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Nacidas Para El Placer

Mireia Diez Darder (aut)

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INSTINTO Y SEXUALIDAD EN LA MUJER
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INSTINTO Y SEXUALIDAD EN LA MUJER

Nacidas para el placer está escrito con la idea de que la mujer mejore su nivel de satisfacción con la vida y con su sexualidad.
Todo el mundo admite que los hombres tienen que aprender a desarrollar su parte emocional, mientras que nadie se plantea recordarnos que debemos desarrollar nuestro instinto sexual, lo cual no significa dar la espalda a la emoción ni a la ternura.
Muchas mujeres se han olvidado de jugar y del placer, y aún más del placer que puede surgir desde su cuerpo. Me gustaría abrir aún más a las mujeres las puertas de su sexualidad para que priorizaran este fuente de vida y de placer.

Mireia Darder (Barcelona, 1959) es doctora en psicología y co-fundadora del Institut Gestalt de Barcelona. Tiene una amplia experiencia como terapeuta y formadora en terapia gestalt, terapia corporal, PNL y constelaciones familiares. Se ha especializado en el trabajo de sueños. Como mujer, ha sido pionera en la elaboración de talleres de sexualidad. Su constante interés por su autoconocimiento, la ha llevado a formarse en diversas líneas de trabajo psicoterapéutico corporal y diseñar su propio programa formativo.
Mireia Darder imparte talleres y formación tanto en España como en diversos países de Sudamérica. Ha colaborado en revistas y propgramas de radio y televisión dedicados al crecimiento personal.

Mi historia como mujer:
de la inhibición a la plenitud

Me parece relevante explicar, antes de iniciar este viaje, cómo ha sido mi camino a través de la sexualidad como mujer y como terapeuta gestalt y corporal. Es un camino de aprendizaje que no termina, un proceso de cuestionamiento y autoanálisis hasta llegar a este momento de mi vida, en el cual siento que disfruto de mi sexualidad con plenitud, una sexualidad conectada con mi instinto y mi poder femenino. Y por ello me considero afortunada, orgullosa de haberlo realizado porque, durante años, la sexualidad que sentía vibrar en mí representaba algo crucial en mi vida pero que, en cambio, no podía mostrar.
Mis primeros juegos relacionados con el descubrimiento de mi sexualidad empezaron a una edad temprana con un chico tan joven como yo y duraron hasta que ambos tuvimos alrededor de veinte años. A lo largo de este tiempo, disfrutamos explorando nuestros cuerpos con libertad en un entorno que considerábamos totalmente seguro. Esto podía estar asociado también al hecho de que no sentíamos la presión de la penetración, aunque esta vivencia no estaba exenta de momentos de temor ante el descubrimiento de la propia sexualidad, nueva y desconocida. Nos entregábamos a la experiencia llenos de tiempo y curiosidad. Todo resultaba bonito, placentero y lúdico. No había creencias que nos determinaran a la hora de acariciarnos ni de satisfacer nuestra curiosidad. Tampoco teníamos la sensación de estar haciendo algo malo o prohibido, siempre que lo mantuviéramos en la clandestinidad. Creábamos un espacio mutuo apartado del mundo donde jugar y explorar.
Nunca se me ha transmitido que la sexualidad fuera algo
peligroso. He tenido esa suerte, ya que, como amiga y como terapeuta, he visto que no era lo más habitual. A pesar de esto, siempre he estado inmersa en el miedo, no solo ante el sexo, sino ante la vida en general, y he llevado el peso del gran tabú: «no te puedes quedar embarazada, mientras eso no ocurra no hay problema».
Tenía veinticinco años cuando me inicié en la terapia humanista, empezando precisamente con un stage de sexualidad en el que se trabajaban el miedo a la homosexualidad y al incesto, entre otras cuestiones. Allí aprendí a distinguir entre lo que yo deseaba y lo que el otro quería de mí. Y cuando pude expresar mis deseos, me sentí completamente respetada por mis compañeros. Aprendí a decir «Basta!» y a sentir que tenía derecho a poner mis límites.
Exploré cómo era mi relación con las mujeres y resultó placentero y divertido. Me di cuenta de que me excitaba tanto como cuando estaba con un hombre y, además, el encuentro de nuestros cuerpos, tan similares, me parecía muy bello. Fue conmovedor.
Tras este stage, tuve un sueño revelador. Estaba en una casa de campo y participaba en un ritual de magia. Yo era una mujer primitiva que sostenía un bebé en brazos. Y, de pronto, acercaba mi boca a él con la firme intención de comerme su barriga. Durante dos días estuve tan asustada que era incapaz de contar el sueño. Pero, al trabajarlo en terapia, comprendí que expresaba mi necesidad de reencontrarme con el instinto y el amor devorador. Se trataba de la fuerza animal que había en mi interior, la misma que nos permite a todos mantenernos vivos a pesar de nuestra insistencia en frenar este impulso y reprimirlo. No percibimos que con este empeño relegamos, al mismo tiempo que la agresividad, la fuerza de abrazar la vida. Este sueño me permitió conectar con mi poder como mujer más allá del arquetipo femenino asociado a la dulzura y al cuidado propios de la madre. Esta mujer más agresiva es aquella que asume las consecuencias negativas derivadas de su sexualidad. Respeta su fuerza. En la mitología hindú, la diosa Kali encarna este aspecto de lo femenino. Kali, cuyo nombre significa «la mujer negra, la madre negra», está representada con cuatro brazos: en una mano sostiene una cabeza cortada, mientras con otra empuña una espada, la espada del discernimiento. Se dice que la cabeza que sostiene es justamente el ego al que renuncia y renuncian quienes la adoran. Las otras dos manos simbolizan la falta de miedo y la fuerza espiritual. Son los cuatro ingredientes que, para mí, conforman una sexualidad plena y sin fisuras. Son los cuatro elementos que Kali abraza con libertad y sin miedo, y su deseo instintivo le permite vincularse con su esencia divina.
La sexualidad no debería ser algo que temer. En la mayoría de los casos he sabido poner límites y he podido dejar claro aquello que necesitaba y no quería de un hombre. Me he respetado y no me he perdido ni en el deseo ni en la emoción del otro. También he sido afortunada por vivir muchas experiencias enriquecedoras. En un momento de mi vida mantuve varias relaciones a la vez, sin engañar a nadie. Unos hombres lo vivieron mejor que otros, y yo me sentía inmensamente feliz. Además, tuve la fortuna añadida de contar con el apoyo de mi terapeuta, que me acompañó en todo sin juzgarme, alentándome a probar, curiosear y adentrarme en lo nuevo... Sin embargo, yo lo mantenía en secreto y en mi interior me consideraba distinta al resto de las mujeres.
En esa época descubrí a las autoras junguianas que hablaban sobre el poder de la mujer y de nuevos modelos de feminidad desconocidos para mí hasta entonces. Sus textos —apoyados en los trabajos del psicólogo alemán Carl Gustav Jung (18751961)— me ayudaron a ver que no era un bicho raro, sino que en otros momentos históricos habían existido modelos de
mujer más próximos al mío. Todo ello me ayudó a deshacerme del miedo y a creer en mí misma, a reafirmarme en la expresión de mi deseo y en contemplar mi poder como algo saludable.
El trabajo corporal también jugó un importante papel en este proceso. Me ha permitido desbloquear el cuerpo, deshacer tensiones y corazas, liberar energía, determinar mejor lo que quiero y lo que no quiero, requisitos importantes para disfrutar de la sexualidad con plenitud. También se requiere honestidad con una misma y mucha conciencia en cada momento para distinguir lo que te ocurre de lo que necesitas. Por ello, para no traicionarme a mí misma, no siempre propongo mantener pactos de fidelidad a mis parejas, sino que negociamos el marco de la relación que es posible para los dos. Tal y como explica Louann Brizendine en su libro El cerebro femenino,1 es un mito que las mujeres son más fieles que los hombres: en realidad, cuando mantiene una relación estable, a la mujer se le despierta el deseo de mariposear con otros hombres. Las mujeres están biológicamente programadas para buscar el mejor macho para la reproducción y se ha comprobado que retienen más el semen del amante que el de la pareja.
A lo largo de mi vida, he pasado tiempos de soledad y momentos en los que he mantenido una pareja estable, disfrutando y aprendiendo mucho sobre mi sexualidad. Me he enamorado locamente y me han dejado, al igual que yo también he dejado a otros.
Hubo una etapa en la que la sexualidad con mi pareja ocupaba todo el espacio, era lo que más me llenaba e importaba. Mi deseo se convertía en algo instintivo y animal, podía comprender lo que era simplemente sentirse una hembra que desea completarse con un macho. Sé que no soy la única que ha tenido este tipo de experiencias en las que el instinto sexual se vuelve prioritario, y también conozco el miedo que me despertó el hecho de depender completamente de otra persona, un miedo que acecha a todas las mujeres a quienes nos gusta ser independientes y autosuficientes. Mis relaciones sexuales me llevaban a un estado de pérdida completa de la conciencia. Llegué a establecer con el otro una fusión y conexión cósmicas.
De hecho, descubrí entonces que la sexualidad puede brindarnos en algunas ocasiones el regalo de vincularnos con la espiritualidad, presente en todos nosotros, lo sepamos o no. La experiencia sexual más primitiva te puede llevar a fundirte con el otro en un viaje que parte de ti hacia el universo. En esos momentos las relaciones sexuales que mantenía me permitían estar en el espacio sin contención ni limite. Era como un viaje sideral a otra dimensión en la que mi yo se diluía y dejaba de existir. Las sensaciones me llevaban a flotar con el otro en el universo. Valérie Tasso —autora de Diario de una ninfómana (2003)— explica muy bien estas sensaciones generadas por las relaciones sexuales y para las cuales no hay palabras suficientes:
Es como una mezcla de energía con la otra persona que me hace
viajar y fundirme con el cosmos. La energía de mi orgasmo es una pequeña parte de mí que se va y acaba mezclándose con el universo. Es un viaje sideral que me lleva al infinito.
Tras un retiro espiritual, mientras meditaba —algo que forma parte de mi rutina cotidiana desde hace años— comprendí de repente que la misma energía que nos construye nos destruye. La vida es la muerte y la muerte es la vida. La misma energía que despierta a los volcanes es la que crea el universo y la tierra. Ante este insight, ante esta percepción, sentí cómo subía a lo largo de mi columna una poderosa energía en la que perdí la noción del «yo», como me ocurría durante las relaciones sexuales, pero con más intensidad y, en este caso, en soledad. En ese
momento el dolor acumulado dentro de mi ser salió por la cabeza. Fue una experiencia completamente sanadora. Mi capacidad de expresión quedó más abierta que nunca y podía escribir de forma fluida. De nuevo, me llené de angustia por perder mi identidad. No dejaba de tener miedo, miedo a perderme. Me quedé tan aterrada que le pedí a mi pareja que no me llevara hasta esa sensación, que él, en cambio, podía transitar más fácilmente cuando teníamos relaciones sexuales. La sociedad no nos enseña a dar este salto hacia las sensaciones, sino más bien a detener el placer cuando hay el riesgo de perder el control. Yo he aprendido a soltarme poco a poco.
Posteriormente, en otras relaciones he descubierto que el contacto y la sensación son lo que me facilita llegar a la emoción. Abandonarse a las sensaciones y al cuerpo es lo más importante en la sexualidad. Esto es lo que yo y mis compañeros buscamos desarrollar en los stages de sexualidad que organizamos en el Institut Gestalt de Barcelona. Tal y como asegura el biólogo Humberto Maturana, hace falta reivindicar el poder de la ternura y la sensualidad en la sexualidad para que la persona pueda ampliar sus registros en cada encuentro sexual y, así, estos se conviertan en un auténtico compartir con el otro, en un encuentro de cuerpos, pero también de almas. Si nos damos permiso para explorar, todos poseemos una enorme capacidad sensorial que va más allá cuando se han disuelto los bloqueos del cuerpo mediante el trabajo corporal y tras un proceso de crecimiento personal.
A nivel corporal ha habido dos elementos fundamentales en mi proceso: el katsugen2 y el sistema de Centros de Energía.´
Ambos métodos me han permitido recuperar la conexión con mi cuerpo y su energía instintiva.
En mi caso, mi físico me ayuda a disfrutar de la sexualidad y también me resulta fácil establecer esa conexión instintiva que me salva de la prisión que conforma la cabeza, sobre todo en las personas que somos más racionales que emocionales. Es lo que hemos olvidado y no se nos enseña. La sexualidad es experimentar, estar abierto y ser fiel a lo que se siente sin traicionarse por seguir creencias o ideologías. Hay que dejarse ser desde lo que cada uno es. Se trata de desaprender para volver a entrenarnos en validar lo que sentimos y darlo por bueno independientemente de las reglas externas.
La mayoría de las mujeres actuales hemos alcanzado el feminismo desde la cabeza. Lo que propongo es recuperar nuestro poder desde el instinto, para que, a través de este, se manifiesten nuestra auténtica sexualidad y nuestra esencia. Solo así trascenderemos las contradicciones en las que estamos inmersas.
Veo a mi alrededor muchas mujeres que priorizan la seguridad a la satisfacción sexual. Viven en el dilema entre abrazar al hombre que despierta su pasión y deseo o a aquel que les
proporciona seguridad. Otras buscamos más la intensidad. Imaginemos una sociedad en la que no hiciese falta renunciar a nada y la seguridad estuviera garantizada, entre otras cosas, porque los hijos son cuidados por toda la comunidad y no exclusivamente por sus progenitores. Algunas mujeres optarían por la libertad y otras seguirían prefiriendo una pareja estable. Todas tendrían lo que necesitan y quieren.
Muchas mujeres nos sentiríamos más libres en una sociedad en la que se permitiera más pluralidad de roles. Esto evitaría que haya personas que se ven excluidas y diferentes, o bien que optan por hacer lo que desean, pero siempre en la clandestinidad. Durante mucho tiempo, me he considerado distinta al resto de las mujeres por haber sido fiel a mí misma sin buscar una reafirmación exterior, un gran inconveniente en algunas ocasiones, porque sigo mi camino sin cuestionarme, y también una enorme ventaja, porque mi indicador de placer es, en la mayoría de los casos, mi barómetro para la acción, algo poco común en las mujeres. Confieso todo esto con cierta vergüenza porque soy consciente de que con ello quebranto algunas normas sociales. Lo hago en defensa de las mujeres, pero temo también que sean estas mismas las que se pongan en mi contra. Mi intención al arriesgarme a compartir mis experiencias es que otras mujeres se sientan más libres y puedan ampliar su visión de la sexualidad, se atrevan a experimentar aquello que desean. Si tanto las mujeres como los hombres nos guiáramos en las relaciones únicamente por el placer, nos ahorraríamos mucho sufrimiento y dolor.
Mi arquetipo de mujer existe: es Afrodita, la diosa del Amor, que surgió de la espuma del mar, tal y como expresa su nombre.4 Para Afrodita, las relaciones constituyen encuentros que duran lo que duran y se disfrutan durante este espacio de tiempo, sea el que sea, mientras proporcionan placer. Yo te acompaño este trozo de camino... Como dice este fragmento de la conocida oración de Fritz Perls (1893-1970), uno de los fundadores de la gestalt:
Yo soy yo. Tú eres tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas. Tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres tú, yo soy yo. Si en algún momento o en algún punto nos encontramos, será maravilloso. Si no, no puede remediarse.
No he tenidos hijos, aunque lo hubiera deseado. Nunca me he quedado embarazada. No puedo saber si ser madre hubiera modificado mi visión. Pero, para mí, instinto, cuerpo y movimiento son sinónimos de vida y bienestar. ¿Cómo puedo pensar que hay algo malo en seguirlos? Y de este «estar bien», de esta satisfacción es de donde surge la necesidad de escribir este libro para compartir lo que he aprendido.
Nacidas para el placer está concebido con la idea de que la mujer mejore su nivel de satisfacción con la vida y con su sexualidad. Todo el mundo admite que los hombres tienen que aprender a desarrollar su parte emocional, mientras que nadie se plantea recordarnos que debemos desarrollar nuestro instinto sexual, lo cual no significa dar la espalda a la emoción ni a la ternura.
Muchas mujeres se han olvidado de jugar y del placer, y aún más del placer que puede surgir desde su cuerpo. Me gustaría abrir aún más a las mujeres las puertas de su sexualidad para que priorizaran esta fuente de vida y de placer. Sería maravilloso que se dieran todo el permiso para experimentar sin castigarse, rompiendo el modelo masoquista y de sacrificio que nos ha acompañado mayoritariamente. Quiero ofrecer a las mujeres una nueva mirada en la que se puedan decir con amor «esto es
lo que soy», dejando espacio a lo que surge más allá de las etiquetas y de lo que está bien o mal.
La sexualidad es vida y nuestro instinto es lo más poderoso que tenemos porque, entre otras cosas, es lo que nos permite seguir vivos y contiene una sabiduría ancestral. ¿Por qué renegar de él?
Solo las mujeres pueden definir lo que es femenino o no y nadie tiene derecho a decirles «esto no encaja»: si se da en una mujer, también es femenino. Las mujeres podemos recuperar nuestra fuerza porque esta nos da placer y nos enraíza con la vida.

Índice


Agradecimientos 11
Mi historia como mujer: de la inhibición a la plenitud 13
Mis miedos al escribir este libro 23

I. LA MUJER DEL SIGLO XXI, UNA MUJER LLENA DE FISURAS 29
El disfrute de Tiresias 30
La mujer del siglo XXI en la intimidad 31
Nosotras podemos elegir? 39
La exigencia y la perfección matan el placer 42
El modelo de ellos, entre dos aguas 44
Cómo vive su sexualidad la mujer de hoy 48
El cuerpo de la mujer como algo que cambiar y controlar 49

II. LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA MUJER ACTUAL 53
La sexualidad en el marco patriarcal:
«ella es para los otros, él es para sí» 57
La mujer no tiene deseo 58
Las mujeres son fieles 64
La mujer no puede ser una puta 65
La mujer es culpable y suele equivocarse 67
La mujer es dependiente, frágil, sumisa
y una víctima a la que se debe proteger 69
La mujer no es divina 71
La mujer no es agresiva 72
Recuperar a Kali 77
III. HISTORIA DE LAS IDEAS QUE HAN CONSTRUIDO A LA «MUJER» 81
El nacimiento del patriarcado 81
Mitos que explican el cambio de mentalidad 87
Una mujer sin poder 90
El significado de ser virgen 92
El matrimonio 93
El poder de los cuentos 94
La culpa 97
Las ideas psicológicas 101
Ideas médicas erróneas sobre la sexualidad de la mujer 109
La histeria 114
El dolor 115

IV. LA IDEOLOGÍA PATRIARCAL 121
La sociedad del cansancio 124
Abusos y violaciones en la sociedad patriarcal 127
La regla 134
Recuperar el deseo 137
Conclusión 139

V. OTRAS REALIDADES MÁS ALLÁ DEL PATRIARCADO 141
La creencia hace la biología 143
El ejemplo de los bonobos 146
Todos somos bisexuales 151
El clítoris, el órgano del placer 155
La plasticidad femenina 158
Mitos sobre la sexualidad femenina 161
La dificultad de mantener el modelo familiar 164
Amor, sexo y biología 167

EL NUEVO MODELO 169
En qué realidad vivimos 169
Otros modelos culturales en los que la sexualidad
no sigue el patrón patriarcal 173
Las mujeres miradas sin la ideología patriarcal 176
Una propuesta de transformación 178
Conectar con nuestra naturaleza:
el cuerpo y lo que perdimos por el camino 179
¿Cómo perdimos a Dionisos? 181
¿Cómo afectó a los cuerpos? 183
¿Cómo afecta esto a las mujeres? 186

VI. ¿QUÉ PROPONGO? 191
¿Cómo culminar el proceso de transformación? 192
El deseo en la nueva mujer 203
Una vez despertado el deseo, ¿cómo llegamos al goce? 205
La importancia de perder el miedo 209
Relación entre sexualidad y espiritualidad 212
Testimonios de espiritualidad y sexualidad 215
Las nuevas relaciones hombre-mujer 218
Hacia una nueva cultura a través de una nueva conciencia 222
El soporte de la comunidad 223
Pasos logrados, pasos por recorrer 225
Una nueva visión de la regla 228
Recuperar la relación madre-hija 233
Una escuela de contacto y sexo 237
Mi sueño, nuestro sueño 239
Bibliografía esencial 243

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