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Medicinas para el alma Maximizar

Medicinas para el alma

Isabela Herranz (aut)

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Claves y métodos para relajarse y elevar el espíritu

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9788416694174

Una solución a la multitud de problemas que acosan al hombre de hoy se encuentra en la práctica de una serie de disciplinas espirituales que ayudan a reforzar la personalidad y a desplegar los valores internos a través del desarrollo de la conciencia.
La mayor parte de estas poderosas disciplinas y técnicas para entrenar la mente nos han sido transmitidas por las grandes religiones orientales, pero junto a ellas existen otras occidentales que son de gran ayuda para la relajación profunda y el desarrollo personal. Las claves y secretos de todas ellas se describen ampliamente en este libro cuyo objetivo último es proporcionar una liberación de la tensión excesiva, mejorar la salud, la estabilidad emocional, la habilidad de aprendizaje y, fundamentalmente, allanar el camino para conseguir un aumento de la creatividad y de la satisfacción en el trabajo y en la vida.

Isabela Herranz

es filóloga, traductora y escritora freelance, experta en análisis de la mano, análisis facial, fenómenos psíquicos, esoterismo y divulgación científica. Ha publicado cientos de artículos en revistas especializadas, incluidas algunas publicaciones internacionales como Almanac of the Uncanny (1995).
Ha sido redactora-jefe y coordinadora internacional de la revista Enigmas. Es autora de diversos libros y monografías.
Ha participado en numerosos programas de radio y televisión españolas («7 días 7 noches», «Date un respiro», «Crónicas marcianas», «El último mono», entre otros) y para la televisión americana (Dos Mundos Channel) en el programa «Despierta América». Vive en Madrid.

 

208 páginas | Formato: 15 x 23 cm. | Presentación: Rústica con solapas |

ÍNDICE

Introducción   13
La meditación   17
Fundamentos   19
Investigaciones científicas   22
Aplicaciones terapéuticas   26
Riesgos y errores   29
Métodos y maestros   34
El yoga   45
Fuentes y modalidades   47
Los mantras   50
El control de la respiración   55
El despertar de la kundalini   57
El yoga para niños   60
El budismo zen   63
Filosofía metafísica   65
Meditación en zazen   67
El entrenamiento autógeno   71
Relajación profunda   73
Visualización y respiración   74
Cómo servirse del método   77
El biofeedback (bioinformación)   81
Origen y desarrollo   83
Aplicaciones clínicas   86
Meditación y biofeedback   87
Máquinas de la mente   91
Sincronizadores de ondas cerebrales   93
El Hemi-Sync   99
Experiencias singulares   102
El método Silva   109
Técnicas sencillas   111
Control mental   113
Ejercicios de relajación   117
La programación neurolingüística   119
Remodelar el cerebro   121
Creación de modelos   122
Aprender a aprender   124
El mindfulness   129
Vivir en el presente   131
Enfrentarse al estrés   132
Practicar la atención plena   135
Encuentros con la naturaleza   137
Conciencia medioambiental   139
Experiencias curativas   144
Fenomenología de los encuentros   147
El silencio y la oración   149
Prácticas espirituales básicas   151
Beneficios de la oración   153
Protocolo para orar   154
Música para el alma   157
La lira de Orfeo   159
Magia y misticismo   161
Rehabilitación neurològica   164
Música celestial   167
Apéndice   173
Instrucciones prácticas   175
Altares domésticos   178
Aromas para meditar   182
Meditaciones guiadas   185
Música para elevar la conciencia   189
Direcciones web de interés   195
Bibliografía   197

 

Fundamentos

El término «meditación» tiene muchas acepciones. Habitual­mente se utiliza con el significado de pensamiento discursivo, introspección o reflexión. Pero la meditación a la que hace­mos alusión aquí no tiene nada que ver con todo esto, y tam­poco con lo paranormal, la hipnosis o el trance mediúmnico. En la meditación de la que hablamos en este libro el medita- dor no sólo no pierde la conciencia de sí mismo, sino que, por el contrario, la expande. Aquí entendemos la meditación fun­damentalmente como una disciplina de la mente que favorece su autodesarrollo mediante la vigilancia y que permite alcan­zar un estado superior liberado de dependencias e ilusiones. No debería causar ningún temor a quien sienta curiosidad por practicarla; por eso conviene profundizar en ella, para disipar las posibles dudas que pueda suscitar.
Jiddu Krishnamurti decía que, «en su comienzo, la me­ditación es un ejercicio en el control de la atención. La atención carece de límite, de frontera que cruzar; la aten­ción es claridad, libre de todo pensamiento. El pensamiento es el cese de la meditación; la buena meditación comienza con el cese del pensamiento [...]. La meditación no es un proceso intelectual, que se encuentra todavía dentro del área del pensamiento. La meditación es libertad del pensa­miento».
Según Lawrence LeShan, «meditamos para encontrar, para recuperar, para retornar a algo que alguna vez vaga e in­conscientemente poseímos pero que hemos perdido y no sabe­mos ya ni qué era ni cuándo o dónde lo perdimos. Podemos definirlo como el acceso a un nivel superior de nuestro poten­cial humano o como el hecho de estar más unidos a nosotros mismos y a la realidad; también podríamos decir que es el in­cremento de nuestra capacidad de amor, ánimo y entusiasmo, o el conocimiento de que somos una parte del universo y de que nunca podemos estar enajenados o separados de él».
La meditación es un método que cada uno puede seguir por sí mismo. Su propósito es ayudar al meditador a conseguir una potencialidad íntegra y específica de su ser, a desarrollar­se y a crear, a liberarle de los sentidos y de la mente inferior, eliminando los procesos mentales que ocultan la unidad bási­ca del meditador con su entorno, y a hacerle consciente de la unión que existe entre él mismo y el resto del mundo.
Esta conciencia de unidad cósmica ha sido descrita por los místicos de todas las épocas de diferentes modos y con dife­rentes nombres. Hace cientos de años, por ejemplo, el filósofo hindú Patanjali afirmaba, en sus célebres Aforismos del yoga, que el objetivo de la meditación y de la vida es la obtención de esa experiencia de conciencia unificada o conciencia pura, de­nominada samadhi o moksha. En el zen se la llama satori, kensho o nirvana; en el taoísmo, «el tao absoluto»; en el sufis­mo, fana; los católicos hablan de «la unión mística»; los cuá­queros de «la luz interior»... Pero el contenido de todas esas denominaciones es básicamente el mismo: un estado de ilumi­nación o expansión de la conciencia que devuelve al medita- dor a la unidad originaria perdida.
A través de la meditación, los místicos orientales buscan vaciar su mente para que se les revele un conocimiento supe­rior. Creen que este conocimiento puede acudir directamente a la mente a través de la intuición y la revelación interior. Pero para que esto sea posible, las ideas deben cesar: sólo entonces puede uno llenarse con algo superior y alcanzar la conciencia profunda.
El sendero de la meditación permite acceder a mundos su­periores, ocultos para la conciencia ordinaria, sin que ello im­plique alejamiento de la realidad. En Occidente, este sendero de espiritualidad equivale a un alejamiento del mundo y de la realidad del cuerpo, a vivir en un más allá sin contacto directo con el más acá, a una sabiduría que es delirio para el mundo, a un ascetismo a menudo contrario a la salud. Sin embargo, nada de esto tiene que ver con la verdadera espiritualidad que constituye la esencia de las escuelas místicas de Oriente y Oc­cidente.
Es un hecho que muchos anacoretas hindúes o tibetanos se aíslan voluntariamente del mundo prescindiendo, en apa­riencia, de mantener una participación activa en él a fin de re­correr el camino espiritual. Se trata, sin duda, de seres excep­cionales. En ellos la reclusión y la soledad absolutas no desencadenan trastornos mentales, como tiende a creerse en Occidente, basándose en el hecho de que muchos individuos que se ven sometidos a un aislamiento prolongado (náufra­gos, guardianes de faros, presos, etc.) sufren con frecuencia alteraciones mentales. Por el contrario, la lucidez mental de estos ermitaños suele acrecentarse durante esos períodos de reclusión. Como señala Alexandra David-Néel en Magos y místicos del Tíbet, se trata de personas preparadas para el ais­lamiento, que han almacenado en su espíritu gran número de pensamientos que les acompañan, y que, absorbidos como es­tán por sus investigaciones, por sus revisiones internas y por el trabajo metódico de adiestramiento espiritual, están lejos de hallarse ociosos y no sienten su aislamiento. «No he oído de­cir a un solo ermitaño o tsham-pa que hubiese sufrido por la falta de compañía humana, ni siquiera en los comienzos de su retiro», comenta David-Néel. Es preciso haber experimentado ese género de vida y conocer a fondo sus claves sociocultu- rales para comprender el atractivo que tiene el ascetismo en Oriente.
El extremado racionalismo de la sociedad occidental difi­culta la percepción de otras formas de conocimiento. Sin em­bargo, aunque sean útiles para la mayoría de las funciones que
se les asignan, pueden no ser las únicas existentes, y quizá ni siquiera sean las mejores. El predominio de la observación y del razonamiento no debería impedirnos admitir otras vías de conocimiento cuya profundización favorece una percepción más amplia de la realidad y mejora la efectividad de la actua­ción sobre la realidad mediante el incremento de la creativi­dad, la serenidad y la capacidad de vivir con plenitud.
El desarrollo de la creatividad a través de la práctica regu­lar de la meditación es progresivo, aunque el ritmo varíe nota­blemente de unos meditadores a otros. Al principio, no es fácil desasirse de la identidad personal, por miedo a que le ocurra algo en ese estado alterado. Sin embargo, cuando se alcanza cierta profundidad en la meditación, todo cambia. Aumenta la habilidad para acceder a las capas más profundas de la con­ciencia, y cada meditación acaba por convertirse en una aven­tura de redescubrimiento interior, como indica el gran maes­tro hindú Swami Sivananda: «La meditación es el único camino real para alcanzar la libertad. Es una escala misteriosa que lleva de la tierra al cielo, del error a la verdad, de la oscu­ridad a la luz, del dolor a la dicha, del desasosiego a la paz duradera, de la ignorancia al conocimiento. De la muerte a la inmortalidad. La meditación te prepara para las experiencias integrales o conocimiento intuitivo directo».

Investigaciones científicas

Hasta hace poco tiempo, los científicos no habían prestado demasiada atención a la relación entre la mente y las células y se aceptaba comúnmente que el sistema nervioso autónomo era independiente de los procesos mentales. En Occidente to­davía existían métodos de relajación como el entrenamiento autógeno o la técnica de biofeedback (véanse los capítulos IV y V, respectivamente), que en su momento demostraron que la mayoría de las funciones corporales se pueden controlar men­talmente.
Hasta 1935, año en que la cardióloga francesa Thérèse Brosse comprobara objetivamente que algunos yoguis adies-
trados eran capaces de detener el corazón a voluntad, no em­pezó a abandonarse el escepticismo con que hasta entonces se habían considerado las hazañas de los yoguis hindúes capaces de sobrevivir en lugares herméticamente cerrados durante lar­gos períodos de tiempo ejerciendo un control mental sobre funciones físicas involuntarias (movimiento del corazón, res­piración y circulación).
Posteriormente, en 1957, los fisiólogos estadounidenses M. A. Wenger y B. K. Bagchi, de las Universidades de Califor­nia y Michigan, respectivamente, en colaboración con B. K. Anand, del Instituto Hindú de Ciencias Médicas de Nueva Delhi, confirmaron que algunos yoguis podían reducir las fre­cuencias cardíacas y respiratorias.
Durante los años cincuenta y sesenta, los investigadores Y. Sugi y K. Akutsu comprobaron también que, en los practi­cantes de meditación zen, el consumo de oxígeno se reducía un 20%, así como la expulsión de dióxido de carbono. Asi­mismo, A. Kasamatsu y T. Hirai realizaron diversos estudios en la Universidad de Tokio sobre los ritmos electroencefalo- gráficos con monjes zen. Los resultados fueron concluyentes. Se constató una actividad encefalográfica de ritmo alfa (ondas cerebrales que predominan en estado de relajación profunda) de 11 a 12 ciclos por segundo, que aumentaba de amplitud según el grado de experiencia de los meditadores. Estos resultados refleja­ban un estado de alerta pero profundamente relajado, opuesto al producido por la ansiedad o el miedo y muy diferente al patrón de respuesta fisiológica obtenido en relación con el sueño, la hip­nosis o la toxicomanía causada por alucinógenos.
Nuevas investigaciones confirmaron además importantes diferencias en la resistencia galvánica de la piel. La resistencia de la piel humana a una corriente eléctrica débil está estrecha­mente relacionada con la magnitud de la tensión y la ansiedad que pueda tener el individuo. A mayor tensión y ansiedad, me­nor es la resistencia de la piel. Durante la meditación esta re­sistencia se incrementaba en ocasiones hasta un 400%.
Los sorprendentes resultados obtenidos en las investiga­ciones con yoguis y monjes zen llevaron a R. Keith Wallace y
H. Benson a seguir investigando más ampliamente sobre los efectos psicofisiológicos producidos durante la meditación. Optaron por elegir a individuos practicantes de meditación trascendental porque se calculaba que en los años setenta ha­bía en Estados Unidos unas noventa mil personas que practi­caban esta técnica de yoga, introducida pocos años antes en Occidente por Maharishi Mahesh Yogi.
Las mediciones se efectuaron en un grupo de 36 personas en el Thorndike Memorial Laboratory de Boston, así como en la Universidad de California. Los resultados fueron muy es- clarecedores. En líneas generales, en el período anterior a la meditación el consumo de oxígeno era de 251 cm3 por minu­to, pero con la meditación descendió a 211 cm3. La resistencia capilar aumentó notablemente, llegando a multiplicarse por cuatro en algunos casos. Se observó una tendencia a mantener un ritmo metabólico más bajo y a disminuir los ritmos cardía­co y respiratorio, con reducción de la utilización de oxígeno y de la producción de dióxido de carbono. También se detectó una modificación en el funcionamiento de las ondas cerebra­les, con un marcado incremento de ondas alfa. Además de to­dos estos fenómenos fisiológicos, se constató que el lactato en la sangre disminuía casi cuatro veces más rápidamente de lo que lo haría en una persona que estuviera descansando com­pletamente distendida.
Todos estos cambios son coherentes con una reducción generalizada en la actividad del sistema nervioso simpático y son claramente distintos de los cambios fisiológicos observa­dos en el sueño o cuando se está tranquilamente sentado. La observación de todas estas diferencias profundas entre el sue­ño, el descanso y la meditación condujo en 1971 al doctor Keith Wallace y a su equipo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard a describir la meditación como «un estado hipometabólico de alerta» que constituye un «cuarto estado de conciencia».
En «The biochemistry of anxiety», un artículo publicado en el Scientific American en 1969, F. N. Pitts había indicado que el nivel de lactato en la sangre está relacionado con la an-
siedad y la tensión, según pudo comprobarse experimental­mente con sujetos a los que se les suministró una dosis de lac- tato. El bajo nivel de lactato apreciado durante el curso de la meditación parece estar causado por el estado de relajación en que se encuentra la persona que medita.
En 1975, R. Jevning, A. Wilson y otros colaboradores comprobaron que el cortisol en plasma, que se relaciona con el estado de ansiedad, disminuía notablemente durante la práctica de la meditación trascendental. Por su parte, el doc­tor Michael West, de la Universidad de Kent, en un trabajo publicado en el British Journal of Psychiatry en 1979, habla­ba de los efectos positivos relacionados con la disminución de la hipertensión que se logran durante ese cuarto estado de conciencia o alerta en profundo reposo.
Todas estas investigaciones permiten concluir que duran­te la meditación se produce una reorganización interna de los mecanismos fisiológicos que da lugar a una mejora cardiovas­cular, una disminución del insomnio y una reducción del con­sumo de alcohol, tabaco y drogas; en definitiva, una notable evolución neurofisiológica y psicológica, con un incremento de la claridad mental, la capacidad de aprendizaje y la aten­ción y una disminución de la tensión fisiológica.
En la actualidad, muchas personas son conscientes de la gran importancia que tiene la práctica antigua de la medita­ción debido a sus beneficios fisiológicos. En nuestra sociedad occidental, este interés se ha visto notablemente estimulado por la verificación científica, que le ha suministrado una sóli­da base fisiológica y ha confirmado que muchos trastornos psicosomáticos, relacionados principalmente con los estados de gran excitación, pueden mejorar mucho o curarse por com­pleto al cabo de unas cuantas semanas de práctica regular. Las investigaciones científicas más recientes apuntan todas en la misma dirección.
En 2012, los medios de comunicación divulgaron los re­sultados de unos experimentos efectuados por la neurocientí- fica Sara Lazar, del Hospital General de Massachusetts y de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, y esos
resultados corroboraban otra vez lo que Wallace y Benson ha­bían comprobado décadas atrás. Lazar se interesó por investi­gar los efectos de la meditación y el yoga a raíz de los benefi­cios que ella misma había experimentado en 1994 cuando, por consejo de su médico, los probó para tratar unas lesiones de espalda y rodilla sufridas durante un entrenamiento para una maratón en Boston. Las imágenes que Lazar obtuvo me­diante resonancia magnética del cerebro de personas que me­ditaban asiduamente demostraron el impacto de la medita­ción en las estructuras cerebrales, incluida la amígdala, una región en el cerebro que desempeña un papel fundamental en la ansiedad, el estrés y el miedo. Además del grosor de la cor­teza cingulada, se observó un aumento de grosor en el hipo­campo izquierdo, imprescindible en el aprendizaje, las capaci­dades cognitivas, la memoria y la regulación de las emociones.

Aplicaciones terapéuticas

Hasta hace poco tiempo, debido a las diferencias existentes entre psicoterapia y meditación en cuanto a sus orígenes, téc­nicas y objetivos, los psicoterapeutas no se habían planteado la posibilidad de integrar ambos sistemas. Sin embargo, gra­cias a las investigaciones que confirman que la meditación produce efectos psicofisiológicos que ayudan a reforzar la es­tructura de la personalidad y, en consecuencia, a potenciar el autodesarrollo, muchos psicoterapeutas se han ido interesan­do gradualmente por la meditación y la han ido incorporando como parte de sus terapias.
Un buen exponente de esta integración de ambos métodos ha sido el psicoterapeuta y maestro en meditación Lawrence LeShan, uno de los primeros en señalar que las técnicas de me­ditación pueden ser útiles como parte de la sesión terapéutica o como parte del proceso terapéutico general, y que en sus obras ha expuesto una serie de directrices básicas de ayuda para los psicoterapeutas. La combinación de las dos discipli­nas ofrece, sin duda, unas posibilidades muy interesantes que los psicoterapeutas no deberían ignorar, señala LeShan: «Psi-
coterapia y meditación aspiran a lograr un crecimiento y desa­rrollo interior. Ambas pretenden ayudar al individuo de cara a la consecución de su íntegra y específica potencialidad de ser, de desarrollarse y de crear. El hecho de que haya múltiples diferencias en cuanto a las técnicas y de que las dos fracasen frecuentemente en sus objetivos (en parte debido a que tanto una como otra están en una fase inicial y primitiva de su desa­rrollo) no debería constituir un obstáculo a la hora de exami­nar las semejanzas y las posibilidades de una síntesis prove­chosa».
Dado que la meditación puede proporcionar una relaja­ción profunda al individuo que la practica, es evidente que su incorporación en psicoterapia puede resultar de gran ayuda para acelerar el desarrollo y la evolución personales, y sin em­bargo se han efectuado toda clase de críticas en relación con los riesgos que la meditación puede entrañar para la salud mental. El experto en ocultismo Manly Palmer Hall advierte de los peligros que puede suponer la tensión generada por el esfuerzo de concentrarse y meditar cuando el temperamento del individuo es inadecuado para tal actividad. Al intentar al­canzar desesperadamente los diversos estados espiritualizados descritos en los libros o explicados o dirigidos por un maestro oriental, el alumno atraviesa ciclos de esperanza y desespera­ción, que pueden comportar un fuerte deterioro de la salud, y con frecuencia las alucinaciones suelen coronar el esfuerzo. Por su parte, el psiquiatra Arthur J. Deikman ha definido la meditación como «una anulación del proceso progresivo de la formación de hábitos inconscientes, un proceso progresivo de desautomatización de la percepción y la conducta». En los in­dividuos con los que experimentó apreció alteraciones en la percepción, desestimación del tiempo, pensamientos paradóji­cos, insensibilidad a los estímulos externos y adhesión perso­nal al objeto de la concentración.
Algunos detractores de la meditación insisten en que su práctica conduce a la pasividad. Gilbert Picard, autor de L’enfer des sectes, opina que «los meditadores pierden poco a poco las nociones esenciales, se alejan de las contingencias, de
los seres y de las cosas. Un pueblo que pasa el tiempo meditan­do no se mueve. No construye. Se destruye». Asimismo, el profesor Langer, de la Clínica de Psicoterapia de la Universi­dad de Maguncia (Alemania), ha asegurado haber conocido a muchos jóvenes desorientados por la práctica de la medita­ción, en concreto de la meditación trascendental. Apreció trastornos de la regulación vegetativa y un entorpecimiento en el desarrollo de la personalidad. Sin embargo, para los defen­sores de la meditación, ésta no precisa un ascetismo extremo ni un alejamiento de la sociedad; su propósito es hacer que el meditador viva más plenamente en el mundo, no animarle a que lo abandone. Sin duda, cualquier técnica orientada a la psicología del espíritu y a desarrollar la expansión de la con­ciencia implica riesgos, como indica el investigador Hilary Evans objetivamente: «Todo aquel que sustituye su estado normal de conciencia por un estado alterado se convierte en una persona vulnerable. Puede ocurrir cualquier cosa. Una persona que entra en un estado alterado de conciencia se expone a experiencias que pueden ser sumamente vigorizantes o pueden hacerle perder el sentido de la identidad personal; puede que consiga hablar con Dios, o puede verse reducido a un robot convulsivo que no se comunique con nadie».
Los profesores de zen conocen bien el concepto de makyo, una fase que el iniciado tiene que atravesar para alcanzar la iluminación y que se parece bastante a las pruebas afrontadas por los místicos cristianos. El peligro surge cuando las cosas se escapan a nuestro control, cuando la conducta del practicante toma un giro inesperado.
Son numerosas las personas que experimentan un profun­do cambio de personalidad a través de la práctica de la medita­ción, pero no siempre el descubrimiento de una nueva forma de percibir la realidad las conduce a una mayor integración en el entorno. Por eso es conveniente que la práctica de meditación se efectúe en algunos casos con la supervisión de un especialista.
Aquellos con tendencias psicóticas probablemente serán más vulnerables y tendrán más posibilidades de no poder controlar los profundos cambios internos a los que se expone todo practicante asiduo de técnicas de este tipo. De ahí la im­portancia de que las personas con escaso dominio emocional que deseen ser instruidas en estas técnicas lo hagan bajo una estrecha supervisión. Se impone la cautela, no cabe duda. La meditación no sirve para todo el mundo, pero sí parece fun­cionar para mucha gente. Es cuestión de ser precavido, de no dar pasos en falso y, sobre todo, de sortear los múltiples peli­gros y trampas que estas prácticas entrañan. Aunque muchos de estos riesgos son, inevitablemente, una parte esencial de la aventura interior.

Riesgos y errores

Los orientales, menos inmersos en el activismo tecnocráti- co, al menos en lo que concierne a su reputación de desde­ñar todo lo mundano, han fomentado durante milenios su desapego y su distancia de las cosas terrenales mediante técnicas como el zen o el yoga. ¡Qué profunda diferencia con el hombre occidental, siempre impelido por una activi­dad incesante! Por ello, es natural que muchos occidentales practicantes de técnicas orientales de desarrollo espiritual se expongan a riesgos que con frecuencia ni siquiera sospe­chan.
Como ya señaló Carl Gustav Jung, el error común del hombre de Occidente consiste en que, como el estudiante de Fausto -mal aconsejado por el diablo-, vuelve con desdén la espalda a la ciencia y, percibiendo superficialmente las expe­riencias de tipo extático descritas en las filosofías orientales, emprende prácticas yóguicas al pie de la letra y las imita de­plorablemente. Así abandona su único suelo seguro, el espíri­tu occidental, y se pierde entre vapores de palabras y nociones ininteligibles para cerebros europeos y en los que jamás podrá integrarse con provecho. Para ilustrar mejor esta hipótesis, Jung citaba esta sentencia de un antiguo discípulo: «Si el hom­bre erróneo usa el medio correcto, el medio correcto actúa erróneamente». Podemos, pues, afirmar que todo depende del
hombre, y no del método, ya que el método sólo es el camino y la dirección que sigue el caminante.
En Chop Wood, Carry Water (1984), de R. Ingaschi, R. Fields, P. Taylor y R. Weyler, se narra una historia acaeci­da a un discípulo de zen que ilustra muy bien los riesgos que entraña el camino espiritual cuando se toman demasiado li­teralmente las indicaciones de los maestros. El maestro zen japonés decidió actualizar un antiguo koan (una especie de adivinanza o pregunta paradójica que el maestro plantea al discípulo para favorecer que éste perciba la realidad que de­sea encontrar) con el fin de que sus discípulos tuvieran más facilidad al establecer relaciones entre la práctica espiritual y la vida moderna. El antiguo koan decía lo siguiente: ¿Cómo se puede detener un caballo que galopa sin que uno se mue­va? El maestro cambió el símbolo del caballo por el del tren expreso de Tokio y el koan se convirtió en lo siguiente: ¿Cómo se puede detener el expreso de Tokio sin que uno se mueva?
Uno de los discípulos del maestro estableció una lucha sin cuartel con el koan del tren de Tokio. A pesar de los esfuerzos del discípulo por comprenderlo, el maestro se limitaba a hacer sonar su campanilla para que aquél se retirase. Un día, cuando el discípulo había llegado al límite de sus esfuerzos, salió del monasterio y se dirigió al lugar donde todas las mañanas pa­saba el veloz tren de Tokio. Se sentó sobre las vías con las piernas cruzadas en posición de loto, bajó los ojos y comenzó a practicar zazen antes de que pasara el expreso.
Nunca se supo qué se lo llevó por delante, ni si en verdad logró encontrar la respuesta al koan planteado por su maes­tro, ya que nunca pudo contárselo a nadie.
En Japón, donde la gente está bastante acostumbrada a este tipo de sucesos, aquel episodio no produjo ningún escán­dalo, aunque algunos hicieron gestos de desaprobación. Al entregarse por completo al koan, el discípulo había actuado correctamente. Sólo cometió un error, pero fatal: se tomó al pie de la letra las palabras del maestro y al hacerlo el koan
perdió su sentido, enfrentándole con la naturaleza paradójica de la realidad.
Es sabido que muchos aspectos de la vida espiritual pue­den conducir a estados alterados de conciencia: el aislamiento carente de estímulos, una dieta deficiente agravada por ayu­nos prolongados, el sueño interrumpido por sesiones repetiti­vas de oración o meditación, la abstinencia sexual... Sin em­bargo, no es necesario que todos estos factores se combinen para que se produzca un estado alterado de conciencia en el que se manifiesten cambios significativos en nuestra percep­ción y conducta, muy diferentes de las de nuestro estado nor­mal, en el que percibimos el entorno como todo el mundo y controlamos nuestros pensamientos y acciones. Acceder a ese «otro» estado es fácil con la práctica continuada de la medita­ción.
En un estado alterado de conciencia se observa el mundo como si estuviera ensamblado de forma distinta a como es ha­bitualmente percibido. Lo que es imposible en nuestra reali­dad cotidiana, es posible en esa otra realidad. Es fundamental comprender la naturaleza de tales experiencias a fin de evitar el temor y la confusión cuando se produzcan. En algunos esta­dos de la meditación pueden manifestarse seres. Estas visiones suelen ser una cristalización o personificación de las reaccio­nes mentales del practicante.
En la base del misticismo tibetano subyace la idea de que los mundos y todos los fenómenos que percibimos son espejis­mos nacidos de nuestra imaginación. Es la mente la que crea el mundo de las apariencias, y un lama puede crear objetos físi­cos o tulpas simplemente desarrollando los poderes de la con­ciencia.
Para demostrar que esto es así, los discípulos tibetanos del yoga de la visualización se someten al peligroso ritual de la danza de chod. El discípulo busca algún lugar apartado y em­pieza su danza evocando una horda de horribles demonios y a un tulpa o doble de sí mismo. El discípulo debe permanecer completamente tranquilo e inducir a los demonios a que ata-
quen a su doble tulpa, mientras él se mantiene impasible cuan­do las espantosas formas creadas por su pensamiento destro­zan a su doble miembro a miembro, destripándolo y devorándolo. Si el discípulo se mantiene firme en la convic­ción de la naturaleza onírica de la realidad, los demonios no podrán dañarle. Sin embargo, si su convicción vacila, corre el riesgo de volverse loco e incluso de morir. No son de extrañar, pues, los numerosos casos de discípulos que, tras haberse so­metido a la danza de chod, aparecen muertos a la mañana si­guiente por el miedo que les han provocado las criaturas naci­das de su propia imaginación.
Swami Vishnu Devananda hace alusión en sus obras al hecho de que durante la meditación pueden producirse, a ve­ces, visiones de formas aterradoras, y aunque no menciona expresamente el ritual tántrico de la danza de chod, sus con­clusiones con respecto a su significado y valor son las mismas que las de los lamas tibetanos: «Tanto si son proyecciones de la mente subconsciente como si se trata de auténticas materia­lizaciones de entidades astrales procedentes de otros planos de conciencia, no pueden causar ningún daño. Aparecen simple­mente como una prueba de fortaleza y valor y no pueden per­manecer en presencia de pensamientos puros y divinos. El as­pirante ha de afrontar con firmeza la prueba y no dejar que se altere su meditación a causa del temor o el nerviosismo».
Al igual que otros muchos maestros orientales, Vishnu Devananda es inflexible en este punto. Afirma que aquellos que conceden importancia a este tipo de experiencias se dis­traen de su camino. Aconseja evitar los pensamientos sobre estas visiones, permanecer indiferente y sustituirlas por pensa­mientos más elevados, ya que el objetivo auténtico y final de la meditación es la experiencia directa e intuitiva de lo Supre­mo.
No siempre se tienen visiones aterradoras cuando se avan­za en el sendero de la meditación. En muchos practicantes la experiencia más frecuente es de tranquilidad mental. La apari­ción de luces en el centro de la frente es una señal de que la concentración progresa; supone un estímulo para el aspirante
y le reafirma en la existencia de fenómenos suprafísicos. Sin embargo, la aparición de luces no significa necesariamente que la meditación sea mejor. Vishnu Devananda explica que se trata de luces tanmátricas causadas por los elementos que componen el cuerpo y que, aunque a veces son tan poderosas y deslumbrantes que pueden llevar al aspirante a intentar es­capar de ellas rompiendo la meditación, no hay por qué te­merlas; con una práctica constante, la mente termina acos­tumbrándose a la experiencia y puede mantener perfectamente la concentración.
Además de los fenómenos que acabamos de mencionar, que suelen experimentarse en ese estado alterado de concien­cia en el que puede sumirnos la práctica prolongada de la me­ditación, también es habitual que se produzcan fenómenos considerados en Occidente como paranormales. Los fenóme­nos paranormales tienen lugar de forma natural cuando, debi­do a facultades vitales o a habilidades desarrolladas con un entrenamiento adecuado, uno funciona simultáneamente en dos planos. La única reacción sensata a estos fenómenos es ignorarlos, según afirman algunos especialistas en meditación, porque este tipo de experiencias no constituyen un fin en sí mismas; de hecho, incluso existe el peligro de verse atrapado en ellas.
En el pensamiento oriental, fenómenos y experiencias como la proyección astral, la clarividencia, la precognición, la comunicación telepática y el control voluntario sobre el cora­zón y otras funciones físicas involuntarias se consideran fenó­menos normales para el meditador que sintoniza con sus fa­cultades intuitivas. La importancia de las experiencias de percepción extrasensorial radica en que advierten de la exis­tencia de otras partes de nuestro ser; en definitiva, de una par­te de nuestro potencial para existir y relacionarnos.
Al hablar de los fenómenos psíquicos, el científico japonés Hiroshi Motoyama señala que, «en la vida ordinaria, estas manifestaciones de percepción no ordinaria pueden parecer fortuitas e incontrolables, pero la tradición mística asegura que son una actividad normal de los estados no sensoriales y
que, como tales, siguen ciertas leyes universales. Cuando una persona comprende estas leyes, el abanico de posibles mani­festaciones excede con mucho los “poderes psíquicos” que co­nocemos. Este superpoder está al alcance de la persona espiri­tualmente madura [...]. Como subproducto de la evolución de la conciencia, las facultades paranormales deben tratarse con una actitud más objetiva y desapasionada».
Son numerosas las advertencias que los sabios orientales hacen a sus discípulos en el sentido de no prestar demasiada atención a estos fenómenos, porque no hay nada especial ni milagroso en ellos, sólo sirven para desviarlos de su objetivo fundamental: el crecimiento y desarrollo personal. Insisten los sabios en que no merece la pena esforzarse por conseguir tales poderes, porque más allá de ellos se encuentran una paz y una iluminación muy superiores. Así lo expresa Daniel Goleman, recogiendo el punto de vista del budismo: «La consecución de poderes psíquicos es una ventaja poco importante, que no tie­ne ningún valor por sí misma para el progreso hacia la libera­ción. Estos poderes, en quien no ha alcanzado todavía el esta­do de satori, son considerados un impedimento, pues pueden poner en peligro el progreso hacia dicho estado al potenciar el sentido de autoestima, lo que fortalece la vinculación al yo». Y el legendario sabio hindú Patanjali advertía: «Son poderes en el estado mundano, pero son obstáculos para el samadhi». Es habitual, además, que el aspirante se enorgullezca de haber tenido algunas experiencias o adquirido poderes de este tipo. La arrogancia constituye asimismo un obstáculo grave y ha de ser totalmente eliminada si se desea progresar.

Métodos y maestros

Las distintas técnicas clásicas de meditación que han sido usa­das durante milenios se basan en una disciplina y en una prác­tica regular en la que normalmente la mente se mantiene ocu­pada con alguna tarea sencilla, como la repetición de una palabra (mantra) o la visualización de un objeto. ¿Cómo deci­dir sobre el tipo de meditación más adecuado para cada uno?
No hay normas válidas aplicables a todo el mundo. El número de vías para la autotrascendencia es múltiple, como puede ob­servarse estudiando las culturas y religiones.
Aunque todos los métodos están basados en las mismas ideas y principios, la práctica de la meditación toma formas bastante diferentes basadas en rituales de diversa compleji­dad. Algunas técnicas recomiendan la repetición de un mantra para favorecer la concentración y la quietud mental; otras po­nen énfasis en las imágenes (formas visuales concretas, como una flor, un paisaje o un vaso) y enseñan que la visualización constante de algunos símbolos religiosos mandálicos condu­cen a la unión con Dios; otras, en cambio, descartan las imá­genes para que no se confundan con la realidad. Algunas re­quieren inactividad absoluta, mientras que otras emplean movimientos de los dedos, los brazos o de todo el cuerpo.
Los adeptos de la Iglesia católica han utilizado durante si­glos la «plegaria del corazón», que consiste en centrar la aten­ción en el plexo solar y repetir, profundamente concentrados y una y otra vez, las palabras «Señor mío Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí». Esta sencilla plegaria puede ser utili­zada por cualquier persona para calmar la mente y centrar el pensamiento en el corazón de su ser (véase capítulo XI). Otras escuelas de meditación aconsejan centrar la conciencia en la cabeza en la zona del chakra Ajna. En el sufismo se hace hin­capié en la importancia del canto repetitivo y de la danza. Tanto estas como otras muchas fórmulas dan al aspirante la posibilidad de aprender a reconocer y controlar las fuerzas psí­quicas de la conciencia impidiendo que se manifiesten las tenden­cias destructivas y favoreciendo el desarrollo de las constructivas.
Algunas actividades japonesas han sido elevadas al nivel de disciplinas (mishi o do) para alcanzar el control del yo, la comprensión del yo e incluso el satori (iluminación); entre ellas cabe mencionar el juego de no, el kendo (arte marcial que emplea espadas de bambú), el ikebana (arreglo floral), el kyu- do (arquería) y el sado (ceremonia del té). En este último se elimina todo lo artificial y se utiliza como introducción al zen
para los visitantes de los monasterios. La atmósfera de la cere­monia es amable y armoniosa, las tazas son artesanales, una luz tenue y apacible ilumina la sala, el aroma del incienso es suave y penetrante, se oye el rumor apacible del agua hirvien­do en la tetera... Los participantes pueden obtener una especie de estado alterado de conciencia al controlar los estímulos sensoriales mediante posiciones fijas y regulando la respira­ción. Los elementos tranquilizantes de la habitación dedicada a la ceremonia, sumados a la gracia de los movimientos de los oferentes, favorecen que desaparezca la sensación de prisa en los practicantes.
Según el doctor Y. Ishikawa, la autorregulación de la res­piración durante la práctica del yoga y la ceremonia del té puede llevar a la autorregulación de la presión arterial y el pulso. De esta forma, el entrenamiento en la ceremonia del té tiene una intención psicofisiológica, resumida en las palabras ichigo ichie, que significan literalmente «una ocasión, un en­cuentro». La ceremonia se percibe quizá como la primera y la última oportunidad de preparar el té para algunos de los pre­sentes. Con una concepción lúcida de la verdadera naturaleza de la existencia, con la conciencia de que cada uno de noso­tros está destinado a morir más tarde o más temprano, se hace todo lo posible para preparar, con un afecto profundo, el pe­queño recipiente de té para cada participante. Así, la ceremo­nia del té, como el zen, se considera una vía de acercamiento a la iluminación, y no un mero pasatiempo. Se simplifica y eli­mina todo lo que es innecesario, de modo que nada obstaculi­ce la comprensión intuitiva de la realidad.

Cualquiera que sea el método utilizado, lo importante es identificarnos con él, a pesar de las diferencias culturales que puedan dificultar su incorporación en nuestra vida cotidiana. Todo camino de meditación serio conducirá en última instan­cia a una misma evolución global. Algunos se sentirán incapa­ces de poder hacerlo, pero todos podemos. Todos tenemos la capacidad de elegir, cambiar y crecer. Para lograr un progreso estable y consistente, el meditador debe elegir la senda que re­sulte más próxima a su sensibilidad; así podrá convertirse en «guerrero», como indica Carlos Castaneda: «El guerrero no gimotea, acepta la vida y sigue adelante, adoptando una pos­tura de alerta».
Sin embargo, conviene obrar con cautela si se opta por entrar en un grupo de meditación. La mayoría de las organiza­ciones no son conscientes de que sus doctrinas, prohibiciones o ejercicios esotéricos pueden causar problemas: las instruc­ciones son de inspiración divina; si algo va mal, sólo los miem­bros son los culpables. Algunos de estos grupos no sólo aíslan a los adeptos del mundo «real», sino que los someten a un proceso de despersonalización con nuevos nombres, igual in­dumentaria para todos cuya sutileza o nocividad varían según el grupo. Todos los autores que se han ocupado de la medita­ción están de acuerdo en que no existe un programa perfecto que sirva para todo el mundo, a pesar de lo cual la mayoría de las escuelas se comportan como si el único método correcto para meditar y válido para todos fuera exclusivamente el suyo.
Muchas de las técnicas de meditación existentes emplean una combinación de tipos o caminos básicos, que podrían re­sumirse en cuatro: el camino del intelecto, el de las emociones, el del cuerpo y el de la acción. Cada aspirante escogerá el ca­mino que más se ajuste a sus necesidades personales y, si tras una práctica de varias semanas tiene la sensación de que el método elegido no se ajusta bien a su manera de ser o siente que le está perjudicando de alguna forma, tendrá que cambiar de método. Antes de cambiar deberá haber hecho una cuida­dosa reflexión, ya que algunos aspirantes piensan que en el proceso de la meditación los logros deben ocurrir súbitamente y si el tipo de meditación elegido no produce resultados rápi­dos se suspende y se comienza otro. Es importante evitar la adicción a las técnicas de meditación o a los cultos en la que caen muchos aspirantes que buscan nuevas sensaciones super­ficiales cuando las actuales pierden su poder de estímulo.
Lawrence LeShan explica así la utilidad de cada uno de estos caminos según las exigencias o necesidades del aspi-

  • El camino del intelecto. Su estructura básica consiste en que el aspirante primero busca una comprensión intelectual de las dos formas de percibir el mundo y relacionarse con él y luego, mediante una serie de ejer­cicios de aprendizaje —meditaciones—, profundiza en esa comprensión. Además de ser útil para intelectua­les porque ayuda a fortalecer la autodisciplina y la se­guridad interna, también puede pensarse en este cami­no cuando la vida intelectual está minusvalorada y silenciada. Ejemplos de este camino son el jnana yoga en la tradición oriental y el jasidismo Jabad en la tra­dición hebrea, así como las enseñanzas de Krishna- murti, Gurdjieff y Ouspensky.
  • El camino del cuerpo. La persona que desestima su cuerpo físico y se desvincula de él debería elegir el ca­mino del cuerpo y orientarse hacia el hatha yoga, la técnica Alexander, la antigimnasia, el qi-gong (o chi- kung), el tai-chi, las danzas derviches de la tradición mística sufí o el método de conciencia sensorial de Elsa Gindler, entre otros. Mediante la práctica de cualquiera de estos métodos se aprende a conocer el propio cuerpo y sus movimientos específicos, y tam­bién a elevar este conocimiento. Por la completa ab­sorción en la integración y el movimiento corporal, el aspirante es llevado lenta y gradualmente a concen­trarse en la realización de una sola cosa. Este camino, al igual que los demás, integra y fortalece la organiza­ción de la personalidad, colocando al individuo en si­tuación de disponibilidad ante la necesidad de desa­rrollar una nueva manera de percibir y responder a la realidad, pero armonizando cada elemento corporal con los restantes y a todos ellos con la personalidad en su conjunto.
  • El camino de las emociones. Este camino se estruc­tura en torno a un tipo de meditación que libera los sentimientos y expande la capacidad para relaciomo y amarle. Cuando la vida emocional está infra- desarrollada, conviene orientarse hacia el bhakti yoga o hacia algunas de las formas de meditación practicadas por los monjes bizantinos y cristianos medievales. Algunas escuelas de meditación centran sus enseñanzas en el amor al yo, otras en el amor a los demás y otras en el amor a Dios. En última ins­tancia todas llevan al mismo destino: al amor unifi­cado al yo, al prójimo y a Dios; por tanto, entregar­se plenamente a uno de estos objetivos conduce a entregarse plenamente a los otros dos.
  • El camino de la acción. Consiste en aprender a «es­tar», a percibir y a relacionarse con el mundo me­diante la realización de un determinado tipo de ac­tividad. A lo largo del tiempo se han utilizado varias técnicas: tiro con arco, arreglos florales, ai­kido, karate en la tradición zen y tejido de alfom­bras en la tradición sufí. El canto y la oración han sido usados con este fin en la cultura cristiana. En aspirantes incapaces de trabajar con constancia y de aceptar la disciplina interior para progresar fa­vorablemente, puede pensarse en el trabajo con un mantra o el aprendizaje zen. Cuando uno se ejercita en la actitud mística de vivir en el mundo valiéndo­se de una técnica específica, la práctica, larga y difí­cil, fortalece la personalidad. La concentración ab­soluta en aquello que se está haciendo sin dirigir la atención a ninguna otra cosa es, una vez más, la im­posible tarea con que se desafía a nuestra habitual forma de ser mediante una gradual introducción en la existencia consciente. Los efectos de este tipo de meditación orientada a la acción se extienden lue­go, poco a poco, a los restantes aspectos de la vida cotidiana.

Cualquiera de estos caminos ayudará a mejorar esas par­celas de nuestra personalidad que más necesitan desarrollarse.

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