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Las 15 plantas medicinales que arruinarían a las farmacéuticas Maximizar

Las 15 plantas medicinales que arruinarían a las farmacéuticas

Miriam Borovich (aut)

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Volver a lo natural, escuchar el lenguaje del cuerpo y ocuparse de la salud de forma consciente permite encontrar alternativas para los problemas cotidianos. Este libro propone conocer algunas plantas medicinales y aprender a usar su poder curativo en el camino hacia una salud equilibrad

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9788416605033

En este libro encontrarás 15 plantas medicinales que son la alternativa natural a algunos fármacos y medicamentos.

El cuidado de la salud y la venta de medicamentos comunes se han convertido en un negocio imparable. Cada año la industria farmacéutica invierte millones en publicidad para incentivar el consumo de fármacos en dosis excesivas. El resultado es que muchas personas sufren una gran dependencia a los medicamentos sin tener en cuenta los riesgos y los efectos secundarios que conllevan, especialmente cuando no hay control médico.

«Casi todos los hombres mueren de sus remedios, no de sus enfermedades»
— Molière

Miriam Borovich creció en una familia con una amplia experiencia en terapias naturales, donde recibió una educación centrada en vivir en armonía con la naturaleza y en el respeto por el entorno. Desde entonces su concepto de salud pasa por considerar que el cuerpo no enferma separadamente de la mente, las emociones o lo que percibimos del contexto en el que nos desarrollamos.
Convencida de que el metabolismo cambia como respuesta a aquello que nos ocurre, escribe este libro para compartir su experiencia y que podamos familiarizarnos con el poder de las plantas y empecemos a cuestionarnos hasta qué punto nos estamos intoxicando con sustancias innecesarias que alteran todavía más nuestra salud.

 

  • Páginas 192 pàg.
  • Dimensiones 21 x 14 cm.
  • Encuadernación rústica

 

INTRODUCCIÓN

Desde tiempos remotos se ha sabido que recurrir al poder medicinal de ciertas plantas puede aportar grandes beneficios para la salud. Mu­chos de sus principios activos, de hecho, han dado origen a un buen número de medicamentos que hoy se venden en farmacias de todo el mundo, garantizando que las sustancias curativas lleguen a más personas e incluso que sean una versión mejorada de aquellas propias de determinadas plantas, como es el caso de algunos antibióticos y corticoides.
En los últimos años, sin embargo, el exceso de consumo de medi­camentos ha generado un movimiento inverso que responde a una necesidad colectiva de volver a lo natural, lo que incluye un deseo de conocer y usar las plantas en su estado puro, en especial para tratar enfermedades comunes. La presión propagandística destina­da a promover un mayor consumo de medicamentos ha aumentado de manera tan descarada que, en lugar de fomentar campañas de información veraz, se sigue insistiendo en que los productos farma­céuticos son los únicos que garantizan la salud. En cambio, se omite que los antibióticos no deberían consumirse si no es estrictamente necesario, ya que la resistencia de las bacterias a los antibióticos lleva a que cada vez haya más poblaciones infectadas, y que sea más difícil curar enfermedades importantes. Además, a menudo se tratan como informaciones aisladas los recientes estudios sobre la influencia de ciertos medicamentos en la conducta humana, que pueden generar cambios, como una disminución significativa de la capacidad de em­patía.'
Para entender este fenómeno debemos tener en cuenta que actual­mente el poder económico de la industria farmacéutica supera al de algunas de las industrias más ricas del mundo, como la tecnológica.2 Esto no solo se debe a que la industria farmacéutica abarca una am­plia gama de especialidades (médicos, biólogos, físicos, farmacéuticos, enfermeros .) y desarrolla desde todas estas áreas diferentes proce­sos de investigación, producción, control de calidad y marketing, sino también a que, más que centrarse en todos estos agentes, las ganancias se centran precisamente en los sistemas de producción y de marketing, demostrando que el cuidado de la salud tiene visos de ser también un negocio imparable. Prueba de ello es que las mínimas pérdidas generadas en la elaboración permanente de medicamentos (especial­mente los destinados a enfermedades comunes e incluso los de última generación) se solventan comprando materias primas a países en vías de desarrollo —que es donde también se encuentran las fábricas—, aunque el producto final se venda en los países donde hay más poder adquisitivo.
La cara amable, obviamente, es la promoción de aspectos como la in­vestigación, la innovación y el desarrollo. Sin embargo, la otra cara de
la moneda es justamente la contraria: promover las mejores estrategias para evitar pérdidas, por ejemplo, generando un sistema de patentes y de control mediante cadenas de comercialización, lo que implica tanto una gran competencia e inversión como una escasa disponibilidad de medicamentos cuando su coste es muy elevado. Es por esta razón que cada vez se invierte menos en enfermedades raras y más en enfermeda­des comunes. El principal objetivo es el aumento del número de ventas y es aquí donde entran en juego los sistemas de marketing, puesto que las ventas deben ser proporcionales a lo que el consumidor entienda por salud. Así que solo hay que lograr que, si no se está enfermo, se perciba; si no se percibe, que se crea y, si no se cree, que al menos se tenga miedo de estarlo. En la sociedad mercantilista actual solo hay que darse cuenta de que a más enfermedades, más medicamentos, de forma que se con­vierte a la salud en parte de un negocio.
Evidentemente no se trata de incluir en el mercado del marketing to­das las enfermedades, sino solamente aquellas que la industria decide que pueden generar una capacidad de venta permanente y ascendente. En otras palabras, las que permiten que los consumidores se sientan preocupados por su salud mediante una gran presión propagandística sin que puedan preguntarse si los medicamentos que se les ofrecen son verdaderamente útiles o si son nocivos para la salud, llegando a forzar a legislaciones nacionales e internacionales para favorecer intereses, aun­que sea a costa de la salud de millones de personas.
El objetivo es vender más y, si hay que vender más, la campaña debe centrarse mayormente en las enfermedades comunes. Esto es lo único que va a permitir conseguir más y más enfermos —ya sean reales o imaginarios— en las zonas donde haya poder adquisitivo, razón por la cual no es de extrañar que haya mayores inversiones de publicidad en los países desarrollados. Para asegurarse que estas campañas funcio­nen y den un alto rédito en estos países, hay que buscar nuevas estra­tegias de marketing, por ejemplo redefiniendo enfermedades e incluso creando nuevas.
 
En cualquier farmacia de barrio se puede ver una amplia gama de medica­mentos para los trastornos de ansiedad o la promoción de tratamientos de larga duración para problemas leves o de gravedad media, como el índice de colesterol. Se exageran riesgos hipotéticos que, tarde o temprano, aca­barán tratándose también como enfermedades, alarmando con imágenes que muestran en detalle la explicación de dichos riesgos o bien estimulan­do la necesidad de prevención para que las personas sanas se preocupen y entren a formar parte del mercado. Esta es una de las formas a partir de las cuales la industria farmacéutica logra definir qué tipo de enfermos van a estar siempre alerta y pasarán a ser consumidores habituales. No en vano, un altísimo porcentaje de las ganancias se dedica a la investigación y al de­sarrollo de nuevos medicamentos para el 10 % de enfermedades comunes en todo el mundo, lo que garantiza el éxito empresarial.
Ahora bien, nuestra intención no es alarmar al lector. Queremos dejar claro que este libro no sustituye la atención de un profesional de la sa­lud ni pretende reemplazar los tratamientos con medicamentos que son necesarios; de lo que se trata es de saber que el cuidado de la salud está en uno mismo. Cada persona es diferente y le irán bien cosas distintas, así que cada uno puede empezar haciendo pequeños cambios y deci­diendo junto con su médico qué camino seguir, integrando la sabiduría ancestral de las plantas de un modo conveniente y reflexivo.
Los continuos mensajes sobre la urgencia de cuidarse sumados a la va­riedad de los productos para «vivir mejor» no solo están creando cada vez más consumidores de salud sino que también están consiguiendo que cada vez haya más enfermos imaginarios. Por fortuna, ese mismo miedo a veces gira sobre sí mismo e impulsa un regreso hacia lo natural, de un modo más consciente. Si bien mucha de la sabiduría ancestral sobre las plantas ya estaba en posesión de nuestras abuelas, hoy ya no oímos eso de «yo lo tomo porque de pequeño me lo daban y me hacía bien»; actualmente tenemos la posibilidad de entender cómo funcionan las plantas medicinales y conocer un poco más sus principios con el objetivo de conseguir una salud equilibrada.
Una visión reflexiva sobre cómo enfermamos, valorando cada vez más la idea de que el cuerpo tiene mecanismos de respuesta muy ingeniosos para responder ante los síntomas y las enfermedades comunes, además de una gran capacidad de regeneración, permite empezar a salir un poco de la inercia de resolverlo todo con una pastilla. La idea mercantilista de la salud, que lleva décadas insistiendo en que el cuerpo tiene poca capaci­dad para regenerarse sin ayuda de medicamentos, es parte del marketing de las farmacéuticas, con el único fin de generar una mayor dependencia de los medicamentos sin importar los riesgos que ello conlleva, en espe­cial cuando el consumo es elevado y no hay control médico.
Recientes estudios científicos' han demostrado que algunas multina­cionales farmacéuticas ponen especial interés en esconder que el abuso del consumo de fármacos es la tercera causa de muerte del mundo. No solo por los efectos de determinadas sustancias —como los analgésicos o antiinflamatorios de venta libre— sino porque no siempre se retiran inmediatamente del mercado los medicamentos llamados «de última generación», cuyos efectos secundarios poco comunes no siempre se conocen y pueden resultar dañinos para el organismo, un hecho que se ha convertido en motivo de preocupación para la comunidad cientí­fica de todo el mundo.
Cuando los consumidores reciben este tipo de informaciones, muchas veces deciden explorar otros caminos más naturales e igual de eficaces ante enfermedades que pueden aparecer varias veces en la vida —o in­cluso ante enfermedades crónicas— como complemento para dismi­nuir las dosis de medicamentos cotidianos, siempre que se haga con la autorización del médico. Obviamente, ante el poder curativo de las plantas, las precauciones que habrá que seguir en ningún caso son las mismas que con los medicamentos. No hay que tener en cuenta efectos
 
secundarios pero sí reacciones, contraindicaciones e interferencias, tan­to con otras plantas como con medicamentos. En este libro el lector en­contrará estas indicaciones al final de cada apartado, en la descripción correspondiente que aparece dentro de cada una de las quince plantas, donde se especifica en qué casos hay que tomar precauciones. También es fundamental en este aspecto no ingerir nunca aquellas plantas que el Ministerio de Sanidad prohibe vender en herbolarios.
Las 15 plantas medicinales que arruinarían a las farmacéuticas no pre­tende ser un tratado de fitoterapia; es más bien un manual en el que el lector podrá encontrar respuestas a sus problemas de salud cotidianos sin tener que consumir medicamentos de forma continua, debido a que su cuerpo no sabe cómo activar sus propios mecanismos para recuperar la salud.
A menudo, las plantas que aparecen en este libro son efectivas para más de un síntoma y el abanico curativo de sus sustancias activas las convierte en remedios naturales altamente eficaces para la recuperación de la salud, mejorando otros síntomas comunes que son en apariencia menos importantes. Cada capítulo está dedicado a una planta y se des­cribe para qué tipo de enfermedad está indicada, cuáles son sus sustan­cias activas, las formas de uso, cómo la misma planta puede beneficiar otros aspectos relacionados con la salud y —en aquellos casos en que resulta posible— cómo cultivarla en casa. Como decía el profesor Ma­nuel Lezaeta: «La sabiduría se encuentra en la naturaleza, no en los laboratorios».

 

 Ocuparse siempre es mejor que preocuparse

Posiblemente no ha habido nunca una época en la historia de la huma­nidad en que fuera tan complicado discernir entre el estar enfermo o no estarlo. Tampoco ha habido una época en la que el sobreexceso de in­formación sobre señales y síntomas que marcan la linea divisoria entre la salud y la enfermedad acabara confundiendo tanto para detectar los propios síntomas. Sin contar que a la gran cantidad de información con
fines mercantilistas hay que sumar ahora las enfermedades que llevan el rótulo de «enfermedades posmodernas», que en la mayoría de los casos son las enfermedades de siempre aunque se solucionen con nue­vas drogas para redefinir los denominados «efectos rápidos». Estamos hablando de antiinflamatorios, antihistamínicos, laxantes, energizantes, somníferos o sustancias para el estrés, el colesterol, los trastornos de circulación o los trastornos digestivos que se presentan en el formato de «efectos rápidos», a los que se añaden nuevos síntomas —además de los conocidos— con la intención de dar a estos productos un marketing mayor. Esto complica aún más la tarea de saber esperar antes de ir a la farmacia y conseguir algún medicamento rápido en lugar de recurrir a las plantas medicinales, cuyos efectos son más lentos pero más profun­dos y duraderos.
Solo hay que escuchar cómo se llega a la exageración de los síntomas de toda la vida para aumentar el consumo de fármacos ante las «primeras señales», ya sea de estrés, de colesterol o cualquier otro síntoma común. Se trata de un proceso para generar más venta directa —obviamente estudiado— y que suele empezar con una campaña de un «producto estrella» cuya «humilde» función es paliar el síntoma de una posible enfermedad. Después, solo hay que lograr que el producto estrella se mantenga en el mercado durante un tiempo hasta que el consumidor se acostumbre a él y le resulte familiar. A partir de este momento em­pieza la verdadera campaña de marketing—mucho más agresiva— has­ta que a ese síntoma se le empieza a llamar «enfermedad».
Observemos el mensaje diferencial entre estos tres puntos:

  1. El medicamento X sirve para «bajar el colesterol».
  2. El medicamento X es imprescindible para combatir «el coles­terol que se pega en las paredes de las arterias» (aunque, en realidad, no lo hace en ningún lado).
  3. Hay que tomar el medicamento X porque el colesterol «se ha convertido en el gran riesgo para el corazón».

 ¡Qué absurdo, si pensamos que hay remedios de plantas absolutamente naturales para equilibrar dichos valores!
Los eslóganes, sostenidos mediante campañas, funcionan a partir de una gran voracidad mercantil y, de tanto repetirlos, tarde o temprano acaban transformándose en verdades colectivas además de en cuestio­nes médicas. Las enfermedades comunes, disfrazadas de enfermedades graves en la sociedad actual, requieren no solo más automedicación sino también más participación de todos los agentes sanitarios. Muchas de ellas, que antes se curaban con preparados naturales, ahora son enfer­medades a las que hay que atacar rápidamente con fármacos que su­puestamente van «directamente al centro del problema».
Volver a lo natural y ocuparse de la salud implica aprender a dar a los síntomas la dimensión justa y, si es preciso, encontrar las plantas medicinales que el cuerpo y la mente necesitan, permitiendo que nos acompañen en el camino hacia una salud equilibrada. Para sentirnos bien también hay que aprender a escuchar el lenguaje del propio cuer­po, teniendo en cuenta que los síntomas no son la enfermedad sino que son la evidencia de que el cuerpo se pone en marcha para lidiar con ella y recuperar la salud.
Hacerse un botiquín personalizado con las sustancias activas de plantas naturales, así como cultivar alguna de ellas en macetas o en el jardín del hogar, es una opción saludable y, además, un modo de comprender hasta qué punto también la salud depende de la manera en que enten­demos nuestro entorno.

Una forma suave de curarse

Si bien es verdad que las sustancias vegetales de uso tradicional basan sus efectos terapéuticos en el conocimiento acumulado a través de los años, no hay que olvidar que su alta eficacia y la suave curación que proporcionan las dosis justas es también el resultado de la experiencia de siglos. Se trata de un proceso de ensayo y error que, a menudo, tiene
sus orígenes en un pasado muy lejano. La conexión entre el hombre y la naturaleza era, hace miles de años, de tal magnitud que las plantas me­dicinales formaban parte del aprendizaje para la vida; los sumerios, los egipcios, los griegos, los romanos —y probablemente mucho antes—usaron plantas con poderes curativos. Algunas de ellas han llegado has­ta nuestros días, incluso en aquellos casos en los que las propiedades de algunas de ellas fueron descubiertas por azar, como las usadas para aliviar la fiebre durante las guerras.
Se sabe, por ejemplo, que los egipcios ya preparaban fórmulas curativas con vegetales reconociendo la parte más potente de una determinada planta, y contaban para ello con unas novecientas especies diferentes para curarlo casi todo. En países como la India o China, las terapias de cura­ción por medio de plantas eran por aquel entonces también algo común y no se entendían como una forma de medicina complementaria sino como la única medicina —incluso en los casos de enfermedades importantes—debido a que la naturaleza formaba parte de la experiencia cotidiana.
En este sentido, la relación empírica con las plantas es lo que probable­mente ha llevado a confundir el hecho de que las plantas tengan, por un lado, principios curativos comprobados y que, por otro, se usaran a su vez a partir de creencias místicas y religiosas con efectos mágicos, aunque este no es el aspecto que nos ocupa.
Existen restos arqueológicos hallados en Irak que han demostrado que los neandertales tenían nociones de cómo beneficiarse del poder cu­rativo de las plantas, ya que en el sarro de sus dientes se encontraron dos tipos de plantas medicinales: aquilea y camomila. Así que no ha de extrañar que los sumerios tuvieran verdaderos documentos de cómo usar las plantas para beneficio de la propia salud o que en los papiros egipcios se hubieran dejado escritos medicamentos de naturaleza ex­clusivamente vegetal. Incluso se habla de descripciones de drogas como el opio o del poder curativo del azafrán, la mirra, la mandrágora y hasta de los efectos de la belladona.

 En la India, la medicina ayurvédica (800 a. C.) también posee unas ochocientas plantas curativas e incluye los principios activos, incorpo­rando en su filosofía la comprensión de la enfermedad desde el potencial de la planta. Existe el Atharvaveda, una guía completa de enfermedades y remedios naturales escrita sobre el año 2000 a. C.
Más adelante, Hipócrates (460 a. C. - 370 a. C.), médico de la anti­gua Grecia, clasificó a conciencia un total de trescientas plantas me­dicinales, incluyendo una especie de manual de uso y extendiendo su sabiduría al mundo romano y posteriormente a la Edad Media. Sin embargo, fue el médico, farmacólogo y botánico griego Dioscórides (40 d. C. - 90 d. C.), enrolado en el ejército romano, quien compendió seiscientas drogas en lo que en la época medieval se conocerá como De materia medica: una obra de cinco volúmenes que incluye una gran variedad de sustancias activas vegetales. En la Edad Media, los cono­cimientos científicos pasaron a los monasterios y se elaboró la primera farmacopea de plantas.
En América, mucho antes de su descubrimiento, los nativos de las ci­vilizaciones más avanzadas también tenían un conocimiento profundo y exhaustivo de las propiedades medicinales de un buen número de hierbas. De hecho, los indios norteamericanos usaban el aloe vera para curar las heridas y conocían las virtudes curativas del sauce o de la cás­cara sagrada. Los aztecas, en cambio, usaban el árnica, el diente de león o la menta, entre otras cien variedades, para mejorar distintos síntomas y enfermedades.
Por su parte, en países como China o Japón, la sabiduría ancestral para el uso de las plantas no solo fue importante por transmitirse desde el saber popular, sino que los médicos orientales aún hoy entienden que en las plantas medicinales están muchas de las respuestas curativas a un gran número de enfermedades. Se entiende que los fármacos modernos pueden producir curas aparentes de forma rápida pero, en muchos ca­sos, sus efectos secundarios no siempre aparecen de inmediato.

Las partes de las plantas y los principios activos
El poder curativo de una planta puede encontrarse en la raíz, en el tallo, en las flores, en las hojas, en las semillas, en los frutos o incluso en sus aceites. Es por ello que resulta imprescindible no solo conocer aquellas partes de las plantas que saltan a la vista sino aquellos detalles que re­sultan diferenciadores. Por ejemplo, cuando se dice que el poder curati­vo de una planta está en la raíz, es posible que sea necesario diferenciar incluso en qué parte concreta de la raíz: una cosa es la raíz principal y otra son los brotes de la raíz, que se conocen como raíz secundaria y que es la parte que busca el agua y los nutrientes. De igual manera, el tallo de una planta —que aparece al germinar la semilla— suele estar acom­pañado por el primer par de hojas que formarán su follaje, pero puede ser que el poder curativo solo esté en las ramas o en las yemas, que son los brotes del crecimiento y que pueden ser terminales (si se ubican en el extremo superior del tallo) o axiales (ubicados en los laterales donde salen las ramas).
Aún así, a menudo no existe ninguna dificultad en el hecho de uti­lizar toda la planta con fines medicinales, pero hay semillas que no deben usarse bajo ningún concepto ya que son tóxicas. Es por esta razón que se recomienda seguir las indicaciones al pie de la letra para obtener las sustancias activas necesarias que permitan aliviar los síntomas con el menor riesgo posible; por ejemplo, si se usa la cúrcuma como preventivo del cáncer, solo se usará la raíz. El objetivo es siempre lograr un alivio que vaya en la misma dirección que la recuperación de la salud poniendo en marcha los sistemas inmunes y teniendo en cuenta que hay plantas curativas cuyos efectos son más rápidos que los de otras.
Los principios activos de las plantas, es decir, las sustancias químicas que poseen una acción farmacológica y que sirven para aliviar tanto las dolencias como los síntomas durante un período de tiempo determi­nado, también pueden promover una notable mejoría integral, incluso aliviando otros síntomas que no habían sido tenidos en cuenta en un
 
primer momento. Esto se debe a que las sustancias activas —que son un producto orgánico, resultado de la biosíntesis de la planta en su re­corrido metabólico a partir de la fotosíntesis— actúan en varios niveles del cuerpo humano. De hecho, las sustancias activas pueden formar parte de las sustancias de reserva de la planta o bien ser excretadas a través de frutos, flores o zonas específicas como la resina. También pueden estar en tejidos específicos como la raíz, las hojas o en cualquier otra parte de la planta. La zona en donde se encuentre el principio activo va a deter­minar la técnica de extracción, la dosis recomendada para su consumo y la forma de uso (si es solo externo, solo interno o si incluye ambas posibilidades).
Desde el punto de vista curativo, las sustancias activas que se en­cuentran en las distintas partes de la planta alteran o modifican el funcionamiento de determinados órganos o sistemas del cuerpo hu­mano, de forma que será más fácil encontrar la planta que mejor se adecue a las necesidades del momento si se define claramente aque­llo de lo que se padece. Por todo ello, antes de empezar una terapia curativa con principios activos vegetales es importante definir los siguientes puntos:

  1. Qué síntomas se quieren tratar.
  2. Qué planta se adecua más a las características físicas de la per­sona (edad, enfermedades que se padecen .).
  3. Cuál es la duración estimada del consumo (que no supere las 4-6 semanas, si es intensivo).
  4. Qué progreso o mejoría podemos esperar (generalmente se puede observar en los primeros siete días, si se da continuidad al tratamiento durante el tiempo indicado para cada planta y si no hay efectos que indiquen que debe dejarse de consumir).

En cualquier caso, también es importante consultar al médico para no crear interferencias con los medicamentos que se puedan estar toman­do ni combinar con otras plantas que potencien, retarden o anulen la
acción, así como tampoco tomar más cantidad creyendo que a más sus­tancia la mejoría también será mayor. Generalmente, una única planta medicinal en la dosis justa puede hacer maravillas, aunque también se puede combinar con aquellas plantas que se indican, de modo que no haya interferencias entre ellas. El papel del médico de cabecera también será el de realizar el seguimiento si hay alguna enfermedad crónica o si se está tomando algún tipo de medicación.
Hay que tener en cuenta, cuando se hace referencia a las interacciones de los principios activos, que las hierbas pueden disminuir o aumentar la potencia de los medicamentos —tanto los que son usados para el mismo problema que se va a tratar como aquellos relacionados con pro­blemas de salud transitorios o crónicos de índole diferente— debido a que hay sustancias activas que, al juntarse con otras, provocan una reac­ción opuesta a la esperada. Por ejemplo, hay plantas que, por sus efectos laxantes, disminuyen la absorción de sustancias como el hierro o el litio, que pueden alterar la motilidad del proceso de digestión o que pueden interferir en la eliminación del medicamento por vía renal si tienen efectos diuréticos. Este es un aspecto importante a tener presente, ya que si el fármaco en cuestión queda libre en la sangre no llegará adonde debería ejercer su acción.
Asimismo, se debería tener un cuidado especial en no duplicar un fár­maco ni las sustancias activas de una planta; por ejemplo, no debería tomarse un sedante natural si ya se están tomando medicamentos con propiedades sedativas, como los antihistamínicos. También habrá que ser riguroso en las interacciones entre medicamentos recetados por el médico y las sustancias activas si se toman anticoagulantes, medica­mentos para la epilepsia o inmunodepresores, así como en los casos en que se padezcan problemas hepáticos crónicos, como ocurre con las plantas que son apropiadas para calmar los síntomas de la menopausia. En cualquier caso, lo que no hay que olvidar es que, en cuanto a la ac­tividad biológica, las plantas medicinales producen cambios en el orga­nismo de la misma forma que lo producen los fármacos convencionales
 
y que pueden afectar los procesos de absorción, distribución, excreción o del metabolismo. Así, si se toma una fármaco y una planta que lo interacciona, será el fármaco el que, por ejemplo, tendrá menos nivel de absorción porque se altera la acidez del aparato digestivo o tendrá peor distribución en los tejidos, por lo que hay que tener especial cuidado si se toman fármacos para la circulación o el sistema nervioso central. En lo que se refiere al metabolismo, si se toman fármacos que se eliminan por excreción renal, las plantas que contengan sustancias activas diu­réticas pueden alterar el pH urinario e influir en las concentraciones.
En este libro, al final de cada capítulo correspondiente a cada una de las quince plantas, el lector podrá consultar no solo las contraindicaciones sino también las posibles interacciones. Es importante considerar que las quince plantas que se describen no cubren todas las necesidades ante determinados síntomas comunes, pero sí que ayudan a sustituir gran parte de los medicamentos que muchas personas consumen de más y que son de venta libre. Aún así, subrayamos que en ningún caso se trata de sustituir aquellos medicamentos destinados a enfermedades impor­tantes o crónicas ni de alterar las prescripciones médicas. También hay que resaltar que muchas de las plantas medicinales cubren, como se ha explicado, un amplio abanico de síntomas, por lo cual no es de extrañar que la mejoría también ocurra en otros aspectos, funcionando como sustancias reguladoras del conjunto del organismo.
Sustancias activas de las plantas que nos benefician Las sustancias activas que aportan las plantas medicinales son muy va­riadas, por lo que aquí se hará un brevísimo resumen de los principales grupos: los alcaloides, los glucósidos, los flavonoides y las vitaminas, así como mucílagos y gomas, taninos y aceites esenciales.

  • · Los alcaloides son un grupo de sustancias muy activas que la industria farmacéutica usa como componentes terapéuticos y que, si bien en cierto modo son venenos medicinales (como la toxina de la planta adormidera, que es la morfina en mucha menos cantidad), las plantas no tóxicas que poseen alcaloides pueden tener una acción curativa. Los alcaloides se pueden almacenar en cualquier parte de la planta y causan reaccio­nes bioquímicas dentro del cuerpo, estimulando el sistema nervioso central y autónomo, aunque algunos pueden actuar como estimuladores y otros como inhibidores. Otra actividad es la de modificar la contractilidad de las paredes de los vasos sanguíneos.
  • · Los glucósidos de las plantas medicinales tienen una gran cantidad de efectos en el cuerpo humano y están formados por dos partes, una de azúcar (por ejemplo, de glucosa) y otra de no-azúcar. Como el enlace entre ambas partes debe romperse para activar el compuesto, es la misma planta la que proporciona los fermentos para que ello ocurra. La función de los glucósidos es la de mantener el buen funcionamiento cardíaco y de la circulación de la sangre. Sus propiedades cu­rativas deben ser activadas en agua.
  • · Los flavonoides tienen una acción sobre el organismo huma­no que dependerá en gran medida del conjunto de principios activos de la planta. No obstante, todos tienen básicamente tres acciones: sobre la rotura de capilares, sobre trastornos tanto cardíacos como circulatorios y acción antiespasmódica sobre el tracto digestivo.
  • · Las vitaminas, que son sustancias imprescindibles para las funciones de crecimiento y desarrollo, pueden ser aportadas también por las plantas medicinales. El cuerpo humano ne­cesita trece vitaminas: A, B, C, D, E, K (tiamina, riboflavina, niacina, ácido pantoteico, biotina, vitamina B6 y B12, y ácido fólico), de las cuales dos son producidas por nuestro organis­mo, la vitamina D y la vitamina K. Un error común es creer que, como las vitaminas son beneficiosas para el organismo,

ingiriendo más se estará mucho mejor; esto en ningún caso es así y, de hecho, determinadas vitaminas pueden ser tóxicas en dosis elevadas. En cualquier caso, lo que sí es importante tener presente es qué función tiene cada vitamina en el organismo.

  • Vitamina A. Es fundamental para la vista, la formación de tejidos óseos y blandos, la formación de los dientes, la piel y las membranas mucosas.
  • Vitamina B6. Ayuda a la formación de los glóbulos rojos y al man­tenimiento de la función cerebral, así como a producir anticuerpos y a mantener el azúcar en sangre en rangos normales.
  • Vitamina B12. Es fundamental para el metabolismo, ayuda a la for­mación de glóbulos rojos y a mantener el sistema nervioso central. Vitamina C. Llamada también ácido ascórbico, ayuda a absorber el hierro y a mantener en buena forma los tejidos, así como a favorecer la cicatrización de las heridas.
  • Vitamina D. Esta vitamina la fabrica el cuerpo después de una ex­posición a la luz solar de 10 o 15 minutos y es la vitamina que ayu­da a absorber el calcio. Es necesaria para el mantenimiento de los dientes y los huesos.
  • Vitamina E. Es el tocoferol, un antioxidante imprescindible para la formación de glóbulos rojos. También protege los tejidos de los radicales libres, previniendo el envejecimiento, y ayuda a mantener el sistema inmunitario fuerte frente a virus y bacterias.
  • Vitamina K. Es la vitamina de la coagulación.
  • Los mucílagos y gomas son carbohidratos que no se disuel­ven en agua, sino que se absorben y se hinchan. Poseen un amplio espectro de actuación, con efectos antiinflamatorios, cicatrizantes, antidiarreicos en dosis bajas y laxantes en dosis altas, y antibióticos.
  • Los taninos son una sustancia compleja que se encuentra en la raíz y en la corteza. Para extraerlo hay que someter la raíz acocción durante 15-20 minutos y se caracteriza por sus altas propiedades antibacterianas, astringentes y antisépticas.
  • Los aceites esenciales están formados por varias sustancias orgánicas volátiles o aromáticas, almacenadas en canales se­cretos de la planta. En general, sus efectos son sedantes, an­tiespasmódicos y desinfectantes.

INDICE


INTRODUCCIÓN                                    11
Ocuparse siempre es mejor que preocuparse                    16
Una forma suave de curarse                                  18
Las partes de las plantas y los principios activos                  21
Sustancias activas de las plantas que nos benefician            . 24
CONSEJOS PRÁCTICOS                            . 29
Un botiquín natural personalizado                            . 29
Hacerse el propio botiquín de salud                           . 29
Los usos del botiquín personal                                  31
Elaborar aceites esenciales propios                           . 34
Terminología para el etiquetado de los aceites
esenciales y otros preparados de reserva                      . 35
Cultivar las plantas en casa                                   38

 

LAS 15 PLANTAS MEDICINALES                     . 40
Más menta y menos analgésicos                               43
Más regaliz y menos antiácidos                                 53
Menos alergias con el sol de oro              . 61
Más semillas de zaragatona y menos
estreñimiento                             . 69
La cúrcuma y sus efectos sobre el cáncer       . 77
Menos antidepresivos y más Platón . o
más hipérico                             . 89
7.   Los antihipertensivos y el espino albar        . 101
Menos insomnio y estrés con la raíz de
valeriana                                1 1 1
Más resistencia al estrés con ginseng          . 123
El colesterol malo y el ajo                    . 131
Más cicatrización de quemaduras y menos
problemas oculares simples con aloe vera        139
Más ortiga y menos problemas
circulatorios                                149
Más diente de león y menos trastornos
del hígado                                 155
Más planta de lavanda y menos
agotamiento mental                         . 161
Más memoria con ginkgo biloba                171

PARA SABER MÁS                                  179
BIBLIOGRAFÍA                                    . 183

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