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Este dolor no es mío Maximizar

Este dolor no es mío

Mark Wolynn (aut)

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Identifica y resuelve los traumas familiares heredados. La evidencia científica muestra que los traumas pueden ser heredados.

El papel que desempeña nuestra herencia traumática en nuestra salud emocional y física es muy superior al que se le había atribuido hasta ahora.

 

Más detalles

9788484456810

DEPRESIÓN. ANSIEDAD. DOLORES CRÓNICOS. FOBIAS. PENSAMIENTOS OBSESIVOS.

 

Existen pruebas fiables de que muchos problemas crónicos o de largo plazo pueden no tener su origen en nuestras vivencias inmediatas o en desequilibrios químicos de nuestro cerebro, sino en las vidas de nuestros padres, abuelos o bisabuelos.
Mark Wolynn, fundador y director del Instituto de Constelaciones Familiares (FCI) y pionero en el estudio de los traumas familiares heredados, presenta en "Este dolor no es mío" un enfoque transformador que permite resolver problemas crónicos que no han podido ser aliviados mediante la terapia tradicional, los medicamentos u otras medidas.

Mark Wolynn

Es fundador y director del Family Constellation Institute (Instituto de Constelaciones Familiares). Ha impartido clases en la Universidad de Pittsburgh, en el Western
Psychiatric Institute, en el centro Kripalu, en el Instituto Omega, en el Open Center de Nueva York y en el California Institute of Integral Studies (Instituto de Estudios Integrales de California). Sus artículos se han publicado en el Elephant Journal y en Psych Central. Vive en la zona de la bahía de San Francisco, Estados Unidos.

Índice

Agradecimientos       11
Introducción: El lenguaje secreto del miedo      19

PRIMERA PARTE
LA RED DE LOS TRAUMAS FAMILIARES

Capítulo 1. Traumas perdidos y encontrados       35
Capítulo 2. Tres generaciones de historia familiar
compartida: el cuerpo familiar       47
Capítulo 3. La mente de la familia       65
Capítulo 4. El planteamiento del lenguaje nuclear       81
Capítulo 5. Los cuatro temas inconscientes       89

SEGUNDA PARTE
EL MAPA DEL LENGUAJE NUCLEAR

Capítulo 6. La queja nuclear       121
Capítulo 7. Los descriptores nucleares       137
Capítulo 8. La frase nuclear       147
Capítulo 9. El trauma nuclear       171

TERCERA PARTE
LAS VÍAS DE LA RECONEXIÓN

Capítulo 10. Del entendimiento a la integración       187
Capítulo 11. El lenguaje nuclear de la separación      209
Capítulo 12. El lenguaje nuclear de las relaciones de pareja       227
Capítulo 13. El lenguaje nuclear del éxito       251
Capítulo 14. La medicina del lenguaje nuclear      269

Glosario      273
Apéndice A: Lista de preguntas sobre la historia familiar      275
Apéndice B: Lista de preguntas sobre el trauma temprano       277
Notas      279

Introducción:
El lenguaje secreto del miedo

En el tiempo oscuro, el ojo empieza a ver... THEODORE ROETHKE, «En el tiempo oscuro»

Este libro ha sido fruto de una misión que me ha llevado a dar la vuelta al mundo, me ha hecho volver a mis raíces y me ha con­ducido a una carrera profesional que no podría haberme figurado siquiera cuando emprendí este viaje. He pasado más de veinte años trabajando con personas que padecían depresión, ansiedad, enfer­medades crónicas, fobias, pensamientos obsesivos, trastorno de es­trés postraumático y otras dolencias debilitantes. Muchas de ellas acudían a mí después de someterse durante años enteros a psico­terapia, medicaciones y otros tratamientos que no les habían des­velado la causa de sus síntomas ni les habían aliviado sus padeci­mientos.
Lo que he aprendido a la luz de mi propia experiencia, de mi formación y de mi práctica clínica es que la respuesta puede no encontrarse en nuestra propia historia personal, sino más bien en las de nuestros padres y abuelos, o incluso en las de nuestros bisabuelos. Las últimas investigaciones científicas, de las que ya se están haciendo eco los medios de comunicación generales, también nos confirman que los efectos de los traumas pueden transmitirse de una generación a la siguiente. Este «legado» es el llamado trauma familiar heredado, y cada vez existen más pruebas de que se trata de un fenómeno muy real. El dolor no siempre se disuelve solo ni se reduce con el tiempo. Aunque la persona que sufrió el trauma primitivo haya muerto, aunque su historia haya quedado sumergi­da en años de silencio, pueden perdurar fragmentos de las viven­cias, de los recuerdos y de las sensaciones corporales, como si quisieran prolongar su existencia desde el pasado hasta resolverse en las mentes y en los cuerpos de los que vivimos en el presente.
Lo que vas a leer en las páginas siguientes es una síntesis de las observaciones empíricas que he ido realizando en mi práctica profe­sional como director del Family Constellation Institute (Instituto de Constelaciones Familiares) de San Francisco, junto con los últimos descubrimientos de la neurociencia, la epigenética y la ciencia del lenguaje. También reflejo en este libro mi formación profesional con el célebre psicoterapeuta Bert Hellinger, en cuyo planteamiento de la terapia familiar se manifiestan los efectos psicológicos y físicos de los traumas familiares heredados a lo largo de múltiples generaciones.
Una buena parte del libro está dedicada a enseñar el modo de identificar las pautas familiares heredadas, es decir, los miedos, los sentimientos y las conductas que hemos adoptado sin saberlo y que mantienen vivo de generación en generación el ciclo del sufrimien­to, y a explicar también cómo poner fin a este ciclo, que es lo más esencial de mi trabajo. Podrás aprender, como aprendí yo, que mu­chas de estas pautas no son nuestras; solo las hemos tomado pres­tadas a otros miembros de nuestra historia familiar. ¿Por qué suce­de esto? Yo creo firmemente que es para que pueda salir a la luz por fin una historia que se pueda contar. Voy a contarte la mía.
Nunca me había propuesto crear un método para superar el miedo y la ansiedad. Todo comenzó el día que perdí la vista. Estaba sufriendo la primera de mis migrañas oculares. No se trataba de verdadero dolor físico digno de mención, sino de un torbellino de terror tenebroso en cuyo interior se me oscurecía la visión. Yo tenía por entonces treinta y cuatro años, y estaba en mi despacho. Tuve que buscar a tientas el teléfono de mi mesa y marcar a ciegas el número de emergencias. No tardaron en enviar una ambulancia.
Las migrañas oculares no suelen ser graves. Se te nubla la vista, pero se te suele normalizar de nuevo al cabo de una hora, más o menos. Solo que esto no siempre lo sabes cuando te está dando. Sin embargo, en mi caso la migraña ocular no fue más que el principio. A las pocas semanas empecé a perder la visión del ojo izquierdo. Las caras y las señales de tráfico se convirtieron en manchas grises.
Los médicos me comunicaron que tenía una retinopatía serosa central, trastorno incurable y de causa desconocida. Bajo la retina se acumula líquido que termina por filtrarse y produce lesiones y enturbiamiento del campo visual. Un cinco por ciento de los pa­cientes, los que tienen la forma crónica de la enfermedad que había contraído yo, llegan a perder la vista hasta el punto de ser conside­rados ciegos según la definición legal. Me dijeron que contara con I que ambos ojos quedarían afectados. Era cuestión de tiempo. La verdad es que los médicos no sabían decirme cuál era la causa de mi pérdida de visión ni cómo podía curarla. Probé varias cosas por mi cuenta (vitaminas, ayunos con zumos, imposiciones de manos) y me parecía que con todo ello el problema se agravaba más aún. Estaba desconcertado. Se estaba haciendo realidad el ma­yor de mis miedos sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Ciego, sin poder valerme por mí mismo, y solo, me derrumbaría. Mi vida se hundiría. Perdería las ganas de vivir.
Me representaba mentalmente la situación una y otra vez. Cuanto más lo pensaba, más hondos eran los sentimientos de impotencia que tenía incrustados en el cuerpo. Me estaba hundiendo en arenas movedizas. Cada vez que intentaba liberarme, mis ideas volvían de nuevo a las imágenes en que me representaba a mí mis­mo solo, desvalido y arruinado. Lo que no sabía yo por entonces era que solo, desvalido y arruinado eran palabras de mi propio lenguaje del miedo. Eran ecos de traumas que se habían producido en la historia de mi familia antes de que naciera yo. Estas palabras, libres y desatadas, me daban vueltas en la cabeza y me repiqueteaban en el cuerpo.
Me pregunté por qué estaba otorgando tanto poder a mis pen­samientos. Había otras personas que, sufriendo adversidades mu­cho peores que la mía, no daban tantas vueltas a sus sufrimientos como yo. ¿A qué se debía que yo me quedara tan hundido en el miedo? Me costó años encontrar la respuesta a esta pregunta.
En aquel tiempo, lo único que fui capaz de hacer fue dejarlo todo. Dejé a mi pareja, a mi familia, mi empresa, mi ciudad... 1 )ej é todo lo que conocía. Buscaba unas respuestas que no se po‑
dían encontrar en el mundo en que vivía yo, en un mundo donde parecía que había mucha gente desorientada e infeliz. Yo no tenía más que preguntas, y sentía pocas ganas de seguir adelante con la vida tal como la conocía. Traspasé mi empresa (que se dedicaba a organizar eventos y marchaba bien) a una persona a la que acababa de conocer, literalmente, y partí hacia oriente, lo más al este que pude, hasta que llegué al sudeste de Asia. Quería curarme. Solo que no sabía qué aspecto tendría esa curación.
Leí libros y estudié con los maestros que los habían escrito. Siempre que oía hablar de alguien que podría ayudarme (una an­ciana que vivía en una choza, un hombre risueño vestido con una túnica), me presentaba ante él o ante ella. Me apuntaba a progra­mas de formación y entonaba cánticos con los gurús. Un gurú dijo a los nos habíamos reunido para oír sus palabras que él no quería rodearse de buscadores sino de «encontradores». Según decía, los buscadores solo se quedaban en eso, en un estado perpetuo de búsqueda.
Yo quería ser un «encontrador». Meditaba varias horas al día. Hacía ayunos de varios días seguidos. Me preparaba infusiones de plantas medicinales y combatía a las toxinas feroces que me figu­raba que habían invadido mis tejidos. Mientras tanto, iba perdiendo vista y me hundía más y más en la depresión.
Por entonces no había caído todavía en la cuenta de que, cuan­do intentamos resistirnos a algún sentimiento doloroso, lo que so­lemos conseguir es prolongar ese mismo dolor que queremos evi­tar. Esta actitud desemboca en la continuación del sufrimiento. Y el hecho mismo de buscar tiene algo que nos bloquea lo que buscamos. Ese estar mirando siempre fuera de nosotros mismos puede impedirnos saber cuándo hemos dado con el objetivo. Puede que esté teniendo lugar algo valioso dentro de nosotros; pero co­rremos el riesgo de pasarlo por alto si no estamos sintonizados con nuestro interior.
Los curadores me animaban a mirar más hondo, preguntándo­me: «¿Qué es lo que no quieres ver?». ¿Pero cómo podía saberlo yo? Estaba a oscuras.
En Indonesia, un gurú me iluminó un poco más diciéndome: «¿Quién te has creído que eres para no tener problemas de vista? Puede que Johan no oiga tan bien como Gerhard, y puede que Eliza no tenga los pulmones tan sanos como Gerta. Y Dietrich no anda tan bien como Sebastian, ni mucho menos». (Era un
ursillo al que asistían muchos alemanes y holandeses, y parecía que casi todos tenían algún trastorno crónico). Aquello me llegó hondo. El gurú tenía razón. ¿Quién era yo para no tener proble­mas de vista? Oponerme a la realidad era una arrogancia por mi parte. Tenía la retina dañada y la visión borrosa, lo quisiera o no; pero yo, el «yo» que estaba por debajo de todo ello, empezaba a sentirse en calma. Con independencia de lo que hiciera mi ojo, este ya no tenía por qué ser el factor decisivo que determinaba cómo estaba yo.
Para que profundizásemos en nuestro aprendizaje, aquel gurú nos hizo pasar setenta y dos horas (tres días con sus noches) senta­dos sobre sendos cojines, meditando, con los ojos vendados y los oídos taponados. Cada día nos daban un cuenco pequeño de arroz para comer y solo agua para beber. Sin dormir, sin levantarnos, sin acostarnos, sin comunicarnos entre nosotros. Para ir al baño tenías que levantar la mano, y entonces te acompañaban, a oscuras, a un agujero en el suelo.
Esta locura tenía como objetivo eso mismo: que llegásemos a conocer de primera mano la locura de la mente a base de observar­la. Descubrí que mi mente me estaba acosando constantemente con ideas en las que me representaba el peor de los casos posibles, y con la mentira de que, si me preocupaba lo suficiente, podría aislarme de aquello mismo que más temía.
Después de esta experiencia y de otras semejantes empezó a aclarárseme un poco la visión interior. No obstante, el ojo seguía igual, con filtraciones y lesiones. Tener un trastorno de la vista es como una gran metáfora a muchos niveles. Acabé por descubrir que no se trataba tanto de una cuestión de lo que podía o no podía ver, sino más bien de cómo veía las cosas. Pero no fue entonces cuando di el giro radical.
Encontré por fin lo que buscaba en el tercer año de la que aho­ra llamo «mi búsqueda de la visión». Por entonces estaba haciendo mucha meditación. La depresión se me había aliviado bastante. Podía pasar muchas horas en silencio, a solas con mi respiración o con mis sensaciones corporales. Aquello era lo más fácil.
Un día me puse a la cola para tener un satsang, una reunión personal con el maestro espiritual. Pasé varias horas esperando, ves­tido con la túnica blanca que llevábamos todos los del templo. Me tocó por fin. Esperaba que el maestro me felicitara por mi dedica­ción. Pero supo mirar dentro de mí y vio lo que yo no veía. Me dijo:
—Vuelve a tu casa. Vuelve a tu casa, y llama a tu madre y a tu padre.
¿Qué? Me quedé indignado. El cuerpo me temblaba de ira. Estaba claro que me había interpretado mal. Yo no necesitaba ya a mis padres. Había madurado más que ellos. Había renunciado a ellos hacía mucho tiempo; los había cambiado por otros padres mejores, por padres espirituales; por todos los maestros, gurús y sabios y sabias que me guiaban hacia un despertar de nivel superior. Más aún: tenía encima varios años de terapias desacertadas, de dar puñetazos a almohadones y de hacer trizas cartulinas con las figuras de mis padres, y creía que ya había «curado» mi relación con ellos. Opté por hacer caso omiso de los consejos del gurú.
A pesar de ello, esas palabras me habían calado hondo. No era capaz de quitarme de la cabeza lo que me había dicho el gurú. Estaba empezando a entender por fin que ninguna experiencia cae en saco roto. Todo lo que nos sucede tiene su valor, con indepen­dencia de que reconozcamos o no a primera vista su importancia. Todo lo que entra en nuestras vidas nos conduce hacia alguna par­te en última instancia.
No obstante, yo estaba decidido a mantener intacta la ilusión de quién era yo. Lo único que tenía a lo que me podía aferrar eran mis grandes dotes de meditador. De modo que solicité una reunión con otro maestro espiritual; con un maestro que pondría las cosas en su sitio, o eso creía yo firmemente. Aquel hombre infundía su amor celestial a centenares de personas cada día. No me cabía duda
de que vería en mí a la persona profundamente espiritual que yo me imaginaba ser. Otra vez tuve que hacer cola un día entero para verme con él. Me llegó el turno por fin. Y, entonces, sucedió aque­llo. Lo mismo. Con las mismas palabras.
—Llama a tus padres. Vuelve a tu casa y haz las paces con ellos. Esta vez atendí a lo que me decían.
Los grandes maestros saben. A los que son verdaderamente grandes no les importa si crees o no en sus enseñanzas. Te presentan una verdad y te dejan en paz, para que descubras a solas tu propia verdad. Adam Gopnik ha descrito así la diferencia entre gurú y maestro en su libro Through the Children's Gate (A través de la puerta de los niños): «El gurú se nos entrega, y nos entrega después su sistema; el maestro nos entrega su materia y después nos entre­ga a nosotros mismos».
Los grandes maestros comprenden que nuestro origen afecta a nuestro destino y que lo que queda por resolver de nuestro pasado influye sobre nuestro presente. Saben que nuestros padres tienen importancia, con independencia de si saben ser buenos padres o no. Es innegable: la historia de nuestra familia es nuestra historia. Re­side en nosotros, nos guste o no.
No podemos deshacernos de nuestros padres ni suprimirlos, sea cual sea la historia que tengamos con ellos. Ellos están en nosotros y nosotros formamos parte de ellos, aunque ni siquiera hayamos llegado a conocerlos. Si los rechazamos, solo consegui­mos distanciarnos más de nosotros mismos y crear más sufrimien­to. Aquellos dos maestros habían sido capaces de verlo. Yo no. Mi ceguera era literal y metafórica al mismo tiempo. Ahora empeza­ba a despertar, sobre todo al hecho de que había dejado en mi casa un lío enorme.
Llevaba años juzgando a mis padres con severidad. Me figuraba que yo estaba más capacitado, que era mucho más sensible y hu­mano que ellos. Les culpaba de todas las cosas que yo creía que estaban mal en mi vida. Ahora, tenía que volver con ellos para re­poner lo que me faltaba en mi propio ser, a saber, mi vulnerabili­dad. Estaba empezando a darme cuenta de que mi capacidad de recibir amor de los demás estaba asociada a mi capacidad de recibir el amor de mi madre.
Con todo, no iba a resultar fácil aceptar su amor. Mi vínculo con mi madre estaba tan roto que cuando ella me abrazaba me sentía como si hubiera caído en una trampa para osos. El cuerpo se me tensaba como para crear un caparazón que ella no fuera capaz de atravesar. Esta herida afectaba a todos los aspectos de mi vida, y sobre todo a mi capacidad para mantenerme abierto en una rela­ción de pareja.
Mi madre y yo podíamos pasarnos meses enteros sin hablarnos. Cuando hablábamos, yo encontraba la manera de descartar los sen­timientos cálidos que me manifestaba ella, ya fuera por medio de mis palabras o con mi lenguaje corporal blindado. Me presentaba frío y distante. A mi vez, yo la acusaba de no ser capaz de verme ni de escucharme. Era un callejón sin salida emocional.
Dispuesto a curar nuestra relación rota, tomé un vuelo a Pitts­burgh, la ciudad donde estaba mi casa familiar. Llevaba varios me­ses sin ver a mi madre. Cuando llegué ante la casa sentí la tensión que se acumulaba en mi pecho. No estaba seguro de que fuera posible reparar nuestra relación. Yo tenía dentro demasiados senti­mientos en carne viva. Me preparé para lo peor, representándome mentalmente la situación. Ella me abrazaría, y yo, que no deseaba otra cosa que ablandarme en sus brazos, haría exactamente lo con­trario. Me haría de acero.
Y aquello fue lo que pasó. Envuelto en un abrazo que me re­sultaba casi insoportable, apenas era capaz de respirar. Sin embargo, le pedí que siguiera abrazándome. Quería aprender a conocer, por dentro y por fuera, la resistencia de mi cuerpo, dónde me tensaba, qué sensaciones me surgían, cómo me cerraba. Aquella informa­ción no era nueva. Ya había visto reflejada aquella pauta en mis relaciones de pareja. Solo que esta vez yo no me apartaba. Tenía el propósito de curar de raíz aquella herida.
Cuanto más tiempo pasaba mi madre abrazándome, más me creía yo a punto de estallar. Aquello me producía dolor físico. El dolor daba paso a la insensibilidad, y la insensibilidad, al dolor.
Después, al cabo de muchos minutos, algo cedió. Empecé a ablan­darme; y seguí ablandándome a lo largo de las semanas siguientes.
En una de las muchas conversaciones que mantuvimos durante aquel tiempo, ella me contó, casi de pasada, una cosa que había sucedido cuando yo era pequeño. Mi madre había tenido que pa­sarse tres semanas ingresada en un hospital para operarse de la vesícula. Sabiendo esto, empecé a unir las piezas de lo que pasaba dentro de mí. En algún momento dado, antes de que yo tuviera dos años (tenía esa edad cuando me separaron de mi madre), se había arraigado dentro demi cuerpo una tensión inconsciente. Cuando mi madre volvió a casa, yo había dejado de tener confianza en su cariño. Ya no era vulnerable a ella. En vez de ello, la aparté de mí, y seguiría haciendo lo mismo durante los treinta años siguientes.
Hubo otro hecho temprano que también pudo contribuir al miedo que tenía yo a que mi vida se arruinara de pronto. Mi madre me dijo que, cuando me dio a luz, el parto había sido dificil y el médico había tenido que emplear el fórceps. A consecuencia de ello, nací con múltiples magulladuras y con el cráneo algo hundido, cosa bastante común en los partos con fórceps. Mi madre me des­veló, con pesar por su parte, que, cuando vio mi aspecto, al princi­pio le costaba trabajo hasta tenerme en brazos. Su relato me llegó hondo y me ayudó a explicarme ese sentimiento de estar arruinado que yo conocía tan profundamente. Lo curioso era que los recuer­dos traumáticos de mi propio nacimiento, que tenía sumergidos en el cuerpo, salían a la superficie siempre que yo «daba a luz» un proyecto nuevo o que presentaba en público un nuevo trabajo. El mero hecho de entender esto me aportó paz. También tuvo el efec­to inesperado de acercarnos más a mi madre y a mí.
Mientras reparaba el vínculo con mi madre, empecé a recons­truir también mi relación con mi padre. Mi padre había trabajado en la construcción y había sido sargento en la Marina. Vivía solo, en un apartamento pequeño y destartalado, el mismo en el que lleva­ba viviendo desde que se divorció de mi madre cuando yo tenía trece años, y no se había molestado nunca en reformarlo. Como siempre, había herramientas viejas, tuercas, tornillos, clavos y rollos
de cable eléctrico y de cinta adhesiva dispersos por las habitaciones y por el pasillo. Cuando estábamos juntos en aquel mar de hierro y acero oxidados, le dije que le echaba mucho de menos. Fue como si las palabras se evaporaran en el vacío. Él no supo qué hacer con ellas.
Yo había anhelado desde siempre estrechar mi relación con mi padre; pero ni él ni yo habíamos sabido hacerlo. Sin embargo, aque­lla vez seguimos hablando. Le dije que le quería y que había sido un buen padre. Le conté los recuerdos que tenía de las cosas que había hecho él por mí cuando yo era pequeño. Sentía qué él escu­chaba lo que le estaba diciendo, a pesar de que sus actos daban a entender lo contrario (se encogía de hombros, cambiaba de tema...). Tuvimos que pasar muchas semanas hablando y compar­tiendo recuerdos. Una de las veces que estábamos comiendo juntos, me miró fijamente a los ojos y me dijo: «Nunca creí que me quisie­ras». Me quedé casi sin respiración. Estaba claro que los dos tenía­mos dentro un gran dolor acumulado. En aquel momento, algo se rompió y se abrió. Eran nuestros corazones. A veces, el corazón debe romperse para poder abrirse. Con el tiempo, empezamos a expresarnos nuestro amor mutuo. Yo veía ya los frutos de haber confiado en las palabras de los maestros y de haber regresado a mi casa para curarme con mis padres.
Estaba siendo capaz por primera vez, que yo recordara, de per­mitirme a mí mismo recibir el amor y el cariño de mis padres; no del modo que yo había esperado en otros tiempos, sino del modo en que ellos eran capaces de dármelo. Algo se había abierto dentro de mí. No me importaba cómo podían o no podían quererme. Lo que importaba era cómo podía recibir yo lo que ellos podían dar­me. Eran los mismos padres de siempre. La diferencia estaba en mí. Volvía a quererlos, como debía de quererlos cuando era muy pe­queño, antes de que se produjera la ruptura del vínculo con mi madre.
Mi separación temprana de mi madre, además de otros traumas semejantes que había heredado yo de mi historia familiar (más concretamente, el hecho de que tres de mis abuelos habían perdido a sus madres respectivas a edad temprana, y el cuarto había perdi‑
do a su padre siendo muy pequeño, y había perdido también, entre el dolor, una buena parte de la atención de su madre), había con­tribuido a forjar mi lenguaje secreto del miedo. Por fin, las palabras solo, desvalido y arruinado, y los sentimientos que habían acompa­ñado a estas palabras, empezaban a perder la capacidad de llevarme por mal camino. Se me estaba otorgando una vida nueva en la que destacaba mucho mi relación renovada con mis padres.
A lo largo de los meses siguientes restablecí un vínculo de cari­ño con mi madre. Su amor, que antes me había parecido agresivo y áspero, me resultaba ahora tranquilizador y reconfortante. También tuve la fortuna de gozar de dieciséis años de relación estrecha con mi padre antes de su muerte. Durante sus últimos cuatro años de vida, marcados por la demencia senil, mi padre me enseñó una lección sobre la vulnerabilidad y el amor, quizá la más profunda que haya aprendido yo jamás. Nos reuníamos en aquel lugar que está más allá de los pensamientos, más allá de la mente, donde solo reside el amor más profundo.
Tuve muchos grandes maestros a lo largo de mis viajes. Pero, volviendo la vista atrás, comprendo que fue mi ojo, mi ojo estresa­do, amenazado, terrorífico, lo que me hizo volver del otro extremo del mundo; volver a mis padres, abrirme paso entre la ciénaga de los traumas familiares y llegar por fin hasta mi propio corazón. Mi ojo fue el maestro más grande de todos, con diferencia.
En algún momento dado, hasta dejé de pensar en mi ojo y de preocuparme por si mejoraría o empeoraría. Ya no esperaba volver a ver con claridad. Aquello había dejado de tener importancia, de alguna manera. Recuperé la vista poco tiempo después. No lo es­peraba. Ni siquiera me hacía falta. Había aprendido a estar bien con independencia de lo que hiciera mi ojo.
Hoy veo perfectamente a pesar de que mi oftalmólogo me ase­gura que no debería ver nada con la cantidad de lesiones que tengo en la retina. Dice con expresión de escepticismo que las señales luminosas deben de estar rebotando y sorteando de alguna manera la fóvea, que es la región central de la retina. Como en tantos otros casos de curación y de transformación, lo que había parecido al
principio una adversidad era, en realidad, una bendición disfrazada. Paradójicamente, después de haber buscado soluciones en los rin­cones más remotos del planeta, había descubierto que los mayores recursos para la curación los llevaba ya dentro de mí mismo y solo tenía que extraerlos.
La curación tiene que ser un trabajo interior, en último extre­mo. Tuve la suerte de que mis maestros me encaminaran de nuevo hacia mis padres, hacia mi casa y hacia dentro de mí mismo. A lo largo de ese camino fui descubriendo los relatos de mi historia fa­miliar que terminaron por darme la paz. Agradecido y dotado de una sensación nueva de libertad, emprendí la misión de ayudar a otros a que descubran esta libertad por sí mismos.
Llegué al mundo de la psicología a través del lenguaje. Los tests, las teorías y los modelos de conducta no me interesaban gran cosa cuando era estudiante, ni me interesaron más adelante, en mi actividad profesional. En vez de ello, atendía al lenguaje. Desarrollé técnicas de escucha y aprendí a oír lo que decían las personas, más allá de sus quejas, más allá de sus viejas historias. Aprendí a ayudarles a identificar las palabras concretas que los conducían hasta el origen de su dolor. Y si bien algunos teóricos postulan que el lenguaje desaparece durante los traumas, yo he visto una y otra vez, de primera mano, que este lenguaje no se pierde nunca. Ronda por los planos inconscientes esperando a que lo volvamos a descubrir.
El lenguaje es, para mí, una herramienta de curación poderosa, y no es por casualidad. Desde siempre, que yo recuerde, el lengua­je ha sido mi maestro, mi modo de organizar el mundo y de enten­derlo. He escrito poesía desde que era adolescente, y dejo cualquier cosa que tengo entre manos (bueno, casi cualquier cosa) cuando se empeña en salir a la luz una oleada inaplazable de lenguaje. Sé que al otro lado de esta entrega se encuentran ideas a las que no podría acceder de otra manera. Dentro de mi propio proceso me resultó esencial localizar las palabras solo, desvalido y arruinado.
Curarse de un trauma se asemeja en muchos sentidos a crear una poesía. Ambas actividades requieren encontrar el momento oportuno y las palabras y las imágenes adecuadas. Cuando concuerdan todos estos elementos, se pone en marcha una cosa significati­va que se puede sentir en el cuerpo. Para curarnos debemos sinto­nizar con nuestro ritmo. Si llegamos a una imagen con demasiada precipitación, es posible que no arraigue. Si las palabras que nos consuelan nos llegan demasiado pronto, quizá no estemos prepara­dos para asumirlas. Si las palabras no tienen precisión, quizá no las oigamos o no sintonicemos con ellas para nada.
En mi actividad profesional como maestro y orientador de ta­lleres he combinado las ideas y los métodos que adquirí en mi formación sobre los traumas familiares heredados con mis conoci­mientos sobre el papel crucial del lenguaje. Llamo a esto el plantea­miento del lenguaje nuclear. Empleo preguntas concretas para ayu­dar a las personas a que descubran la causa raíz de los síntomas fí­sicos y emocionales que los tienen empantanados. Al descubrir el lenguaje adecuado, no solo queda al descubierto el trauma, sino que se desvelan las herramientas y las imágenes necesarias para la curación. Aplicando este método, he sido testigo de cómo basta una comprensión iluminadora, que llega en un instante, para cam­biar unas pautas muy arraigadas de depresión, de ansiedad y de vacío.
El vehículo que emplearemos para este viaje es el lenguaje, el lenguaje enterrado de nuestras inquietudes y de nuestros miedos. Es posible que este lenguaje haya vivido dentro de nosotros duran­te toda nuestra vida. Pudo surgir con nuestros padres, o incluso hace más generaciones, por ejemplo con nuestros bisabuelos. Nues­tro lenguaje nuclear se empeña en hacerse oír. Cuando lo seguimos hasta donde nos quiere conducir y escuchamos su relato, tiene el poder de desactivar nuestros miedos más profundos.
Es probable que a lo largo de ese camino nos encontremos con familiares nuestros. A unos los conoceremos y a otros no. Algunos habrán muerto hace años. Algunos ni siquiera son nuestros parien­tes, pero sus sufrimientos o su crueldad pueden haber cambiado el
destino de nuestra familia. Hasta es posible que desvelemos algún que otro secreto oculto en relatos que se habían silenciado desde hacía mucho tiempo. Pero, según me ha mostrado mi experiencia, con independencia de hasta dónde nos lleve esta exploración, lle­garemos a un lugar nuevo de nuestras vidas, con una sensación mayor de libertad en nuestro cuerpo y con la capacidad de estar más en paz con nosotros mismos.
En este libro me he basado en los casos de personas con las que he trabajado en mis talleres, programas de formación y consultas individuales. Los hechos de cada caso son reales, pero he cambiado los nombres y otras características identificativas de los protagonis­tas para proteger su intimidad. Agradezco de todo corazón a estas personas que me hayan permitido dar a conocer el lenguaje secre­to de sus miedos; les agradezco la confianza que han puesto en mí, y que me hayan dejado oír lo esencial, que permanecía oculto tras sus palabras.

 

  • Autor/es: Wolynn, Mark
  • Editorial Gaia Ediciones
  • Formato 14,5 x 21 cm
  • Páginas 288
  • Encuadernación Rústica con solapas (tapa blanda)

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