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El cáncer domesticado Maximizar

El cáncer domesticado

Léon Renard (aut)

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Los inimaginables recursos del ser humano

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9788491110897

Los conflictos que surgen en la vida cotidiana, ya sean conyugales, familiares, sociales o profesionales, se materializan siempre en nuestro organismo y no lo hacen por casualidad.
La enfermedad no es un enemigo, sino un mensaje, una forma de comunicación no verbal del cuerpo, el cual no hace otra cosa que quejarse de un problema que con frecuencia el enfermo ignora o rechaza. Así pues, la enfermedad atañe al ser humano de manera global, en el campo físico y psíquico, y en el caso del cáncer en concreto se han obtenido resultados muy relevantes y exitosos a partir de considerar la relación existente entre esta enfermedad y la psique.
Léon Renard en este libro resume los estudios realizados sobre el cáncer (Simonton, Hamer, Le Shan…) y los enriquece con su propia experiencia como terapeuta. A fin de conseguir la la curación propone, siempre como complemento a los tratamientos médicos, el empleo de unas técnicas de psicología adyuvante que establecen:
• una comprensión diferente del cáncer
• una nueva interpretación de los signos clínicos
• una colaboración activa del paciente en su proceso de curación mediante el uso de su latente fuerza psíquica.
Esta obra nos ayuda a comprender qué es realmente el cáncer y a saber evitarlo o domesticarlo.

LÉON RENARD

Es psicólogo y psicoterapeuta. Antiguo responsable de los estudios de psicoinmunología del ISEE de Bruselas, es también conferenciante y presidente de la asociación Objectif Santé Globale en Bélgica.

  • Formato: 15,5 x 23,5 cm
  • Páginas: 264

 

Índice

Prólogo      7
Introducción      15
Preámbulo. Algún día, el mundo cambiará     17
Capítulo I    La enfermedad, un lenguaje     21
Capítulo II    El laberinto de los pioneros     41
Capítulo III El origen de los cánceres descubierto en el cerebro      69
Capítulo IV La mente como herramienta de sanación     103
Capítulo V La terapéutica psicoadyuvante del cáncer     117
Capítulo VI La lección de un nacimiento      145
Capítulo VII El ser humano inconsciente no es libre      157
Capítulo VIII La familia frente al cáncer      175
Capítulo IX Las nuevas exploraciones de la enfermedad     181
Capítulo X El dolor    201
Capítulo XI La muerte: otro estado de conciencia    215
Capítulo XII Sida, sí, pero    225
Conclusión    241
Anexo I. Ejercicio de relajación    243
Anexo II. Correlaciones entre conflictos y cánceres descubiertos
en pacientes gracias a la ley de hierro del cáncer     245
Bibliografía     255

Prólogo

¡El cáncer está domesticado! ¿No me dirás que no se tiene que ser necio para pretender haber «domesticado» el cáncer? ¿No me dirás que hay que ser muy pretencioso para atreverse a afirmar tal cosa? ¿Más aún cuando miles de investigadores y científicos respetados se esmeran por encontrar el principio de una explicación coherente a una de las mayores plagas del siglo xx? ¿Cuando los médicos, los oncólogos, los radioterapeutas, los cirujanos fracasan día tras día en su lucha contra esta monstruosa enfermedad? ¿Una enfermedad que tras los primeros cinco años tan sólo deja un 30 por 100 de oportunidades de sobrevivir a aquellos a los que afecta? A no ser que el autor de este libro busque hacerse rico aprovechándose de la angustia de los enfermos de cáncer, dispuestos a escuchar a cualquier charlatán que les prometa milagros. Yendo aún más lejos, si el título fuera Domesticar el cáncer, remitiría a un objetivo proyectado para un futuro más o menos lejano. Pero, no. El cáncer domesticado, mediante la elección de tal participio, no deja lugar a dudas acerca de los objetivos del autor. ¡El cáncer está ahora domesticado! ¡Es un hecho! ¡Ya no se trata de un objetivo por conquistar: se ha logrado!
Así pues, ¿es este libro la obra de un necio, de un pretencioso o de un charlatán? Personalmente, estoy convencido de que no es el caso. La elección del término nos da un indicio de la conciencia y pertinencia del proceso que esta obra nos presenta. ¡No se trata de un cáncer vencido, fulminado, aniquilado o erradicado! ¡Ni siquiera se trata de un cáncer curado! Tan sólo se trata de un cáncer domesticado. Estamos muy lejos de librar batalla con violencia y sin piedad contra este mortal agresor. Léon Renard nos invita más bien a domesticar el cáncer, tal y como lo haríamos con un animal o un ser hacia el que quisiéramos acercarnos.
Este proceso de domesticación implica muchas más consecuencias de las que podría parecer a primera vista. Se traduce en cinco actitudes fun-
damentales. Para ilustrarlas, me he dejado inspirar por un fragmento de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Se trata de aquel maravilloso diálogo entre el zorro y el principito. A todo esto, ¿es realmente casual que el autor de este libro se llame «Renard»?:
«—¿Qué significa «domesticar»? –preguntó el principito.
—Es una cosa ya olvidada –dijo el zorro–, significa “crear vínculos...”».
De este modo, la primera actitud consiste en crear vínculos con el cáncer. Crear vínculos es, en primer lugar, entrar en relación con él. Para disponerse a escuchar su mensaje. Para entender la enfermedad. Para descodificar su mensaje, en vez de considerarla como un monstruo del que debemos deshacernos a cualquier precio. Tan sólo partiendo de este punto, el enfoque es radicalmente diferente del de la medicina clásica. Los síntomas no se consideran a priori como un mal que deba eliminarse lo más rápido posible. Se ven como un mensaje que el cuerpo nos manda con sabiduría e inteligencia. Tal y como se puede leer en este libro, el cuerpo nunca se equivoca. Detrás de todo síntoma, detrás de todo cáncer hay siempre un motivo biológico concreto que justifica y explica su origen.
En consecuencia, crear vínculos también consiste en establecer relaciones de causa-efecto entre los acontecimientos vividos por el individuo y el cáncer que se está manifestando. ¡Estamos muy lejos de una concepción fatalista del cáncer en la que éste se presenta como un desajuste anárquico e incontrolado que aparece en nuestra vida «por casualidad»! Por el contrario, el cáncer es un programa puesto en marcha por nuestro cerebro en respuesta a acontecimientos vividos bajo un estrés enorme. Por ello, crear vínculos nos llevará de forma natural a interesarnos por la historia de los individuos afectados por la enfermedad para entender el acontecimiento desencadenante en el origen de su cáncer. Esto es lo que nos revela el zorro en la continuación del diálogo:
«—¿Crear vínculos?
—Sí, verás –dijo el zorro–. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, como yo lo seré para ti...».
Segunda actitud en el proceso de domesticación: salir de un enfoque estadístico impersonal para entender el cáncer. Parafraseando la respuesta del zorro, en la cancerología clásica nada diferencia un cáncer de pulmón de otros cien mil cánceres de pulmón. Desde un punto de vista científico, el enfoque estadístico es incapaz de establecer relaciones observables de causa-efecto. Como mucho, puede llegar a detectar inferencias, correlaciones, sin que éstas tengan sentido. Existe un famoso ejemplo que ilustra bien este tipo de sesgo interpretativo: «Es bien sabido que los guardia civiles y la policía son los responsables de casi todos los accidentes mortales en la carretera». De hecho, cualquier observador externo que sea llamado al lugar de un accidente mortal (un periodista, por ejemplo) podrá confirmar la sistemática presencia de las fuerzas del orden. De este punto a concluir que los «agentes» son los responsables de los accidentes, tan sólo hay un paso. Y un paso que cualquier estadista que desconozca la realidad intrínseca y cronológica de los acontecimientos podría dar. Otro ejemplo famoso: el rasgo cancerígeno de las medias de nilón. De hecho, se ha observado que desde que las mujeres llevan medias de nilón ¡se han disparado los casos de cáncer de mama! Esto se verifica estadísticamente con todo el rigor que se requiera. Sin embargo, científicamente es del todo falso. Así se demuestra que dos acontecimientos pueden ser simultáneos sin tener por qué estar conectados. Dicho de otro modo, una verdad estadística no tiene por qué convertirse en una ley científica.
Por ejemplo, ¿qué se diría de una ley de la gravedad que dispusiera que en un 52,6 por 100 de los casos un cuerpo cae de forma vertical, que en un 24,8 por 100 de los casos cae de forma horizontal y que, en un 22,6 por 100 de los casos, sigue trayectorias aleatorias en cualquier dirección? Simplemente, se consideraría no científica, aunque fuera el resultado de rigurosas observaciones estadísticas. ¡No se trataría de ninguna ley! La cancerología se considera científica y sólo está fundada en unas hipótesis fruto de estadísticas que no explican para nada los mecanismos intrínsecos de la enfermedad. Si fumar provoca cáncer de pulmón, ¿cómo es que no todos los fumadores lo padecen? Y de forma inversa, ¿por qué tantos no-fumadores se mueren de un cáncer de pulmón (más de un 40 por 100 de los cánceres de pulmón afectan a no-fumadores), si jamás han tocado siquiera un solo cigarrillo? Tal y como demostrará este libro al lector, las estadísticas no son de ayuda para entender o para domesticar el
cáncer. Tan sólo nos ponen sobre pistas falsas y nos sobrecargan de falsas creencias.
El problema es que los oncólogos tienen la misión de tratar cánceres, no de curar personas afectadas por un cáncer. De nuevo, esto lo confirma el zorro en la continuación de su diálogo con el principito:
«—Por favor... ¡Domestícame! –le dijo el zorro.
—Bien quisiera –le respondió el principito–, pero no tengo mucho tiempo. He de buscarme amigos y conocer muchas cosas.
—Sólo se conocen bien las cosas si las domesticamos –dijo el zorro».
Así se formula la tercera actitud fundamental que se presenta en esta obra: tan sólo se puede llegar a conocer la esencia real del cáncer si se lo domestica, si se pasa tiempo con éste y con las personas que lo padecen. En el enfoque que propone Léon Renard, vuelve a poner al in- dividuo enfermo en el centro del proceso terapéutico. Interesándose por su historia, su psicología, su familia, su genealogía, su manera de gestionar el estrés, su manera de encajar los imprevistos de la propia vida. Trabajando de este modo, el autor se apunta a la larga tradición de terapeutas de manos calientes, aquellos que siempre se han interesado por el enfermo más que por sus enfermedades, aquellos que de verdad conocen a sus pacientes. El Dr. Ryke Geerd Hamer, del cual se habla mucho en este libro, decía sobre este tema: «Para conseguir la confianza de los pacientes, se ha de tener un corazón cálido, manos calientes y sentido común».
Estamos muy lejos de la medicina industrial en la que el rendimiento y el lucro llevan a los médicos a despachar las consultas con cada paciente en tan sólo unos minutos. La consecuencia de esto son pacientes desorientados, proyectados en un universo frío y deshumanizado, agobiados por pronósticos alarmantes y paralizados por el miedo a la muerte. Este libro, por el contrario, subraya que tan sólo se puede conocer el verdadero origen del cáncer (y de cualquier enfermedad) dedicando el tiempo a escuchar lo que la persona ha vivido en su propio interior. Y el Dr. Hamer añade además: «Porque se trata de seres vivos cuya alma está enferma por un conflicto que nos puede parecer banal o incluso fútil y ridículo, pero de una importancia tal para los pacientes que corren el riesgo de romperse ante él».
Desde esta perspectiva, el enfoque del cáncer se convierte en una medicina del alma, tal y como lo ilustra el siguiente diálogo:
«Y el principito volvió con el zorro.
—Adiós –le dijo.
—Adiós –dijo el zorro–. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
—Lo esencial es invisible para los ojos –repitió el principito para no olvidarlo».
Y ésta es la cuarta actitud que el libro propone y que siempre ha sido un referente, desde su primera edición en 1990: buscar las causas del cáncer en la esfera de lo invisible, aquella que tan sólo se puede ver bien con el corazón. Desde hace unos cincuenta años, los esfuerzos hechos en la investigación sobre el cáncer se han centrado en el plano de lo visible, lo material, lo observable, lo mensurable. Se ha perseguido a los agentes cancerígenos por todos lados: en el medio ambiente, la alimentación, los productos químicos, las hormonas. Se ha hecho al sol responsable del cáncer de piel, al tabaco responsable del cáncer de pulmón. Se han estudiado los factores hereditarios y los factores genéticos. Y, sobre todo, se ha desmenuzado el proceso de la replicación celular. Todas estas investigaciones han tenido por resultado un gran número de hipótesis no demostradas, contradichas por curaciones tanto cualificadas como espontáneas.
Se nos ha explicado cómo se desarrolla el cáncer, pero nunca por qué se desarrolla. Ni por qué tal órgano se ve afectado antes que otro. Ni por qué los cánceres nunca se desarrollan todos del mismo modo. Desde hace cincuenta años, no se puede otorgar realmente ningún progreso terapéutico a la cancerología. Estudios recientes en Estados Unidos han demostrado que la quimioterapia no tiene ninguna incidencia ni sobre la velocidad de curación del cáncer, ni sobre las oportunidades de que sobreviva un enfermo de cáncer. Y no le llamo «curar» un cáncer a quitar un órgano que esté enfermo.
Estoy convencido de que se podrían invertir todavía miles de millones más en la investigación sobre el cáncer sin conseguir ni el más mínimo avance terapéutico, ya que el origen de la enfermedad no se debe buscar en el desajuste de las células sino más bien en la manera en la que un individuo gestiona los shocks, los conflictos de su existencia. Es esto lo que asimilo a la frase del zorro sobre lo invisible... Lo que tan sólo se puede ver bien con el corazón... Es ahí donde está el verdadero mensaje revolucionario de esta obra: «Todos los cánceres tienen por origen
un shock brutal, de intensidad dramática, que nos toma por sorpresa y que vivimos desde el aislamiento». Todos. No un 53,4 por 100 o un 36,7 por 100. Todos. Éste es el descubrimiento fundamental que hizo el Dr. Hamer, cancerólogo alemán famoso, al principio de los años ochenta. Sería conveniente explicar uno de sus descubrimientos ya que, tal y como veremos, este descubrimiento comportó muchos otros. Entre estos, el descubrimiento según el que se puede domesticar a los cánceres y curarlos tanto resolviendo concretamente la situación percibida como resolviendo el impacto emocional inscrito en nuestra psique.
Por primera vez en la historia de la medicina y de la cancerología, se han formulado ciertas leyes científicas en base a observaciones empíricas, no a partir de deducciones estadísticas dudosas. Estas leyes son observables y reproducibles y se verifican en el 100 por 100 de los casos. Por primera vez, el cáncer ya no es fruto de la casualidad ciega que golpea a los individuos.
Su evolución y su regresión se rigen por leyes concretas, siguiendo una lógica aplastante de supervivencia biológica. El cáncer ya no es culpa de la casualidad. Manifiesta y expresa los bloqueos y desequilibrios vividos a lo largo de los acontecimientos de nuestra existencia. En esto, El cáncer domesticado nos da esperanzas. Pero a su vez nos responsabiliza frente a la enfermedad:
«—Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro–, pero tú no debes olvidarla. Cada uno es responsable para siempre de aquello que ha domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
—Yo soy responsable de mi rosa... –repitió el principito, a fin de recordarlo».
Ésta es la quinta actitud inherente al proceso de domesticar: ser responsables de nuestro cáncer, pero también de nuestra sanación. Si, tal y como mencionaba anteriormente, todos los cánceres se originan en un shock que no hemos podido encajar emocionalmente, está claro de este modo que somos responsables de lo que nos sucede. Somos responsables de nuestro cáncer. Responsables, no culpables. Del mismo modo que esta noticia puede parecer desalentadora, es a su vez portadora de esperanza. Porque si estamos en el origen de nuestro cáncer, si lo hemos creado nosotros, entonces también tenemos algo que hacer en su curación. Nos convertimos en responsables de lo que hemos domesticado.
Éste es el gran aporte del proceso de Léon Renard. Nos muestra hasta qué punto el ser humano encierra recursos inimaginables que le hacen capaz de curarse a sí mismo. Una vez más, el cambio de perspectiva es radical. Se pasa de un paciente pasivo que se somete a varios tratamientos médicos para erradicar el cáncer a un individuo activo que domestica su cáncer y se cura actuando.
En conclusión, ¿es este libro la obra de un loco? Tal vez, pero con la condición de recordar esta frase del Evangelio: «aquello que es locura para los ojos de los hombres es sabiduría para los ojos de Dios...». Es así cómo se muestra mi amigo Léon Renard desde que le conozco (1989). Un ser apasionado por el arte de curar, apasionado y enamorado de los seres humanos que le piden que les acompañe por el camino de la sanación. Pero Léon también es alguien que no se da por satisfecho con sus certezas y saberes adquiridos. Desde siempre ha estado buscando enfoques que le permitan todavía ir más lejos al servicio de los enfermos. Además, y es algo raro en el mundo del llamado «desarrollo personal», no tan sólo le devuelve al César lo que es del César (siempre hace explícitas sus fuentes), sino que se organiza para compartir ampliamente sus descubrimientos.
Es de este modo que Léon Renard fue quien introdujo en Bélgica los elixires del Dr. Edward Bach (en una época en la que nadie lo conocía). A continuación, fue él quien dio a conocer al Dr. Ryke Geerd Hamer al mundo francófono publicando El cáncer domesticado en el año 1990. Efectivamente, ésta fue la primera obra en francés que le permitió al gran público conocer los destacables trabajos de este cancerólogo alemán, en un lenguaje simple y accesible. Léon Renard fue además el primero en invitar al Dr. Hamer a Bélgica para que diera una gran conferencia y un seminario de formación. Una vez más, fue Léon Renard quien hizo que la Europa francófona pudiera conocer la catarsis glodiana, proveniente del Quebec y creada por Albert Glaude. Actualmente, además de sus consultas, difunde junto con su mujer Francine las síntesis de sus propios trabajos de investigación, dedicados al desarrollo personal, siguiendo la voluntad de ir siempre más allá hacia la eficacia.
Formulo el deseo de que este libro te aporte no sólo todo el consuelo que necesites, sino además pistas concretas de trabajo y de evolución. Y todo ello con el fin de que puedas, como miles de otras personas lo
hicieron antes, domesticar el cáncer, reencontrar el equilibrio personal y curarte por ti mismo.
Que tengas una buena lectura y, sobre todo, ¡una muy buena puesta en práctica!
Jean-Jacques Crévecœur1
Montreal, 31 de enero de 2006

 

Introducción

¿Podría ser que algún día tuviera...?

¿No será éste un síntoma de...?

Todo el mundo habla de ello, la mayoría de la gente lo teme, se gastan miles de millones, se proponen muchas hipótesis y, sin embargo, los enfermos siguen muriendo de cáncer.
Para la mayoría, el cáncer sigue siendo una enfermedad sobre la que no se puede tener control, sobre la que no se sabe nada, una enfermedad que da miedo. El diagnóstico, por sí sólo, provoca un profundo sentimiento de pánico, de desvalorización, de impotencia frente a un destino implacable, y toda la información que tenemos a nuestro alcance refuerza este terrorismo mental.
La idea demasiado aceptada de que el cáncer irremediablemente mata afecta profundamente nuestra manera de reaccionar frente a él, aumentando de este modo nuestros sentimientos de impotencia y desamparo.
El cáncer no es una enfermedad hereditaria, una enfermedad relacionada con un virus o con microbios, tal y como algunos siguen creyendo, sino que se trata de una enfermedad de la totalidad del organismo, incluyendo lo físico y lo psíquico.
El hombre no es únicamente un cuerpo, sino un ser doble hecho de una parte material (el cuerpo) y de una parte inmaterial (el espíritu y el alma).
Hoy en día, se está redescubriendo que nuestro cuerpo no es lo único que entra en juego en una enfermedad. Nuestras emociones, nuestra sensibilidad, nuestro modo de vida también juegan un rol.
Si al enfermar tenemos la capacidad de destrozar un sistema tan complicado y valioso como es el de nuestro cuerpo, debe ser que tenemos en nosotros una fuerza y una energía prodigiosas. Tan sólo depende de nosotros invertir el proceso y utilizar esta energía para curarnos.
Están surgiendo nuevas maneras de curar, que se esfuerzan por tratar a la vez la psique y el cuerpo. ¿Y si la enfermedad fuera algo más que un mensaje? ¿Y si la enfermedad fuera la solución perfecta que permitiera la supervivencia de todas las especies creando una función de adaptación frente a las condiciones conflictuales sin solución que amenacen la vida? ¿Y si se pudiera descodificar esta información encriptada en nuestras células, en nuestros campos energéticos?
La descodificación biológica, presentada en este libro, permite tratar los datos encriptados hasta este momento y muestra la enfermedad no como una fatalidad sino más bien como una asombrosa aventura de la evolución de las especies, que puede ser utilizada por el ser humano para curar y progresar hacia el despertar de su conciencia.
Los elementos que permiten una mejor comprensión de esta enfermedad están a nuestra disposición. Varios investigadores se centran en buscar la manera de invertir el proceso de la enfermedad desarrollando ciertas condiciones en las que las actitudes, las creencias optimistas y positivas y un cambio del estilo de vida pueden curar el cuerpo y el espíritu afectados.
He querido escribir este libro para desmitificar el cáncer, para cambiar el rumbo del derrotismo, con el fin de reforzar a todos los niveles nuestra inmunidad. Si queremos mantener un sistema inmunitario sin ningún fallo tenemos que liberarnos de cualquier tensión, miedo o desvalorización.
La imaginación refuerza el equilibrio de nuestro sistema nervioso y hormonal impidiendo que los elementos estresantes tengan un efecto negativo sobre nuestro organismo.
Un enfermo que no sabe la verdad no toma las riendas de su situación; espera a menudo de forma pasiva la aparición de la curación o espera resignado a que llegue la muerte. En ambos casos, espera.
Hay que devolverle al cáncer su lado social y no considerarlo como un enemigo mortal, sino como un inmenso recurso para nuestra propia salvación.
Este libro nos invita a domesticar el cáncer, ya sea de forma curativa o preventiva, a entender su mensaje y a hacer de él nuestro aliado en el camino de la evolución.

 

Preámbulo

ALGÚN DÍA, EL MUNDO CAMBIARÁ

El doctor M. está bloqueado en un atasco de camino hacia su consulta en el hospital XY. Son las nueve de la mañana, el sol está tapado por una ligera bruma, el aire ya es muy sofocante. En varias ocasiones se seca la frente bañada en sudor.
Un calor tan matutino es muy raro, piensa. Tras aflojarse el cuello, repasa las intervenciones que le esperan. Por segunda vez desde principios de año el doctor M., un muchacho grande y lleno de energía, maldice su trabajo.
Todavía recuerda aquella primera vez, hace cinco meses. Era marzo, en plena primavera, el pequeño Patrick fue internado en el hospital en el que él trabaja. Rápidamente le cogió cariño a aquel niño de diez años por el parecido que tenía con su hijo, quien contaba con la misma edad cuando murió en un accidente cinco años antes. Vio cómo su hijo se moría en sus brazos, sin poder hacer nada para salvarle la vida. En ese momento se sintió impotente ante la fatalidad.
Cuando Patrick fue internado en urgencias, se acababa de romper la pierna. Algunas horas antes, el niño se había enterado casualmente mientras bajaba las escaleras que se encontraban delante de su habitación del diagnóstico que le comunicaban a su madre por teléfono. Su madre iba repitiendo: «No, esto no, no puede ser, leucemia no...».
Durante unos segundos se quedó petrificado y sin poder pensar, volvió a subir a su habitación y saltó por la ventana.
Viendo a Patrick, el doctor M. volvió a pensar en su hijo y se dijo a sí mismo: «Tiene que vivir, tengo que hacer lo que sea para que se cure».
El niño estaba pálido y totalmente abatido. Obsesionado por el diagnóstico, se negaba a hablar y ni siquiera se quejaba del dolor.
Tras haber reducido la fractura, el doctor M. se informó de la gravedad de los valores sanguíneos. El veredicto era muy duro: «Leucemia linfocítica aguda indiferenciada». Además, las radiografías mostraban la presencia de infiltrados leucémico-metastásicos en los huesos de un grado máximo de malignidad.
Dos semanas más tarde, Patrick seguía igual de apático y no lograba responder a las preguntas. Se le administraban dosis masivas de calmantes todas las horas.
El doctor M. se sentó desmoralizado a la cabecera del niño y se puso a llorar desconsoladamente. Patrick, que llevaba una semana en estado de pánico total, le miró, le tomó la mano y le dijo: «Háblame de Jacques» (el hijo que falleció en un accidente).
Estuvieron hablando durante más de una hora. Patrick se expresaba con dificultad porque estaba muy debilitado por la anemia. Sin embargo, algo había cambiado en él y entonces le dijo: «Eres tan bueno y tan diferente de los otros médicos que quiero curarme por ti».
Los días siguientes se instauró una complicidad entre ellos y, a pesar de los dolores que sentía en los huesos, a pesar de la gravedad de las fórmulas sanguíneas, Patrick había decidido curarse por este amable doctor. Volvió a comer, a jugar y a reírse. Tuvo muchas complicaciones y, no obstante, conseguía milagrosamente superarlas sin pánico, seguro de que se curaría con la ayuda del buen médico.
Dos meses más tarde, pudo volver a su casa los fines de semana. Todo iba cada vez mejor.
El doctor M. todavía recuerda la alegría del niño cuando le invitó a su cumpleaños el 12 de agosto.
«Hoy es 12 de agosto», piensa mientras aparca su coche en el hospital.
Patrick acaba de ser admitido en el quirófano. El jefe ha decidido con el consentimiento de los padres aprovechar esta mejora espontánea e incomprensible para hacerle un trasplante de médula, algo que debería aumentar sus opciones de supervivencia a largo plazo.
El doctor M. sabe muy bien que tan sólo un tercio de los pacientes sobrevive a esta operación. Maldice, por segunda vez, su trabajo. Mientras lee el protocolo, tiene la sensación de estar leyendo una sentencia de muerte.
Patrick, lleno de confianza, sonríe al doctor M.
Algunas horas más tarde, el hombre llora en los jardines del hospital.
Este hombre, este médico de gran corazón, que acababa de descubrir la fuerza de la fe y de la confianza, no pudo asistir al cumpleaños de Patrick porque el niño no sobrevivió a la operación.
Si hubiesen pasado ese día por aquel jardín, hubieran podido escuchar a un hombre lamentándose: «¡Por el amor de Dios!, ¿cuánto tiempo más tendremos que esperar para encontrar un tratamiento eficaz contra el cáncer?». Era el doctor del gran corazón.

 

Capítulo I

LA ENFERMEDAD, UN LENGUAJE

¿Por qué esta enfermedad? ¿Qué tiene que enseñarme? ¿Por qué de repente mi cuerpo físico se deja invadir por desequilibrios, microbios, virus, células malignas?
Hace miles de años, el ser humano aprendió a comunicarse con sus pares; elaboró progresivamente un lenguaje y una escritura para sus necesidades. Hoy en día, nos encontramos en plena era de la comunicación. El ser humano se comunica por cable, por radio, por satélite, se comunica con máquinas, manda mensajes al espacio...
Ocupado en el intento de comunicarse con el exterior, cada vez más lejos, en lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, se olvida de comunicarse con sus pares y, de lo que es más importante, con él mismo.
LA ENFERMEDAD NOS TRANSMITE UN MENSAJE
El ser humano ha elaborado un lenguaje hecho de palabras y de frases para comunicarse. También tiene lenguajes simbólicos para comunicarse más allá de las palabras: uno psíquico (sueños, pesadillas, intuiciones...) y el otro físico (dolores, síntomas, patologías...).
LA ENFERMEDAD ES UN MODO DE COMUNICACIÓN
Ciertos estados afectivos, ciertos conflictos no del todo expresados con palabras y emociones, se dicen con el cuerpo. Los grita e incluso los aúlla hasta el punto de poner en riesgo la vida del sujeto en cuestión.
La manifestación física de un problema de conciencia sucede siempre que una situación conflictual se vive desde el aislamiento y no se expresa de forma verbal ni se exterioriza con actos.
Según sus experiencias, su historia, el individuo pronuncia las palabras que no puede decir marcándolas en su propio cuerpo, de la misma forma que lo hace con las emociones que no sabe expresar.
La conciencia perturbada proyecta su mensaje, un grito de alarma por todo el cuerpo. El iriólogo, el auriculoterapeuta, el osteópata, el acupuntor, etc., encuentran este mensaje en la parte del cuerpo con la que ellos están en relación.
De este modo nacen las enfermedades psicosomáticas, como por ejemplo la úlcera de estómago cuando no se «digieren» las contrariedades, o el asma cuando el entorno «ahoga».
Es un estado en el que el problema se ha instalado sobre un órgano, un músculo, una función o cualquier articulación.
¿Cualquiera?
Tan sólo a primera vista...
Los conflictos, provocados generalmente por acontecimientos del día a día, ya sean estos conyugales, familiares, sociales, profesionales, entre otros, no se materializan al azar en nuestro organismo, sino que lo hacen de acuerdo con una ley de analogía precisa, introduciendo una relación de causa-efecto entre el conflicto interior, una área concreta del cerebro y un lugar exacto de nuestro cuerpo.
En el lenguaje común se encuentra muy a menudo una denuncia inconsciente:
— Mi marido no me deja «respirar» (neumotórax).
— Tengo «una carga» muy grande de trabajo (lumbalgia crónica).
— Cuando veo lo lenta que es la administración, me pongo de los nervios y me vienen ganas de «reventar» algunas puertas para sacudir a ciertos funcionarios (un reumatismo doloroso en el hombro derecho). ¿Acaso no se usa el hombro para reventar una puerta?
— El comportamiento de mi marido me «irrita» (un ec zema en el dedo anular).
— Se me hace un «nudo en el estómago» cuando pienso que mi hija no para de meterse en situaciones peligrosas (una úlcera de estómago).
— No para de darme «consejos» como si todavía fuera una niña pequeña (una otitis de repetición).
— No se lo puedo contar (a mis padres). No puedo, tengo que
«aguantarme» porque no lo entenderían (estreñimiento crónico). — Hace unos meses que «aprieto los dientes» para resolver esta situa-
ción (un desprendimiento de los dientes).
— Mi colega me pone de los nervios, no lo quiero ni «oler» (una sinusitis).
En todos estos casos se puede denotar un tipo de inmunodepresión de orden psicológico que no es ajena al fenómeno.
El lenguaje simbólico del cuerpo tan sólo se manifiesta si el aviso de lo psíquico no ha sido visto, escuchado, entendido y si no se ha corregido la situación.
Imaginad que llamáis tranquilamente a vuestro hijo o a vuestra hija para que venga a hacer algo y no lo escucha. Subiréis el tono de voz.
Admitamos que, de nuevo, el hijo no os escuche. Tendríais que subir todavía más la voz y, si aún no os escuchara, tendríais que moveros y, a lo mejor, zarandearlo.
La naturaleza utiliza un proceso parecido para hacerse escuchar: zarandea al ser que está siendo perturbado por sus ocupaciones, por la psique, por la alimentación, por el ejercicio o por un sueño inadecuado, hasta que entienda y corrija su actitud o sus costumbres.
Si tienes una indigestión y descubres que la causa se vincula con un exceso de alimento, no acusarás al estómago. Si tienes una indigestión es porque en el cuerpo humano existen leyes naturales, sistemas de alarma y, por lo tanto, de comunicación que te avisan de que está en curso un desequilibrio que puede poner a tu cuerpo en riesgo.
Algunas de estas leyes son fundamentales y otras son secundarias. Así pues, existen ciertas leyes que gobiernan la salud, tal y como existen leyes que gobiernan la enfermedad.
Todo aquello que no podemos aceptar, todo lo que no sepamos expresar mediante palabras, emociones y actos, el cuerpo nos lo dirá, lo gritará o lo aullará hasta la muerte por medio de desequilibrios.
LA MEMORIA DEL CUERPO
Pascal dijo: «El corazón tiene razones que la razón no entiende: se sabe esto en mil cosas». En este caso podríamos decir: «El cuerpo tiene razones que la razón no entiende».
El cuerpo también tiene una conciencia y una memoria. No se olvida de nada.
Tal y como ya dije antes, las enfermedades no aparecen por casualidad sino que nacen y desaparecen siguiendo unas leyes exactas.
Fijémonos, por ejemplo, en la gripe. En el momento en el que estoy escribiendo estas líneas está haciendo estragos una epidemia de gripe. A mi alrededor, algunas personas están enfermas y otras no. Algunas personas que estaban a salvo de la epidemia se ven contagiadas de repente por el virus.
Miles de millones de microbios y virus nos rodean desde que nacemos y solamente se vuelven «peligrosos» en algunos momentos del año o bajo ciertas condiciones.
Para muchos, el final del año se vincula a una evaluación, a un reencuentro familiar.
Si la llegada del final o del principio del año se vincula a un estrés que reactiva acontecimientos estresantes o traumatizantes del pasado, el sistema inmunitario se vuelve menos eficaz y los virus se aprovechan de ello para proliferar.
Se suele considerar a los microbios y a los virus como enemigos que hay que eliminar a cualquier precio. Sin embargo, deberíamos aprender a ver en ellos amigos que nos advierten de que hemos llegado a un umbral de alarma y que tenemos que hacernos responsables de nosotros mismos para reforzarnos y volver a reunificarnos.
Tal vez algún día enfoquemos de forma diferente el rol de los microbios y de los virus. La comunicación que tengamos con ellos ya no pasará por matar al amigo que nos avisa de que nuestra casa se está agrietando, sino que por el contrario trataremos más bien de hacer todo lo que se pueda para arreglar los desperfectos y reforzar el edificio que amenaza con caerse.
Muy a menudo, a finales o a principios de año, recordamos conscientemente –y aún más inconscientemente– el aniversario de un acontecimiento no expresado y reprimido.
Ejemplo: Una persona muy querida, que falleció durante el año, no estará presente en las alegrías y en los reencuentros familiares. Durante los siguientes años, un poco antes o un poco después de las celebraciones, la memoria del cuerpo, que no olvida nada de lo que ha vivido, se pone de algún modo de luto.
Los períodos y acontecimientos traumatizantes se pueden encontrar continuamente en el transcurso del año. Aquellos que no han podido ser del todo expresados incitan a la memoria del cuerpo para que intente decírnoslo cuando pasamos por la misma época en el año.
Ejemplo: Un paciente tenía de forma regular, y desde hacía ocho años, crisis asmáticas que ningún tratamiento había conseguido remitir del todo, tan sólo conseguía acortar brevemente la duración de las crisis gracias a la homeopatía asociada con la acupuntura.
Tras haber intentado descubrir si había una periodicidad regular en las crisis, es decir, si aparecían en cierto período en el que se cumplía el aniversario de un hecho, le pedí al paciente que anotara regularmente los acontecimientos de sus días.
Gracias a este diario encontramos bastante rápido el suceso que se hallaba detrás de las crisis de asma: aparecían después de reunirse con su director. Esto tomó al paciente por sorpresa porque ambos tenían una buena relación.
Durante varios meses, volví a ver al paciente sin resultado alguno. Aparentemente, no había nada que justificara esta reacción de la memoria de su cuerpo. Entonces, ¿qué estaba protegiendo el cuerpo actuando de este modo?
Decidí dirigirme directamente a la memoria del cuerpo, al subconsciente del paciente. Y le dije: «Hay una parte en ti que sabe lo que provoca el asma; al causar las crisis de asma se asegura de protegerte de una cosa que has olvidado. Cree tener buenas razones para actuar como lo está haciendo. Me gustaría dirigirme a esta parte, que sé que me está escuchando porque está atenta a todo lo que podría ponerte en peligro».
Me dirigí entonces a la parte y añadí: «No sé cuántos años tienes ni por qué sigues defendiendo a X pro vocando las crisis asmáticas. No sé
qué es lo que haces para proteger a X del peligro de estas crisis pero sé que lo haces con medios de que dispones porque éste es tu rol. No quiero imponerte ni las órdenes ni consejos sino tan sólo decirte que confío en ti. ¿No eres tú, en el fondo, quien debe proteger al cuerpo? Ahora me voy a ir. Sé que la solución que elijas será la mejor para él y yo soy el primero en estar agradecido por ello».
El paciente no dijo ni una sola palabra pero estoy seguro de que se preguntaba si yo había perdido la razón.
Me llamó dos días después: «La mañana siguiente de nuestro encuentro, me desperté recordando un sueño que había tenido: miles de manos me mostraban un cuadro, el que había en el despacho de mi director. En aquel momento no le di tanta importancia hasta que hoy por la mañana me he despertado con una pesadilla. Aquel mismo cuadro se había incendiado. Me abalancé sobre la puerta para salir pero, ¡qué horror!, estaba cerrada con llave, me empezaba a sofocar, el humo llenaba toda la pieza y pensé que iba a morir... Me desperté sudando. Le llamo para saber si esto tiene algún significado para usted».
La conciencia de su cuerpo había escuchado mi petición y usaba el sueño para avisarnos.
Así pues, las reacciones asmáticas eran provocadas por el cuadro que estaba colgado detrás del asiento del director, que representaba a su abuelo fumando una pipa. La pipa era una réplica de la que el padre del paciente utilizaba cuando éste era un niño.
Recordó que cuando no sabía cómo hacer los deberes, su padre, exasperado, le soplaba el humo en la cara y le hacía toser. Este cuadro no había estado siempre en aquel despacho, sino que estaba colgado ahí desde hacía unos ocho años.
En aquel momento habían empezado las crisis asmáticas.
A través de este ejemplo es fácil entender que nuestro cuerpo no se olvida de nada. Todas las situaciones estresantes emocionales no expresadas se conservan en la memoria del cuerpo hasta que las circunstancias permiten la liberación definitiva.
Desde entonces, me tomo las consultas de otro modo. He aprendido a confiar en la conciencia del cuerpo o, más bien, a confiar en la conciencia interior, en el alma del paciente. He entendido que no tengo ningún poder para forzar a un enfermo a curarse y a querer vivir. He entendido
que mi voluntad no tiene ningún poder ni de vida ni de muerte y que tengo que aprender a aceptar y a reconocer la decisión tomada por el alma que conduce este vehículo, que es de hecho el cuerpo humano. Tengo que aprender a respetar la ecología del paciente y en ningún caso intentar curarle contra viento y marea. Tan sólo él tiene este poder. Él sólo puede curarse. Lo único que tengo que hacer es estar allá, disponible, escuchando, intentando ayudar a aquel ser que ha confiado en mí para volver a confiar en sí mismo, para volver a darle un sentido, para enseñarle cómo ser libre de sus «tutores», de sus recuerdos traumáticos que, a su vez, reclaman a su manera la libertad.
Desde que empecé a vivir las consultas de este modo, me di cuenta de que a menudo el paciente me comunicaba más información de la que creía para que le ayudara a curarse. Me viene en mente, por ejemplo, el caso de una amiga a la que no conseguía ayudar. Tenía la cara llena de granitos que le irritaban. A veces incluso se rascaba hasta provocarse heridas que le dejaban marcas antiestéticas. Ella acababa de echarme una mano, como era su costumbre, y yo pensaba: «Es tan servil, me encantaría poder ayudarle con algo que le hiciera ilusión, como por ejemplo encontrar lo que le provoca ese eczema tan molesto». Decidí confiar en su conciencia interior, que sabía qué era lo que provocaba ese sarpullido. A partir de entonces sabía que tendría que prestar atención a todo lo que escuchara.
Estábamos entretenidos charlando de cosas banales, pero confiaba en la conversación, que iba en la dirección de una explicación de las causas de su problema.
En un momento pude escuchar: «Me pone de los nervios, me provoca urticaria, hace que me salgan granos». Le dejé que se desahogara y luego le pregunté si se había dado cuenta de lo que me había dicho. Esto siempre me sorprende: la persona dice la causa de su problema y no lo oye.
Existen, como mínimo, tres tipos de causa de enfermedades:
1. Las causas de origen genético, hereditario o congénito.
2. Las que se vinculan con la memoria del cuerpo.
3. Las que se vinculan con una falta de madurez (el individuo siempre necesita un tutor).
Aquí tenemos un ejemplo para cada caso
1. El señor X nació ciego. Tiene que aprender a vivir con esta limitación. En la actualidad no se ha conseguido una cura para este problema.
2. Una paciente de veintiocho años. Cada año, en el mes de marzo, y sin ninguna razón clara, sufre un síncope. Le sucede entre tres y seis veces durante este mes, de forma brutal, cuando esta al aire libre. Me contó, durante las consultas, que su madre murió cuando ella tenía ocho años. Su padre no le dejó que viera a su madre fallecida, ni siquiera le dejó ir al funeral, por su bien.
Tan sólo recordaba que aquella mañana, cuando su madre la llevó a la escuela, no parecía que estuviera enferma. Y luego, tal y como me contó llorando, no la volvió a ver jamás. Su padre le explicó que su madre murió de un infarto fulminante en la calle al regresar de la escuela. Este hecho sucedió en marzo.
La memoria del cuerpo no había olvidado ni las emociones de culpa ni el adiós que no había podido decirle a su madre. Es muy importante, tanto para un niño como para una persona adulta, poder despedirse del pariente o de la persona que se va.
3. Un hombre de unos cuarenta años. Sus padres malgastaron la fortuna que habían heredado. Cuando él tomó las riendas de la gestión de sus asuntos, todo volvió a la normalidad. Más adelante, tras una pelea con un hermano que estaba celoso, lo dejó todo y abandonó a su familia y su país. Se fue a vivir con una amiga que había conocido unos años antes. Se casaron. Creó una pequeña empresa, pero empezaron las peleas porque tenía que viajar a menudo por negocios. Quería a su mujer y no entendía por qué ella estaba enfadada con él. Todo lo que hacía y creaba era para ella, para su comodidad, para el niño que tendrían más adelante. Él, que nunca estaba enfermo, empezó a tener reumatismo severo, que le impidió seguir moviéndose.
En este ejemplo se puede ver que las dificultades financieras, los cambios de fortuna, la huida del país, el abandono de su familia no le habían afectado hasta llegar a desestabilizarlo y ponerlo enfermo. Por el contrario, había utilizado el estrés de estas situaciones para rehacer su vida y crear una nueva familia.
Su mujer era su única familia, su único «tutor», la persona que le aportaba su razón de vivir. A partir del momento en el que vio que su vida de pareja estaba amenazada, empezó a crear inconscientemente en su cuerpo una enfermedad capaz de impedir que viajara y que trabajara demasiado. Ya tenía una buena excusa para no perder a su «tutor»: el reumatismo severo.
En este ejemplo, la enfermedad se asocia a un beneficio importante. Mientras que un individuo esté atado a un tutor «beneficio», no hay forma de ayudar al cuerpo para que se cure. No importa la situación en sí, lo que es determinante es la forma en la que se vive.
Para otra persona, un contratiempo económico, la decadencia de los padres, el abandono del país habrían podido ser «tutores» importantes. Para otros, el éxito profesional habría sido más importante que el éxito conyugal.
El individuo que tiene un lado débil hará inconscientemente todo lo que pueda para que éste se materialice. «Manipulará», «elegirá» las situaciones y los acontecimientos que le harán entender que es esclavo de un «tutor». El ser tiene que aprender a crecer sin «tutor», sin «soporte», tiene que llegar a la madurez.
Para descubrir el «tutor» y las causas que provocan la enfermedad tan sólo existe un método: escuchar el lenguaje verbal y no verbal del cuerpo.
Es importante recordar que la imagen del mundo de un individuo puede ser diferente. Hay que escuchar lo que ha vivido el enfermo, su biografía, lo que no ha dicho, los discursos escondidos, etc.
Por ejemplo, una madre preocupada por una hija de catorce años que empieza a tener interés por los chicos podría reaccionar de diferentes maneras:
— hacerse mala sangre (varices),
— amargarse (hepatitis),
— comerse el coco (migrañas),
— no soportar que tenga contacto con chicos (eczema), etc.
Hay tres formas de vivir los obstáculos con los que nos encontramos en la vida:
1. Reaccionamos de forma dura expresando todas nuestras emociones (rabia, celos, pena, miedo, etc.).
2. No reaccionamos exteriorizándolos, sino reprimiéndolos.
3. Observamos el acontecimiento doloroso sin inmutarnos: vivimos la situación manteniendo cierta distancia.
Esta última manera de reaccionar tan sólo se puede dar cuando se alcanza una determinada filosofía de vida y cierto equilibrio emocional.
La conciencia del cuerpo intenta mantener un equilibrio y a veces tan sólo lo consigue mediante paliativos desagradables o enfermedades de descarga o de depuración: un tipo de higiene, en cierto modo, un «absceso emocional» que a veces no para de gotear.
La enfermedad, tal y como hemos visto, es un sistema de comunicación muy complicado. Hay dos tipos de comunicación: el lenguaje verbal y el lenguaje no verbal. El consciente utiliza la comunicación verbal, el inconsciente la comunicación no verbal.
La primera está limitada en el tiempo y en el espacio, con lo cual es puntual, mientras que la segunda es permanente.
Cuando hablamos, utilizamos inconscientemente el lenguaje no verbal. El movimiento de nuestros globos oculares, los micromovimientos, las inflexiones de nuestra voz traicionan nuestra vivencia interior.
El inconsciente tiene tres maneras de comunicarse para reequilibrar las faltas de armonía de nuestra agitada vida:
1. Utilizar el canal del alma a través de lo que llamamos la intuición, la plegaria, la meditación y los sueños.
2. Utilizar el canal psíquico a través de los desequilibrios psicológicos, los ánimos negativos, los malestares, etc.
3. Utilizar, en última instancia, el canal del cuerpo provocando enfermedades.
En lo que se refiere a las enfermedades, hay que distinguir las enfermedades con alto riesgo de las de riesgo menor.
En el caso de las enfermedades con alto riesgo, como por ejemplo el cáncer, el cuerpo utiliza un lenguaje rudimentario: una palabra fuerte, una sola palabra, un solo órgano para gritar y aullar frente al peligro.
Por el contrario, en el caso de las enfermedades con menor riesgo, la comunicación no es tan exacta. Esto se puede entender muy fácilmente: si grito «fuego», «ladrón» o «ayuda», utilizo una palabra fuerte, simple y
eficaz para llamar la atención. En el caso de una comunicación menos urgente, se suele emplear una fraseología más elaborada.
Cuanto menos grave sea la enfermedad, más general será el mensaje.
Esto explica por qué es más difícil crear un esquema específico en el caso de las enfermedades menos graves, a diferencia de lo que sucede en el caso del cáncer. Cada vez que se pueda, es preferible escuchar la manera en la que el paciente ha vivido y participa en la vida, antes que partir de la enfermedad para descubrir la causa psicoafectiva.
En el campo práctico, a veces es complicado pedirle al paciente que hable de su vida emocional. Muchos individuos aceptan tener enfermedades, pero se niegan y no se atreven a considerar que están mal psíquicamente. Los tabúes, el pudor, impiden a la mayoría de los pacientes sincerarse, hablar de su jardín secreto, allá donde se esconden las causas de la enfermedad. Para muchos de ellos, todavía hoy en día, hablar de lo que tienen «en la cabeza» es una locura. ¿Es que sólo los locos acuden a un psiquiatra?
Por lo general, basta con escuchar primero lo que el enfermo tiene que decirnos sobre sus síntomas, su enfermedad, etcétera. Progresivamente, ganará confianza. Hablará de su vida, su pareja, sus hijos, sus padres, sus amigos, su profesión... Es entonces cuando hay que estar muy atentos, escuchando el más mínimo silencio, la más mínima emoción. Cuando aparecen las emociones, hay que dejarlas salir hasta que se agoten por sí mismas. Después, y sólo después, se lo podremos explicar, mostrarle las causas de su enfermedad.
La enfermedad es un tipo de higiene, un modo de depuración de un «absceso emocional» que no para de gotear.
PSIQUE Y CÁNCER
Cada vez existen más asociaciones que informan a la gente sobre las causas que provocan o predisponen al cáncer. Según las estadísticas, se trata de un exceso de grasa, de alcohol y de tabaco. Era importante que se enfocara la atención del gran público sobre estos hábitos nefastos.
Existe un campo que se escapa de las estadísticas oficiales y es éste el que marca la diferencia entre el ser humano y otros reinos de la naturaleza, es decir, la conciencia que tiene de sí mismo.

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