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¿Y yo? ¿Estoy muerto? Maximizar

¿Y yo? ¿Estoy muerto?

Pedro López Pereda (aut)

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Vivencias de un viaje interior

El autor cuenta sus experiencias personales durante su viaje interior sin tratar de teorizar ni aportar nuevas ideas, describiendo lo vivido y la información recibida de sus guías.

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9788494117732

"Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo"
(Oscar Wilde)

El autor cuenta sus experiencias personales durante su viaje interior sin tratar de teorizar ni aportar nuevas ideas, sino describiendo lo vivido y la información recibida de sus guías.
Partiendo de la pregunta que da nombre al libro, se adentra en un camino de autorrealización en el que la percepción extrasensorial se une con revelaciones inéditas.

Pedro López
Descubro el yoga en 1965 y empiezo a profundizar en la meditación en 1972, en el centro de Maharishi Mahesh Yogi. Desde ese momento me abro a un amplio espectro de métodos, que culmina en 1990 cuando entro como alumno en el centro Iyengar de Madrid hasta el año 2000.
Soy miembro de la Asociación Profesional de Profesores de Yoga de Madrid. He asistido a los siguientes cursos que ésta ha organizado: “El yoga desde el enfoque médico” (1997); “Yoga y kinesiología” (1999); “Metodología de la práctica de las asanas” (1999); “Yoga, salud y búsqueda interior” (2002); “La doctrina del vacío” (2002); “El silencio interior. Profundizando en el yoga" (2005)...
En 2001 inauguré el centro de autorrealización Namaskar como Director y profesor del mismo, influido por las enseñanzas de Antonio Blay. 
Soy maestro de Reiki desde 1977.
En colaboración con Isabel Hernández he publicado artículos sobre autoconocimiento en revistas especializadas y escrito libros como: “Diseñando un ser consciente” y "Homo Sapiens: Manual de instrucciones", así como los publicados por la Fundación Yoga.

CAPÍTULO 1

Los primeros trece años de mi vida permanecí en un estado de mera supervivencia. Existí ¡y eso fue todo!
No considero que ciertos acontecimientos espinosos de mi primera infancia fuesen una excusa para mantenerme en aquel estado de mera existencia. Es cierto que, después de quedarme huérfano de madre a los dos años, estuve durante mucho tiempo sumido en un estado de debilidad ocasionado por diversas enfermedades. Pero con el tiempo eso no fue un inconveniente, sino todo lo contrario. Según crecía me daba cuenta de que sin la experiencia vivida nunca me habría planteado la pregunta que da nombre a este libro.
Cuando llegué a la adolescencia, después de una mejoría súbita en mi salud, y posiblemente al tomar conciencia de mi infancia aletargada, me empecé a cuestionar si yo pertenecería o no a aquel grupo de personas al que Jesús de Nazaret se refería cuando dijo a su discípulo: "Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos". Y fue en ese momento cuando me enfrenté a la ineludible pregunta: ¿Y yo? ¿También estoy muerto?
Con el tiempo, las respuestas que mi entorno iba arrojando sobre mi interrogante ni me llenaban ni me servían. Estaban
ocasiones de intenciones no tan inocentes. El tema es que en aquel tiempo había otras prioridades que estaban por encima de mis planteamientos excesivamente filosóficos. Corría el final de los años sesenta en una España muy condicionada religiosa, social y políticamente, y aunque tuve la suerte de contactar con personas íntegras, profundas e inteligentes dentro del mundo de la religión, la prioridad totalmente razonable de aquel momento estaba en lo social y en la mera supervivencia diaria de muchas personas.
Recuerdo que un grupo de compañeros íbamos los sábados al Pozo del Tío Raimundo (barrio del sureste de Madrid) a realizar actividades básicas con los niños en los locales del padre Llanos (jesuita artífice del desarrollo de este barrio madrileño). Allí tomé plena conciencia de las necesidades reales de mucha gente, prioridades que estaban por encima de mis interrogantes internos. Recuerdo perfectamente aquel día que llevamos a los niños al Museo de Ciencias Naturales de Madrid y en sus alrededores había un pequeño estanque con peces de colores. Uno de los niños se aproximó al agua e intentó atrapar un pez con la mano. Un guardia municipal se acercó y le preguntó qué es lo que hacía, a lo que el pequeño replicó, con toda la inocencia del mundo, que intentaba atrapar alguno de los peces. El municipal le volvió a preguntar: ¿Para qué lo quieres? El niño respondió con naturalidad que para comérselo, ¡pues no entendía para qué otra cosa pudiera ser!
La verdad es que cada vez que bajábamos con ellos a cualquier zona de tiendas alejada de sus infraviviendas, sus caritas se pegaban a los cristales de las pastelerías, ya que posiblemente
era lo más increíble que habían visto en su vida. Eso y el Metro, que les parecía algo de ciencia ficción.
En aquellos años sesenta, mientras yo seguía con mis dudas existenciales, en el resto del mundo occidental se estaba generando un importante cambio que se inició cuando la juventud reclamó su participación social y se posicionó en un espacio que antes le estaba vetado. Este fenómeno, que poco a poco llegó también a España, no se habría producido sin los cambios políticos, tecnológicos y económicos que se generaron en aquella década. Cuando se han cubierto las necesidades básicas, en muchas personas nace la necesidad de encontrar su propia identidad, es decir, aquello que en el ser humano permanece siempre idéntico, su realidad profunda.
En la década siguiente aquel inconformismo nos llevó a mirar hacia oriente, específicamente hacia la India. Numerosos artistas como The Beatles y Jane Fonda lo potenciaron y lo extendieron. Muchos jóvenes de aquella generación unieron a su conciencia social su anhelo por el conocimiento interior y comprendieron que ambas acciones eran totalmente compatibles.
Diferentes comunidades de oriente y occidente se expandieron por el mundo, y alguna de ellas planteaba respuestas concretas a mi pregunta recurrente. Uno de los argumentos más esgrimidos era que Jesús, cuando hablaba de aquellos muertos, se refería a las personas que no creían en Él. A mí me parecía una manera de quitarse el problema de encima y seguir dormitando en el sueño de los inocentes. Si creer es tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza a
comprender o que no está comprobado, el crédulo suele estar más dormido que el incrédulo, ya que no tiene que hacer ningún esfuerzo cognitivo para estimularse. Al menos esa es la conclusión a la que llegué desde mi lógica de adolescente.
Otra respuesta recurrente estaba relacionada con la fe: "El que no tiene fe es el que está muerto". Aunque podríamos llegar fácilmente a las mismas conclusiones que antes he mencionado, con el tiempo descubrí que para despertar hay que tener fe en que realmente puedes hacerlo.
Lo que sí parecía bastante evidente cuando profundizaba en la raíz de la pregunta, es que en nuestra existencia terrenal, los humanos vivíamos como mínimo dormidos, siguiendo pautas inconscientes de comportamiento que nos acercaban más al concepto muerte que al de vida y que el problema era mucho más complejo que una mera creencia o un dogma de fe.
En aquella época los estudios de las pautas de comportamiento se centraron bastante en la biología del desarrollo, que estudia los procesos mediante los cuales los organismos crecen y se desarrollan. Esta ciencia analiza entre otras cosas los controles genéticos del crecimiento celular. Y mi interrogante adquirió nuevos matices: ¿hasta qué punto vivimos dormidos al estar condicionados en nuestro comportamiento por factores genéticos? Por ejemplo, ¿cómo es posible que algunas personas gemelas separadas desde su infancia, que viven en entornos diferentes, mantengan vidas paralelas compartiendo los mismos gustos, los mismos hábitos y hasta tengan parejas y hábitats muy similares? ¿Quién dirige entonces la historia de
sus vidas? ¿Es la genética la responsable de sus decisiones o es su albedrío consciente? Y no es una cuestión solo de hermanos gemelos, sino que esto funciona para todas las personas. Lo que pasa es que en muchos casos no existen referencias claras para comparar.
Y si a todo lo que nos condiciona la genética le sumamos lo que nos limita el medio donde nos criamos y crecemos, es decir, toda la influencia medio ambiental, familiar, social... ¿qué queda para nosotros? La vida se convierte en una mera existencia donde interpretamos un papel previamente aprendido con poca capacidad para improvisar. Desde este enfoque era más fácil entender por qué dijo Jesús aquellas palabras ("Sígueme,. deja que los muertos entierren a sus muertos") y cuál era su significado.
Poco a poco me fui convenciendo de que durante mi infancia había interpretado un guion y que posiblemente seguía interpretándolo. Un guion lleno de matices de riqueza escénica, pero que no por esto deja de ser un guion. Por ello me planteé con cierta convicción que en el transcurso de mi vida debería de ser capaz de estar por encima de aquel libreto aprendido. Lo que sí tenía muy claro es que lo que Jesús quería decirnos es que para vivir (para dejar de estar muertos) teníamos que dejar de ser meros personajes y convertirnos en seres humanos conscientes y protagonistas de nuestra propia vida.
A partir de ese momento me convertí en algo parecido a eso que se llama un "buscador" del camino interior.
Empecé a leer a diferentes maestros que también hablaron de este mismo estado al que se refirió Jesús. Por ejemplo, Gautama Buda, que en el primero de los sutras de su obra Dhammapada enunciaba: "El necio duerme como si ya estuviera muerto, pero el maestro está despierto y vive para siempre"...
En este breve párrafo descubrí cómo se pueden unir con un mismo significado los vocablos muerto y dormido: duerme como si estuviera muerto, y entendí que dentro de este contexto, ambos términos se pueden considerar sinónimos.
Un punto interesante para mi búsqueda es que en este sutra de Buda se nos da una primera referencia que nos ayuda a dilucidar si estamos o no muertos o dormidos. Él considera que el sujeto que está dormido es el necio, es decir, el ignorante que se conforma con su estado primigenio, con su papel aprendido, y el despierto, en cambio, es el sabio. Aquella enseñanza me planteaban nuevas preguntas, por ejemplo: ¿Para los aspirantes a buscadores existe un estado intermedio entre los necios y los sabios? ¿Hay un camino medio en el despertar?
Aun así, dejando a un lado las reflexiones mentales, lo que estaba claro es que ya tenía un camino tangible que recorrer: el sendero del Conocimiento que nos hace salir de la ignorancia. Y para recorrerlo empecé a leer y a asistir a los cursos que estaban en aquel tiempo a mi alcance. De aquella primera época recuerdo sobre todo, y con verdadero cariño, el seminario que recibí de Óscar González Quevedo, que me
aportó unas enseñanzas elementales pero imprescindibles para seguir de forma coherente y racional mi búsqueda en el camino hacia la consciencia.
El jesuita madrileño Óscar González Quevedo, radicado en Brasil desde los años 50, era muy conocido en ese país por sus debates con espiritistas, negando supercherías y supersticiones. Me gustó su versión de "La navaja de Ockham" que formulaba en estos términos: "Lo que puede explicarse por menos no puede ní debe explicarse por más". Me convenció su sentido crítico, que me ayudó a ser más exigente con todo lo que no se puede demostrar o racionalizar seriamente en el mundo de la espiritualidad y me ayudó a mantenerme lejos de las numerosas doctrinas y sectas (algunas muy discutibles) que fueron apareciendo en los años setenta.
Por otro lado, algunos textos clásicos orientales a los que fui teniendo acceso, daban una información valiosa para avanzar en el camino de la búsqueda. Así, en los versos del poema sánscrito Viveka Chudamani, podemos leer: "Lo real se logra mediante la Sabiduría... El conocimiento se alcanza por el discernimiento, por el examen, por la instrucción..."
Concretando, la ignorancia es el reverso de un saber relacionado con lo que actualmente llamamos Sabiduría. No es falta de información ni de datos, simplemente es una falta de desarrollo del discernimiento consciente, y para alcanzarla hay que seguir un camino de introspección al que podemos llamar meditación.
Cuando comenzaba la década de los años setenta asistí a una conferencia de la organización DLM (Divine Light Mission) donde se enseñaban técnicas introspectivas a las que ellos denominaban «El Conocimiento».
Para un buscador del Conocimiento aquello resultaba profundamente atractivo, y durante unos años despertó mi interés y estuve asistiendo a las charlas en su sede madrileña. Como antes he comentado, esta organización, reunía todos los valores de las revoluciones juveniles de los años sesenta (asistíamos mayoritariamente jóvenes), como las ideas de paz y de armonía interna.
El movimiento de la Divine Light Mission se había expandido por el mundo cuando a finales de los años sesenta un pequeño grupo de jóvenes occidentales, muchos de ellos hippies, instaron al maestro Prem Pal Singh Rawat (Maharaji) a viajar a Occidente, en donde, según le manifestaron, muchas personas estaban esperando sus enseñanzas.
Al final, su hermetismo me llevó a buscar otros caminos, pero había algo importante en las palabras de Prem Rawat: "A través del autoconocimiento se puede alcanzar una experiencia de paz, alegría y satisfacción; para ello tienes que aprender a enfocar tu atención de afuera hacia adentro". Para él el Conocimiento era comprenderse a uno mismo y la forma de conseguirlo era a través de unas meditaciones concretas.
Posteriormente, en el Tao Te King de Lao Tsé descubrí algo muy importante sobre el conocimiento y sobre la meditación.
El Tao dice: "Reconocer la ignorancia es fortaleza. Ignorar el conocimiento es demencia"(sección 71 del libro).
Después de leer estos comentarios del Tao Te King llegué a una conclusión obvia: una persona que ignora por falta de discernimiento y no reconoce la posibilidad de adquirir esa sabiduría, está muy dormida. Este nuevo razonamiento me llevó a pensar que cuando una persona no utiliza el juicio es muy difícil que se pregunte si está o no muerta. Es decir, es bastante evidente que el hecho de preguntárselo y reconocer la propia ignorancia abre el camino del despertar.
Poco a poco me iba convenciendo que el camino del despertar se llama meditación y meditación es fortaleza (se reconoce la ignorancia con fortaleza). Más tarde experimenté personalmente que las mejores sensaciones de la vida se alcanzan con y en la meditación, para la cual, como dice el Tao, hay que seguir unas pautas:
•    Vacíate del todo.
•    Deja la mente tranquila.
•    Las diez mil cosas aparecen y desaparecen, mientras el yo observa cómo se repiten.
•    Crecen y florecen y vuelven a su origen.
•    Volver a su origen es quietud, que es la norma de la naturaleza. Lo propio de la naturaleza es inmutable.
Realmente hay que tener fortaleza y voluntad. El Conocimiento no es baladí.
El mismo Tao valora la importancia de la constancia en la meditación, que junto con la voluntad fraguan la fortaleza del buscador.
Se narra de la siguiente forma:
•    Conocer la constancia es perspicacia.
•    No conocer la constancia lleva al desastre.
•    Conociendo la constancia, se abre la mente.
•    Con una mente abierta se abre también el corazón.
•    (...)
Existen muchas formas de explicar la experiencia meditativa, pero cuando se practica de manera regular, este texto del Tao cobra su verdadero significado y se puede entender de forma clara y precisa. Aunque ya en los años setenta estaba familiarizado con la meditación, no fue hasta la década de los noventa cuando experimenté una verdadera transformación por dentro y por fuera. Durante diez años practiqué de manera regular y con verdadera perseverancia yoga lyengar (en 1990 se inauguró en Madrid el centro dirigido por Patxi Lizardi, que desde entonces imparte exclusivamente la enseñanza del Maestro Yogacharya Sri B.K.S. lyengar). Actualmente mantengo el fruto de esa constancia y de las profundas experiencias que me aportó el pranayama (término sánscrito que designa los ejercicios respiratorios del yoga que conducen a la transformación profunda).
Mi experiencia con la meditación se consolidó a principios de los setenta. En aquella época un yogui alcanzó fama mundial mediante su relación con miembros de la contracultura de la revolución juvenil, especialmente estrellas del pop y el rock como el grupo británico The Beatles, el grupo californiano The Beach Boys (cuyo cantante Mike Love se convirtió en maestro de meditación transcendental) y el cantautor Donovan que se hizo su amigo y llegó a poner su foto en la contraportada de su álbum A Gift from a Flower to a Garden. Estoy hablando de Maharishi Mahesh Yogui.
El encuentro de The Beatles con Maharishi fue en 1968, año en que los jóvenes músicos viajaron a la India. Tras su estancia en este país los Beatles sacaron lo mejor de su inspiración y compusieron varios temas de su Álbum Blanco. Posteriormente George Harrison, Paul McCartney y Ringo Starr continuaron ligados al gurú, llegando a ofrecer conciertos en beneficio de algunas de sus iniciativas.
Maharishi Mahesh Yogui se había trasladado a Estados Unidos en 1960 y empezó a enseñar una técnica de yoga y meditación que posteriormente se extendería por otros países como "Ciencia de la Inteligencia Creativa", y más tarde como Meditación Trascendental (MT), y que según sus propios escritos es una técnica de relajación y descanso profundo que sirve para mejorar la calidad de vida del individuo y de la sociedad a través de trascender los pensamientos por medio de un sonido llamado mantra.
La meditación que aprendí en el centro de Maharishi en Madrid es el mismo concepto que han enseñado muchos maestros y
otras escuelas. En aquella década estuve haciendo también en el mismo centro los cursos de chequeador de meditación.
Lo más importante es que la meditación es una herramienta fundamental para poder crecer y que está por encima de cualquier maestro o instructor. Los verdaderos maestros están, como veremos posteriormente, en un plano superior.
Mediante la instrucción correcta es posible avanzar más en el camino del Conocimiento, y si se nos brinda la oportunidad de acceder a la ayuda de nuestros guías espirituales, el camino adquiere otro matiz y se convierte en una rica experiencia que nos acerca más al despertar.

ÍNDICE

1. He vivido muchos años dormido, aletargado entre la
existencia y la muerte    9
2. En todas las ocasiones en que el ser lo pide, la ayuda le
va a llegar para poder vivir despierto    23
3. La vida física es como un simulador de vuelo: estoy
muerto si solo utilizo el modo automático    37
4. Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos
es el océano. (Isaac Newton)    51
5. Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las
señales que te lleven a él. (Paulo Coelho)    61
6. Escucha, presta atención: quien nunca toca la tierra,
puede que nunca llegue al cielo. (A. Mickiewicz)    79

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