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La CURACION ENERGETICA Maximizar

La CURACION ENERGETICA

William Bengston (aut)
Silvia Fraser (aut)

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EL MISTERIO DE LA SANACION CON LAS MANOS

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9788416233007

El doctor William Bengston presenta en este libro un cuerpo de sorprendentes evidencias científicas que nos obligará a reconsiderar totalmente lo que hasta ahora pensábamos acerca de las posibilidades sanadoras del ser humano. Basándose en su experiencia, en los increíbles resultados obtenidos y en sus preguntas directas, el doctor Bengston nos lleva a un maravilloso viaje de treinta y cinco años de investigaciones sobre el misterio de la curación con las manos. En la última parte del libro el doctor Bengston explica con detalle su método de sanación, accesible a cualquiera que realice las sencillas prácticas que él detalla.

William Bengston
es un precursor
de algo maravilloso:
La sanación vuelve
a la medicina.
Dr. Larry Dossey

Tanto en mi vida profesional como personalmente, he sido testigo de lo que el doctor Willian Bengston menciona acerca de la medicina energética. El ser humano posee un enorme potencial sanador y al igual que otras formas de vida, es capaz de sobrevivir a una gran variedad de enfermedades sin ser atendido por la medicina tradicional.
BERNIE -SIEGEL,
autor de Consejos para vivir feliz
y Amor, medicina milagrosa


Los grandes avances en la ciencia y la medicina suelen ocurrir en la frontera de los conocimientos aceptados, y con frecuencia son despreciados por los pensadores convencionales. Sería un grave error actuar de este modo con el trabajo del doctor William Bengston. En algún momento los médicos han olvidado cómo «sanar» y Bengston es un pionero en devolver a la medicina oficial su cualidad «sanadora».
LARRY DOSSEY, autor de Palabras que curan


El doctor William Bengston nos enseña en este libro cómo utilizar el poder sanador que todos tenemos en nuestro interior. Y nos muestra que ello no solo es algo deseable, sino también inteligente.
CYNDI DALE, autora de El cuerpo sutil

William F. Bengston es profesor de sociología en el St. Joseph's College de Nueva York. Sus especialidades son la estadística y los métodos de investigación. Durante más de veinticinco años el doctor Bengston ha estado investigando las curaciones anómalas, habiendo publicado numerosos artículos sobre este tema en el Journal of Scientific Exploration, el Journal of Alternative and Complementary Medicine y en Explore: The Journal of Science and Healing. Con frecuencia da conferencias y dirige talleres tanto en Estados Unidos como en Europa. La técnica que él ayudó a desarrollar ha logrado las primeras curas totales de cáncer de mama trasplantado en ratones mediante la curación con las manos. En la actualidad es el presidente de la Society for Scientific Exploration.

Mientras intento aliviar a mis pacientes, tengo la impresión de
que mis manos tuvieran una extraña propiedad para extraer y
apartar dolores e impurezas diversas de las zonas afligidas.
HIPÓCRATES,
padre de la medicina

Una verdad científica nueva no triunfa porque convenza a sus
oponentes y les haga verla luz, sino porque sus oponentes terminan
muriendo y una nueva generación crece familiarizada con ella.
MAX PLANCK,
padre de la física cuántica

INTRODUCCIÓN

Durante los últimos treinta y cinco años he tratado con éxito muchos tipos de cáncer —de hueso, de páncreas, de mama, cerebral, de recto, linfático, de estómago,
leucemia...—, así como otras enfermedades, utilizando en todas ellas una técnica práctica que es indolora, no invasiva y que no tiene efectos secundarios. Hasta donde yo sé, ninguna de las personas a las que he sanado ha experimentado recaída alguna.
La efectividad de este tratamiento ha quedado repetidamente demostrada en diez experimentos controlados con animales, llevados a cabo en cinco laboratorios médicos y biológicos universitarios por parte de investigadores entrenados y escépticos. Aunque mi primera respuesta ante la validez de la sanación a través de las manos fue de incredulidad, la acumulación de datos científicos replicables llegó finalmente a imponerse sobre mi desconfianza, convirtiéndome en un escéptico frustrado.
Por vocación y formación soy profesor de sociología en el St. Joseph's College de Nueva York. Y, aunque intento mantener mis dos vidas por separado, es inevitable que haya filtraciones.
Hace alrededor de veinticinco años tenía a dos alumnas que sobrepasaban los cuarenta, que habían dedicado su vida a los hijos y que habían decidido volver a los estudios para obtener una licenciatura. En una estremecedora coincidencia, estas dos alumnas, Laurie y Carol, recibieron al mismo tiempo el mismo diagnóstico sombrío: ambas tenían un cáncer de mama y linfático que había hecho metástasis, lo cual significaba que los tumores se estaban difundiendo por sus cuerpos. A las dos les comunicaron sus respectivos médicos que su enfermedad, si no recibían tratamiento, las llevaría a la muerte en el plazo de cuatro meses.
Ambas mujeres estaban casadas con hombres de éxito profesional y mentalidad conservadora que esperaban de ellas que tomaran el rumbo médico tradicional, lo cual significaba radioterapia y quimioterapia. Laurie, que siempre había sido muy extrovertida y persistente, había oído hablar de mis habilidades sanadoras. Contra todo consejo, optó por ponerse en mis manos. Yo ya había descubierto su carácter batallador en nuestro primer encuentro, con su agotadora insistencia para que la admitiera en uno de mis cursos de sociología, a pesar de carecer de los créditos requeridos. Ahora estaba incluso más decidida aún a optar por la sanación a través de las manos, opción que anteponía a la dureza de la quimioterapia.
Durante dos meses estuve tratando a Laurie seis días a la semana, en ocasiones durante varias horas en un mismo día.
El proceso fue tan intenso que me salieron unos alarmantes bultos en las axilas y en la zona de las ingles, hinchazones que desaparecieron cuando me desconecté físicamente de ella. Los exámenes médicos habituales que le iban realizando sus médicos, a base de rayos X, análisis de sangre y TAC (imágenes corporales tridimensionales), demostraron que sus tumores se estaban reduciendo, hasta que, con el tiempo, desaparecieron.
Para entonces ya habíamos pasado por la desagradable experiencia de asistir al funeral de Carol.
Laurie y yo hemos llegado a celebrar el quinto y el décimo aniversario de su liberación de los últimos rastros del cáncer. Seguimos en contacto esporádicamente, y su marido, que al principio se oponía a mis tratamientos, es ahora un amigo y partidario de mis propuestas.
Según mi experiencia, las personas con mejor pronóstico para la curación son las más jóvenes y las que tienen los cánceres más agresivos. Ryan era un niño de cuatro años, precioso y muy inteligente, al que le encantaban los trenes. De hecho, podía recitar de memoria las paradas de varias líneas de metro de Manhattan. Le habían diagnosticado un retinoblastoma, cáncer particularmente grave que lleva por regla general a tener que extirpar uno o ambos ojos, seguido por el desarrollo de tumores cerebrales y, finalmente, de la muerte. Cuando sus angustiados padres me lo trajeron, el pequeño estaba «medicalizado» por haber estado yendo de consulta en consulta. El mero hecho de hablar de su enfermedad le enfurecía.
Cuando Ryan vino a mi casa, hacía pucheros y lloriqueaba como cualquier niño de su edad. Yo le dije: «Ryan», y
levanté la mano izquierda, que es la mano con la que curo. Él la agarró y se la apoyó en el ojo. Luego, se quedó quieto y en silencio durante alrededor de una hora, mientras yo llevaba a cabo el proceso curativo. Más o menos en el momento en que sentí que había finalizado el tratamiento, Ryan se apartó de mí bruscamente, volviendo a mostrarse tan terco como cualquier otro niño de cuatro años.
Aquel fue nuestro pequeño modus operandi durante los cuatro primeros tratamientos. Y, aunque yo tenía ya la sensación de que estaba curado, añadí unas cuantas sesiones más mientras esperábamos los resultados de los exámenes médicos. En estas sesiones, el padre y la madre tenían que sujetarlo, mientras él se retorcía y protestaba, como si sintiera que ya no me necesitaba.
Durante un par de años, la madre de Ryan me estuvo enviando correos electrónicos, en los cuales hacía referencia ala recuperación de su hijo como el «entrañable recuerdo de unos días mágicos».
En el tratamiento del cáncer no había tenido ningún fracaso, siempre y cuando se satisficieran mis dos condiciones para el éxito del tratamiento: que la persona completara el proceso de curación y que viniera a mí antes de haber recibido radioterapia o quimioterapia. Tengo la sensación de que los tratamientos médicos convencionales, que pretenden matar las células cancerosas, destruyen al mismo tiempo algo de tipo «energético» en los pacientes. Esto, según creo, se halla en un punto diametralmente opuesto al del nutriente efecto generado por la sanación energética. Administrar un tratamiento con las manos después de que la persona haya recibido radioterapia o quimioterapia es como intentar reactivar una batería agotada.
Aunque los resultados más espectaculares han tenido lugar con casos de cáncer, he curado también otros tipos de dolencias. Paul, de Michigan, tenía cuarenta y ocho años cuando contactó conmigo hace seis. Corredor de maratón, a Paul le habían diagnosticado un problema en las válvulas del corazón, el cual precisaba de cirugía. Sin embargo, estaba decidido a hacer cualquier cosa para evitar una operación a corazón abierto, pues era algo que le aterrorizaba.
Para solucionar su problema, necesitamos solo cinco sesiones. Dado que aquello ocurrió en una época en la que yo tenía varios viajes en la agenda, Paul —persona muy práctica—me seguía en su automóvil, en tren y en avión. Pues bien, Paul sigue corriendo maratones hoy en día.
En general, cuanto más tiempo ha tardado una dolencia en desarrollarse, más tiempo precisará para su curación. Esto es algo muy parecido al rebobinado de una cinta de vídeo. Con problemas como la diabetes, el párkinson y la artritis, he podido reducir los síntomas hasta un 50%, pero no he conseguido que desapareciera la enfermedad. Mi tratamiento no se basa en la fe. En ningún momento se espera, ni del paciente ni del sanador, que crea en algo, ni siquiera en el proceso en sí, para que sea eficaz. Ni tampoco considero que la sanación a través de las manos pueda reemplazar a la medicina tradicional occidental. Donde difiero de la mayoría de los médicos es en que yo creo más en la capacidad del organismo para curarse a sí mismo, eliminando con frecuencia la necesidad de una intervención radical.
También he descubierto a través de mis propias investigaciones que los productos dispensados por las empresas farmacéuticas como comprobados, testados y ciertos suelen deber
sus pretendidos beneficios a la interpretación que se hace de los hallazgos experimentales, más que a hechos irrefutables. Quizás sea este el motivo por el cual se retiran tantos fármacos debido a sus efectos secundarios tóxicos o desagradables.
La sanación a través de las manos tiene la ventaja de ser completamente segura. Sus principios se sustentan en prácticas curativas orientales, como la acupuntura y el yoga, y están respaldados por cuatro mil años de tradición. También están apoyados por la física cuántica, que describe el mundo material en términos de campos energéticos.
Yo descubrí mi capacidad para la sanación con las manos gracias a un hombre, mi mentor, que era un sanador natural. Nos conocimos por casualidad en Long Island, en el estado de Nueva York, durante el verano de 1971, cuando yo tenía veintiún años. Aunque Bennett Mayrick estaba ya cerca de los cincuenta, no hacía mucho que había descubierto sus capacidades psíquicas. Según su propio testimonio, era capaz de dar información detallada de una persona a la que no conocía con anterioridad sosteniendo simplemente en la mano un objeto que le perteneciera. En la literatura parapsicológica, esta capacidad recibe el nombre de psicometría. Durante meses lo estuve poniendo a prueba con objetos que me proporcionaban mis amigos, decidido a desacreditar sus supuestas capacidades o bien a comprender científicamente cómo funcionaban. Pero incluso cuando yo diseñaba experimentos de doble ciego para intentar confundirle, utilizando protocolos que yo consideraba intachables, siempre superaba las pruebas.
Al hacer estas lecturas, Ben comenzaba por captar las sensaciones físicas correspondientes a los problemas médicos del propietario de un objeto. Su primera intención en mi caso era la de reclutarme para que le ayudara a desterrar aquellos desagradables efectos. Pero, en lugar de eso, terminé convirtiéndome en su primer paciente. Él me curó de un dolor crónico de espalda, el cual ya nunca regresó.
Mediante el método de ensayo-error, Ben se convirtió en sanador con las manos sin que ninguno de nosotros supiera muy bien lo que estaba ocurriendo. Su habilidad se difundió de boca en boca, y la gente venía hasta él con sus aflicciones. Ben le ponía las manos a cada persona entre treinta minutos y una hora, curando o mejorando dolencias que previamente se habían considerado incurables. Pero también tuvo algunos fracasos inesperados. Por ejemplo, no podía hacer desaparecer las verrugas y en lo relativo al vulgar resfriado, no iba más allá de lo que pudiera aliviarte un inhalador.
En el caso del cáncer, nos enterábamos a través de los análisis de sangre y los TAC, de que la enfermedad había entrado en remisión para finalmente desaparecer. La mayoría de los médicos de nuestros pacientes clasificaban estas inesperadas curaciones como casos de remisión espontánea, un fenómeno extraño pero reconocido médicamente. Sin embargo, nosotros observábamos tales remisiones de forma rutinaria y en relación con una amplia variedad de cánceres. ¿Qué ocurría en cada caso? ¿Qué conectaba entre sí a todos ellos?
A pesar de los gratificantes resultados clínicos, desde un punto de vista científico yo me sentía cada vez más frustrado. Todos y cada uno de los pacientes venían con complejos problemas físicos y psicológicos que hacían muy difícil aislar los resultados del trabajo de Ben. Un paciente podía estar tomando dosis ingentes de vitamina C, o visitando a un acupuntor, o bien recibiendo tratamientos médicos ortodoxos.
Este asunto me sigue confundiendo aún hoy. La dieta macrobiótica que Laurie insistió en seguir, ¿tuvo algo que ver con su curación? Aunque las enfermedades de Laurie y de Carol eran superficialmente idénticas, .qué diferencias subyacentes existían? Si yo hubiera tratado a Carol en vez de a Laurie, ¿habría sobrevivido, o habrían obtenido ambas los mismos resultados? ¿Cuáles habían sido, en el caso de Laurie, los factores determinantes de su curación?
Mi incesante necesidad de respuestas me llevó al controlado mundo del laboratorio en busca de validaciones irrefutables y replicables.
Nuestro primer experimento lo llevamos a cabo con ratones, en 1975, en el departamento de biología del Queens College, en la Universidad Metropolitana de Nueva York. En el último momento, Ben, que abominaba de las pruebas formales, se negó a participar. Y, dado que yo había estado sanando conjuntamente con él durante varios años, me vi obligado a sustituirle, aunque no sin cierta reluctancia.
En el experimento inicial, que se convertiría en patrón para posteriores experimentos, se inoculó a un grupo de ratones criados para la investigación, un tipo de cáncer de mama particularmente letal que había dado siempre un 100% de mortandad en el plazo de entre catorce y veintisiete días. Mediante la sanación con las manos se revirtieron por completo estos resultados: ila totalidad de los ratones sobrevivió a la enfermedad, se liberó del cáncer y vivió una vida normal de dos años! Este experimento se replicó una vez más en Queens con el mismo porcentaje de éxito. Otras ocho réplicas, con variaciones mínimas, en otros cuatro laboratorios biológicos y médicos, dieron lugar a resultados similares. Pero lo más sorprendente es que a los ratones a los que se les volvía a inocular la enfermedad no recaían en el cáncer, indicando con ello que habían desarrollado una inmunidad evidente.
Me gustaría recordar a los lectores que mis investigaciones con animales invierten el modelo experimental clásico. Yo no comencé haciendo pruebas con ratones en un laboratorio para generar una teoría que luego buscara una aplicación humana. Yo entré en el laboratorio para verificar y desentrañar un procedimiento que ya había utilizado con éxito curando a muchas personas aquejadas de diversos problemas médicos, especialmente de cáncer.
Reconozco que todavía queda mucho por descubrir acerca de cómo operan mis tratamientos:
La sanación con las manos, ¿mata el cáncer o estimula al organismo para que se sane a sí mismo a través de su propio sistema inmunológico?
Dado que los ratones a los que curamos se hicieron inmunes a las posteriores inoculaciones de cáncer, tse podría utilizar la sangre de los ratones curados para desarrollar una vacuna? Y dado que mis pacientes clínicos no han sufrido recaída alguna, ¿se podría utilizar el mismo proceso experimental para produ-
cir una vacuna contra el cáncer en humanos?
¿Qué ocurre entre el sanador y el paciente durante un tratamiento con las manos? ¿ Se intercambia energía o se intercambia información? ¿De qué modo se ven afectados sus cerebros? Intentando resolver estos enigmas, me he sometido a exploraciones de Imágenes por Resonancia Magnética funcional (IRMf), que
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son escáneres multinivel más detallados que los TAC y al electroencefalógrafo (EEG), que mide la actividad eléctrica del cerebro, mientras me encontraba en modo de sanación. Algunos de los resultados obtenidos han sido sorprendentes por sus implicaciones.
Recientemente me ha intrigado una cuestión de amplias aplicaciones clínicas: ¿pueden otras personas aprender a sanar con las manos utilizando mis técnicas? Dado que en la mayoría de las culturas se han desarrollado de forma independiente distintas tradiciones de sanación con las manos, parecería razonable pensar que esta habilidad se puede extender en cualquier población del mismo modo que se extiende el talento artístico o musical. Si esto fuera así, ¿cómo puede la gente que posee esta capacidad descubrirla y utilizarla?
El misterio de la sanación con las manos se ha convertido para mí en una búsqueda apasionante, que ha impulsado gran parte de mi trabajo en las tres últimas décadas. Como en la mayoría de las situaciones de alto riesgo, de vida o muerte, esta aventura no ha estado exenta de dificultades. Junto con triunfos ciertamente estimulantes, me he encontrado con verdaderas barricadas, extrañas anomalías y —lo más descorazonador— el rechazo arbitrario de algunos hacia unos datos científicos puros y duros con el argumento de que era demasiado bonito para ser cierto. También he obtenido intrigantes percepciones sobre las complejidades de la naturaleza humana, la tragedia del propio sabotaje y el enorme abismo existente entre el deseo expresado y el comportamiento. Esa es la aventura —todavía en curso— que voy a relatar en este libro.

ÍNDICE

Agradecimientos 11
Introducción 17
1. Un singular encuentro 27
2. Criada para todo 41
3. ¡Salto adelante! 53
4. Las sanaciones 63
5. El aprendiz de brujo 81
6. La encrucijada 93
7. De ratones y hombres 105
8. Demasiado bueno para ser cierto 113
9. Enigmas 131
10. Tiempo muerto 143
11. Más pluriempleo con ratones 161
12. Del libro de casos 177
13. Eureka 193
14. Hablando con máquinas 203
15. ¿Cómo es que no le han dado el Premio Nobel? 215
16. El adiós 231
17. Mirando atrás, mirando adelante 237
18. Llegando a la Fuente 247
Apéndice A. ¿Se puede aprender a sanar con las manos? 253
Apéndice B . Investigaciones 295
Notas 319


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