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Cáncer, un tratamiento sencillo y nada tóxico

Laurent Schwartz (aut)

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¿Y si, en lugar de buscar tan sólo la destrucción de las células can­cerosas con tratamientos agresivos las convirtiéramos de nuevo en funcionales? Esta nueva óptica puede mejorar la eficacia de la quimioterapia y la supervivencia de los enfermos


Prólogo de LUC MONTAGNIER, Premio Nobel de Medicina



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9788491111894

Los primeros éxitos del tratamiento metabólico del cáncer

El cáncer no debe considerarse algo infernal. Tan sólo es una enfermedad. Es cierto que es una enfermedad fea, pero más sencilla de lo que se cree, y su curación en la actualidad está al alcance de la mano.
El número de cánceres aumenta constantemente, y a pesar de oír hablar una y otra vez de los progresos médicos, la mortalidad como consecuencia de esta enfermedad tan apenas se ha reduci­do desde 1960, en especial en los casos de tumores de páncreas, pulmones, hígado, cerebro...
¿Y si, en lugar de buscar tan sólo la destrucción de las células can­cerosas con tratamientos agresivos las convirtiéramos de nuevo en funcionales? Esta nueva óptica puede mejorar la eficacia de la quimioterapia y la supervivencia de los enfermos. Ésa es la convicción del doctor Laurent Schwartz, un brillante oncólogo e investigador que ha dedicado su carrera profesional a reunir las pruebas fehacientes de que los mecanismos que permiten que una célula se multiplique de manera anárquica están sobre todo vinculados a un problema en la combustión del azúcar.
Este libro, dirigido tanto a pacientes como a terapeutas, propone normalizar el metabolismo de las células cancerosas mediante una asociación de fármacos y suplementos alimenticios no tóxi­cos y bastante económicos, y con una dieta pobre en glúcidos.

LAURENT SCHWARTZ

De 58 años, es oncólogo en el servicio público de salud francés que trabaja en el Hospital de París (AP-HP), adscrito a la Escuela Politécnica.
Número uno en su promoción en la Facultad de Medicina de Estrasburgo, más tarde se diplomó en radioterapia oncológica en la Universidad de Harvard (American Boards), y empezó a ejercer su carrera como médico en Estados Unidos, donde residió durante siete años, para más tarde regresar a Francia, país en el que sigue trabajando como terapeuta en diversos hospitales públicos de la capital. Schwart, además de dedicarse a sus pacientes, ha orientado su carrera y sus estudios a la investigación del cáncer, para lo que creó, hace cerca de veinte años, un grupo multidisciplinar en la Escuela Politécnica. En aquel marco de colaboración entre la AP-HP y la Escuela Politécnica, se reunieron médicos, matemáticos, físicos y biólogos.

  • Formato: 13,5 cm x 21 cm
  • Páginas: 120
  • Tapa blanda
  • Con la colaboración de Véronique Anger de Friberg
  • Traducción: Pilar Guerrero
  • Corrección: Sara Moreno

Índice

Prefacio      11
Otto Warburg      12
Promesas de tratamientos y prevención      13
Un tratamiento barato y sin grandes peligros      14
Prólogo      17

El cáncer y la caja de Pandora       17
1. Por una medicina más humana      23
2. La violencia de las cifras       26
3. Las pistas falsas       33

  • El diagnóstico precoz      33
  • La quimioterapia      35
  • La hormonoterapia       37
  • La inmunoterapia o el fracaso por venir      38
  • El dogma genético      42
  • Terapias personalizadas, ocasionalmente eficaces       43

4. Viaje al interior de la célula       46

  • La central energética de las células      47
  • El control de la diferenciación celular       49
  • El control de la división celular       51

5. Las causas del cáncer      54

  • El envejecimiento: cancerígeno principal      54
  • Los cancerígenos o el envejecimiento precoz       57
  • Los extraños cánceres infantiles       60
  • La verdadera prevención: vivir al ralentí      61

6. El cáncer, una enfermedad metabólica       63

  • Los cuatro puntos cardinales del cáncer      63
  • El efecto Warburg:      65
  • La verdadera causa del cáncer      65
  • 7. Una pista paralela: la acidificación      71

8. El tratamiento metabólico       75

  • Reiniciar la mitocondria       75
  • Ensayos terapéuticos       78
  • Moléculas no tóxicas y baratitas      80

9. Qué terapias asociar al tratamiento metabólico       87

  • Terapias específicas       87
  • El régimen cetógeno       88
  • La metformina      91

Epílogo      97
Anexo      101
Posología      102
Efectos secundarios       103

  • Léxico       105
  • Radioterapia       106
  • Hormonoterapia       106
  • Inmunoterapia      106
  • Terapia dirigida      107
  • Bibliografía      109
  • Temas generales      109
  • Generalidades sobre el cáncer      109
  • Epidemiología del cáncer      110
  • Aspecto fractal de los cánceres       110
  • Fuerzas físicas en biología       111
  • PH intracelular       112
  • Efecto Warburg y metabolismo       113
  • Asociación ácido lipoico + hicroxicitrato       114
  • Terapia dirigida      115
  • Régimen cetógeno      116

 

Prefacio

Nuestro mundo cambia, la humanidad modifica profundamen­te su entorno, pero nuestros problemas de salud permanecen y, algunos, se vuelven más agudos: a pesar de los esfuerzos de la investigación, los cánceres continúan matando y aparecen for­mas vertiginosas que atacan a niños o a adultos en la plenitud de sus fuerzas.
Un dogma central domina la cancerología desde hace más de medio siglo: la quimioterapia intensiva junto con los bombar­deos de la radioterapia. Las células cancerosas mueren, decidi­damente, pero las células del sistema inmunitario también, y emergen clones tumorales que resisten a los tratamientos y aca­ban por ganar la partida y matar al enfermo.
Este dogma tiene los días contados. Van apareciendo trata­mientos más focalizados, gracias a los progresos de la biología molecular y de la inmunología. No obstante, su coste es exor­bitante y sólo ofrecen una leve tregua a la vida del paciente. En efecto, las células cancerosas han adquirido una capacidad de adaptación casi infinita, jugando con el genoma (mutaciones, translocaciones...) y con la expresión de éste (efectos epigené­ticos) y conservan una impresionante capacidad de multiplica­ción que resiste todos los obstáculos que se inventen contra ellas.
Como toda entidad viviente, las células de un cáncer necesi­tan energía para sintetizar los elementos que permitan su creci­miento. Esta energía es química, y es aportada, principalmente, por la adenosina trifosfato (ATP) que, en las células, se genera a través de la oxidación de los azúcares. Dicha oxidación se produ­ce gracias a una larga cadena de enzimas (ciclo de Krebs) situa­das en pequeños orgánulos del citoplasma de la célula: las mi­tocondrias. Ahora bien, las mitocondrias tienen un origen bacteriano, derivado de la simbiosis producida, en tiempos in­memoriales, entre una célula primitiva que poseía un núcleo y una bacteria productora de energía, dentro del marco de la evo­lución. La bacteria perdió su independencia, pero conservó cier­ta autonomía como mitocondria, estando regulada por la infor­mación del núcleo y por el resto de las funciones de la célula.

Otto Warburg

Hay cientos de mitocondrias en cada célula que la abastecen de energía, según sus necesidades. Pero ahí está, justamente, el ta­lón de Aquiles de las células cancerosas. Respiran mal cuando sus mitocondrias funcionan mal. Esta teoría no es nueva. De hecho, en 1924, el bioquímico Otto Warburg escribió: «El cán­cer, como todas las enfermedades, tienen numerosas causas se­cundarias, pero sólo una primaria: el reemplazo de la respiración de oxígeno, en las células normales del organismo, por la fer­mentación del azúcar».
La célula cancerosa se divide constantemente, necesita mu­cha energía para ello, y sus mitocondrias –deficitarias– no con­siguen aportársela. Para compensar el déficit, apelan a un circui­to de producción de ATP por fermentación del azúcar. El rendimiento energético de dicha fermentación sin oxígeno es menos eficaz que la oxidación mitocondrial, así que la célula cancerosa abre sus puertas al azúcar de par en par, se baña en azúcar. Es la base misma del PET-Scan, donde el médico inyecta glucosa radiactiva para visualizar el cáncer y sus metástasis.
Teniendo menos necesidad de oxígeno, las células cancerosas pueden formar tumores muy compactos, mal vascularizados. Los tumores cancerosos son duros al tacto, por eso muchos de ellos se detectan por palpación.
Por otra parte, las mitocondrias funcionan mal, liberan mo­léculas derivadas del oxígeno, muy reactivas químicamente. Son los radicales libres, que provocan la anormal activación de los genes del núcleo celular y comportan una pérdida de defensas inmunitarias.

Promesas de tratamientos y prevención

A la luz de nuestros actuales conocimientos, esta teoría abre nue­vas perspectivas de tratamiento y prevención. Se trata de: 1) en­contrar el origen de la disfunción de las mitocondrias, 2) resta­blecer el metabolismo normal.
En lo concerniente a la primera cuestión, se necesitan mu­chos estudios todavía. A día de hoy, está claro que los virus de las hepatitis B y C causan ciertos cánceres de hígado, que el virus del papiloma está asociado a la mayoría de los cánceres de cuello de útero. La úlcera sirve de lecho al cáncer de estómago y es consecuencia de una infección por una pequeña bacteria, la He­licobacter pylori. Los virus cancerígenos poseen genes que per­turban el control de la división celular. En lo relativo a las bac­terias, su papel está menos claro, probablemente tenga que ver con inducir un estrés oxidante mutágeno.
Es probable que el rol de los agentes infecciosos haya sido ampliamente subestimado y que otros gérmenes, aún no aisla­dos, ataquen directamente a la mitocondria y desvíen los flujos metabólicos, causando, así, otros cánceres. Actualmente, a pesar de los múltiples progresos, no suele haber una causa precisa, conocida, para la mayoría de los cánceres que afectan a los niños pequeños o a adultos muy jóvenes. Por ejemplo, la incidencia del glioblastoma, un tumor agresivo infantil y juvenil, está en constante aumento y tenemos que reconocer, mal que nos pese, que todavía no tenemos clara la causa de un drama semejante. Pensamos en un agente externo muy repartido, un virus o una pequeña bacteria que ataque directamente las mitocondrias. Como vemos, se trata de una búsqueda de largo recorrido, pero también muy prometedora. Para empezar, habrá que aislar el germen, clonar su ADN para secuenciarlo y, luego, verificar su papel causal en el tumor.
Pero, desde ahora mismo, podemos aportar una respuesta parcial a la segunda cuestión. Warburg comprendió que la mito­condria se veía parcialmente desactivada por el cáncer. Hace veinte años había numerosas hipótesis en cuanto a la razón de dicha desactivación. Numerosas vías metabólicas convergen ha­cia la mitocondria. Pero era imposible identificar los principales obstáculos que impedían al azúcar ser quemado en la mitocon­dria. Se presentía que había más de un obstáculo. E identificar obstáculos es lo mismo que identificar el tratamiento. Para ello, se hizo corresponder a cada objetivo potencial un medicamento susceptible de eliminar el obstáculo.

Un tratamiento barato y sin grandes peligros

Escoger viejas moléculas ya conocidas por los médicos, porque fueron prescritas para otras indicaciones, es alejarse del paráme­tro comercial. Sin embargo, en caso de éxito, sería un tratamien­to barato y sin grandes peligros para la salud. Y así empieza el cuento de nunca acabar. Centenares de combinaciones de medi‑
camentos se testaron sacrificando más de 15.000 ratas a las que se les había inoculado cáncer. Diez años de experimentación y de publicaciones. Al final de la investigación, una combina­ción de ácido lipoico y de hidroxicitrato ralentizó el crecimiento del cáncer inoculado en las ratas, sin importar que el cáncer fuera de piel, de colon, de vejiga... Este trabajo fue revisado por otros investigadores y confirmado por todos.
El ácido lipoico y el hidroxicitrato se desarrollaron y se co­mercializaron hace más de cincuenta años. El ácido lipoico es un tratamiento reconocido gracias a una complicación de la diabe­tes: la neuropatía. Con estos medicamentos, la célula cancerosa recupera la actividad mitocondrial y el rendimiento energético mejora.
A partir de resultados anecdóticos obtenidos en humanos, parece que la adición de ácido lipoico e hidroxicitrato a una quimioterapia suave o a una terapia enfocada puede mejorar las posibilidades de supervivencia de manera significativa.
Ha llegado el momento de someter estos tratamientos a en­sayos clínicos controlados. Los grandes institutos contra el cán­cer no parecen muy abiertos a tales ensayos. Apelamos, pues, a la iniciativa privada para financiar dichos estudios y proseguir con las investigaciones en este terreno, en el marco de la colabo­ración internacional con los médicos.

Profesor LuC MONTAGNIER
Premio Nobel de Medicina

Prólogo

EL cáncer y La caja de Pandora

Querido paciente,

Esta obra se dirige, principalmente, a ti. A través de este bre­ve texto, he intentado responder a preguntas que todo enfermo de cáncer es susceptible de plantear sobre su enfermedad. Más allá de mi deseo de iluminar a los pacientes, mi camino es el de un hombre comprometido. Soy investigador, médico, ante todo. Mi objetivo es intentar ayudarte a sobrevivir.
El enfermo se encuentra perdido entre dos formas de pensa­miento aparentemente conflictivas. Una sale de la medicina ins­titucional en la que todos conocen los limitados resultados que son posibles hasta la fecha. La otra sale de las medicinas alterna­tivas.
Pero tanto una como otra han evolucionado. Las murallas de muchos oncólogos tienen ya grandes fisuras. La quimioterapia, con sus terroríficos efectos secundarios, va desapareciendo en provecho de tratamientos más específicos. Paralelamente, las lla­madas medicinas alternativas se van plegando progresivamente a las reglas de la ciencia. En esas medicinas, como en la institu­cional, van a desaparecer muchas cosas.
En realidad, ambas vías convergen. La una limita, mediante terapias específicas, el aporte de nutrientes a la célula cancerosa. La otra, gracias a complementos alimentarios, permite a la célula quemar el exceso de azúcar del que hablaremos más adelante. Está en marcha una gran reconciliación que fusionará ambas aproximaciones.
Según el Centro Internacional de Investigaciones contra el Cáncer (CIRC), el cáncer mata a 8 millones de personas en el mundo cada año. Obviamente, la tasa de decesos es más alta en los países con pocos recursos. El cáncer es una enfermedad que se ceba en la pobreza y en la promiscuidad, donde la gente tiene grandes dificultades para acceder a los tratamientos.
«Debido al crecimiento demográfico y al envejecimiento de la población, la cifra podría elevarse a 19,3 millones en 2025» preci­sa el CIRC. Y es que el cáncer es también una enfermedad del envejecimiento. Una enfermedad de envejecimiento prematuro, en muchos casos. Aunque todos estamos condenados a envejecer, el cáncer no debe ser entendido como una fatalidad. Hay reme­dios. Han demostrado su eficacia en decenas de pacientes que empezaron por estar condenados. Pacientes que fueron enviados de vuelta a casa para morir, consiguieron «domesticar» la enfer­medad. Es cierto que no todo el mundo se cura definitivamente, pero muchos logran sobrevivir convirtiendo su cáncer en una enfermedad crónica. Sus condiciones de vida mejoran notable­mente. Su esperanza de vida se alarga de un modo considerable. Otros logran alargar sus vidas unos cuantos años, después de ha­ber recibido un pronóstico de pocos meses.
Condenados a muerte a corto plazo, esos pacientes desespe­rados deciden someterse a ensayos clínicos. Desesperados por­que no les quedaban posibilidades ni tiempo de vida. Valientes y asustados, igual que los miembros de mi equipo, que compar­timos su angustia sin esconder nuestros propios miedos. Uni­mos grandes esperanzas a nuestros tratamientos experimentales, sabiendo que cada paciente reacciona de forma distinta a las mismas terapias. No podemos asegurarle el éxito a nadie. Sólo podemos esperar que los tratamientos experimentales, alternati‑
vos a la dura quimioterapia que poca gente soporta, les den más tiempo de vida y mejores condiciones de supervivencia.
Hemos ido sobreviviendo sin el apoyo de las instituciones de lucha contra el cáncer. Muy pocos investigadores, muy pocos médicos, se atreven a salirse del camino acotado por el pensa­miento dominante.
La razón del inmenso fracaso de la oncología moderna se basa, paradójicamente, en los primeros éxitos de la quimiotera­pia, a finales de los años cuarenta. Medicamentos derivados de gases tóxicos permitieron que enfermos hasta entonces incura­bles pudieran sobrevivir e incluso curarse. Entonces el cáncer se convirtió en un enemigo a destruir. Algunos cánceres respon­dían favorablemente y dicha victoria solidificó la línea a seguir. Pero la quimioterapia es ineficaz, ayer, hoy y mañana para la mayoría de cánceres frecuentes. Volveremos sobre este punto.
Esta falsa pista, consistente en destruir las células cancerosas nos ha estado mareando a todos (investigadores, médicos, institucio­nes, industria farmacéutica, medios de comunicación, pacientes...) durante mucho tiempo. Además, abrió la puerta a un montón de excesos. En cincuenta años se gastaron cientos de millones de dóla­res en la investigación contra el cáncer, llegando a convertirla en una auténtica búsqueda del grial. Sin embargo, en la actualidad se sigue muriendo de cáncer tanto como en 1960. No queda más re­medio que reconocer que nos hemos perdido por el camino...
¿Y quién se atreve a decirle al mundo que la quimioterapia ha hecho más mal que bien? ¿Quién se atreve a reconocer que so­mos incapaces de curar una enfermedad tan vieja como el mun­do, sencillamente porque rechazamos comprender que el cáncer no es sino una enfermedad de la digestión celular? La ilusión de una victoria cercana ha contribuido, básicamente, a crear una nueva burbuja económica.
El cáncer mata, ¡pero se porta muy bien, gracias! Mantiene a un montón de personas, sostiene todo un sector económico. El
mercado del cáncer (medicamentos, tratamientos, equipos, per­sonal, centros especializados, actividades derivadas...) se multi­plica cada cinco años. Según el IMS Health, una sociedad de estudios especializada en la farmacia y la oncología, el cáncer es el primer mercado de medicamentos del mundo. Este «descon­trol» nos lleva de cabeza contra la pared.
Conscientes de que el cáncer nutre todo un sistema econó­mico, las instituciones y los que nos mandan no tienen narices para hacer frente a la realidad. Sin duda alguna, temen abrir la caja de Pandora... Nuestra relación con la verdad es rara. Es difícil aceptar como «verdadero» un hecho o una información en el momento en que entra en conflicto con nuestras convic­ciones o con nuestras creencias. Por eso, solemos rechazar lo que nos incomoda, lo que no se ajusta a nuestra «historia», a la le­yenda que nos hemos acostumbrado a construir, colectivamen­te, para que «la verdad mienta». De ese modo conseguimos que la información no sea verdadera ni falsa, sino conveniente o in­conveniente. Los medios de comunicación tienen su parte de responsabilidad en esta disonancia cognitiva colectiva. Los «mé­dicos de empresa» también, así como las instancias políticas y sanitarias, las agencias de regulación y control, como la Agencia Nacional de Seguridad del Medicamento y de los Productos Sa­nitarios o la Agencia Europea de Medicamentos (EMA, por sus siglas en inglés). Las asociaciones ciudadanas son las grandes au­sentes en el debate sobre las terapias contra el cáncer. Sin embar­go, hoy, estamos en disposición de proponer a los enfermos nue­vos avances terapéuticos, cuya eficacia podría ser superior a la de la quimioterapia y con muchos menos efectos secundarios.
Con mis equipos, hemos seguido la pista del metabolismo del cáncer, abierta por el premio Nobel Otto Warburg en la dé­cada de 1920. Como explico en este libro, creemos haber en­contrado un medio para ralentizar la enfermedad, incluso dete­nerla, asociando medicamentos simples, no tóxicos y baratos.
Medicamentos salidos de la farmacopea existente. Nuestros test sobre pacientes voluntarios así lo demuestran.
Tengo la esperanza de que otros prosigan con nuestro trabajo y hago un llamamiento a las instituciones para que los ensayos terapéuticos puedan llevarse a cabo a gran escala. Urgen nuevos protocolos terapéuticos que vean la luz inmediatamente. La cien­cia suele progresar a saltitos. Espero, con mis amigos y mis suce­sores, contribuir a que este azote quede aparcado en un pasado lejano. Soy consciente que estamos en pañales, pero entiendo que el tiempo de la investigación no es el mismo del que dispo­nen los enfermos. Éstos no tienen tiempo para esperarnos...
Ante estos avances, la comunidad científica se muestra timo­rata. Curar el cáncer es posible, pero hay que querer curarlo. Mis colegas prefieren los ensayos aleatorios doble ciego,1 validados por metaanálisis, reuniones de consenso, autoridades sanita­rias... Temen los aires de libertad y se esconden detrás de las normas por miedo a procesos que nunca llegarán a ser.
Los trabajos de mi equipo se publican en prestigiosas revistas científicas con comité de lectura. Son accesibles a todo el mun­do. Los medios de comunicación, víctimas también el pensa­miento único, tienen poco interés en unas investigaciones que ni siquiera comprenden. Este libro también se dirige a ellos.
En realidad, mi mensaje se dirige a todos los ciudadanos, porque todos y cada uno de nosotros, de una forma u otra, ha estado, está o estará directa o indirectamente afectado por el cáncer. Ha llegado el momento de dominar el miedo y de mirar
la realidad tal como es. Cada uno debe asumir sus responsabili­dades y decidir qué quiere «saber». Es tiempo de conseguir los medios, de ser actor de la propia salud, de sus tratamientos, esto es, de la propia vida.
Y también nos ha llegado el momento, a los médicos, de in­formar a pacientes y familiares que hay vías de investigación y terapias alternativas que resultan eficaces y pueden completar los tratamientos clásicos. El peso del miedo impide al enfermo –y a sus seres queridos– buscar información por su cuenta. Sin el apoyo del cuerpo médico, les entra el pánico con la sola idea de tener que tomar una decisión que se salga de los protocolos habituales. Incluso cuando tienen claro que las terapias que se les recomiendan tienen pocas posibilidades de éxito.
Sin embargo, el ciudadano es un ser responsable con super-poderes... si así lo quiere. Nada cambiará si no se ayuda a sí mismo con el problema. Las terapias que funcionan serán dis­pensadas sólo a los que tengan acceso a la información o a los que se atrevan a poner en cuestión los tratamientos habituales.
Sí, ha llegado el momento en que cada cual pueda decidir como adulto, en conciencia. Para el paciente, esta decisión es muy íntima. Para el médico, es un juramento que lo une a su paciente. Ha llegado el momento de dejar que cada cual tome sus decisiones conscientemente, con claridad y sin presiones, permitiendo a los terapeutas acompañar a sus pacientes sin po­ner en riesgo sus carreras o su reputación.

1
Por una medicina más humana

Puede parecer sorprendente, incluso impertinente, para un mé­dico, escribir un texto en el que desvele, en ocasiones a pacientes condenados, lo que le parece probable pero no totalmente segu­ro. Los enfermos requieren de tratamientos eficaces, no prome­sas ni hipótesis humeantes... Quieren saber lo que realmente funciona y lo que no funciona para nada. Aprenden a resignarse a morir, pero no aceptan pasar de largo un tratamiento eficaz y sin peligros.
Yo sólo soy un médico. He pasado cerca de treinta años tra­bajando sobre un solo tema: el cáncer. Lo más duro fue aceptar que mis maestros, en Francia o en Harvard, no sabían nada. A pesar de todos los anuncios, de todos los clamores, hay una sola realidad: ¡el rey está desnudo!
Hace cerca de veinte años decidí escribir mi verdad, mi pri­mer libro, Métastases, publicado en Hachette. Siendo médico, me enfrentaba a la muerte de mis pacientes. Como científico, sabía la poca perspectiva real que tenía una investigación par­cialmente desarrollada. Describí, por aquel entonces, los límites de la quimioterapia y sus esperanzas ilusorias. Al día siguiente de la publicación de un artículo, bastante anodino, por cierto, en Le Nouvel Observateur, fue inmediatamente excluido de la asis­tencia pública y mis pacientes echados del hospital. Tuve que vérmelas con las peripecias jurídicas consiguientes y mi reinser­ción de cara a la galería.
Veinte años más tarde, lo que decía mi libro sigue siendo verdad.
Entonces me dediqué a reescribir el cáncer. Para ello, me salí del caminito de lo políticamente correcto. Me dejé guiar por otros, anónimos de la ciencia, y pagué un alto precio. El precio de la libertad es, creo yo, el de la verdad. Fui objeto de múltiples ataques por el mero hecho de pensar como pensaba. Una ver­sión moderna de la caza de brujas con procesos interminables y su corolario: el agotamiento humano y los problemas finan- cieros.
Lo que voy a compartir con vosotros es mi más íntima con­vicción. El cáncer no es sino una simple enfermedad banal. Esta conclusión ha sido confirmada por experimentación con anima­les, para empezar, y con trabajo de laboratorio, después. Un tra­tamiento simple y sin toxicidad ralentiza el crecimiento de todos los cánceres implantados en las ratas.
Pero aún faltaba la última prueba, la que marcaría la diferencia realmente. La curación. O, por lo menos, la estabilización de los enfermos. Intenté convencer a mis colegas, los oncólogos universi­tarios parisinos. Me postré en los ministerios y en las instituciones pertinentes, como el Instituto Nacional del Cáncer. Armado con el apoyo de mis compañeros de la Escuela Politécnica y del decano de Harvard que reproducía nuestros resultados. Todo fue un fracaso total.
Aislado, escogí tratar a mis pacientes por libre, sin la protec­ción de las instituciones y sin la bata blanca. Así abrimos la caja de Pandora y dejamos al desnudo la miseria humana. Invité mis pacientes a mi mesa. Juntos compartimos su angustia y mi mie­do. La bata blanca sólo sirve para separar al enfermo del médico, al ignorante del «sabio», para proteger al médico de la angustia del enfermo. Llevada cual uniforme militar, concreta el grado y permite distinguirse y mantener una distancia de seguridad con el que está solicitando ayuda del que sabe.
Actualmente sólo aspiro a una cosa: volver a la ciencia y al anonimato. Los honores y el dinero nunca me han interesado. He actuado con honestidad y he hecho lo que he considerado como mi deber. He hecho lo que me habría gustado que hicie­ran por mí.
Mi tiempo de corsario, de explorador, se ha acabado. Ahora les toca a los enfermos, los primeros interesados, coger el testigo. A ellos les toca encontrar todo lo que falta, en una mezcla de razonamiento y empirismo.
Ha llegado el momento de la reconciliación, porque la medi­cina institucional también ha evolucionado.

2
La violencia de las cifras

He publicado decenas de artículos científicos en revistas espe­cializadas, con comité de lectura, a menudo prestigiosas. Para poder publicar y, por tanto, ser aceptado por los iguales, hay que tener una idea, validarla experimentalmente y convencer al co­mité de lectura. El objetivo del comité es buscar un hipotético error y ayudar al autor a aclarar sus ideas y su propósito. Cada año se publican cientos de miles de artículos cuyo objeto princi­pal es el cáncer. Hay miles de revistas cuya vocación es la divul­gación de la información médica. Cuanto más simples y espera­dos son los resultados, más fácil es el acceso a las publicaciones.
Las revistas científicas viven de la industria farmacéutica como la prensa vive de la publicidad. Y cuando la publicidad baja en el mundo médico (igual que en la prensa corriente) a veces pasa que el autor del artículo tiene que pagarse la publi­cación de su propio trabajo, que suele ser de unos 2000 € por cada artículo «calentito».
No se encuentran artículos criticando a la Volkswagen en las revistas para apasionados del automóvil. Los escándalos que im­plican a la casa L’Oréal se silencian en las revistas femeninas. Pero yo tengo un artículo que jamás he podido publicar en nin­guna revista científica. Es el único. Ponía en tela de juicio los resultados de la oncología moderna.
Con la ayuda de un joven y astuto informático, Nicolas Ha­fner, y de Mireille Summa, profesora e investigadora de estadís­tica en la Universidad París-Dauphine, recopilamos los certifica­dos de defunción de los principales países occidentales desde 1960. Cuando nos llega la muerte, un médico redacta un certi­ficado de defunción que resulta ser un documento legal necesa­rio para la celebración de los funerales, el entierro y la apertura a la sucesión. Sin certificado de defunción puede haber sospecha de homicidio y se abre una investigación. En cambio, en el cer­tificado del médico se debe indicar claramente la causa de la muerte (bajo secreto médico).
Los certificados de defunción son recopilados por las agen­cias gubernamentales. Los diferentes países comparten sus datos con el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (CIRC) con base en Lion. El CIRC ha hecho alguna pequeña investigación, pero, normalmente, lo que hace es guiar a los go­biernos para que definan los agentes cancerígenos y establezcan normas. Éstas se fijan de manera colegiada por expertos recono­cidos, que declaran conflictos de intereses reales o potenciales. Como en toda organización internacional, se debe llegar a un consenso. Nadie defenderá al virus del sida, con lo cual éste será rápidamente considerado cancerígeno. Pero en otros casos en­tran en juego intereses no sanitarios, como cuando se culpa a los rayos ultravioletas del diabólico melanoma (porque hay que vender cremas). Y si habláramos del amianto...
El CIRC es una mina de datos de libre acceso para los mate­máticos, porque es una mina que no interesa a nadie.
A riesgo de sorprender, existen miles de publicaciones que se centran en un aspecto puntual de la evolución de la epidemia cancerosa. Se publica sobre la evolución de la mortalidad por cáncer de mama en no sé qué estado americano o en no sé qué departamento francés. Se sabe que el tabaco ha causado una au­téntica masacre horripilante en China mientras que el cáncer de
estómago va desapareciendo en Japón, después de haber sido un látigo para ese país. El cáncer de colon, excepcionalmente raro en Japón, es una pesadilla para Estados Unidos. La tasa de cán­cer de estómago en los inmigrantes japoneses disminuye rápida­mente. Pero el cáncer de colon aumenta. Un efecto de la globa­lización en la que los ecologistas no habían pensado.
A riesgo de seguir sorprendiendo, no existe ninguna clasifica­ción global de la epidemia. Una tabla que permita comprender y juzgar la validez de las políticas sanitarias. Habría que recopilar y analizar los datos del CIRC y eso no es tarea fácil. Las enfer­medades son clasificadas por la Organización Mundial de la Sa­lud y dichas clasificaciones cambian y se precisan. Actualmente, por ejemplo, un cáncer de la pared lateral de la orofaringe está clasificado como C 10 2, lo cual no ayuda mucho a la tarea.
Para tener esa tabla, habría que analizar los datos de numero­sos países. En cincuenta años, el mapa del mundo ha cambiado. La Alemania del Este, la URSS o Yugoslavia han desaparecido. Croacia, Serbia o Rusia han aparecido. Es un auténtico rompe­cabezas para los amantes de los datos. Para colmo, la población mundial no sólo ha aumentado, sino que ha envejecido. Para incorporar el efecto de crecimiento y envejecimiento de la po­blación, existen técnicas matemáticas. Son técnicas conocidas y aceptadas. Los epidemiólogos hablan de ASR (Age Standardized Rate, o tasa de mortalidad estandarizada según la edad o TMS francés). Y es eso lo que nosotros hemos hecho.
Los resultados confirman lo que todo el mundo sabe. La mortalidad por cáncer es cada vez más importante a medida que se va envejeciendo. Es menor en mujeres que en hombres (véan­se las curvas de la página 30).
En cincuenta años las cosas han cambiado mucho. En los países en los que el cáncer de estómago era una pesadilla, ha empezado a bajar rápidamente. Se desconoce la razón. ¿Una me­jor higiene, quizás? ¿Menos nitratos? Hay una convergencia pro‑
gresiva y una normalización: las altas tasas de cáncer de estóma­go de ciertos países disminuyen hasta equipararse a los países con tasas más bajas. Y esto funciona con otros cánceres. Allá donde el cáncer de colon era raro, empieza a subir. Allá donde era el pan nuestro de cada día, baja. Se puede hablar de una verdadera globalización de las enfermedades. Vemos las mismas películas que los japoneses, los australianos o los americanos. Comemos cada vez más parecido. Y morimos de lo mismo. En nuestra jerga científica lo llamamos «efecto McDonald». Todo se homogeniza, incluso las causas de muerte por cáncer.
Pero si nos alejamos un poco de la tabla, vemos un resultado esencial. Es la razón por la que no se nos publica. Los datos de mi equipo de investigación reflejan claramente que la mortali­dad por cáncer no ha variado, a penas, desde 1960 (-13 por 100). Y esto en todos los países occidentales que hemos analizado (19 países). Se trata de ASR, como hemos visto precedentemente, una tasa de mortalidad obtenida «normalizando» la población, es decir, suprimiendo el sesgo de envejecimiento y crecimiento demográfico. Hablando claro y comparando lo que es compra­ble: un auténtico desastre (véanse las curvas de la página 31).
Pongamos un ejemplo: veamos más de cerca el cáncer de próstata. La mortalidad ha evolucionado poquísimo en cin­cuenta años. Paralelamente, durante esos cincuenta años, han aparecido la radioterapia profunda, la resección de la cavidad prostática, la detección precoz y las hormonoterapias modernas.
Evolución de la mortalidad debida al cáncer (gráfico)


 
Podemos discutir indefinidamente sobre el tema, pero la reali­dad es que el cáncer no se ha curado, nada más lejos. Entre 1960 y 2010, el único presupuesto del National Cancer Institute (Ins‑
tituto Nacional del Cáncer americano) ha sido de 100 millones de dólares.
Quiero recordar que son datos de mortalidad. No tenemos acceso a los datos de mortalidad de los nuevos casos de cáncer. Pero, desde hace cincuenta años, el número de nuevos cánceres ha explotado. ¿Ha sido beneficioso el diagnóstico precoz?

 

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