple y las enferme­dades autoinmunes en general.
Este libro, en el que encontrarás una gran cantidad de información científica y de recomendaciones so­bre nutrición y estilo de vida, es un recurso fundamental para cualquier persona que quiera revertir los sínto­mas incapacitantes de su enfermedad autoinmune.
La doctora Wahls recuperó su vida siguiendo el protocolo que lleva su nombre.
Tú también puedes hacerlo.

Indice

Introducción       17

PRIMERA PARTE
ANTES DE EMPEZAR

CAPÍTULO 1. La ciencia de la vida, la enfermedad y tú       43
CAPÍTULO 2. La autoinmunidad: medicina convencional y medicina funcional       81
CAPITULO 3. Empezando a centrarte       113

SEGUNDA PARTE
COMER PENSANDO EN LA SALUD DE TUS CÉLULAS

CAPÍTULO 4. La dieta Wahls: nociones generales       135
CAPITULO 5. Dominar la dieta Wahls       167
CAPÍTULO 6. La dieta Wahls Paleo      227
CAPÍTULO 7. La dieta Wahls Paleo Plus       283

TERCERA PARTE
MÁS ALLÁ DE LA COMIDA

CAPÍTULO 8. Reducir la carga tóxica       325
CAPÍTULO 9. Ejercicio y electricidad       345
CAPÍTULO 10. ¿Qué pasa con los fármacos,
los suplementos y la medicina alternativa?       387
CAPÍTULO 11. Gestión del estrés       437
CAPÍTULO 12. La recuperación      461

EPÍLOGO. El final de mi historia, el principio de la tuya       491

LISTADO DE SINÓNIMOS      496

LAS RECETAS DE WAHLS       497

APÉNDICES

APÉNDICE A. Listas completas de alimentos del Protocolo Wahls       537
APÉNDICE B. Tablas de comparación de nutrientes       561
APÉNDICE C. Recursos       565

Agradecimientos       575

Notas      579

Índice temático       593

Introducción

Yo corría maratones y escalaba montañas en Nepal. He par­ticipado muchas veces, incluso estando embarazada, en el mara­tón de esquí de fondo American Birkebeiner, de 54 kilómetros. Obtuve un cinturón negro en taekwondo y gané una medalla de bronce en lucha full contact femenina, modalidad free sparring, en los Juegos Panamericanos de 1978, celebrados en Washington D. C. Me sentía invencible.
Pero, entonces, contraje esclerosis múltiple. Después de ha­ber sentido síntomas molestos a lo largo de varias décadas, me hicieron un diagnóstico definitivo en el año 2000. A esas alturas, ya tenía bastante arraigada la enfermedad en el sistema nervioso central. Fui decayendo rápidamente. A los dos años del diagnós­tico ya no podía jugar al fútbol con mis chicos en el jardín. En otoño del 2003 me agotaba al ir de una sala del hospital a otra para visitar a los pacientes, y en verano de 2004 tenía tan debi­litados los músculos de la espalda y del vientre que me vi obli­gada a ir en silla de ruedas reclinable. A los tres años del primer diagnóstico, mi enfermedad había pasado de ser una esclerosis múltiple remitente-recurrente a una esclerosis múltiple progre­siva secundaria. En esta fase, la incapacidad va progresando poco a poco a pesar de las terapias más agresivas. En 2007 me pasaba casi todo el día tendida en un sillón de gravedad cero. Tenía cin­cuenta y dos años.
Cada paciente de esclerosis múltiple tiene su propia histo­ria, su larga serie de señales y de síntomas extraños que, al fin, con los años, se acaban entendiendo. La mayoría de las enferme­dades neurológicas y autoinmunes se caracterizan por esto mis­mo: por que sus síntomas se van acumulando despacio, poco a poco, a lo largo de varias décadas. Así me pasó a mí. Y, como yo era médica, tenía que buscar respuestas: un diagnóstico y un tratamiento que me curase. Y como paciente, tenía que salvarme la vida.
Como la mayoría de los médicos, yo siempre me había cen­trado en hacer a mis pacientes un diagnóstico rápido, para tratar­los después a base de medicamentos y de intervenciones quirúr­gicas. Pero esto solo fue hasta que yo misma me convertí en pa­ciente. Me di cuenta de que la medicina convencional me estaba fallando. Me iba a pasar postrada en la cama el resto de mi vida. Desde los albores de nuestra profesión, los médicos hemos hecho experimentos en nuestras propias personas, ya fuera para poner a prueba algún principio científico o porque los tratamientos con­vencionales tenían un alcance limitado. Siguiendo esta tradición, y al encontrarme ante una enfermedad crónica y progresiva para la que no había tratamientos, empecé a hacer experimentos con­migo misma. Y los resultados que obtuve fueron asombrosos y muy superiores a lo que yo hubiera podido esperar. No solo frené el avance de mi enfermedad, sino que conseguí recuperar la salud y la movilidad de manera espectacular. Lo que aprendí entonces me cambió para siempre la manera de ver los mundos enfrenta­dos de la salud y de la enfermedad.
Thomas Edison dijo hace más de un siglo: «Los médicos del futuro no administrarán medicamentos; más bien harán que sus propios pacientes se interesen por el cuidado del cuerpo huma­no, por hacer una alimentación adecuada y por las causas de las enfermedades y su prevención». Esto pasó a ser mi nuevo rum­bo, mi pasión y mi misión. Entendí la salud y la enfermedad de un modo completamente distinto. Me convertí en una persona nueva, tanto física como emocionalmente, tanto en mi esfera personal como en la profesional. Y asumí con pasión el compro­miso de ayudar a otros a que también ellos se convirtieran en personas nuevas.

El diagnóstico

Puede que fuera el estrés y la presión a la que estaba some­tida como estudiante de medicina lo que desencadenó mis pri­meros síntomas en 1980, años antes de que yo tuviera la menor idea de sus causas. Terminé por darles el nombre de «aguijona­zos». Eran unas punzadas intensas de dolor facial, que solo du­raban un momento y me llegaban aleatoriamente, a veces en oleadas. Los episodios se acumulaban a lo largo de una o dos semanas, y después iban desapareciendo gradualmente durante varias semanas más. Los sufría con más frecuencia en mis tur­nos más duros en el hospital, a veces de treinta y seis horas seguidas y pocas posibilidades de dormir. Con el transcurso de los años fueron empeorando, hasta llegar a sentir como si me clavaran en la cara un aguijón eléctrico para ganado de diez mil voltios.
Por entonces, consideraba que los episodios de dolor facial no eran más que una molestia. Los consideraba un problema aislado, sin explicación; creía que eran uno de esos misterios médicos que tampoco hace falta resolver. Ni siquiera pensé mu­cho en ello cuando fui médica. Estaba demasiado ocupada con
mis pacientes como para dedicar mucho tiempo a diagnosticar­me a mí misma. Desde luego que no llegué a pensar nunca que se tratara de un problema de autoinmunidad.
Aunque aquel fue mi primer síntoma, lo más probable es que el avance inexorable de la esclerosis múltiple por mi sistema nervioso central no empezara en ese momento. Diez años antes, puede que veinte, mi cerebro y mi médula espinal habían estado sufriendo el «fuego amigo» de mi propio sistema inmunitario, que atacaba la mielina que servía de aislante de mis nervios. Yo, al principio, no lo notaba. Pasé años sin notarlo. Pero estaba su­cediendo.
Con el paso de los años, fui madre. Tuve primero a mi hijo, Zach, y después a mi hija, Zebby. Las exigencias de ejercer una profesión a jornada completa a la vez que criaba a mis hijos me tenían distraída; pero el reloj de mi esclerosis múltiple seguía avanzando. Yo no oía su tictac, a pesar de que se me disparaban las alarmas de la visión borrosa y de los «aguijonazos». Estaba convencida de que tenía por delante cuarenta años o más de vida como mujer activa, aventurera y dinámica. Me veía hacien­do escalada con mis hijos, aun cuando yo fuera una abuelita de cabellos blancos. No se me ocurrió nunca que aquellos síntomas míos inexplicados pudieran tener que ver con una cosa tan esen­cial como mi movilidad, ni tan indispensable como mi capacidad de pensar.
Una noche, en una cena con amigos, hablando con una neu­róloga, le comenté por casualidad que veía el color azul de ma­nera algo distinta con cada ojo. Los azules me parecían un poco más vivos al verlos por el ojo derecho. Aquello llamó la atención a la neuróloga. Me dijo:
—Tendrás esclerosis múltiple algún día.
Era la primera vez que alguien me decía algo semejante. Y sucedió que mi padre falleció a la mañana siguiente, por lo
que el comentario de la neuróloga quedó olvidado entre el tor­bellino de dolor. Pero, años más tarde, recordé aquellas palabras proféticas.
Un día, Jackie, mi esposa, me comentó que le parecía que yo andaba de una manera rara, pero yo no la creí. Ni siquiera lo notaba yo misma, hasta que ella se empeñó en que fuésemos a darnos un paseo de cinco kilómetros a pie para comprarnos un helado en la lechería local. A la vuelta, yo arrastraba el pie iz­quierdo como si fuera un saco de tierra. No era capaz de levan­tarlo del suelo del todo. Estaba agotada, asqueada y asustada. Pedí hora a mi médico de cabecera.
Muchas personas pasan por experiencias como estas hasta que les hacen un diagnóstico definitivo de esclerosis múltiple. Los síntomas se van acumulando poco a poco a lo largo de los años, y el diagnóstico puede retrasarse más años todavía aun cuando ya se han manifestado de manera evidente los problemas físicos.
A lo largo de las semanas siguientes me sometí a sucesivas pruebas y análisis, temiendo siempre los resultados de cada uno. Algunas pruebas eran a base de luces y zumbidos. En otras me aplicaban electricidad, y resultaban dolorosas. Me hicieron va­rios análisis de sangre. Yo decía poco y temía mucho. Todo salía negativo; pero estaba claro que me pasaba algo malo.
Llegamos por fin a la última prueba, una punción lumbar. Si en el líquido cefalorraquídeo había presencia de bandas oligoclo­nales (proteínas que son indicadoras de una cantidad excesiva de anticuerpos), el diagnóstico sería de esclerosis múltiple. Pero si también esta prueba salía negativa, lo más probable sería que lo que yo padecía fuera lo que llaman una «degeneración idiopática de la médula espinal» («idiopática» significa que las causas son desconocidas). Entre la larga lista de posibles diagnósticos, aquel parecía el mejor. Yo tenía esperanzas.
Cuando me levanté a la mañana siguiente, sabía que los resultados aparecerían en mi historial. Podría consultarlos yo misma, sin salir de casa. Me senté al ordenador y accedí a mi historial clínico. Busqué la sección de laboratorio. Positivo. Me puse de pie. Empecé a pasearme por la casa. Dos horas más tarde, volví a acceder al sistema y a consultar el resultado. Lo hice cinco veces, con la esperanza de que lo cambiaran por algún motivo. No lo cambiaron.

Ya era oficial. Tenía esclerosis múltiple.

 

***

  • Autor/es: Terry l. Wahls
  • Editorial Gaia Ediciones
  • Formato 14,5 x 21 cm
  • Páginas 608
  • Encuadernación Rústica con solapas (tapa blanda)

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